“La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento de importancia en la sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo oculto de la sociedad constituyen el gobierno invisible que detenta el verdadero poder que rige el destino de nuestro país”
Edward Bernays, Propaganda (1928)
El asunto de Epstein se ha convertido en el gran asunto de nuestro días. No es un escándalo cualquiera, una más de las tramas de corrupción con las que los medios tienden a martirizar al público, quien al cabo de unos días acaba por perderse entre tantos nombres y vínculos, y desconecta. La estrategia de “inundar la zona” con pretendida información, tantas veces utilizada para el control de daños, se revela como el método preferido para sepultar la verdad bajo toneladas de paja. Este control de daños sirve a las élites dirigentes, además, para realizar las convenientes purgas en su seno, de modo que, ofreciendo las cabezas de ciertos personajes en sacrificio, el público se convenza de que, al fin y a la postre, los malvados acaban por pagar sus crímenes; de que el sistema, aunque lento, funciona. Sin embargo, esas cabezas que se sirven en bandeja de plata para el escarnio no son producto del azar, sino de los ajustes de cuentas internos de esas mismas élites que parecen estar bajo escrutinio.
Como decía en mi anterior artículo, la trama de Epstein no sólo descubre una vergonzante estructura de chantaje y de tráfico de menores utilizados en las llamadas trampas de miel (honey traps). Ojalá fuese sólo eso. Como cualquiera podrá suponer, nadie hace chantaje por deporte, por el puro placer de hacer sufrir a otros, sino para asegurar la lealtad a unos determinados propósitos. Es aquí donde los medios de comunicación hacen su trabajo, ofreciendo algunos nombres para la hoguera, y así calmar la pulsión por conocer la verdad, por entender la estructura de poder que subyace bajo las toneladas de emails, de modo que, los cuatro investigadores marginales que nos dedicamos a tratar de desentrañar los vericuetos de la realidad, clamamos prácticamente en el desierto, y nuestra voz se hace inaudible entre tanto ruido. La pregunta más evidente y que, sin embargo, pocas veces se hace en los medios de masas no es quién, ni cuando, ni dónde, sino por qué. ¿Cuáles eran los objetivos de esta trama de extorsión? ¿Hacia dónde dirigía sus esfuerzos inversores y de injerencia este club de tecnócratas?
En el artículo citado explicaba que la red real de Epstein compartía una unidad de propósito, un marco epistémico profundo y una voluntarista determinación de dirigir los designios de la humanidad hacia un lugar concreto. Nótese que los miembros más prominentes del poder invisible muy probablemente no fuesen asiduos de la famosa isla del oprobio, porque su compromiso con ese “por qué”, con la teleología más profunda del entramado, es férreo y, sobre todo, genuino. Por ello, no encontraremos a Elon Musk, a Sergey Brin, a Jeff Bezos o a Peter Thiel entre los clientes de la red de prostitución de menores de Epstein y, sin embargo, son las figuras más determinantes del actual estado de cosas en que nos encontramos, como veremos a continuación. La cuestión de la que vamos a tratar hoy es, a mi juicio, la más preocupante, porque desvela una estructura teórica compartida que permite vislumbrar qué tipo de sociedad pretende la élite tecnocrática, y qué futuro cabe esperar a quienes no pertenecemos a ella.
Pese a que algunos de los conceptos que trataremos en esta serie de artículos quizás puedan sonar novedosos y, hasta cierto punto, excéntricos, son la consecuencia natural de los principios eugenésicos del darwinismo social, como veremos a continuación. El aceleracionismo de Nick Land, que aboga por intensificar y empujar los procesos capitalistas y tecnológicos hasta su punto de ruptura, no para reformarlos, sino para precipitar una transformación radical y potencialmente destructiva de la sociedad humana, ha influido de manera decisiva en la creación de un movimiento llamado Ilustración Oscura, que cuenta entre sus máximos exponentes con Curtis Yarvin, ideólogo de cabecera de la élite tecnocrática, con el propio Peter Thiel, como brazo ejecutor del plan con desde sus más tiernos inicios en el Lifelog de DARPA y la CIA (hablaremos de ello en próximas entregas), y a un Jeffrey Epstein, cuya aportación al plan no se limitaba a facilitar vías de financiación, sino a tejer una sólida estructura de lealtades y adhesiones al proyecto transhumanista. Para ello, Epstein lideró activamente en la construcción de una arquitectura de voluntades incrustada en lo más profundo de la academia estadounidense, atrayendo hacia sí a varios de los científicos más influyentes en el ámbito de la tecnología, de la genética, de la biología y de las matemáticas.
En próximos artículos nos centraremos en algunos de los proyectos más significativos en este sentido. Como decía, Epstein no era un mero filántropo desinteresado. Su fascinación por la eugenesia moderna bajo el manto del transhumanismo, lo llevó a invertir millones en proyectos que buscaban mejorar la especie humana mediante avances tecnológicos y genéticos. El transhumanismo, como ideología en su versión moderna, postula la superación de las limitaciones biológicas humanas a través de herramientas como la edición genética, la inteligencia artificial y la fusión entre el hombre y la máquina, una visión que no implica en absoluto un progreso universal, sino una extensión elitista de las mismas desigualdades estructurales existentes, una jerarquía donde sólo los privilegiados que puedan pagar las “mejoras” podrán acceder a ellas, perpetuando y extremando así las divisiones sociales bajo el pretexto de la innovación científica. La ingeniería genética y la nanotecnología podrían crear una nueva élite de “superhumanos”, mientras que la mayoría de las personas quedarían como una casta inferior.
Como advertía (no sin cierto regocijo) Yuval Noah Harari en su libro Homo Deus, en el mundo al que nos dirigimos, que Harari plantea oportunamente como un destino insoslayable, la mayoría de los humanos conformaríamos una suerte de “clase inútil”, incapaces de competir con las habilidades de la Inteligencia Artificial. En semejante contexto, la única utilidad que todavía podríamos ofrecer radicaría en el dataísmo, la nueva “tecno-religión” que postula el valor supremo del “flujo de información” y que considera a los humanos como meras herramientas a sumar al “internet las cosas”. El objetivo indisimulado de la élite tecnocrática es la reificación de los humanos, que como organismos vivos quedarían reducidos en su concepción a un sumatorio de procesos bioquímicos algoritmizables y, por tanto, útiles para el mejor y único aprovechamiento posible de la “clase inútil”, esto es, todos nosotros. En este marco epistémico, fundamentalmente antihumano, las experiencias humanas no serían intrínsecamente valiosas si no contribuyen al flujo de datos global. Bajo la dictadura de los datos, el amor o el sufrimiento dejarían de ser manifestaciones de nuestra humanidad para convertirse en meros elementos de un algoritmo omnicomprensivo con el que predecir los comportamientos humanos y, por tanto, poder controlar los designios de la Humanidad, acaso de manera definitiva.
