Dar vida a las ideas políticas es una tarea individual, dar vida a la acción política es una tarea colectiva. Es evidente que cada vez son más los que se suman a posiciones disidentes, pero disidencia y colectivo son cosas muy distintas. Una cosa es protestar, criticar la situación actual sin atrevernos a proponer nada más que ruegos a la estructura de poder para que nos mande un nuevo salvador en forma de líder o partido político, y otra muy distinta es disentir, denunciar la situación actual y proponer nuevas alternativas asumiendo la responsabilidad del cambio. Una cosa es alimentar el pesimismo social y otra muy distinta es compartir inquietudes e iniciativas públicamente para formar un colectivo con capacidad de generar cambios políticos esperanzadores.
Pero ¿cuál es el camino?, ¿cómo actuar? No todas las personas están dispuestas a asumir esa responsabilidad, la mayoría es consciente de que está siendo dirigida en contra de sus propios intereses, y sin embargo, se siente atrapada en un síndrome de indefensión aprendida, no saben salir de la situación, se resignan, lo que acaba por llevarlos a un estado de alienación. Vivimos con la amenaza casi insalvable de caer en la indolencia ante la aberración política o en la histeria de la búsqueda de chivos expiatorios. Evitémoslo, no traerá nada bueno.
Ciertamente no es fácil identificar el proceso deshumanizador, ya que este comienza muy tempranamente. Probablemente desde nuestra propia infancia empezamos a asumir conductas autoritarias aceptadas culturalmente, se nos educa a través de instituciones que obedecen a una estructura de poder, y sin apenas darnos cuenta acabamos atribuyendo a esas mismas instituciones una autoridad que nos exige obediencia y nos niega nuestra libertad: la libertad de expresarnos, la libertad de pensar e incluso la libertad de querernos. En el fondo nos hace adaptarnos a las necesidades sociales (en realidad son necesidades políticas y económicas) que nos exigen deshumanizarnos, ir en contra de nuestra estructura moral. Nada nuevo. Erich Fromm en su libro El miedo a la libertad hace esta interesante observación respecto a los conflictos que encuentra un individuo a la hora de conciliar su función social con su función individual:
En su mayoría, los psiquiatras aceptan como un supuesto indiscutible la estructura de su propia sociedad, de tal manera que, para ellos, la persona no del todo adaptada lleva el estigma de individuo poco valioso; por el contrario, suponen que la persona bien adaptada socialmente es muy valiosa desde el punto de vista humano y personal. Si diferenciamos los dos conceptos de normal y neurótico de la manera indicada, llegamos a esta conclusión: la persona considerada normal en razón de su buena adaptación, de su eficiencia social, es a menudo menos sana que la neurótica, cuando se juzga según una escala de valores humanos.
Nuestra actual cultura occidental alimenta actitudes individualistas, todo el consumo está destinado a favorecer la personalidad egotista y la opulencia, las cuales encuentran un magnífico acomodo en las estructuras jerarquizadas, como las estructuras estatales y empresariales. La personalidad narcisista se considera el paradigma de persona socialmente valiosa y sin embargo, cuando esos referentes, esos líderes políticos, tecnocráticos o empresariales muestran su verdadera cara depredadora y destructiva, esas mismas estructuras nos dicen que el problema no está en los criterios por ellas impuestos para crear esos líderes, nos dicen que reside en la propia naturaleza humana, que todos venimos del mismo pecado original. Pero es falso, no somos corruptos por naturaleza.
Erich Fromm se dedicó a estudiar en profundidad este asunto de la naturaleza humana, y en su libro Anatomía de la destructividad humana, deja esta conclusión:
La posición que defendemos en esta obra es la de la fe racional en la capacidad del hombre para salvarse de lo que parece una red fatal de circunstancias que él creó. […] La situación del género humano es hoy demasiado seria para permitirnos escuchar a los demagogos —y menos a los demagogos que atraen la destrucción—, ni siquiera a los dirigentes que solo trabajan con el cerebro y que necesitan fortalecer el corazón. El pensamiento radical y crítico solo dará frutos si se mezcla con la cualidad más preciosa que tiene el hombre: el amor a la vida.
Así es, no podemos seguir desconfiando de nuestra naturaleza social para ponernos en manos de estructuras autoritarias que nos digan cómo debemos comportarnos y a quién debemos obedecer.
Es hora de dar cuerpo a las ideas a través de la acción colectiva, la cual solo tiene un requisito esencial, la lealtad al grupo. Compartamos con nuestro entorno nuestras inquietudes, el conocimiento que nos hace crecer intelectualmente, utilicemos el mundo virtual para fortalecer nuestro mundo real, el del contacto humano, y no dejemos que el miedo condicione nuestras vidas. Al principio puede resultar un proceso de apariencia quijotesca, pero cuando una persona trabaja sobre verdades inmutables, su consciencia empieza a sentir un vigor interno insobornable, aprende a ver la fealdad de la mentira y encuentra alimento solo con las personas auténticas. A partir de ahí, debe ser el grupo el que libremente escriba su destino.
Sobre el autor
Emilio José Triviño Triviño, es abogado y ha colaborado como articulista en distintos medios digitales entre ellos en el blog Acción Democrática Abstencionaria, firmando sus artículos con el pseudónimo de Cincinnatus. En el año 2020 creó un canal en Youtube junto a Alberto Iturralde y Alejandro Villalba con el nombre Camino a la libertad. El tema central de sus artículos y sus programas es la libertad política.





Me ha parecido muy claro y muy necesario el artículo. En las circunstancias en las que vivimos, creo que muchísimas personas queremos ese movimiento hacia un mundo respirable, en el que las demás se revelan como apoyos, en una estructura colectiva inclusiva, que ofrece una multiplicación de oportunidades. La estructura de comunicación ejerce una fuerte presión en contra, pero siento que hay algo indómito y auténtico en la mente humana, de donde puede salir el cambio.