Don Quijote se autopercibe como buena persona
En el capítulo vigésimo quinto de la Segunda Parte, don Quijote dice de sí mismo que es:
«…de un ánimo blando y compasivo, inclinado siempre a hacer bien a todos y mal a ninguno».
Esto es lo que don Quijote dice, pero, ¿qué es lo que ha hecho a lo largo de la Primera Parte y en los veinticuatro capítulos que llevamos de esta Segunda? Pues repartir leña a diestro y siniestro:
1. Don Quijote sale a pegarse. Recordemos que, al rato de andar por los caminos, se desespera porque no encuentra a nadie con quien pelear:
«Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, porque quisiera topar luego con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo».
2. Esta voluntad se mantiene en todo momento; de hecho, en el quincuagésimo cuarto de la Segunda, leemos que:
«…tuvo a gran ventura habérsele ofrecido ocasión donde aquellos señores pudiesen ver hasta dónde se estendía el valor de su poderoso brazo».
3. Don Quijote tiene a orgullo el uso de la violencia:
«Para mí, señor castellano, cualquiera cosa basta, porque mis arreos son las armas, mi descanso el pelear».
4. Don Quijote reducirá las posibilidades del diálogo a la falacia o argumento ad baculum, que consiste en decirle a tu interlocutor que o se pliega a tus razones o le apaleas (le das con el báculo, con el bastón):
«[Sobre el villano malintencionado] Yo me partiré luego en busca dese desalmado mancebo, y le hallaré y le desafiaré y le mataré cada y cuando que se escusare de cumplir la prometida palabra».
« [A Juan Haldudo] Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto».
«[A los encamisados] Deteneos, y sed más bien criado, y dadme cuenta de lo que os he preguntado; si no, conmigo sois todos en batalla».
«[Al carretero] ¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego las jaulas, que con esta lanza os he de coser con el carro!».
El «le desafiaré y mataré», el «pasaros de parte a parte», el «que os concluya y aniquile», el «os he de coser al carro», el «conmigo sois todos en batalla» o el «pasar por la punta desta lanza» son las razones de las que se sirve don Quijote para convencer al otro. Su criterio es este. Su forma de solucionar los problemas o conseguir sus objetivos es esta. Si consideramos la finalidad violenta de su salida a por aventuras junto con el recurso a la falacia ad baculum y junto con otras muchas alusiones a la resolución de conflictos mediante el uso personalísimo (autológico) de la violencia, ¿cómo armonizamos, entonces, todos estos contenidos con el pasaje que hemos visto en el capítulo seis? Lo retomo:
«Doy gracias al cielo, que me dotó de un ánimo blando y compasivo, inclinado siempre a hacer bien a todos y mal a ninguno».
Resulta evidente que una cosa es lo que don Quijote piensa de sí mismo, la consideración en la que se tiene, y, otra, lo que sus acciones dicen de él. En consecuencia, cabe preguntarse sobre la buena fama de la que, en general, goza don Quijote y por el tipo de ejemplo que representa un individuo que pretende imponer su voluntad a los demás, guste o no guste, por las buenas o por las malas, siendo, las malas, las que le producen mayor contento.
El transductor-narrador también nos lo presenta, tramposamente, como una buena persona
El narrador del Quijote, que como hemos aprendido en las lecciones de Jesús G. Maestro, es también, el transductor de toda la historia (el personaje que, dentro de la ficción construida por Cervantes, recoge todo lo escrito sobre don Quijote, lo ordena, escribe el prólogo de la Primera Parte, pone los títulos de cada capítulo, lo da a la imprenta y, lo más importante, actúa como narrador), concluye que:
«Verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no solo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían».
