En esta ocasión, disculpe, lector, que prescinda del plural de modestia y me pase a una rasa primera persona del singular, a un yo indisimulado, pues, como verá a continuación, el caso que aquí voy a referir me incumbe muy a mi pesar.
A mí me echaron fraudulentamente de la Universidad de Lérida en julio de 2024 (en el «Epílogo» de Razones fuertes contra un puñado de tópicos explico con detalle aquella repugnante experiencia de la traición, la prevaricación y la ruindad de algunos colegas de la Facultad), pero esto no es aquí lo importante, lo importante y verdaderamente significativo es que, en octubre de ese mismo año, el Departamento envió a alumnos y profesores el siguiente correo funeral e infame:
«Nos complace invitarles a la Jornada de Convivencia que celebraremos el próximo miércoles, 16 de octubre de 2024. Será una oportunidad estupenda para desconectar un poco de la rutina académica, conocernos mejor y reforzar el sentido de comunidad entre todas las personas que formamos parte del grado en Filología Hispánica y del doble grado.
¿Qué vamos a hacer? Nos reuniremos a las 12:00 en el Aula 2.13, donde veremos la divertida película Donkey Xote, una versión animada y muy original de la historia del Quijote, ideal para disfrutar juntos desde una perspectiva fresca y amena.
Después de la película, haremos un piscolabis en uno de los claustros. ¡Todo el mundo puede traer algo para compartir! La idea es pasar un buen rato juntos, charlar, y compartir algo de comer en un ambiente distendido. Además, todo el profesorado del grado estará allí, así que será una excelente ocasión para interactuar en un ambiente más relajado, fuera de las aulas.
¿Por qué venir? Esta jornada es una oportunidad única para fortalecer lazos entre estudiantes y profesores, conocernos mejor, y construir una comunidad más unida. Las y los delegados tendrán algunas actividades preparadas para romper el hielo y fomentar la participación, así que ¡no os lo podéis perder!
Les animamos a que vengan y a participar de esta jornada especial. ¡Cuantos más seamos, mejor lo pasaremos!».
Si aplicamos a este correo aquello del «si así te tratan, es porque así te consideran», concluiremos que un profesor que considera que sus alumnos tienen la capacidad de trabajo y la inteligencia que se estiman suficientes en un universitario los conducirá a explotar y aumentar esa capacidad e inteligencia. Por eso mismo, y en sentido contrario, debemos entender que el Departamento que proyecta a sus alumnos unos dibujos animados basados en la figura de don Quijote es porque considera que su edad mental y sus capacidad de discernimiento todavía son los de su etapa infantil, que no han avanzado, que se han quedado entre lo parvulario y lo puberal. Si no les tienes ninguna fe, te acogerás a cualquier excusa-comodín para no hacer nada: «es que no leen, es que no se enteran, es que los universitarios de hoy no son como los de antes» y otras pamplinas inhibidoras que acolchen tu renuncia a trabajar sin renunciar a cobrar. Si crees que tus alumnos son incapaces de superar el berrinche y los mocos es lógico que también quieras que se entretengan y diviertan «desde una perspectiva fresca y amena» con una película de dibujos animados.
La proyección de la película Donkey Xote en sede universitaria (como diría un cursi) no es una anécdota, sino una claudicación y un ejercicio de damnatio memoriae: no les basta con no enseñar el Quijote, no se limitan a condenarlo al ostracismo, quieren más, quieren que sus niños aprendan un Quijote para niños, divertido, animado, original e ideal para disfrutar.
Qué fácil resulta acudir al capricho 37 de Goya («¿Si sabrá más el discípulo?») en el que aparece el maestro-donkey aleccionando a unos alumnos-baby donkeys que aprenden con una docilidad pollina la caligrafía del rebuzno y sugerir que en esto ha quedado la universidad. Qué fácil es concluir que el burro Xote es la forma en que los que nada saben del Quijote pero cobran se xotean de los que nada saben del Quijote pero pagan. Qué manera de encumbrar, por contraste, aquel bodrio monocromo que escribió el Avellaneda (el apócrifo continuador de la Primera parte del Quijote, que, como demuestra Alfonso Martín Jiménez, es el seudónimo que esconde a Jerónimo de Pasamonte, el «famoso Ginés de Pasamonte, que por otro nombre llaman Ginesillo de Parapilla»). Avellaneda y quienes con él estaban han sido de los más atentos y capaces lectores que ha tenido el Quijote, pues detectaron inmediatamente el sentido (razón y dirección) del racionalismo crítico de Cervantes y, como nada le pudieron hacer al autor (pues la ingeniería narrativa construida por Cervantes le permite disolver su voz en múltiples instancias locutivas, mientras que, la locura de don Quijote, al presentar como un cuadro clínico lo que, en realidad, es un cuadro narrativo y crítico, le procura al autor otras vías de inhibición), se ensañaron con su personaje llevándolo al ridículo. La diferencia entre el Avellaneda y estos advellenadizos es que Avellaneda sabía perfectamente cuáles eran los contenidos críticos del Quijote.
