Ya que en nuestro último artículo hablamos de la encíclica sobre la IA, debemos destacar que otro asunto que León XIV sacó a colación, y del que apenas se trata, es el de la esclavitud. En el párrafo 176 de Magnifica Humanitas, menciona que la Iglesia tuvo que esperar dieciocho siglos para condenar de manera “absoluta, formal y universal” la esclavitud, cosa que hizo su predecesor León XIII.
La cobertura de la prensa destacó solamente la petición de perdón. Esto es conveniente para el establishment, porque mantiene en las mentalidades la equivalencia errónea entre “esclavitud” y “esclavitud de negros en las Américas”. Esta confusión hace creer que la esclavitud es un subproducto del racismo científico y del supremacismo blanco, caracterizado por la posesión formal de un ser humano como propiedad. En realidad, sin embargo, la esclavitud es un fenómeno del que se tiene noticia en los albores de toda la historia humana: fueron esclavos y dueños de esclavos los europeos, los asiáticos, los americanos precolombinos, los africanos al norte y al sur del Sahara, así como los hombres de Oceanía. La esclavitud es mucho más antigua que el racismo y el supremacismo blanco, que son doctrinas modernas. En el caso de las Américas, esta confusión también hace olvidar la esclavitud indígena, habitual en la Iberoamérica a pesar de su dudosa legalidad, así como el sistema de indentures, una especie de esclavitud por deudas que llevó a muchos blancos, incluso por la fuerza, a la América inglesa.
Si buscamos en los documentos papales el origen del gran comercio transatlántico de esclavos, encontraremos la bula Dum diversas (1452), publicada en el contexto de las guerras contra el Imperio Otomano –el gran imperio esclavista responsable de secuestrar europeos en el Mediterráneo para venderlos en África, y de dar a los europeos del Este el nombre de eslavos, es decir, esclavos. El Imperio Otomano era también el enemigo histórico de las cruzadas, pues era de ellos de quienes los cristianos querían liberar la Tierra Santa. Había, entonces, un gran ánimo cruzado en Portugal, desplazado en tiempo y espacio: de la Edad Media a los albores de la modernidad, y de la Tierra Santa al Norte de África. 126 años después de la Dum diversas, Portugal vería al rey guerrero D. Sebastián desaparecer para siempre en batalla en Marruecos.
En ese contexto, la Iglesia, por medio de la Dum diversas, permitió que Portugal redujera a la esclavitud a los sarracenos y paganos derrotados en la guerra en África Occidental. En 1455, la bula Romanus Pontifex le garantizó el monopolio comercial; es decir, un monopolio frente a los demás países. (Un siglo después, esta idea de que la Iglesia concediera monopolios comerciales sobre tierras ajenas sería imitada por las coronas protestantes. Ante la falta de países competidores, los privilegiados serían empresas específicas: las famosas chartered companies, que llegaron al siglo XX después de cometer algunos genocidios.) Y en 1493, España aparece en la Inter caetera, que divide entre Portugal y España el mundo por descubrir.
Al usar el paganismo para permitir la esclavización, la Iglesia no estaba introduciendo ninguna novedad en África. Al contrario, estaba imitando al Islam, que se expandió por África esclavizando al infiel, al kafir, al cafre. La Romanus Pontifex hacía de la esclavización un medio de cristianización: Portugal quedó encargado de cristianizar a los negros que esclavizaba en África. A los musulmanes, sin embargo, no les convenía la islamización de los negros, ya que la sharía prohibía la esclavización de musulmanes nacidos libres.
Con una ley así, el lector puede imaginar muy bien la confusión en el África negra que mezclaba esclavitud y religión: era posible que un negro nacido libre fingiera convertirse al Islam solo para no poder ser esclavizado, y que fuera denunciado por ello; también era posible ser un musulmán convencido nacido libre, pero no tener cómo demostrarlo. Tales conflictos desembocaban en más guerra, que desembocaba en más esclavitud. Y la esclavitud redundaba en dinero para las élites esclavistas africanas.
La falsa historia de la esclavitud de los negros en las Américas es racista, pues retrata al hombre blanco como el único dotado de agencia, mientras que el negro es un simple objeto que se mueve por magia hasta el barco negrero. Debió, de hecho, haber sido por magia, pues los europeos no adoptaron el método Barba Roja de capturar esclavos en playas extranjeras y, aun así, sus barcos se llenaban de negros.
Para tener una idea de la agencia negra en la esclavitud, considérese que el primer embajador en reconocer la independencia de Brasil fue un negro llamado Manoel Alves de Lima, “caballero de Nuestro Señor Jesucristo y Santiago de la Espada, coronel de la Corporación de la Isla de São Nicolau, embajador de Su Majestad Imperial de Benín de los Reyes de África”. Representaba “al obá [es decir, señor] Osemwende, de Benín, y al obá Osinlokun, de Lagos”, quienes “fueron, de esa forma, los primeros soberanos en reconocer la independencia brasileña” (Alberto da Costa e Silva, Um rio chamado Atlântico). Tal empeño en las relaciones con Brasil se debía a la intención de los reyes africanos de mantener el comercio de esclavos, que estaba amenazado por la presión inglesa.