En el último capítulo de la novela, el personaje que mejor conoce las historias de don Quijote sostiene que este «fue siempre de apacible condición y de agradable trato». Esto es lo que el transductor-narrador dice, pero usted, lector del Quijote, sabe que, en una de sus primeras aventuras, don Quijote estuvo a punto de matar a dos arrieros porque le habían apartado las armas para sacar agua del pozo:
«Y diciendo estas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alzó la lanza a dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza, que le derribó en el suelo tan maltrecho, que, si segundara con otro, no tuviera necesidad de maestro que le curara […] Llegó otro con la mesma intención de dar agua a sus mulos y, llegando a quitar las armas para desembarazar la pila, sin hablar don Quijote palabra y sin pedir favor a nadie soltó otra vez la adarga y alzó otra vez la lanza y, sin hacerla pedazos, hizo más de tres la cabeza del segundo arriero, porque se la abrió por cuatro».
¿Dónde está, aquí, la «apacible condición»? El transductor-narrador sabe todo lo que don Quijote ha hecho, pero, por una serie de motivos —sobre los que ahora no podemos extendernos—, en ese momento, desde la atalaya del capítulo septuagésimo cuarto de la Segunda Parte, afirma una bondad que no se contradice en absoluto con la violencia objetiva desplegada por don Quijote en toda la obra.
Tenemos, pues, que don Quijote se autopercibe como hombre «de un ánimo blando y compasivo, inclinado siempre a hacer bien a todos y mal a ninguno», cuando no es así.
Tenemos, también, que quien conoce perfectamente las obras violentas de don Quijote afirma que este «fue siempre de apacible condición y de agradable trato», cuando tampoco es así.
Vamos a ver otro comportamiento peculiar de don Quijote y, seguidamente, establecemos algunas analogías entre estos episodios y el caso Zapatero.
Lo que es intolerable en los demás, es más que tolerable si conviene a don Quijote
En el capítulo cuarto de la Primera Parte, don Quijote se topa con una escena que le resulta insufrible: el adinerado Juan Haldudo está azotando al mozo Andrés porque este ha extraviado algunas ovejas del rebaño que debía guardar. Al ver aquello, don Quijote se dirige al rico labrador en los siguientes términos:
«Descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender no se puede; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza —que también tenía una lanza arrimada a la encina adonde estaba arrendada la yegua—,que yo os haré conocer ser de cobardes lo que estáis haciendo.
El labrador, que vio sobre sí aquella figura llena de armas blandiendo la lanza sobre su rostro, túvose por muerto […] El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su criado».
Sucede, no obstante, que, en el capítulo trigésimo quinto de la Segunda Parte, cuando don Quijote se encuentra en el palacio de los duques, estos montan un teatrillo para burlarse del ingenioso hidalgo y hacen que su mayordomo se presente como el mago Merlín y le dé a don Quijote una terrible noticia acompañada de una curiosa receta:
«—Yo soy Merlín, aquel que las historias
dicen que tuve por mi padre al diablo.
A ti digo […] que para recobrar su estado primo
la sin par Dulcinea del Toboso
es menester que Sancho tu escudero
se dé tres mil azotes y trecientos
en ambas sus valientes posaderas,
al aire descubiertas, y de modo,
que le escuezan, le amarguen y le enfaden».
Tenemos a Dulcinea encantada y al falso Merlín que prescribe que, para revertir la situación, Sancho debe darse tres mil trescientos azotes. Ante este cruelísimo remedio, Sancho sentencia lo siguiente:
«—¡Yo no sé qué tienen que ver mis posas con los encantos! ¡Par Dios que si el señor Merlín no ha hallado otra manera como desencantar a la señora Dulcinea del Toboso, encantada se podrá ir a la sepultura!».
Al escuchar esta negativa, don Quijote se enoja sobremanera y le suelta a Sancho esta amenaza:
«—Tomaros he yo —dijo don Quijote—, don villano, harto de ajos, y amarraros he a un árbol, desnudo como vuestra madre os parió, y no digo yo tres mil y trecientos, sino seis mil y seiscientos azotes os daré, tan bien pegados, que no se os caigan a tres mil y trecientos tirones. Y no me repliquéis palabra, que os arrancaré el alma».