¿Lo demás? Desconectar, conocernos mejor, reforzar el sentido de comunidad, pasar un buen rato juntos, charlar, disfrutar de un ambiente distendido y relajado, fortalecer lazos entre estudiantes y profesores, construir comunidad, romper el hielo, fomentar la participación y pasarlo bien. Lo de la «perspectiva fresca y amena» me lleva a pensar en Garcilaso y en aquellas ninfas del Tajo («Cerca del Tajo, en soledad amena…») que lloraban la muerte de Elisa («Todas, con el cabello desparcido,/ lloraban una ninfa delicada/cuya vida mostraba que había sido/antes de tiempo y casi en flor cortada»), pero una cosa es el locus amoenus de Teócrito, Virgilio u Horacio y, otra muy distinta, este mediodía de horror y tormento que el Departamento entiende como «perspectiva amena». Los verbos de esta lista (charlar, disfrutar, conocernos…) se me antojan el vademécum de un torturador y son, sin duda, otra luctuosa entrada que consignar en la lista de los tremendos errores que comete la universidad.
Yo me ocupaba del otro Quijote, del de Cervantes, una materia peligrosa, doy fe. Hoy día son contados los profesores que se atreven a explicarlo en la universidad. Prueben, ustedes, a dar cuenta, en una de aquellas aulas, de lo que el morisco Ricote le reconoce a Sancho Panza:
«…saber yo los ruines y disparatados intentos que los nuestros [los moriscos] tenían».
«[Por eso] me parece que fue inspiración divina la que movió a Su Majestad a poner en efecto tan gallarda resolución [la expulsión de los moriscos]».
«[Y la razón es que] no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo los enemigos dentro de casa [quintacolumnismo y Rebelión de las Alpujarras, por ejemplo]».
La sola alusión a estos pasajes o a lo que dice Zoraida («No te fíes de ningún moro, porque todos son marfuces [falaces, engañosos]») o a lo que el narrador nos cuenta de lo que don Quijote piensa («…desconsolóle pensar que su autor era moro, según aquel nombre de Cide, y de los moros no se podía esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas») basta para que caiga sobre el profesor una de las típicas acusaciones gilifóbicas que les hemos copiado a las universidades de la anglosfera. En mi caso, sucedió que un grupo de alumnas me denunció por islamofobia. Acto seguido, los responsables del Departamento me llamaron a capítulo y entonces tuve ocasión de hablarles a ellos, a mis inquisidores (a los que me preguntaban), del entendimiento agente de Aristóteles, de su interpretación por parte de Averroes (que lo vierte al islam) y Santo Tomás (que lo vierte al cristianismo), y del término hermes y la distinta condición que les merece a Protágoras y a Sócrates, porque todo ello fundamenta lo que en el Quijote leemos sobre el islam: si no sabes lo primero, no entiendes lo segundo. Me inquirieron, respondí, no entendieron nada y me fui. Pasados unos meses, me echaron (por esto, en parte, pero, fundamentalmente, por otras razones mucho más navajeras y obcecadas).
Yo explicaba el Quijote de Cervantes, la mayor trituración que la literatura ha hecho de todo atrevimiento idealista y lo explicaba a partir de la Anatomía del Quijote, de Jesús G. Maestro, el ejercicio de transducción más potente y relevante que se ha llevado a cabo de la novela cervantina, pero también el más peligroso. Sé de lo que hablo. Mi observación de la obra de Maestro les resultaba intolerable a los Judas plenipotenciarios que orquestaron mi expulsión. El racionalismo crítico de Maestro está dado a una escala que les supera e impugna, por contraste, sus papers-estupideces y sus burricies de ir por clase con una facilidad que entiendo que les resultase insultante, insoportable y perjudicial. Y, entonces, aquellos mediocres, en una anagnórisis terremota, reconocieron que su soberbia era la expresión desesperada de su indigencia intelectual, pero, en lugar de aprovechar aquel fulgor clarividente para desasnarse, la emprendieron con los espejos, quiero decir que me echaron.
Por lo que a mi respecta, los únicos ejemplares borriqueros que verdaderamente me han interesado han sido los dos regidores rebuznadores del capítulo 25 de la Segunda parte del Quijote:
«…yo sé rebuznar maravillosamente, y si vos sabéis algún tanto, dad el hecho por concluido». «¿Algún tanto decís, compadre? –dijo el otro–. Por Dios, que no dé la ventaja a nadie, ni aun a los mesmos asnos».