Este dataismo, y la aportación voluntaria de nuestros datos, nuestros deseos y nuestros anhelos, es el último eslabón de la cadena que nos convierte indefectiblemente en objetos, en una lógica perversa que podríamos llamar utilitarismo inverso, por la cual somos los humanos los que resultamos útiles a las máquinas, y no al revés. Para asegurar el éxito de esta empresa, es fundamental nuestra cooperación, ya sea consciente o inconsciente. No por casualidad, Peter Thiel ha sido (y es) el máximo baluarte de la arquitectura de control de masas, participando en todos los estadios de la construcción de la cárcel digital en que habitamos, ese panóptico digital al que se refería el investigador Johnny Vedmore en esta entrevista que tuve el privilegio de realizar hace escasas semanas. Facebook, Instagram, Linkedin, Twitter, Spotify, Google o Tik Tok, con sus sugerentes logos como señuelo, han resultado la manera más efectiva de que cedamos todo vestigio de soberanía individual, regalando ingenuamente eso que Shoshana Zuboff llama nuestro “excedente conductual”. Las redes sociales, y nuestra constante elección de contenidos, recopilan permanentemente nuestros datos, por aquello de “mejorar la experiencia de usuario” y, sin embargo, en cada click, en cada interacción, en cada actualización dopamínica permitimos tácitamente la colonización de las mentes.
Una vez colonizada la mente, queda diáfano el acceso del dataísmo a nuestros cuerpos. En ese sentido, la Operación COVID, ha actuado como un catalizador inadvertido para la “colonización de los cuerpos”. La integración profunda de tecnologías en el ser humano, bajo el pretexto de la salud y la seguridad colectiva facilitó esa nueva dinámica, eliminando posibles resistencias culturales a través de las sacrosantas vacunas, dejando expedito el camino para la nanotecnología y los dispositivos intracorpóreos. Primero, las vacunas de ARNm, como las de Pfizer y Moderna, introdujeron nanotecnología lipídica para entregar instrucciones genéticas al interior de las células. Pretendidamente diseñados para combatir el terrible virus, los inóculos ARNm representaron un hito en la manipulación biológica a escala masiva, convirtiendo a miles de millones de personas que recibieron estas inyecciones en meras cobayas, normalizando la idea de “actualizar” el cuerpo como si de un software se tratase, lo que abre las puertas de par en par a futuras terapias nanotecnológicas para enfermedades crónicas o incluso “mejoras” cognitivas llegado el caso. Y en todo este ámbito, también fue fundamental la participación de Jeffrey Epstein, canalizando dinero offshore durante más de una década a través del banco JP Morgan, con la intención de crear una estructura diseñada con ambición de perpetuidad para alimentar el emporio vacunal de Bill Gates, atrayendo dinero público de los estados hacia sus organizaciones filantrópicas y parasitando la Organización Mundial de la Salud. Hablaremos más profundamente del Project Molecule de JP Morgan más adelante en esta serie.
Como decía, el miedo al contagio legitimó en el inconsciente colectivo las intervenciones invasivas, desde pasaportes vacunales digitales hasta aplicaciones de rastreo, o pulseras que monitorizan nuestras constantes vitales recolectando datos biométricos en tiempo real, alimentando así al Golem del dataísmo. Lo que se nos presentó como una herramienta epidemiológica por el bien común se está revelando como un ecosistema de vigilancia permanente, integrando nuestro yo biológico al “internet de las cosas”. En este sentido, empresas como Amazon, de Jeff Bezos, o Neuralink, de Elon Musk, siguen ese mismo rumbo, acelerando proyectos de implantes neurológicos, bajo la promesa de construir una “salud predictiva”, dejando abierta una enorme ventana de oportunidad al control futuro de nuestros comportamientos y emociones. Abundaremos en próximas entregas de esta serie sobre los diferentes proyectos transhumanistas en que andaban involucrados tanto Epstein como los demás tecnooligarcas y cómo se articulo todo esto, usando a personajes influyentes en la academia estadounidense como el matemático Martin Nowak, de Harvard, el biólogo evolucionista Robert Trivers, de Rutgers y Harvard, y Joichi Ito, del MIT, el tecnólogo japonés al que mencioné en mi anterior artículo sobre Epstein, a quien el emprendedor español Martín Varsavsky dibujaba en prime time como una víctima incontrovertible de una suerte de caza de brujas aunque, mal que le pese a Varsavsky, sea una de las figuras que mayor volumen de mensajes mantuvo con el pedófilo convicto. Pero antes de entrar en materia, es fundamental revisar el largo camino de la eugenesia que nos ha traído hasta este estado de cosas. Porque como reza el refrán, de aquellos barros, estos lodos.
El Club X: Eugenesia y transhumanismo
“La humanidad progresa al permitir que las fuerzas naturales eliminen a aquellos que son incapaces de sostenerse a sí mismos en la lucha por la existencia.”
Herbert Spencer: The Principles of Biology (1864)
Quizás, al mencionar el concepto “eugenesia”, el primer nombre que nos venga a la mente sea el de Josef Mengele, el tristemente célebre “Ángel de la Muerte” de Auschwitz, que encarna como nadie la aplicación más extrema y brutal del darwinismo social y los principios eugenésicos dentro de la cosmovisión nazi. Sin embargo, tal y como demuestra la cita de Herbert Spencer con la que he decidido coronar este epígrafe, contra la creencia popular fruto de años de propaganda que presenta al nazismo como una anomalía absoluta (comparable sólo a la maldad soviética), lo cierto es que los nazis simplemente se hicieron eco de los sonidos de la época y no inventaron absolutamente nada. Del mismo modo que las técnicas de propaganda de Goebbels no eran sino adaptaciones al alemán de los métodos de manipulación de masas de Edward Bernays, a la sazón sobrino de Sigmund Freud, Mengele tomó prestados los principios del darwinismo social, la eugenesia y la epistemología de la competencia y la lucha por la vida (derivada del darwinismo entendido como lucha, no como mera evolución de especies), y los aplicó con una coherencia escalofriante, aprovechando las oportunidades que ofrecía el contexto bélico y aplicando sus principios a escala industrial.
A diferencia de quienes hablan de “malinterpretación” del darwinismo, sostengo que Mengele no malinterpretó nada: adaptó deliberadamente esas ideas a la ideología nazi, sin aportar gran novedad teórica, más allá de una ejecución práctica brutal facilitada por la guerra total. Y esa adaptación no era una aberración singular, sino la continuación lógica de planteamientos surgidos décadas antes en Gran Bretaña, especialmente en el entorno del X Club, ese club de élite científica británica creado alrededor de la Royal Society por Charles Darwin, Thomas Huxley y Herbert Spencer. Ideas que después Francis Galton articularía con claridad en Essays in Eugenics (1909), pero que ya estaban presentes como germen mucho antes. Resulta ciertamente inquietante la contumacia con que la academia actual se empeña en desvincular a Darwin y Galton de cualquier vínculo fenomenológico con el nazismo, un empeño comparable al tratamiento que los medios hacen del asunto Epstein. Ese esfuerzo denodado por mantener a ciertos personajes “incorruptos” explica que los mismos principios rectores reaparezcan una y otra vez, acaso en cada década se vistan con nuevas narrativas que los hagan digeribles a la opinión pública.
Contra la creencia popular, el darwinismo social, que emerge a mediados del siglo XIX de la mano de Herbert Spencer, no surge como consecuencia de Darwin, sino que inspiró las ideas de selección natural de Darwin y las desarrolló en el terreno social. Spencer promovía la competencia despiadada sobre el marco epistémico de la lucha por la vida de Malthus y la famosa “supervivencia del más apto” como justificación científica de las desigualdades raciales, sociales y económicas de la propia sociedad victoriana. Spencer argumentaba sin tapujos que la lucha fortalecía a las sociedades capaces de eliminar a los “débiles” (Spencer, 1864). Algunos historiadores, en un gesto de voluntarismo académico conmovedor, insisten en que Darwin no respaldaba del todo esas aplicaciones. Sin embargo, la correspondencia entre ambos —la cartas de 1866 donde Darwin elogia con entusiasmo las ideas de Spencer sobre evolución social— revelan un alto grado de complacencia. Esas ideas cuajaron de maravilla en la elitista Inglaterra victoriana y pronto sirvieron de base pseudocientífica a movimientos políticos que impulsaron políticas de exclusión racial y social por toda Europa y América. Así lo expresaba Galton sin rubor:
La capacidad natural de la que trata principalmente este libro es tal que un europeo moderno posee en una proporción media mucho mayor que los hombres de las razas inferiores. (...) La diferencia de intelecto entre el mayor y el menor de los intelectos ingleses es enorme; existe un rango similar entre las familias de las clases más altas.