En conclusión, que si el rico labrador amarra a su siervo a un árbol y lo azota por haber extraviado unas ovejas, aquello está muy mal, pero que, si es preciso amarrar a Sancho a un árbol y propinarle tres mil trescientos azotes para desencantar a una dama que no existe, aquello está muy bien. Sepa, lector, que, por medio de este tipo de contrastes y contradicciones, Cervantes construye una poderosa crítica a los idealistas. El punto está en que estas críticas no se leen, sino que se ven. Debe el lector atender, por un lado, a aquello que los personajes dicen y, sobre todo, a lo que dice el transductor-narrador, y, por otro lado, a lo que los personajes hacen, y examinar, entonces, las diferencias entre lo uno y lo otro.
Lo intolerable e injusto, si conviene al idealista, deja de ser intolerable e injusto.
Para Cervantes, esta arbitrariedad no dice una virtud del individuo, sino un vicio.
Este comportamiento, en el Quijote, no se encomia sino que se vitupera.
La desaforada bondad de Zapatero examinada a la luz de los pasajes del Quijote que acabamos de ver
Como todo progre de manual, Zapatero es utopista y moralista. En este sentido, atienda, lector, a estas perlas retoricosas y melindrajosas que nuestro albigense de nuevo cuño se atrevió, en su día, a pronunciar:
«El infinito es el infinito, el universo es infinito muy probablemente. No cabe en nuestra cabeza imaginarnos cómo es el infinito. Pues bien, pertenecemos a un planeta, la Tierra, y a una especie que es absolutamente excepcional, que no la hay en ningún sitio del universo […] Somos el único sitio del universo, del Todo, si es que podemos concebir el Todo, donde se puede leer un libro y donde se puede amar […] Y todo ello en el universo, en lo infinito, en un planeta que no se ve […] ese planeta, que es asombroso, un planeta que ha logrado un sistema en el que la vida emerge y se mantiene con un equilibrio impresionante, que asombra, que ha traído las mejores mentes de la historia de la humanidad para entenderlo, ese planeta, ese planeta le estamos poniendo en riesgo, le estamos poniendo en cuestión con nuestra acción depredadora, siendo poco conscientes de que cada uno de nosotros somos algo no infinitesimal, lo siguiente, lo siguiente […] Y ahí estamos nosotros, oye, fanfarrones, sin mirar a la tierra, que es algo excepcional, el único sitio en el Todo donde se puede leer un libro y se puede amar. Y… y ahora llegan ahí esta derecha derechizada y desquiciada, que dicen que esto del cambio climático que… allá ellos».
«Se puede leer un libro y se puede amar», dice, y lo aplauden y aquello pone de manifiesto que en la sala solo hay imbéciles, cobardes o pillos. Célebres son, también, estas otras joyas majaderas:
«La tierra no pertenece a nadie, salvo al viento».
«Ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho».
Y son muchas más las que, a modo de teselas, conforman el perfil de este individuo que se tiene por virtuoso y que, como don Quijote, se considera «de un ánimo blando y compasivo, inclinado siempre a hacer bien a todos y mal a ninguno».
Semejante bendito no puede ser malo. El hombre que siente cómo la bondad pobrista le hincha el alma y se la expande por todas las extensiones del bien, el hombre que deliscuece su espíritu en la armonía mundi y le gana a humildad a la humildad, no puede ser malo.
Y, en estas, va Zapatero y, presuntamente, hace el mal.
El mundo todo acaba de descubrir que el gigante de la virtud adolecía de huesos de cristal (osteogénesis imperfecta) y las progres personas que veían en Zapatero una envergadura moral, ahora observan, estupefactas, que el tipo no es más que el vulgar pellejo de una patraña gilijipi que ya no cuela.
¿Y, ahora, qué? ¿Cómo podrá este Ser Superior de Luz Superior preservarse de tan grosera reputación? Pues como siempre ha hecho, con un atribulado y paralegionario grito de: «¡A mí la Retórica!». Y la Retórica acudirá, solícita, a su auxilio porque la plastilina de los sofismas es más aduladora que la IA. Recordemos que, al amparo de este auxilio, Zapatero esculpió esta otra vergüenza estercolera:
«Las palabras han de estar al servicio de la política, no la política al servicio de las palabras».