¿Por qué un negro de África tenía nombre portugués, ostentaba títulos con fuerte sabor ibérico y representaba regiones donde hoy se habla inglés? Al fin y al cabo, cuando se habla de la África Portuguesa, vienen a la mente Angola y Mozambique, no la región del Golfo de Guinea. El motivo es el mismo por el cual la capital de Nigeria tiene nombre portugués –Lagos– y por el cual Bahía está llena de negros: la especie de colonización inversa promovida por los “brasileños” del Golfo de Guinea. Según explica el africanólogo Alberto da Costa e Silva en Um rio chamado Atlântico, en Nigeria y Benín existen hasta hoy comunidades “brasileñas” fundadas por negros que llegaron a Brasil como esclavos, lograron ascender socialmente y volvieron a África hablando portugués, construyendo casas señoriales con arquitectura brasileña, ejerciendo profesiones aprendidas en Brasil y casándose entre sí. Entre esas profesiones estaba, naturalmente, el “trato dos viventes”, el comercio de esclavos. A diferencia de la América inglesa, donde los blancos podían saldar la indenture pero los negros jamás dejarían de ser propiedad, en Brasil tanto la esclavitud como la libertad de los negros eran negocios activos, y no era muy difícil que un esclavo urbano consiguiera comprar su propia libertad. Los “brasileños” de Lagos ofrecían una competencia agresiva a los portugueses esclavistas de Angola y Mozambique.
El Brasil recién independizado se vio sometido a presiones económicas extranjeras e internas a favor y en contra de la esclavitud. Por presión inglesa, prohibió oficialmente la importación de esclavos en 1831 con la Ley Feijó, que pasó a la historia como ley “para inglés ver”, porque el gobierno decidió no aplicarla. En 1845, Inglaterra aprobó la Ley Aberdeen, que autorizaba a la Marina inglesa a interceptar barcos brasileños, y, después de varios reveses financieros, Brasil finalmente decidió crear una ley en 1851 e implementarla. Los “brasileños” de Lagos continuaron con sus negocios y siguieron vendiendo esclavos a Cuba hasta ser conquistados por Inglaterra en 1861. Después, los ingleses intentaron borrar la identidad brasileña llamando a la comunidad “yorubas retornados”.
Como muestra Alberto da Costa e Silva, el motivo de la campaña abolicionista inglesa era, en realidad, el estrangulamiento financiero de los soberanos africanos, que tenían en la venta de esclavos su principal activo financiero.
Si los obás de Guinea no tenían fuerzas para imponer la esclavitud a Brasil, con seguridad sí las tenían los clientes de sus socios comerciales en Brasil: los antiguos señores del azúcar en el Nordeste y los nuevos barones del café en el Sudeste. Tanto es así que la abolición de la esclavitud llevó a la abolición de la monarquía: menos de dos años después de que la Princesa Isabel acabara con la esclavitud, se proclamó la República con el apoyo de los barones del café.
No obstante, el hecho es que la esclavitud negra siempre causó dificultades morales en Brasil. En el siglo XVI, el P. Antônio Vieira intentaba endulzarla diciendo que los negros eran los hijos predilectos de María, por sus sufrimientos en la tierra. El historiador Eduardo França Paiva (cf. Como ensinar história da escravidão?) llega a decir que, a comienzos del XIX, la esclavitud era un tabú que solo José Bonifácio se atrevía a tocar. La campaña abolicionista movilizó no solo a periodistas de clase media, sino también a pobres analfabetos libres, como los jangadeiros de Redenção en Ceará, cuya huelga hizo que esta provincia, donde no había producción de azúcar ni café, fuera la primera en abolir la esclavitud (en 1884, 4 años antes que Brasil).
De hecho, la esclavitud negra en la Iberoamérica provocó el retorno súbito de instituciones del Imperio Romano que ya habían perecido en la Edad Media, cuando la condición de siervo no daba al señor el derecho de venderlo como un bien mueble. Este cambio brusco en los rumbos de la cristiandad solo puede explicarse mediante el contacto con el África islamizada. Al adentrarse en África, Portugal se africanizó, y, por su intermedio, se africanizaron Europa y las Américas.
Sobre la autora:
Bruna Frascolla es historiadora de la filosofía, doctora por la UFBA y ensayista. Es autora, entre otros libros, de Wokismo e anarcocapitalismo: duas faces da mesma moeda disforme (Capax Dei, 2025).






Querida Bruna.
Una prueba más de la cantidad de cosas o hechos históricos que no sabemos y se nos ocultan. Así como que la realidad es muy, pero que muy compleja