La estrategia de la tensión es una frase y un concepto que cada persona verdaderamente interesada en la consecución de la democracia en Europa debe conocer y entender muy bien. ¿Por qué? Porque es un elemento central del ataque sistemático contra la democracia y el estado de bienestar llevado a cabo durante el último medio siglo por los restos, nunca arrepentidos y jamás castigados, del fascismo europeo y de sus hijos ideológicos, los cuales trabajan mano en mano con el estado profundo norteamericano.
No hay nada especulativo en lo que acabo de afirmar. Este fenómeno se ha documentado minuciosamente y de él se ha hablado abiertamente en las más altas esferas de la política europea, sobre todo en Italia. Pero a pesar de ello, aún no forma parte del discurso básico de los llamados “analistas políticos” que escriben día tras día en las páginas de los diarios principales del viejo continente, personas encargadas, según las explicaciones no infrecuentemente solemnes y condescendientes que ellos mismos nos dan, de explicar las acciones de los poderosos a los pobres hombres y mujeres de la calle.
Para entender bien este importante concepto que es, insisto, una de las claves que nos permiten comprender bien lo que está pasando hoy en día en Europa, nos tendríamos que remontar a la primera mitad del siglo veinte.
Durante el primer tercio de dicho siglo, se desarrollaron en toda la cuenca mediterránea movimientos populares muy potentes. En España, este gran problema para las élites de siempre fue “resuelto” mediante la intensa carnicería llevada a cabo sin remordimientos ni ataduras por Franco y sus compañeros entre 1936 y 1939, un baño de sangre que una parte muy importante del actual espectro político español sigue presentando en términos muy positivos cuando no heroicos.
Pero los auto-llamados "guardianes del orden" no lo tuvieron tan fácil en Grecia, Yugoslavia o Italia. En estos países, los partidarios de soluciones populares sobrevivieron los años treinta (eso sí, generalmente en la clandestinidad) y salieron de la Segunda Guerra Mundial muy fortalecidos gracias a sus esfuerzos, frecuentemente heroicos, en contra de la ocupación fascista de sus territorios nativos.
En Yugoslavia, Tito convirtió rápidamente el prestigio ganado como luchador partisano durante la guerra en control efectivo del país. Espantados por la posibilidad de que la misma cosa pudiera ocurrir en Grecia e Italia, los servicios secretos americanos y británicos, tomaron medidas muy fuertes contra las personas sospechosas de querer desarrollar en otros lugares soluciones sociales demasiado colectivas y/o demasiado autóctonas en sus sociedades.
En Grecia propiciaron la intensificación de las brechas sociales ya existentes en el país, proveyendo a las fuerzas reaccionarias —ganadoras eventuales del conflicto—con una ayuda táctica y logística muy significante y probablemente decisiva.
En Italia adoptaron, sin embargo, un método diferente y ligeramente más sutil.
Durante la Guerra, el servicio secreto norteamericano, conocido en ese momento como la OSS, anticipando lo que vendría a denominarse después Guerra Fría contra la URSS, forjó alianzas muy fuertes con elementos de los servicios secretos nazis y fascistas. Por otra parte, en el caso de Alemania, el hombre clave fue Reinhard Gehlen, un nazi orgulloso y sin remordimientos quien, con la ayuda de los americanos, diseñó y organizó el servicio secreto de la nueva Alemania Federal, el BND (fundada oficialmente en 1956 pero operativo desde hace muchos años antes), y quien sirvió como su jefe hasta el año 1968.
En Italia, los americanos, en preparación para su invasión de Sicilia en 1943, usaron sus vínculos con la mafia estadounidense para establecer relaciones con la mafia de la isla. Después de la guerra, estas relaciones sicilianas los condujo a vínculos con elementos importantes del ya derrotado estado profundo fascista y también del papado.
Es así que si en Grecia los americanos y sus agentes locales fomentaron el conflicto armado, en Italia recurrieron al soborno masivo, siendo la piece de resistence de sus esfuerzos la victoria de la Democracia Cristiana en las elecciones de abril 1948.