Causa una gran desazón comprobar que aquel presidente no tuviese la menor idea de la más grande aportación que la nación que gobernaba había hecho al mundo, de aquello que fue motor de la civilización de América y una de las mayores construcciones de la historia de la Filosofía Política: el desarrollo de un racionalismo antropológico edificado en la Escuela de Salamanca y asentado en la lectura que la Escolástica hizo de la Filosofía griega y el Derecho romano, un racionalismo que robusteció su genealogía materialista con el misterio de la Trinidad, con la idea de un dios que se corporeiza (Corpus Christi), probablemente la expresión más radical que cabe imaginar de un logos materialista y dialéctico, y que brilló de forma única e irrepetible en nuestra literatura barroca.
«Las palabras han de estar al servicio de la política, no la política al servicio de las palabras» dice el presidente-inopia. Esto leemos, en cambio, en El Criticón, de Baltasar Gracián:
«Siguen a las palabras las obras; en los brazos y en las manos hase de obrar lo que se dice, y mucho más, que si el hablar ha de ser a una lengua, el obrar ha de ser a dos manos».
Es decir, todo lo contrario.
Gracián conocía nuestra tradición, Zapatero la ignoraba. No hay más.
El materialista Gracián apela al logos que debe instruir la política, el hermes materialista que se edifica sobre todo el saber que el Occidente cristiano —primero— y católico —después— ha construido. El sofista Zapatero sostiene que primero se actúa y que luego ya vendrán las palabras a justificar las acciones. La obcecación retórica de Zapatero nos ha hecho pensar que este hombre habría podido ser un adecuado presidente para Francia. Gracián, en cambio, sostiene que el gobernante debe observar un logos, un criterio, un hermes (una idea de bien) que instruya su obrar.
Cuando Zapatero afirma que «las palabras han de estar al servicio de la política, no la política al servicio de las palabras», está diciendo que el político puede hacer lo que le dé la gana y que luego ya echará mano del diálogo, el acuerdo, la inclusión de lo distinto y todas las fullerías que su vientre de titanio sea capaz de digerir y su caradura sea capaz de sostener. En otras palabras, que el hombre «de un ánimo blando y compasivo, inclinado siempre a hacer bien a todos y mal a ninguno», no puede hacer el mal, pero que, si se da el caso, su hacer el mal no será, verdaderamente, un hacer el mal.
«¡A mí la Retórica!», grita el cervatillo licántropo. Y, al instante, docenas de milongas Imagine, un puñado de cosmopamplinas, varios accesos de kumbayanismo afectado, una buena dosis de bobería bovariana y el persistente y obsceno chuleo de la virtud, corren a su auxilio y desempeñan al dedillo su corrupta función de burladero.
Y lo mismo sucede con sus devotos, con los que, tras habérselo encontrado armado con un candelabro, en el comedor y empapado de la sangre de la señora Escarlata, niegan que jamás haya podido haber maldad en semejante encarnación del bien. Esta cuchipanda zapatera, encabezada por la Milá y el Patxi, mantiene la bambidad de Bambi con la inconmovible determinación de Fontanerías Leire.
Lo mismo les sucede a los lectores idealistas del Quijote: por mucho que les leas a la cara la violencia de don Quijote, el idealista te suelta que «todos deberíamos ser un poco Quijotes», así, porque sí, porque el hombre ha idealizado el idealismo y ya le puedes lanzar molinos a sus entendederas que estas no darán su entender a torcer. No ven nada, porque no quieren mirar.
Así como el transductor-narrador del Quijote sostiene que este «fue siempre de apacible condición y de agradable trato», los neocátaros del progreso niegan que su Zapatero pueda haber participado en ningún choreo, pues no les cabe en la cabeza la idea de un Ser de Luz llevándose crudo un tanto por ciento o una coima purulenta. Estos fieles entienden que, cuando Zapatero dice que «ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho», es que así es y que él, Zapatero, lo es (socialista, pobre y dadivoso) y, por eso, lloran la desventura zapatera y sus conjuntos y se resisten a aceptar la idea de un cervatillo con semejantes colmillos y, sobre todo, con semejante voracidad.
