No estamos en la posmodernidad, sino en el grado cero, allí donde el adelgazamiento espiritual de Occidente ha cristalizado en un dogmatismo agresivo, redobladamente ciego ante la diversidad del mundo
En cualquier programa europeo de televisión de horas de máxima audiencia se puede ironizar sobre el sentido actual de la religión ante los espectaculares "avances de la ciencia". En momentos así asombra primeramente que se ignore un dato del más elemental bachillerato, un saber patrimonial según el cual la ciencia y la religión, también el arte, corren en pistas distintas. Sobre un fondo de preguntas dejado de lado, provisionalmente apartado, la ciencia –insistían Heidegger u Ortega- trabaja un campo parcial ya dado, que deja provisionalmente al margen una pregunta por la totalidad del sentido que se pone bajo la tutela de la sensibilidad común, del arte, la religión o la filosofía. En segundo lugar, asombra también que a estas alturas, antes y después del III Reich, se ignore que la ciencia normal –especialmente la moderna- pueda ser fácilmente un instrumento del poder, parte de la inercia y las fuerzas, aun oscurantistas, que mantienen el status quo en nuestra sociedad y en el mundo.
Ya solamente la historia de la ciencia moderna que rehace Thomas S. Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas, un libro que fue y sigue siendo extremadamente polémico, también en su relativización del progreso, es suficiente para mostrar que la ciencia normal no se libra de lo peor. Y esto ni siquiera en su propio campo, en las mil trampas brutales que la ciencia ha hecho a algo parecido a la verdad. Después de este portentoso libro, existen mil documentos inquietantes sobre el colaboracionismo científico. Entre otros, un escandaloso Cabeza de turco donde Günter Wallraff muestra cómo la ciencia puntera, no sólo la alemana, aprovecha la pobreza y la desesperación de sectores de la población inmigrante para encontrar un vivero barato en el que probar medicamentos abiertamente dudosos.
No sólo es que la ciencia sea a menudo impotente para curar las migrañas o el insomnio, una gripe, el covid o el cáncer. Enfermedades que, al igual que la depresión, las alergias o la fibromialgia, son con frecuencia un efecto secundario del "desarrollo" mismo de la civilización y de la ciencia. Es que también ocurre que, a través de la empresa capitalista y los Estados, la ciencia ha colaborado y colabora con cualquier crimen que se haya hecho contra el ser humano en estos últimos dos siglos. ¿Hace falta preguntarle a las víctimas de los experimentos eugenésicos estadounidenses y europeos del siglo XIX, a los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki, a los actuales habitantes de Irak, Libia, el Congo y Palestina, para imaginarnos al servicio de qué poderes de explotación y sometimiento puede estar la ciencia contemporánea? Ya que el infierno en la tierra sigue, a veces muy eficazmente ayudado por las investigaciones multimillonarias de la ciencia, deberíamos ser muy prudentes a la hora de olvidarnos de las preguntas y debates que, hasta ayer, intentó mantener vivos la religión. En pleno siglo XX, Simone Weil todavía se pregunta: ¿Cómo es posible que persista entre nosotros el martirio de los inocentes? ¿Qué diría ella del hambre inyectada actualmente en los campamentos de Jabalia o Rafah?
Según muy distintos pensadores, lo característico de la modernidad, y esto es lo que ahora ha entrado en crisis, es aferrarse a una religión siempre triunfante, aunque esta sea laica y pretendidamente no trascendente. El agravante actual es que nuestra religión triunfal ha sido reducida gradualmente a un "estado cero" (Todd), una furia nihilista que ya no sirve por sí sola para cohesionar la sociedad. De ahí que necesitemos una especie de xenogenia: una incesante recreación de enemigos externos, seres endemoniados contra los cuales rehacernos y que permitan redoblar una lábil cohesión social en el militarismo y su violencia.
No estamos ya en el relativismo escéptico de una posmodernidad donde han caído los "grandes relatos", pero cuya alta cultura aún conserva la ilusión de un horizonte de avance. Ese estadio sería todavía algo así como el grado zombi de nuestras creencias y nuestra cultura social. Ahora vivimos más bien en el grado cero, allí donde el adelgazamiento espiritual de Occidente ha cristalizado en un dogmatismo agresivo, con una redoblada ceguera ante la diversidad del mundo. Para ignorar la realidad el ideal, el único dios del Occidente conductista ha de ser la "pantalla en nieve". Más vale una nada segura, decía Nietzsche, que "un algo incierto".
Llama la atención que el progresismo, a veces de izquierda, haya tomado el relevo de una furia etnocéntrica que hasta ayer fue patrimonio de los sectores más conservadores y coloniales de la sociedad occidental. La atmósfera poshumana que gana adeptos en la oligarquía liberal que gobierna Occidente, por la derecha y por la izquierda, ha optado por una duplicación de la violencia como forma de disfrazar nuestra crisis de valores, la pérdida de influencia y el vértigo consiguiente. ¿No es esta una de las paradojas del momento actual, cuando poco más que la extrema derecha intenta portar el estandarte de algún tipo de pacifismo?
La frustración, el malestar que genera nuestra ausencia de valores explica que el estado cero de la religión, de la moral y del humor, lleve a que el nihilismo imperante haya tenido que multiplicar la violencia y la búsqueda de enemigos... La velocidad combinatoria es lo que convierte a la idolatría del 0 en que se basa nuestra cultura nihilista y maniquea en un multiplicador de cifras cada día más febriles. La velocidad de recambio mantiene la ficción de un horizonte fácilmente compartido. Sólo esta obscenidad espectacular de las cifras convierte a nuestros genocidios en un espectáculo informativo, acompañando a los deportes y el entretenimiento. Únicamente esta indiferencia amoral explica que Europa haya permanecido indiferente ante las matanzas en nuestro territorio, forzadas por nuestros sonrientes comisarios "hasta el último ucraniano". Y lo que es peor, también ante un genocidio en Gaza que todavía continúa ante nuestros ojos, a cuatro horas de viaje de Madrid, París o Roma.
Sobre el autor
Ignacio Castro Rey es filósofo y crítico de la cultura. Aparte de numerosos artículos, críticas literarias y cinematográficas, sus últimos tres libros son: Antropofobia. Inteligencia artificial y crueldad calculada (Pre-Textos), En espera (LaOficina ed.) y Sexo y silencio (Pre-textos).



Creo que las inercias simplemente se han exacerbado. Me parece muy lúcido ver cómo las religiones se han vuelto laicas, para instaurar sus propios ídolos de desarrollo tóxico y dinero que calla cualquier voluntad -dicen frailes y clérigos que aman a Dios servir-, pero, hay salida? Quiero confiar en que una visión más profunda, que nos permita ver como defendibles posturas con las que no estemos de acuerdo, merecen defenderse por un simple principio de biodiversidad. Ahora, el problema consiste en hacerlas escalables, hasta llegar a los estamentos que nos gobiernan. Nada fácil, pero prefiero creer en los milagros.