Francis Galton, El Genio Hereditario (1869)
De este modo, el liberalismo económico británico, cuya fe en la libre competencia casaba a la perfección con la retórica malthusiana de la escasez, encontró en el darwinismo social su coartada científica ideal. Lograba revestir de apariencia objetiva lo que no dejaba de ser una ideología de clase profundamente elitista y, si me apuran, supremacista. Permítanme que aporte un dato que ilustra el nivel de compromiso personal de estos pioneros con su propio credo: Charles Darwin, que contrariamente al mito popular no era un científico sino un teólogo de formación, se casó con su prima carnal Emma Wedgwood, precisamente por aquello de “mantener el buen linaje”. Sus teorías sobre la lucha por la vida quedaron en gran medida en el plano teórico (la genética moderna no las ha confirmado pese a los denodados esfuerzos académicos por preservar su nombre intacto). Lo que sí demostró de forma dramática y empírica fue el peligro de la endogamia: de sus diez hijos, tres murieron antes de la mayoría de edad, y de los siete que llegaron a adultos, tres fueron infértiles y no dejaron descendencia. Por si fuera poco, Francis Galton, además de su correligionario, era también su primo
La eugenesia (buen nacimiento), hija directa del darwinismo social, buscaba mejorar la especie humana mediante la selección artificial de rasgos genéticos. Francis Galton, por ejemplo, preconizaba premiar la reproducción de los “deseables” y obstaculizar la de los “indeseables”. En Alemania, el régimen nazi integró estas ideas en su obsesión por la pureza racial, lo que justificó el Holocausto y el programa de eutanasia Aktion T4, que asesinó a unas 70.000 personas con discapacidades entre 1939 y 1941. Los nazis, y muy especialmente Mengele, transformaron el darwinismo social en una lucha racial explícita: judíos, romaníes y discapacitados eran vistos como amenazas biológicas que había que erradicar. El concepto de “los más débiles” resulta maravillosamente elástico, y se puede dirigir sencillamente contra cualquier grupo que se quiera excluir, ya sea racial, político, o social. Cómo olvidar el famoso “gen rojo” de Vallejo Nájera. Asimismo, los “más fuertes” serán invariablemente las élites que controlan la narrativa del momento.
Mengele y la adaptación nazi del darwinismo social
Josef Mengele nació y creció en Baviera, en un entorno académico ya profundamente impregnado de darwinismo social y eugenesia. Estudia medicina en la Universidad de Múnich y obtiene en 1935 un doctorado en antropología bajo la dirección de Otmar von Verschuer, un eugenista convencido que aplicaba principios darwinistas a la clasificación racial. Trabaja como asistente de Verschuer en el Instituto de Biología Hereditaria e Higiene Racial de Frankfurt (1934-1937). Verschuer, que antes de 1939 recibía fondos regulares de la Fundación Rockefeller, defendía mejorar la “raza aria” mediante selección genética y eliminación de rasgos “indeseables”. Su obsesión por los estudios en gemelos para investigar la herencia genética fascinó a Mengele, quien luego trasladaría esa metodología a sus experimentos inhumanos en Auschwitz. Mengele se forma también en Múnich, un foco de pensamiento nacionalista y eugenésico. Su mentor en antropología, Theodor Mollison, defendía teorías raciales que jerarquizaban poblaciones según su “calidad genética” y proclamaba la superioridad aria y la necesidad de “purificar” la población. Igualmente decisivo fue el Instituto Kaiser Wilhelm de Berlín —otro centro de prestigio financiado en parte por Rockefeller—, donde Eugen Fischer promovía la esterilización de discapacitados y la segregación racial. Mengele absorbió esas ideas durante su formación. No era una anomalía, sino un hombre de su tiempo.
Su tesis doctoral sobre la morfología de la mandíbula en diferentes razas ya reflejaba la creencia en una jerarquía biológica innata, adaptando las ideas de Galton para justificar, en este caso concreto, la superioridad aria. Por tanto, Mengele no malinterpretó nada, sino que vio en la lucha racial como una extensión lógica de la selección natural darwiniana, un enfoque que resonaba con el apoyo que el propio Darwin había mostrado hacia las ideas de Spencer sobre competencia social. En 1937, Mengele finalmente se afilia al Partido Nazi y en 1938 ingresa en las SS, abrazando plenamente la ideología nazi, donde el odio étnico hacia los judíos ofrecía el caldo de cultivo perfecto para desarrollar sus convicciones darwinistas. Mengele veía su trabajo en Auschwitz como una contribución directa a la “supervivencia” de la raza aria, adaptando la noción darwinista de la lucha por la vida a la eliminación sistemática de grupos “indeseables”. Eso lo convertía en el ejecutor ideal de las políticas eugenésicas darwinistas
Mengele, por tanto, ni inventó ni tergiversó las ideas eugenésicas ni el darwinismo social. Las tomó tal cual circulaban en los círculos académicos de élite de principios de siglo (primero británicos, luego alemanes) y las llevó a su conclusión práctica más radical en el contexto del Tercer Reich. La academia posterior ha hecho denodados esfuerzos por blanquear a Galton, Spencer y hasta al propio Darwin, pero los vínculos conceptuales son claros, documentados y difíciles de negar sin recurrir a malabarismos hermenéuticos. Y mientras siga vigente la misma lógica de competencia extrema, selección artificial y jerarquías biológicas disfrazadas de ciencia, el riesgo de que aparezcan nuevos “Mengele” con bata blanca y buena prensa permanece latente. De hecho, el darwinismo social goza de enorme predicamento en nuestros días, justificado mediante narrativas falsarias y autoindulgentes las cuales se aprovechan para ampliar con nocturnidad y alevosía nuevos límites bioéticos a la investigación. Vean sino la relación de los tecnócratas con la idea del baby design al que hacía alusión en mi anterior artículo, ese pronatalismo de Silicon Valley. Técnicas de edición genética como CRISPR, la estructura creada durante años en torno a la cuestión del envejecimiento, o el mismo uso de la población mundial para experimentos masivos con plataformas tecnológicas como el ARNm, no son más que los ecos recientes de la obsesión de la tecnocracia con la inmortalidad (la suya, se entiende), y explica la necesidad de dirigir la dirección en que avanza la ciencia del mejor modo que saben hacer: financiando.