Idealismo y violencia de don Quijote
Don Quijote se tiene por un hombre «inclinado siempre a hacer bien a todos y mal a ninguno» y el transductor-narrador, el personaje que más sabe de él y, concretamente, el que nos informa de su condición y ánimo violentos, destaca que don Quijote «fue siempre de apacible condición y de agradable trato». Los que han leído el Quijote saben que ni lo uno ni lo otro es cierto. Recordemos que, ante los ridículos del ingenioso hidalgo, los demás tienen que contener la risa para que el hombre de «apacible condición» no se enfade y descargue su ira sobre ellos:
«Cuando Sancho oyó llamar a la bacía celada, no pudo tener la risa; mas vínosele a las mientes la cólera de su amo y calló en la mitad della».
«Quedó corridísimo [enfadado] don Quijote del cuento de Andrés, y fue menester que los demás tuviesen mucha cuenta con no reírse, por no acaballe de correr del todo».
«[Con el duque y la duquesa] … los señores disimularon la risa, porque don Quijote no acabase de correrse, habiendo entendido la malicia de Sancho».
El idealista niega tanto el orden operatorio de la realidad como la realidad de las cosas y los sustituye por los caprichos de su voluntad: las cosas son como él siente, quiere o se imagina que son. El desengaño siempre se produce de forma violenta: o te haces daño a ti mismo (el límite es el suicidio) o les haces daño a los demás (el limite es la guerra). Don Quijote, sin llegar al límite, experimenta dolorosamente tanto lo uno como lo otro.
El idealista don Quijote se tiene por un hombre «inclinado siempre a hacer bien a todos y mal a ninguno» y nada le importa que sus propias acciones impugnen su percepción. Gana la percepción, en primera instancia. Al final, llegará el desengaño. Lo mismo ocurre con el transductor-narrador. Miente descaradamente, pero le da igual.
Idealismo, violencia, irresponsabilidad y asco de Zapatero
Y lo mismo sucede con el cándido y simplicísimo Zapatero. Mientras que su progresismo de P1 le conduce a la utopía (idealismo) y a la moral (ser bueno e incapaz de hacer mal a ninguno), sus acciones nos lo bajan del mundo peluche y nos lo regresan a la grosera realidad de los trinques y el mamoneo, a los hechos delictuosos, a la gramática parda y revelan su glotonería millonera y el impulso tiogilito que le aviva las glándulas salivares y le erecta las cejas.
El idealismo papanatas de Zapatero están literariamente tratado en el Quijote en la figura de su protagonista; de hecho, el idealismo papanatas de don Quijote (blindado por una retórica autológica y desquiciada) es lo que Cervantes demuele con más tesón.
Sucede que, al algodonoso don Quijote del discurso de la Edad de Oro, Cervantes le opone el don Quijote materialista y lucidísimo del discurso de las Armas y las Letras. Don Quijote no es un personaje monocromo. Pensemos, también, en la condición de su locura (en su estar loco o no estar loco, el estar loco a intervalos, su estar loco a voluntad o en su ser o no ser loco de veras). Lo que don Quijote pierde como idealista («sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama»), Cervantes se lo devuelve cuando nos lo hace materialista («lo segundo, [Sancho,] has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse»).
Zapatero no tiene esta riqueza. Lo de Zapatero es muy cutre y muy simple. Zapatero es un idealista que se tragó tontamente el cuento progre (utopía y moralismo) y, por obra de lo que se conoce como transferencia de culpa(si la derecha es el mal y yo no soy de derechas, yo no puedo ser malo), se figura que vive en una interminablehappy hour de la virtud.