De ahí el escenario de la política italiana en los siguientes 20-25 años: una partitocracia dominada por la Democracia Cristiana, es decir, una hegemonía hecha posible con la ayuda constante y masiva de dinero ilícito proveniente de la mafia, el Vaticano y, claro está, el tesoro de EEUU. Todo atado y bien atado.
Hasta que lo que funcionaba dejó de hacerlo. A pesar de los esfuerzos de los americanos y sus colaboradores italianos del DC la izquierda italiana no desapareció. De hecho, durante los setenta, la horquilla electoral de la izquierda siguió creciendo, hasta el punto de que elementos del DC, liderados por Aldo Moro, empezaron a hablar de la necesidad eventual de un acuerdo de gobierno con el partido comunista (PCI). Y eso pese a que entre los “amigos” italianos del DC se contaban la mafia y el papado, pero sobre todo el aparato clandestino de los fascistas todavía en activo, concentrados por un lado en la loggia P2 de la masonería, y por otro, en las unidades "stay behind" de Gladio (una estructura pan-europea de fanáticos ultras organizada por la CIA para contra-arrestar una hipotética invasión soviética de la parte accidental del continente).
Es más o menos en este contexto que las fuerzas arriba mencionadas estrenaron la estrategia de la tensión de la que hablamos en este artículo.
Es una idea tan sencilla como diabólica que se basa en el siguiente razonamiento: si los ciudadanos se sienten rodeados por el caos, la violencia y la incertidumbre, dejarán de lado sus verdaderas convicciones políticas y abrazarán con un fervor renovado las desacreditadas instituciones del estado existente.
Pero, ¿qué pasa si las fuerzas de la renovación política de la sociedad no practican la violencia? ¿O si el nivel de violencia que practican no es suficientemente perturbador? En este caso los servicios secretos del estado (o unidades íntimamente ligados a ellos que poseían, de facto, inmunidad) lo hará en su nombre.
Se pueden aducir muchos ejemplos de la experiencia italiana, incluyendo, según varias fuentes acreditadas, el rapto y el asesinato del propio Aldo Moro. Pero el ejemplo más preclaro es el atentado a la estación de ferrocarriles de Bologna, ocurrido el 2 de agosto de 1980 que quitó la vida de 85 personas inocentes.
Al hablar de estas cosas, es importante subrayar que los elementos del estado profundo italiano, representado por la constelación de fuerzas ya descrita, estaban en contacto constante con células afines en otros países, incluyendo, los jefes de la dictadura argentina, los artífices de la Grecia de los Coroneles, y de forma notable, algunos elementos importantes de la España del tardo-franquismo y los primeros años de la "democracia".
También es importante notar cómo ciertas figuras de la inteligencia americana involucradas en las operaciones del terrorismo de estado en Italia en los setenta y ochenta, han asumido papeles muy notables en la propagación del estado de excepción de facto que hemos sufrido en EEUU desde la aprobación de Patriot Act, unas siete semanas después de los ataques sobre las Torres Gemelas en el otoño de 2001.
Como no soy jurista no sé cuánto puede tardar la elaboración de un nuevo paquete de leyes en el engorroso ámbito de los derechos constitucionales. Dicho esto, no me deja de sorprender que un ladrillo de 342 páginas que alteraba de forma fundamental la relación del ciudadano con el estado, pudiera aparecer de la nada y ser aprobado por el congreso en un periodo tan corto como 45 días.
¿Por qué no se habla más, y más abiertamente, de todo esto en la plaza pública?
El control de los medios de comunicación —el elemento central del juego de lo que llaman hoy en día "la gestión de las percepciones"— siempre ha sido un objeto primordial de los operativos de la inteligencia del estado, sobre todo del estado profundo americano desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En el período 1968-1980 se abrió una brecha importante en el muro del control mediático erigido por la CIA y sus operativos aliados europeos en las dos décadas anteriores.
Pero con la venida de Reagan y su jefe de inteligencia, William Casey (miembro originario de la OSS) se atajaron estos problemas. Si podemos creer en los testimonios de, entre otros, Carl Bernstein o el fallecido periodista alemán Udo Ulfkotte, el número de periodistas en EEUU y Europa, comprometidos por razones pecuniarias o por simple deseo de poder, con el trabajo propagar los macro-relatos inventados por el estado es mucho mayor de lo que la mayoría de nosotros queremos creer.