Operación Paperclip
Pese a las grandes palabras y los discursos moralistas pronunciados durante los Juicios de Nuremberg, los mal llamados “aliados” no quisieron desaprovechar el “conocimiento” adquirido por la jerarquía médico-científica nazi a costa del sufrimiento de cientos de miles de seres humanos durante la Segunda Guerra Mundial y sus años previos. Como ya pueden suponer los lectores, la excusa propiciatoria utilizada en el bloque occidental para justificar la llamada Operación Paperclip fue el miedo inducido al “peligro rojo”. Como vemos, las excusas para convertir a cantidades crecientes de seres humanos en meras cobayas de laboratorio nunca faltan. Siempre existe un enemigo al que temer, que justifique las atrocidades que sean menester, con el desembolso correspondiente a cargo del erario público. En este contexto, tras la derrota de Alemania en mayo de 1945, las potencias aliadas se encontraron de golpe con un vasto archivo de conocimientos científicos y tecnológicos desarrollados por el Tercer Reich, especialmente en áreas como cohetes, aeronáutica, armas químicas y medicina.
Así fue como miles de científicos y jerarcas nazis pasaron de la noche a la mañana a prestar su conocimiento al otro lado del charco. Un ejemplo paradigmático de contrición es, sin duda, Hubertus Strughold, considerado por muchos como el “padre de la medicina espacial”. Strughold, fisiólogo y director del Instituto de Medicina de Aviación de la Luftwaffe y figura clave en la jerarquía médica nazi, fue, entre otras “aportaciones” a la ciencia, el responsable de supervisar los experimentos en el campo de concentración de Dachau, donde centenares de prisioneros fueron sometidos a pruebas de congelación y de cambios de presión en altitud. Aunque no fue acusado formalmente en el Juicio de los Médicos de Nuremberg, Strughold fue interrogado como testigo debido a su conocimiento de estos experimentos. Hay quien puede inferir que Strughold tenía motivos para testificar en contra de sus superiores en el Juicio de los Médicos, habida cuenta del interés de la inteligencia estadounidense por acceder a sus servicios futuros, ya que, según las fuentes consultadas, la Operación Paperclip arrancó incluso antes de que lo hiciese el propio juicio.
Eugenesia en EEUU
Mucho antes de la Operación Paperclip, en Estados Unidos, el movimiento eugenésico fue pionero y tuvo una influencia global, gracias entre otros, a los esfuerzos de organizaciones filantrópicas como la Rockefeller Foundation, una “generosidad” que también regó abundantemente los delirios eugenésicos anteriormente mencionados de Mengele y del III Reich. Gracias a la generosidad de los cheques de Rockefeller, se llevaron a cabo programas de esterilización forzada, leyes de restricción matrimonial y segregación que continuaron incluso después de la Segunda Guerra Mundial. Entre 1909 y 1979, se estima que unas 60,000 personas fueron esterilizadas forzosamente en EE. UU. bajo leyes eugenésicas en más de 30 estados. California lideró con 20,000 esterilizaciones entre 1909 y 1960, justificadas para prevenir la transmisión de “defectos” genéticos como discapacidades mentales, pobreza o criminalidad. El caso Buck v. Bell (1927) de la Corte Suprema legitimó estas prácticas, declarando constitucional la esterilización de Carrie Buck, etiquetada formalmente como “imbécil”. Las esterilizaciones continuaron en algunos estados hasta los años 1970, afectando desproporcionadamente a mujeres, minorías (como nativos americanos y afroamericanos) y personas institucionalizadas en cárceles o centros de atención psiquiátrica.
Otro ejemplo flagrante de la vigencia de estas ideas en el EE.UU. de la época es el de la Oficina de Registro de Eugenesia (Eugenics Record Office, ERO). Fundada en 1910 en Cold Spring Harbor, Nueva York, por Charles Davenport con financiación de la Fundación Carnegie y la familia Harriman, la ERO recopiló datos genealógicos para identificar a los “no aptos”. Si bien es cierto que esta oficina perdió influencia tras la Segunda Guerra Mundial, sus actividades continuaron hasta 1939, y sus ideas influyeron en políticas migratorias y de esterilización. Como hemos comentado anteriormente, las ideas eugenésicas darwinistas, se siguieron desarrollando en EEUU durante las décadas posteriores. También se aplicaron leyes de restricción matrimonial. Hasta la década de 1960, muchos estados mantenían leyes de antimiscegenación que prohibían matrimonios entre personas de diferentes razas, basadas en ideas eugenésicas de preservar la “pureza racial”. Estas leyes fueron finalmente declaradas inconstitucionales en el caso Loving vs. Virginia (1967).
Quizás el ejemplo más palmario de esta tendencia aberrante es el del genocidio sistemático de los indios americanos ocurrido de manera paulatina durante el siglo XIX y también en el XX. Entre 1960 y 1970, el Servicio de Salud Indígena (IHS) esterilizó a miles de mujeres nativas americanas sin consentimiento informado, bajo la justificación de reducir la pobreza y mejorar la “calidad genética”. Se estima que entre el 25% y el 50% de las mujeres nativas en edad reproductiva fueron esterilizadas en este periodo, continuando así con la bien institucionalizada tradición genocida inherente al desarrollo de lo que hoy conocemos como Estados Unidos, que ha terminado de manera efectiva con la población indígena. Tras confinar a los indios americanos en reservas y despojarlos de sus tierras y culturas bajo el pretexto de “civilizarlos” o “protegerlos”, se procedió a su ejecución lenta y paulatina y a la esterilización de sus mujeres, con objeto de reducir la población indígena y borrar así toda huella de infamia.
El Punto Omega y la religión del perpetuo progreso
La transformación de los principios eugenésicos de Galton y Spencer, mutaron su forma dando origen al transhumanismo. El culmen de esta deriva del darwinismo social y la eugenesia galtoniana a la mejora humana dirigida, cristaliza en el transhumanismo, reempaquetado con barniz místico y científico por figuras como Teilhard de Chardin y, singularmente, Julian Huxley, que interpretó las ideas del primero dando origen al término “transhumanismo”. Teilhard ve el universo como un proceso evolutivo irreversible y dirigido hacia cada vez una mayor complejidad y conciencia. La evolución, según Teilhard de Chardin, no es ni ciega ni azarosa, sino que guarda un sentido trascendente que parte de lo inorgánico, pasa por lo biológico por el tamiz de la selección natural, llegando a lo psicosocial, esa noosfera o capa de pensamiento humano colectivo, una suerte de conciencia colectiva que converge inevitablemente en un punto final de máxima unidad y complejidad, el llamado Punto Omega, una idea que conecta de manera directa con la singularidad de Ray Kurzweil, descrita como ese momento en el que la Inteligencia Artificial General desarrolle una verdadera conciencia de sí misma, comenzando a operar de manera autónoma.
Julian Huxley, hermano de Aldous Huxley y nieto de Thomas Huxley, lleva en New Bottles for New Wine (1957) esta visión al terreno explícitamente transhumanista. Huxley, divide la evolución en tres fases: cosmológica (lenta, inorgánica), biológica (basada en la selección natural darwinista) y psicosocial (eminentemente humana, donde la tradición, el lenguaje y la cultura disparan el cambio exponencial). El hombre, según Huxley, es ahora el agente principal de la evolución y por tanto, dueño de su destino, que pasa por la plena realización de todo su potencial inherente mediante un esfuerzo consciente y perpetuo. Es aquí donde surge el concepto “transhumanismo” y, por ende, la religión del progreso perpetuo: el ser humano, se trasciende a sí mismo al concretar nuevas posibilidades de manipular su propia naturaleza. Julian Huxley plantea abandonar dogmas dualistas (mente/materia, ciencia/religión) y abrazar una realidad dinámica con la superación de los mismos en el horizonte. Según Huxley, el mayor enemigo que amenaza ese destino ideal es la superpoblación y por ello, como buen malthusiano, preconiza el control de natalidad. Como vemos, de la selección coercitiva hemos pasado a la mejora “voluntaria”, siempre guiada por élites ilustradas que dirigen el sentido del desarrollo científico y tecnológico. Sobre el barniz teleológico-religioso de Teilhard, ambos apuntalan la fe en una evolución dirigida hacia lo post-humano. Por mucho que la academia pretenda blanquear estos vínculos la conexión del darwinismo social con el transhumanismo es nítida, siempre bajo la promesa de trascender la especie hacia algo “superior”, controlado por quienes saben mejor hacia dónde debe ir la humanidad. No por casualidad, Julian Huxley, defensor de una “eugenesia reformada”, recibió durante años significativos apoyos de los Rockefeller a través de la UNESCO.