«Ahora digo –respondió el dueño– que me tendré y estimaré en más de aquí adelante, y pensaré que sé alguna cosa, pues tengo alguna gracia, que puesto que pensara que rebuznaba bien, nunca entendí que llegaba al estremo que decís». «También diré yo ahora –respondió el segundo– que hay raras habilidades perdidas en el mundo y que son mal empleadas en aquellos que no saben aprovecharse dellas».
Cervantes no promueve la asininodemia (epidemia de asnos), sino que la destruye (en este caso, con el recurso a la materia cómica). Aquellos dos majaderos (regidores o alcaldes, tanto da, «porque tan a pique está de rebuznar un alcalde como un regidor») son un buen ejemplo de esa irresponsabilidad política («y muy universitaria», añadiría yo) que consiste en reconocerles autoridad a los asnos. Aunque el burro in english suene más inocente, su promoción donkey es tan perjudicial como su expresión rucionesca. Contra estas imposturas y miserias, ahí está el Quijote, la novela materialista por excelencia y una de las defensas más inteligentes de la conveniencia del desengaño:
«…ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño».
«…veo con los ojos y toco con las manos no ser posible ser el mesmo».
«Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde».
Buena parte de la Facultad, en cambio, llevaba años inmersa en otro asunto: la inseminación de la bazofia woke en los cerebros de sus cobayas, es decir, en la aspersión chachipiruli de una grandísima patraña idealista. Yo denuncié este empeño desde el primer día y así me fue. Llegados a este punto, quede claro que no trato de reivindicarme ni como héroe ni como mártir, no se equivoque nadie. La cosa es mucho más sencilla y cutre y, de hecho, no tiene ningún relieve; se trata únicamente de tenerle un mínimo respeto a tu profesión y cumplir tu contrato laboral. No es una hazaña, es lo normal. Sucede, eso sí, que, si tú te mantienes a ras de suelo cuando los demás se hunden, tus pies en el suelo parecen pies en el cielo, pero solo lo parecen, pues no hay altura ninguna. En definitiva, que lo tuyo no tiene mérito, aunque, a la luz de la inmundicia imperante, parezca una proeza. Todos estos «pareceres» son engaños. No es la virtud de uno, sino la vileza, la nesciencia y el cinismo de los demás.
Hace años que el Departamento, en un vuelo clavileño y neopastoril (neoténico), se trasladó fraternalmente a las orillas del Tajo: «conocernos mejor y construir una comunidad más unida», dicen. Un horror. Yo entiendo que el alumno paga y aprende, y punto, y que solo él sabe a quién quiere conocer y con quién le apetece unirse en comunidad y que estos asuntos, a nosotros, a los profesores, no nos incumben en absoluto. Otra cosa es la sintonía intelectual y el discipulado. No se confunda lo uno con lo otro. La universidad no es una ludoteca. El mundo Heidi que la universidad miente a sus alumnos es una apariencia que condena a los engañados a tener que vivir, en el futuro, la traumática experiencia del desengaño («Desea descansar de tanta pena,/ conociendo ya tarde el desengaño,/ mi alma, hecha a su dolor extraño,/ y del perdido tiempo se condena», canta Fernando de Herrera). Nuestra literatura áurea y, en particular, la barroca, es una fuente inagotable de antídotos contra los engaños y los espejismos y, en este contexto, el Quijote de Cervantes es la Circe enamorada más sabia, inteligente y amiga que puedan tener los estudiantes-Ulises. Si defenestras el Quijote o lo transicionas al género Principito, el peor daño se lo haces a ellos, pues la inexorable y traumática experiencia del desengaño puede acabar dañando su salud (¿por qué han aumentado, en número tan alarmante, las patologías mentales de nuestros universitarios?) e incluso puede llegar a poner en riesgo sus vidas («…antes de tiempo y casi en flor cortada»).
Sobre el autor
Ramón de Rubinat Parellada es Doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Lérida. Es autor, entre otras obras, de Lecciones del Quijote para Sílvia Orriols (2025), Razones fuertes contra un puñado de tópicos (2025), La virtuosa Extraña (2025) y Entender el Quijote y disfrutarlo (2024).







«Perspectiva amena»... o la hipnotizante danza de la cobra antes de hincar los colmillos en su víctima.
La verdad, qué injusto lo que te ocurrió. Pero ahí estás: con tus ideas más claras que nunca y tu conciencia en paz. Gracias por tus aportes, colega.