Escuchando las noticias de la radio, desde París, durante la invasión nazi de Austria en 1938, Jacques Lusseyran sintió que tenía que ponerse a estudiar alemán a fondo. Intuyó que lo que había oído expresarse a través de aquella lengua tendría terribles consecuencias. Cuando en 1943 fue arrestado y enviado al campo de concentración de Buchenwald, su dominio del alemán le permitió ayudar a sus compañeros a entender mejor lo que iba sucediendo. Aunque habría parecido que un joven ciego difícilmente resistiría en aquel infierno (el vecino desesperado podía robarte el poco pan que tenías), Lusseyran se convirtió en fuente de inspiración por su ejemplo de integridad y fue uno de los treinta supervivientes de entre los dos mil franceses que habían sido deportados con él.
Después de la guerra Lusseyran volvió a estudiar y se estableció en los Estados Unidos como profesor universitario. Cuando le preguntaban cómo podía dar clases siendo ciego, respondía que no necesitaba la vista para percibir la calidad de la atención del auditorio —la percibía interiormente. Murió el 27 de julio de 1971 en un accidente de tráfico, cuando se dirigía a impartir una conferencia en Zúrich. El texto de aquella conferencia se ha conservado. Empieza señalando que en aquel momento hay un hecho terrible, la guerra del Vietnam. Y hay un hecho todavía más terrible, la contaminación química del mundo, que destruye múltiples formas de vida. Pero hay un hecho más terrible todavía, dice Lusseyran: la contaminación mental, la contaminación de nuestro espacio interior, la contaminación del yo. «El yo, […] la más frágil de nuestras posesiones, […] está siendo contaminado más rápidamente que la Tierra.» Lusseyran, naturalmente, distingue entre el ego, que es «la parte engañosa de nuestro yo» (la parte egoísta, la que nos deslumbra con la codicia y el orgullo, la que pierde el norte y se deja llevar por la propaganda), y el verdadero yo, el núcleo de luz, conciencia y vitalidad que hay en el fondo de nuestro ser:
El yo es la animación, el impulso que me permite emplear […] mi inteligencia y mis emociones […]. Es la esperanza cuando ya no hay ninguna base racional para la esperanza. Del yo surge todo el mundo del ingenio humano. Y, al fin y al cabo, es lo que nos queda cuando nos lo han quitado todo.
Al llegar al campo de concentración de Buchenwald, explica que varios hombres, íntegros y conscientes de haber cumplido con su deber, rompieron a llorar de forma conmovedora. En los días siguientes, Lusseyran quiso saber qué los había hecho llorar así y se lo preguntó (sin ninguna actitud de superioridad, porque, como escribe, «cuando la vida te ha hecho pasar ciertas pruebas, lo único que puedes sentir por la debilidad humana es compasión amorosa»). Un panadero y un sociólogo le dijeron lo mismo: sin su ropa, sin su cabello (rapados al cero), habían perdido sus signos de identidad, sentían que ya no eran nada:
El incidente que hizo llorar a estos hombres tuvo lugar el 24 de enero. El 1 de marzo estaban todos muertos. He de decir que las condiciones de Buchenwald eran durísimas. Pero no eran más duras para ellos que para los demás. Murieron (¿cómo podría no darme cuenta?) de carencia de yo, de parálisis del yo.
Un cuarto de siglo después de haber salido de Buchenwald, el peligro que Lusseyran consideraba más grave eran las amenazas que se ciernen sobre nuestro espacio interior, a consecuencia de la sociedad de masas (y sus medios, como la radio y la televisión) y de la ideología materialista («estamos muy mal armados contra la invasión de las computaciones, de la materia, de la abstracción», afirmaba). Veía en marcha un intento de «expulsar al yo, expulsarlo para siempre, para que no vuelva» y lo describía como «una guerra contra el yo, la más peligrosa de todas las guerras». Como Erich Fromm y tantos otros observadores lúcidos, Lusseyran constataba que, a la vez que se contrae el yo, se expande la máquina. Ahora estamos, escribía,
acercándonos cada vez más al simple objeto, a la máquina. […] Eso no sería tan grave si los hombres no fueran más que máquinas. Pero resulta que son una cosa muy diferente, porque tienen un yo.