Como ya señalamos anteriormente, en Estados Unidos, las élites abrazaron el transhumanismo con alegría, y el altruismo de los Rockefeller jugó siempre un papel central. Como ya he mencionado, la Fundación Rockefeller venía financiando masivamente instituciones eugenésicas en los años 20 y 30: apoyó el Eugenics Record Office junto a Carnegie y, de manera muy significativa, los ya mencionados institutos del Kaiser Wilhelm en Alemania, precursores de la actual Sociedad Max Planck. Más tarde, en los 50, John D. Rockefeller III creó el Population Council (1952), inicialmente conectado a eugenistas como Frederick Osborn, para impulsar la agenda de control de natalidad a nivel mundial bajo el pretexto malthusiano de la sobrepoblación, una suerte de eugenesia disfrazada de planificación familiar que goza hoy día de enorme predicamento y que ha sido naturalizada en la inmensa mayoría de los sistemas de salud de los países desarrollados. Con el paso del tiempo, la Fundación Rockefeller, a sabiendas del rechazo que pueda generar ese pasado siniestro, ha modificado hábilmente el aspecto de sus prioridades, no así la agenda de fondo. Hoy día, uno de los objetivos declarados es la mejora de la salud global, un noble propósito a priori que, sin embargo, está intoxicado del mismo malthusianismo y de la filosofía de la escasez, análogamente a lo que ocurre con el catastrofismo climático, otro de sus caballos de batalla prioritarios.
El transgenerismo: caballo de Troya del transhumanismo
Una de las mayores victorias del transhumanismo en términos de aceptación pública de sus postulados ha sido sin duda la correspondiente al transgenerismo. El identitarismo woke, que recoge los frutos políticos de la victimización ad nauseam de los colectivos a los que dice defender, ha traído como consecuencia la aceptación tácita por parte de la sociedad de planteamientos tan aberrantes como la libre elección del sexo biológico. La tan cacareada despatologización trae consigo el aprovechamiento de estos nuevos fenotipos artificiales que, como veremos en su momento preciso, tanto fascinaban a Epstein y a su nutrida lista de científicos en nómina, todo ello para impulsar los fines espurios de la agenda transgénero en primer término, y del poshumanismo en definitiva. Agazapada tras un modelo de feminismo ya amortizado, que renueva su esplendor activista de otras épocas a cuenta de la lista de siglas creciente y cada vez más ridícula, en la que se confunde deliberadamente la sexualidad de los individuos y su identidad. Al resguardo que ofrecía el paraguas de la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres, el feminismo clásico ha permitido ser diluido en un amasijo informe de identidades a cual más estrambótica y de cuyos límites no tenemos certidumbre. La conexión entre el transgenerismo y la ambición de las élites poshumanas por deconstruir al individuo no es una teoría de la conspiración, sino un acervo pseudofilosófico plasmado negro sobre blanco que se puede leer en la obra de una serie de referentes, algunos de ellos generosamente regados por los máximos accionistas históricos del cortijo transhumano: los Rockefeller. Sin ánimo de ser exhaustivos, en este epígrafe intento recoger someramente a los que considero los principales inspiradores de ese camino que lleva de la liberación de la mujer al transhumanismo, pasando por el transgenerismo.
Magnus Hirschfeld
No podríamos empezar esta enumeración de influencias del transgenerismo sin mencionar a Magnus Hirschfeld, médico y sexólogo alemán, quien fue un pionero en estas lides de la deconstrucción del individuo a través del estudio de la sexualidad y el género, un concepto que recién empezaba a dar sus primeros pasos. Hirschfeld desarrolló una descacharrante teoría que llamó de los “intermediarios sexuales”, según la cual las características de sexo, género y orientación sexual existirían en un espectro continuo, desafiando las nociones binarias de masculino y femenino. Hirschfeld argumentaba que estas variaciones eran naturales y no una elección deliberada, rompiendo con las visiones patologizantes de su época. Su trabajo incluyó conceptos como el travestismo (término que él mismo acuñó) y el reconocimiento temprano de identidades no binarias, anticipando los debates posmodernos sobre identidad género y transexualidad. Pese a la benevolencia con la que la historia ha tratado su figura, Hirschfeld no fue un héroe de la liberación sexual, sino un charlatán cuyas ideas histriónicas y defectuosas sentaron las bases para los aberrantes excesos actuales en la medicina de género, como cirugías irreversibles y hormonaciones al margen de cualquier evidencia.
En 1897, fundó el Comité Científico-Humanitario, la primera organización mundial de defensa de los derechos homosexuales, que buscaba derogar el Paragraph 175, una ley alemana que penalizaba la homosexualidad. En 1919, creó el Instituto de Investigación Sexual en Berlín, un centro revolucionario que ofrecía servicios médicos, psicológicos y las primeras cirugías de reasignación de sexo documentadas. El instituto también albergaba una vasta biblioteca sobre sexualidad y género, y promovía la educación sexual y el activismo feminista. Hirschfeld, obsesionado con demostrar la homosexualidad como un defecto biológico, promovió cirugías absurdas y fraudulentas entre hombres homosexuales, argumentado que sus testículos eran “defectuosos” porque no producían suficiente testosterona. Hirschfeld no trabajaba solo. Entre sus correligionarios se encontraba un tal Eugen Steinach, quien promovía delirios pseudocientíficos como implantes de testículos de hombres heterosexuales en el abdomen de pacientes homosexuales para corregir su orientación, o vasectomías parciales, que supuestamente redirigían la producción de esperma hacia la secreción hormonal interna, aumentando pretendidamente los niveles de testosterona y rejuveneciendo así al paciente, que experimentaría potentes y vigorosas erecciones, una energía juvenil desbordante o incluso la reactivación sexual en ancianos.
Como muchos otros en la época, Hirschfeld defendía con pasión la eugenesia, abogando abiertamente por la esterilización de personas “débil-mentales” y promoviendo teorías de jerarquías raciales. Su “teoría de las razas” incluía soflamas sobre la negritud flagrante y la creencia de que los hombres eran inherentemente más inteligentes que las mujeres. Aunque se le presentara como antirracista en obras póstumas, por aquello de salvar la cara de la teoría queer, sus escritos revelan un profundo supremacismo blanco y sexista que encajaba a la perfección con la eugenesia de la época, pavimentando el camino para las atrocidades nazis que, irónicamente, acabarían por perseguirlo por su doble condición de judío y homosexual, pese a que sus ideas eugenésicas fuesen fundamentalmente las mismas. Pero sin duda, uno de los escándalos más notorios que persiguen su memoria es cómo Hirschfeld integró la atracción por edades específicas, incluyendo a niños y adolescentes en su taxonomía de orientaciones sexuales innatas. En obras como La homosexualidad de hombres y mujeres (1914) encontramos un mapa de las parafilias en función de las edades: pedofilia (atracción a prepúberes), efebofilia (a adolescentes), androfilia (a adultos) y gerontofilia (a ancianos), tratándolas como una dimensión fija y biológica, abriendo el camino de la despenalización de la pedofilia. Además, pese a la reticencia de la academia por ensuciar su memoria, se sabe que él mismo mantuvo relaciones pederásticas, enmarcadas en la perversidad de la relación “maestro-discípulo”.