Pero quizás más importante a la larga es lo que podríamos llamar el problema de la incredulidad. La vida es, en sí misma, difícil y complicada. Asimilar la idea de que el estado está dispuesto a mutilar, apresar y matar ciudadanos inocentes para impulsar los intereses de una élite reducida y poderosa, constituye una especie de gota malaya psíquica para muchísimas personas. Como decimos en inglés: "they simply dont want to go there".
Pero si “no vamos hacia allá” y seguimos fingiendo que la estrategia de la tensión no forma parte del repertorio básico de recursos de los estados de vocación “atlantista”, ¿podemos explicar bien las realidades geopolíticas de la Europa de hoy?
A mí me parece que no.
Si tomamos, de hecho, en cuenta la larga historia del uso de la estrategia de la tensión por los EE. UU. y sus aliados autoritarios europeos —autoritarios que hoy pueden proceder tanto de “derechas” como “de izquierdas”, como muestra figura de Annalena Baerbock— podemos ver que la campaña consistente en presentar a la Rusia renaciente de Putin como una gran amenaza para la Europa “democrática” no es nada más y nada menos una variante de la misma táctica.
Después de la caída del muro de Berlín y el establecimiento subsiguiente de la EU, el miedo más grande de los EE. UU. era que Europa, con sus capacidades tecnológicas y gerenciales, entraría en una relación complementaría y provechosa con una Rusia plena de recursos naturales, creando así un espacio económico unitario desde Lisboa hasta Vladivostok que desplazaría el EE. UU. de la cúpula del sistema geopolítico mundial.
¿La solución?
Asustar a los ciudadanos europeos para que volvieran a los brazos de su grande y siempre tan magnánimo amigo Tío Sam.
¿Cómo?
Sembrando la prensa europea de voces que hablan constantemente de la supuesta amenaza rusa, voces promovidas con fondos del gobierno norteamericano pero distribuidos—para esconder así su verdadero origen—por entidades como USAID, y de allí, una red enorme de ONGs.
Lamentablemente, la táctica les ha funcionado muy bien.
Y por eso Europa se encuentra en una situación muy difícil, más subyugada que nunca a las prerrogativas estratégicas norteamericanas pero convencida a la vez, gracias al bombardeo constante de propaganda anti-rusa proveniente del estado profundo norteamericano, de que la única salida practica a su postración—el restablecimiento de su relación complementaria y provechosa con Rusia —no se puede ni debe contemplar.
Sobre el autor
Thomas Harrington es catedrático emérito de Estudios Hispánicos en Trinity College en Hartford, Connecticut en los EE.U.U, así como Senior Brownstone Scholar, Brownstone Fellow y co-fundador de Brownstone España. Su investigaciones académicas se centran en los movimientos ibéricos de identidad nacional, las relaciones culturales intra-ibéricas y las emigraciones ibéricas hacia las Américas. Sus escritos sobre la política y la cultura han aparecido con frecuencia en la prensa estadounidense, así como en varios medios de comunicación en España. Es autor de cinco libros, siendo el último de ellos The Treason of the Experts: Covid and the Credentialed Class (2023). Varios de sus artículos de prensa y una muestra de su fotografía se encuentran en Words in The Pursuit of Light. Se puede acceder a una selección de sus trabajos académicos en https://trincoll.academia.edu/tharrington





Me parece maravilloso que alguien se atreva a explicar tan claramente cómo funcionan los resortes del poder y sus maquinaciones maquiavélicas para convertir la democracia en un guiñol. No me encaja totalmente el tema de Rusia y el resto de Europa, ahora que parece que EEUU puede realizar la misma alianza, con una unión que podría resultar inmensamente productiva para ambas partes. También parece que la alianza Rusia-China puede tener beneficios parecidos, e incluso hacer que la UE pivote hacia ahí y deje a los EEUU cerca del aislamiento. La hipótesis de la alianza UE-Rusia también parece factible, y de esto deduzco que la clave de cualquier movimiento de colaboración pasa por Moscú.