La psiquiatría contemporánea confirma que hay una psicopatología creciente asociada con la «pérdida del yo» (en inglés loss of self, loss of ipseity) o, lo que viene a ser lo mismo, «pérdida de la presencia». En un caso extremo, una persona con esquizofrenia puede declarar que «No soy capaz de sentirme de ninguna manera». El psiquiatra Giovanni Stanghellini señala que «la persona con esquizofrenia experimenta una sensación concreta de pérdida de presencia». Cabe decir que el riesgo de padecer esquizofrenia y otras psicopatologías es el doble en zonas urbanizadas (altamente tecnificadas, donde predomina lo abstracto y artificial) que en zonas rurales (donde es posible un mayor contacto con la tierra y el cielo). Como escribe el también psiquiatra Iain McGilchrist en su monumental estudio sobre todos los aspectos de la mente humana, The matter with things (‘Lo que ocurre con las cosas’, 2022), crece la incidencia de trastornos «en los que el sentido de la propia identidad queda debilitado o se pierde completamente», a menudo porque la persona «queda absorbida por la masa —de la población, de la ciudad, de las organizaciones burocráticas y las corporaciones globales». Desde 2020, las medidas de gestión del covid, al imponer formas de vida mucho más artificiales, enclaustradas y distanciadas (y al minar la intersubjetividad, base natural de la existencia humana), además de multiplicar los suicidios y las depresiones han agravado también la pérdida del sentido del yo y la pérdida de presencia.
En el último medio siglo hemos tenido condiciones materiales y sociales que proporcionaban más oportunidades que nunca para poder ser quien somos. Pero también han crecido las amenazas a la condición humana y los intentos deliberados de destruir toda idea de libertad y dignidad y reducirnos a cosas o a máquinas. El intento de destruir el carácter único de cada persona que los totalitarismos del siglo xx desarrollaron desde el poder político, a través de la propaganda y de la violencia, ha pasado a un nuevo registro, más sutil. Jaron Lanier lo llama cybernetic totalism, «totalismo cibernético» (totalismo es el término que Robert Jay Lifton, psiquiatra experto en víctimas de «lavado de cerebro», empleaba para referirse a los sistemas que, sin ostentar nominalmente el poder político, buscan el control total de los seres humanos).
El totalismo cibernético o totalismo digital, que hoy fomentan las empresas tecnológicas y también, cada vez más, los gobiernos y las instituciones globales, considera que «toda la realidad, seres humanos incluidos, es un gran sistema de información», y que el propósito único de la existencia es hacer que los sistemas de información sean más eficientes.
En el amanecer de la cultura occidental, lo que más se valoraba era la sabiduría. A ella aspiraban los filósofos (φιλόσοφοι, philósophoi, ‘amantes de la sabiduría’). Hoy lo que más se valora es la información y, todavía más, los datos. Pero los datos no son más que sombras, huérfanas de contexto. Cuando integramos datos de manera coherente, tenemos información. Cuando integramos diferentes tipos de información y los ponemos en su contexto, tenemos conocimiento. Cuando integramos diferentes tipos de conocimiento, tenemos sabiduría. Pero de sabiduría hoy ya no se habla. Solo interesa lo que está al nivel de las máquinas: los datos. Si nos viesen, ¿qué dirían los antiguos griegos, o los hombres y mujeres del Renacimiento?
Hace cerca de medio siglo ha aparecido un fenómeno sin precedentes en la historia de la cultura: el intento supuestamente científico de negar el carácter único de cada persona, el intento de convencernos, desde nuestro interior (en vez de constreñirnos desde el exterior), de que la libertad y la dignidad son falsas ilusiones.
Extraído del capítulo 5 de Técnica y totalitarismo: Digitalización, deshumanización y los anillos del poder global. Fragmenta, Barcelona, 2023, pp. 22-26.
Sobre el autor
Jordi Pigem es Doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Fue profesor del Masters in Holistic Science del Schumacher College (Inglaterra). Entre sus libros destaca una reciente trilogía sobre el mundo contemporáneo: Pandemia y posverdad (2021), Técnica y totalitarismo (2023) y Conciencia o colapso (2024). Desde 2025 es Fellow del Brownstone Institute y miembro fundador de Brownstone España.







Buenísimo como todo lo que leo escrito por usted. Con el dedo en la galla y mostrándonos un panorama de vértigo o algo peor. Pero hay que decirlo, no podemos mirar hacia otro lado hasta que la ola nos arrolle.
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Quemar talentos…