Kinsey y la revolución sexual de posguerra
En enero de 1948, un libro titulado Sexual Behavior in the Human Male irrumpió en las librerías de Estados Unidos como si de una bomba cultural se tratase. Su autor, Alfred Kinsey, un discreto profesor de zoología de la Universidad de Indiana especializado en avispas, que sería romantizado y elevado a categoría de profeta de la sexualidad por Hollywood y Liam Neeson en 2004, afirmaba con datos “científicos” que la sexualidad humana no era ni binaria ni puritana. Según contaban sus estudios, el 37% de los hombres había tenido al menos una experiencia homosexual, el 10% era exclusivamente homosexual durante años, y que prácticas como la masturbación o el sexo premarital eran mayoritarias. Cierto es que algunas cuestiones ahora nos pueden parecer de perogrullo, pero en la época resultó verdaderamente muy disruptivo para la moral puritana de posguerra. Pero lo que pocos sabían entonces (y sigue siendo poco conocido) es que gran parte de esa “revolución sexual” fue posible gracias al dinero de la Fundación Rockefeller.
En 1940 Kinsey solicitó una pequeña ayuda al Comité de Investigación en Problemas de Sexo (CRPS) del National Research Council. Ese comité, creado en 1922, recibía casi todo su presupuesto de la Fundación Rockefeller (y antes, de su Bureau of Social Hygiene). En 1941 llegó el primer cheque de 1.600 dólares, que si bien no era mucho, marcó el inicio de una relación que cambiaría la historia de la sexualidad. Para 1947, el proyecto de Kinsey recibía 40.000 dólares anuales (equivalentes a unos 500.000 dólares actuales) y representaba la mitad de todo el dinero que la Rockefeller destinaba al CRPS. La Fundación Rockefeller vio en Kinsey una oportunidad de acelerar su agenda malthusiana, pasando del estudio de la sexualidad en animales a personas, en línea con su histórica inversión en control de población y eugenesia. En 1947, Kinsey fundó el Institute for Sex Research, hoy llamado Kinsey Institute en la Universidad de Indiana como entidad sin fines de lucro. El dinero fluía sin interrupciones. El libro fue un éxito de ventas sin paliativos, vendió cientos de miles de copias y generó toda suerte de portadas en los periódicos y revistas de mayor tirada en la época, como el Time o The New York Times. Sin embargo, los escándalos no tardaron en estallar. En primer lugar, los estudios de Kinsey tenían un claro sesgo en la muestra, ya que Kinsey no usó muestreo aleatorio y reclutó a los voluntarios entre población reclusa, prostitutas y homosexuales.
Sin embargo, los datos más explosivos fueron los relacionados con la sexualidad infantil, donde Kinsey detallaba “orgasmos” en niños de 5 meses a 14 años. Según plasmó la investigadora Judith Reisman en su obra Kinsey: Crimes & Consequences, (1998), la mayoría de los datos aportados en su estudio provenían de un solo pedófilo que abusó de cientos de niños desde 1917, y Kinsey no sólo no lo denunció sino que además lo presentó como múltiples fuentes neutrales. Kinsey justificó el no haber denunciado los abusos en la excusa del anonimato para, pretendidamente, poder obtener “datos honestos”. Todavía hoy, el Kinsey Institute defiende la legitimidad y validez de los datos, argumentando que procedían de recuerdos de adultos, observaciones de padres y maestros y de entrevistas con nueve hombres diferentes, defendiendo el uso del anonimato como ético por tratarse de temas tabú. Otras biografías posteriores revelaron que Kinsey era bisexual, y practicaba el sadomasoquismo, filmaba actos sexuales con su equipo (incluyendo su esposa) y mantenía relaciones abiertas. Ciertamente, más allá de la edulcorada imagen de Liam Neeson, rascando un poco más allá de la superficie, da la sensación de que, del mismo modo que ocurría con Hirschfeld, la “ciencia” de Kinsey tenía por objeto reflejar su propia agenda, y justificar sus propias parafilias.
John Money y el caso Reimer
El caso Reimer, también conocido como el caso de David Reimer, fue un escandaloso episodio que la historia de la psicología se ha encargado de manipular convenientemente para reforzar la funesta teoría de género, ocultando sus lados más oscuros del dominio público. En 1965, Bruce Reimer, un gemelo canadiense, sufrió un accidente durante una circuncisión que destruyó su pene. El psicólogo John Money, profesor de la Universidad Johns Hopkins y firme defensor de la teoría de que el género venía determinado por la crianza y no por la biología, vio la oportunidad de demostrar su teoría, y convenció a los padres de criar a Bruce como una niña, renombrándolo Brenda. Money, supervisó el caso recomendando la primera reasignación de género de la historia en Estados Unidos, prescribiendo un fuerte tratamiento hormonal y una gran cantidad de cirugías con objeto de “realinear” el cuerpo de Bruce con una identidad femenina. El experimento buscaba probar que el género, como constructo social, era maleable mediante la socialización.
El experimento se vendió como un éxito sin paliativos, y sirvió como piedra de toque para toda la teoría de género, inspirando a personajes como Judith Butler, a quien dedicaremos un amplio epígrafe un poco más adelante. Sin embargo, Brenda mostró rechazo a su identidad impuesta, experimentando problemas psicológicos y de disforia. A los 14 años, al conocer su historia, Brenda decidió vivir como hombre, adoptando el nombre David. Trágicamente, David nunca consiguió superar la disforia, cayendo en una profunda depresión y suicidándose en 2004, a la edad de 38 años. Pese al evidente y dramático fracaso, el caso Reimer, que como decía, fue presentado como un éxito por Money y sus adláteres, influyó decisivamente en la medicalización temprana del transgenerismo y en el avance de la agenda transgénero. De nuevo, la conexión de estos experimentos transhumanos con Rockefeller se vuelven a hacer patentes. En 1966 John Money fundó la primera clínica dedicada a la identidad de género en su Universidad Johns Hopkins, de cuya Escuela de Higiene y Salud Pública era John D. Rockefeller su máximo benefactor.
Judith Butler y la deconstrucción del yo biológico
Sin lugar a dudas, el totem incontrovertible de la agenda transgénero, cuyos farragosos y perversos postulados han sido replicados y elevados a los altares de la nueva moralidad posmoprogre global, es Judith Butler. Según lo que he podido descifrar de su libro insignia Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity (1990) en el que, accidentadamente, pretende cuestionar las nociones fijas de “mujer” y “hombre” como categorías naturales, Butler examina cómo el “heterosexismo obligatorio” y la jerarquía de género producen y mantienen estas “identidades”. Nótese que, en detrimento de la inteligibilidad, hago lo posible por usar la literalidad de sus mismos términos. He de reconocer que, Judith Butler es de esas escritoras a las que me cuesta prestar atención de manera continuada. Leer sus textos me resulta un acto verdaderamente heroico. No por casualidad Butler ganó en 1998 el primer premio en el Bad Writing Contest de la revista Philosophy and Literature por una frase de Gender Trouble considerada deliberadamente oscura y pretenciosa. Críticos como Martha Nussbaum en su demoledor ensayo The Professor of Parody (1999) la acusó de promover un estilo que evade el escrutinio racional, una licencia a generaciones de académicos a balbucear sobre semántica convirtiendo al feminismo en una caricatura, en una comedia performativa. Esta verborrea no le impidió ser beneficiaria de becas y regalías de varias fundaciones sistémicas como la Fundación Guggenheim, la Fundación Ford y, como no podía ser de otro modo, la sempiterna y omnipresente Fundación Rockefeller.