Zapatero les soltó una buena pasta a todos aquellos que querían guerracivilar España y la jugada le salió muy bien («nos conviene que haya tensión», le dijo, el muy pirómano, a Iñaki Gabilondo). El «muro» de Sánchez viene de allí. Por el mecanismo de transferencia de culpa, Zapatero y Sánchez han logrado que la guerracivilación de España les haya conferido una proteica inmunidad: si la derecha es el mal y ellos no son de derechas, ellos no pueden ser malos. Para conocer cómo Zapatero gestó este dualismo gilipollas y, no obstante, asombrosamente efectivo y provechoso para él, resulta imprescindible leer La sombra: Memoria histórica de Zapatero, de Rosa Díez. Allí encontrará usted, lector, muy bien explicada la arquitectura de esta tremenda irresponsabilidad.
Zapatero comprobó que aquella argucia barriosésama había funcionado a la perfección, pues logró que no solo los suyos asociasen la maldad a la bancada de derechas. La estrategia de impulsar la transferencia de culpahabía sido un éxito absoluto, pero, entonces, en lugar de ser consciente de que todo aquello era un camelo, el progre tontaina se lo creyó. El embustero Zapatero se creyó el embuste que él mismo había perpetrado. Cuando Zapatero conoció el camino del chollo, se forrestgumpizó todavía más y se puso a correr con una alegría petrolera y áurica. Al amparo de la transferencia de culpa, su trinque militante siempre iba a estar a buenas con la virtud. El «muro» es la forma en la que Sánchez ha querido gozar de la inmunidad (moral y política) del lince Zapatero. Y les ha ido muy bien. Lástima de los jueces.
Enseñanzas del Quijote
El egoísmo, el individualismo, la violencia verbal y física, la intolerancia, el inmovilismo, la arbitrariedad y la insularidad de don Quijote contrastan con la ley, las normas, los códigos, los usos y costumbres y la vida social de aquel siglo. Don Quijote toma su ley (resultado de haber pasado por el tamiz de su capricho lo leído en los libros de caballerías) y sale al campo y se expone a los demás y, para resolver o afrontar esas interacciones, en lugar de echar mano de la razón común, del racionalismo materialmente operatorio de entonces, se guía por el racionalismo de signo idealista que ha construido su imaginación. El resultado solo puede ser la colisión de estos dos racionalismos que no cabe integrar de ninguna manera. El idealismo de don Quijote es incompatible con la razón común de su siglo y viceversa. ¿Quién gana, entonces? El más fuerte, sin duda. Podrá tener don Quijote pequeñas y puntuales victorias, pero no es concebible que la razón individual de un tipo pueda imponerse, por la vía de la fuerza, a toda una sociedad sin pasar por la razón grupal, sin un desarrollo dialógico y normativo. En la derrota de don Quijote, Cervantes derrota el engaño idealista.
Se acaba el cuento
El idealismo, la guerracivilación de la nación, la promoción de la transferencia de culpa, la utopía, el moralismo y el recurso a una retórica irenista y soteriológica han sido algunas de las pamplinas de las que el inmaculado Zapatero se ha servido para sublimar su nada. Si las arrastra en su caída, ¿qué les quedará a los de la cuchipanda? La licantropía de Bambi puede generar todo tipo de reacciones especistas y, como sabemos que les «conviene que haya tensión», a saber lo que se viene.
Sobre el autor
Ramón de Rubinat Parellada es Doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Lérida. Es autor, entre otras obras, de Lecciones del Quijote para Sílvia Orriols (2025), Razones fuertes contra un puñado de tópicos (2025), La virtuosa Extraña (2025) y Entender el Quijote y disfrutarlo (2024).







Zapatero es la quintaesencia de lo peligrosos que son los tontos que se creen listos y que llegan a tener poder
Hay un dato del que no se ha hablado. Zapatero vive en un chalet en alquiler en la zona de mayor renta per cápita o de las más altas de España, Aravaca (Madrid) Al parecer, el alquiler es de 7 mil euros/mes que es superior a la pensión vitalicia como expresidente (80 mil euros brutos anuales, mas o menos, si no estoy equivocado) Y según leo, se compró un chalet en la urbanización de lujo de Puerta de Hierro en el año 2024 y que está remodelando. y no lo digo como crítica
Genial, sobre todo la explicación de la transferencia de culpa