El eje central de su teoría es la noción de performatividad de género, un anglicismo derivado de la palabra perform, que si bien podría significar “ejecutar”, a mi juicio “interpretar” o “actuar” serán acepciones que se ajustarían mucho mejor a lo que pretende expresar. Butler argumenta que el género no es una esencia interna que se expresa, sino una “estilización repetida del cuerpo” que, a través de una serie de actos reiterados en el tiempo, producen la apariencia de sustancia o un ser “natural”. Esta performatividad no resultaría un acto singular de un sujeto preexistente, sino un ritual repetitivo que constituye la identidad que supuestamente expresa. Dicho de otro modo, Butler sacrifica el ser en beneficio del parecer, destruyendo cualquier vestigio de esencia humana individual. Según Butler, la opresiva coherencia de la identidad de género de lo que llama matriz heterosexual se mantiene a través de coactivas prácticas reguladoras que fuerzan la alineación entre sexo, género, práctica sexual y deseo. Esta matriz naturalizaría el binarismo de género y lo impone a través de la exclusión de configuraciones “incoherentes”. Una vez desconfigurado, el individuo es carne de datos, la cobaya perfecta para alimentar a la Inteligencia Artificial General.
El pensamiento (si es que se puede llamar así) de Butler, no brota de la nada ni es producto exclusivo de su ingenio de género fluido, sino que está muy influenciado por el pensador posestructuralista Michel Foucault, quien proporcionó herramientas conceptuales clave para entender la sexualidad y el género como construcciones históricas y discursivas, despreciando deliberadamente la esencia biológica o innata del individuo. Según Foucault, el individuo estaría sometido por el poder a las categorías binarias y médicas que definen el cuerpo y la identidad, en una lógica discursiva donde el poder actuaría como una fuerza productiva, además de represiva. Estas ideas se aplicaron al transgenerismo para cuestionar el dimorfismo sexual obligatorio, la patologización de la disforia de género y la idea de que el “sexo biológico” es un hecho discursivo. No me detendré mucho en Foucault, ya que tendremos oportunidad de hablar de su nociva influencia en el pensamiento posmoderno en el epígrafe dedicado al panóptico digital, una idea adaptada del utilitarista de finales del siglo XVIII Jeremy Bentham, que desarrolló de manera perversa en su libro Vigilar y Castigar (1975), y es la base teórica sobre la que se construye la sociedad de vigilancia actual.
Foucault y Butler no sólo compartían planteamientos estructuralistas, sino que además tenían en común una cierta ligereza a la hora de valorar el asunto de la pedofilia, lo que, por otro lado, resulta un patrón recurrente en el universo del transgenerismo. En el caso de Michel Foucault, al margen de ciertas alegaciones de abuso de menores en su contra, en aquellos tiempos de su estancia en Túnez en 1969, se sabe que firmó en 1977 una petición al Parlamento francés para abolir la leyes de edad de consentimiento y despenalizar las relaciones “consensuales” entre adultos y menores de 15 años. El texto, firmado por él, Derrida, Sartre, Beauvoir y otros, argumentaba que la ley era “anticuada” y discriminatoria contra los homosexuales, enfatizando en el pretendido derecho de los niños y adolescentes a tener relaciones con quien elijan, una manera de expresarlo que recuerda mucho a alguna de las manifestaciones recientes de Irene Montero. Foucault defendió esto en un programa de radio en 1978, haciendo una distinción entre la “violencia intolerable”, como el incesto de padres a hijos o la violación, con las relaciones sin violencia, y criticando la obsesión con el “peligro” del pedófilo como control social. En 2021, Guy Sorman acusó a Foucault de abusar de niños prepúberes en Túnez en 1969, pagando por sexo con ellos. Pese a que no hay víctimas que lo hayan confirmado, esas acusaciones encajan muy bien con el personaje.
Volviendo a Butler, además de la influencia de Foucault o Gilles Deleuze, también adaptó a su verborrea las teorías psicoanalíticas de Freud y Lacan, así como los conceptos antropológicos del estructuralista Lévi-Strauss, argumentando que la ley, del mismo modo que ciertos tabúes como el incesto o la prohibición de la homosexualidad, no solo reprimen, sino que producen los deseos e identidades que pretenden evitarse. Por ello propone reevaluar cómo la psicología y el lenguaje estructuran la experiencia de género, y sugiere que la performance y la repetición subversiva de las normas de género pueden desestabilizar estas categorías, abriendo nuevas posibilidades para la política feminista, desafiando las nociones arraigadas de identidad y género, y proponiendo una crítica fundamental que busca establecer a “las mujeres” como un sujeto unificado y universal.
Como pueden ver, la confusión aparente y los circunloquios a los que nos tiene acostumbrados el feminismo queer cada vez que se pretende definir el término “mujer”, no son cosa exclusiva de Irene Montero. A juzgar por las respuestas que suelen dar los terminales políticos posmoprogresistas en los medios cuando se les pregunta qué es una mujer, esos argumentos confusos sobre la naturaleza política, da la impresión que han entendido a Butler aún peor que yo. Para añadir aún mayor confusión, la obra de Butler problematiza de manera sistemática la distinción entre sexo y género, señalando que, si bien originalmente se buscaba mostrar el género como una construcción cultural, tras muchos enredos dialécticos, Butler termina por concluir que el “sexo” mismo es una categoría culturalmente construida. Así, el género no es una mera interpretación cultural del sexo preexistente, sino el aparato discursivo y cultural que produce y establece los sexos como prediscursivos. ¿Han entendido algo? Yo tampoco y, sin embargo, este galimatías es la base para la destrucción del yo biológico y el paso previo a la aceptación universal del transhumanismo como un destino insoslayable.
En definitiva, para Butler, la agenda política del feminismo no reside en meramente trascender al poder, sino en la práctica reiterada de una forma de subversión desde dentro de su propia ontología, deslegitimándolo mediante la repetición paródica de las normas de género. Esta parodia constante permite la proliferación de configuraciones de género cada vez más diversas y descacharrantes, que desafían las reaccionarias restricciones binarias y la hegemonía heterosexual, abriendo el campo de lo posible a la performatividad de género, de modo que el ser carezca de importancia, en beneficio del parecer. Facilitando esta perversa ideología que ignora la biología, el transhumanismo mercantiliza los cuerpos y las mentes, dejándolos al albur de la tokenización del deseo, amparado en la pretendida protección de identidades por encima de las personas reales que las encarnan. El ser humano deja de ser humano para convertirse en un mero avatar.
Martine Rothblatt: del trangenerismo al transhumanismo
Si bien los ejemplos de intelectuales que he aportado hasta este momento permiten colegir una evidente relación entre el transgenerismo y el transhumanismo, pocos ejemplos resultan más explícitos que el de Martine Rothblatt. Rothblatt además predica con el ejemplo, ya que no propone deconstrucciones ajenas sino la suya propia. Tan es así que Martine Rothblatt es en realidad un hombre biológico. Si quedaba alguna duda sobre sus ambiciones transhumanas, el título de su libro no puede resultar más esclarecedor: From Transgender to Transhuman: A Manifesto on the Freedom of Form (2011), que podría traducirse como “del transgénero al transhumano: un manifiesto sobre la libertad de forma”. En él, Rothblatt argumenta que la sociedad opera bajo un sistema de “apartheid de sexo”, un término con el que pretende describir la pretendida segregación legal forzosa de las personas en categorías de “hombre” y “mujer”, basándose meramente en su anatomía genital, con el propósito de subyugar a un grupo, similar al apartheid racial, lo que, según Rothblatt, es una división arbitraria, socialmente construida e irreal.
Rothblatt, que además de señora autopercibida es un reputado empresario del área biotecnológica, presenta en su libelo una presunta evidencia científica con la que vendría a desafiar la opresiva dicotomía sexual, en virtud de la cual argumenta que las variaciones cromosómicas y los niveles hormonales demuestran un continuo de tipos sexuales, no un binario estricto. Según los datos que aporta en el libro, aproximadamente el 4% de los nacimientos serían “intersexuales”, con características de ambos sexos, lo que pondría en entredicho la noción de dos categorías absolutas. Además, según nos cuenta este buen señor vestido de señora, las diferencias en los patrones de pensamiento entre los sexos serían fundamentalmente resultado de la socialización, no de la biología innata. Incluso la capacidad reproductiva, que alguna vez habría justificado los roles de género, se ha vuelto adaptable y opcional, gracias a tecnologías como la fecundación in vitro o a la legalización de la gestación subrogada, lo que vendría a demostrar que la gestación no es monopolio de un solo sexo.
Para Rothblatt, el movimiento transgénero es central para elevar más allá del sexo el argumento de la “libertad de forma”, lo que implicaría que las personas pueden elegir su género para alinearse con su identidad mental, desafiando así las normas sociales y revelando la verdadera naturaleza continua del sexo. Rothblatt extiende por tanto este concepto al transhumanismo, sugiriendo que, así como se puede elegir el género, también se podrá elegir la propia forma, trascendiendo el cuerpo biológico de carne. Con los avances tecnológicos pertinentes, en los que ya trabajan sus amigos de Silicon Valley, la mente humana podría existir en software, dando lugar a una nueva especie que ha dado melifluamente en llamar persona creatus (”persona creativa”). Esta evolución permitiría a los individuos liberarse de las limitaciones biológicas, incluida (como no) la mortalidad. El libro aboga por una reforma legal que elimine la clasificación por sexo en documentos gubernamentales como certificados de nacimiento y licencias de matrimonio. Rothblatt anticipa un futuro en el que la multisexualidad reemplazará las etiquetas “heterosexual” y “homosexual”, ya que las personas se enamorarán basándose en conexiones emocionales en lugar de la anatomía genital. Asimismo, el cibersexo y la realidad virtual se presentan como espacios propicios de exploración para estas identidades sexuales ilimitadas.
Podrían los lectores inferir que toda esta retahíla de delirios tiene más de religión que de ciencia, y no irían en absoluto desencaminados. En los primeros años 2000, Martine Rothblatt fundó el Terasem Movement, que se presenta oficialmente como un movimiento transhumanista con un componente religioso o más precisamente, “transreligioso”), que combina una fe organizada en la tecnología con la búsqueda deliberada de una forma de inmortalidad digital, una secta transhumana que, sin duda, haría las delicias de Michel Houellebecq. La transreligión de Rothblatt, que goza de enorme predicamento entre grandes nombres del transhumanismo y los adoradores de la singularidad como Ray Kurzweil o Nick Bostrom, tiene incluso sus propios mandamientos, que no son diez sino cuatro que rezan como sigue: la vida tiene un propósito; la muerte es opcional; Dios es tecnológico; y el amor es esencial. En definitiva, la religión transhumana ve la tecnología como un medio para lograr una conciencia colectiva inmortal, haciendo de la muerte algo innecesario.
Estos lodos transhumanos
Como he tratado de mostrar en este capítulo, el actual estado de cosas, magnificado por el asunto Epstein, no resulta en absoluto anómalo si atendemos al largo camino desde que Malthus enunciase su catastrófica profecía en el Ensayo sobre el principio de la población (1798). Del mismo modo que sostengo que Mengele no hizo nada más allá que adaptar el darwinismo al contexto del Reich, Epstein tampoco es un malvado singular. Epstein es producto del tiempo en que le tocó vivir, y sus veleidades transhumanas, eugenésicas o incluso pedófilas, son meros reflejo del entorno en que se ha desarrollado. A fin de cuentas, alguien tenía que hacer el trabajo sucio, y Epstein era el mejor para el puesto. De lo que no cabe duda es de que Epstein epitomiza como pocos las pulsiones de la élite, y la reciente liberación de documentos es una oportunidad única para desentrañar los mecanismos del poder invisible del que hablaba Bernays, una enorme brecha a través de la cual descubrir las costuras del sistema y sus miserias. En próximas entregas, analizaremos la extensa colección de científicos y tecnólogos que Epstein acumuló durante casi tres décadas, y de cómo con su omnipresencia y sus cheques, fue una pieza indispensable en la construcción de una arquitectura de vigilancia y control social, edificada para glorificar a unas élites cuyo desprecio por la condición humana conforma un credo perverso, a cuyos fastos ceremoniales la clase inútil no ha sido invitada.
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación.




¡Menudo elenco! Es para replantearse también "por qué" a todas estas "figuras" académicas se las considera respetables más allá de ese ámbito precisamente por venir del mismo.
Deprimente la abundancia de psicópatas en las altas esferas de cada disciplina, junto a las propias jerarquías que a su vez se establecen entre ellas (un psicópata más otro psicópata son mucho más que dos psicópatas)
Gracias, Carlos.
El origen del hombre, Charles Darwin:
"Entre los salvajes, los individuos débiles en cuerpo y mente desaparecen muy pronto, y los que sobreviven se distinguen comúnmente por su vigorosa salud. Nosotros, los hombres civilizados, en cambio, nos esforzamos por frenar el proceso de eliminación; construimos asilos para los imbéciles, los mutilados y los enfermos; legislamos leyes pobres, y nuestros médicos apelan a toda su habilidad para conservar el mayor tiempo posible la vida de cada individuo. Hay muchísimas razones para creer que la vacuna ha salvado la vida a millares de personas que, por la debilidad de su constitución, hubieran sucumbido a los ataques de la viruela. En consecuencia, los miembros débiles de las sociedades civilizadas propagan su especie".
Mein Kampf, Adolf Hitler:
"Otra cosa es que el hombre por sí mismo se empeñe en restringir su descendencia y haga
que, en lugar de la lucha por la vida –que solo deja en pie al más fuerte y al más sano- surja, en
lógica consecuencia, el prurito de “salvar” a todo trance también al débil y hasta el enfermo,
cimentando el germen de una progenie que irá degenerando progresivamente, mientras persista ese escarnio de la naturaleza y sus leyes".
Winston Churchill:
"El crecimiento antinatural y cada vez más rápido de las clases débiles mentales y dementes, unido como está a la restricción constante entre todas las poblaciones ahorradoras, enérgicas y superiores, constituye un peligro nacional y racial imposible de exagerar. Creo que la fuente de la que se alimenta la corriente de la locura debe ser cortada y sellada antes de que pase otro año".