En estos últimos días hemos conocido los detalles de un informe filtrado a Drop Site News desde la Red Cell de la CIA —una unidad encargada de proporcionar análisis alternativos— titulado Fracture From Within (fractura interna) que sitúan a Israel en los prolegómenos de un conflicto civil entre los propios ciudadanos del Estado judío. Según concluye el informe filtrado, con la cita electoral acechando —el 27 de octubre habrá elecciones legislativas—Israel está a expensas de que una chispa encienda un conflicto interno real. El escenario planteado en el informe contraría la imagen que los medios de comunicación occidentales suelen conceder sobre Israel, en la que prima la cohesión interna del sionismo, junto a la bula armamentística y el respaldo de Washington, dibujando un Estado fuerte que, según parece, no lo es tanto. Como es natural, el análisis sólo corresponde a la ciudadanía judía, obviando al 20% de ciudadanos palestinos de segunda clase que, como de costumbre, no cuentan ni en este informe ni en ninguno de su categoría.
Según Drop Site News, Red Cell describe una confluencia de presiones sociales que convergen precisamente en una tormenta perfecta con las elecciones legislativas en el ojo del huracán. Con el gasto militar desbocado y una crisis de precios rampante que ha disparado el coste de los alimentos un 9,5% en dos años —fruta y verdura incluidas—, cunde la crispación. A ello se suma el asunto tabú de los reservistas, absolutamente traumatizados y sin tratamiento a la vista, quienes tras años de perpetrar masacres en Gaza, Líbano y ahora Irán, vuelven a sus respectivas casas repletas de armas (cosa habitual en Israel) destruidos psicológicamente, con un ánimo que evoca a los paramilitares de las Freikorps alemanas tras las derrota en la Primera Guerra Mundial.
Por si faltase algún ingrediente al cóctel explosivo, otras de las habituales cuestiones candentes que en esta campaña cobra una importancia máxima y alienta el enfrentamiento civil es la famosa exención del servicio militar para los hombres ultraortodoxos, quienes de momento siguen cobrando un subsidio del Estado y beneficiándose de un statu quo especial (cosas del Estado judío) mientras sus compatriotas encadenan reclutamientos y malestar en su contra. Y por último, pero no por ello menos importante, tenemos la violencia creciente de los colonos en Cisjordania y Jerusalén Este, con el infame Ben G´vir y el no menos infame Smotrich absolutamente desatados, retándose a ver quién profiere la aberración más sonora, mientras el descrédito internacional de Israel no deja de engordar. Así las cosas, las posibilidades del genocida Netanyahu de reeditar su gobierno supremacista menguan por días, y ni su bloque de gobierno ni tampoco el contrario parece que vayan a llegar con holgura a los 61 escaños.
Al tiempo, muchas de las empresas de tecnología e inteligencia artificial están empezando a retirar parte de su inversión y los diferentes gobiernos de la región parecen estar reconsiderando la política de normalización de relaciones con Israel y su política de alianzas tras ser literalmente abandonados a su suerte por el amigo americano, en particular Arabia Saudí, cuyo gobierno títere en Yemen ha perdido el control del Estrecho de Bab el Mandeb y del sur de Yemen a manos de los aguerridos hutíes. Como era de esperar, tanto Hamás como Hezbolá ven la posibilidad de aprovechar la ventana de debilidad, tanto de las teocracias del Golfo como la que concede la notable erosión del tradicional apoyo de la opinión pública en Estados Unidos a la causa de Israel. Este desprestigio acumulado tras años de genocidio, aderezado por el empobrecimiento de los Estados Unidos por causa de su emponzoñamiento en Irán, se ha traducido en un duro castigo en las primarias a los candidatos financiados por el AIPAC, lo que promete volver políticamente insostenible el mantenimiento de la ayuda militar tal y como ocurría hasta ahora, máxime si, como todo apunta, Donald Trump pierde las elecciones de mitad de mandato.
A menudo se suele hablar de las dos Españas para referirse a dos visiones irreconciliables de la construcción nacional como una rémora que impide el crecimiento de nuestro pais. Pues bien: Israel, pese a su corta historia, alberga al menos cinco polos de tensión sociológica, que si bien en otros tiempos han tejido una anuencia coyuntural, hoy parecen estar destinados al enfrentamiento. Ya se sabe: a perro flaco todo son pulgas. Tensando la cuerda en Cisjordania tenemos el polo del supremacismo kahanista de Otzmá Yehudit (poder judío) y del sionismo religioso (interesante oxímoron), el de Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich respectivamente, a quienes el desprecio que acumulan en la arena internacional les resulta absolutamente ajeno, por lo que persiten en alentar la violencia obscena de los colonos. Esta lógica se incrementa si cabe aún más por encontrarnos en plena campaña electoral, un asunto que la Red Cell anota como otro de los factores de ruptura con la sociedad israelí en Tel Aviv, más cosmopolita y consciente del fango en que la imagen internacional de su etno-estado judío se hunde cada día con más vigor.
Siempre ajenos a la cuestión más puramente política se encuentra el mundo jaredí, tradicionalmente declarado no sionista, que no sólo no objeta la guerra como cabría suponer a una comunidad religiosa pretendidamente pacifista, y se opone con virulencia a la devolución de los territorios ocupados por considerarlo contrario a la halajá (ley judía), sino que ha encontrado en la causa sionista un oportuno acomodo a su mesianismo del fin de los tiempos, creando una unión de propósito escatológica con el kahanismo y el supremacismo judío (a excepción hecha, claro está, de ciertas comunidades ultrarreligiosas como Neturei Karta, furibundamente antisionistas pero en minoría absoluta). Sin embargo, y pese a la aquiescencia de facto con el proyecto genocida y de limpieza étnica, los religiosos de la Torá están en pie de guerra contra el mismo gobierno al que paradójicamente consideraban esencial para la redención, porque según nos cuentan, todas las formaciones del arco parlamentario con opciones de formar gobierno coinciden en una cosa: el reclutamiento forzoso de los jaredíes. Porque la guerra sí parece ser del gusto de los barbudos, por aquello de forzar el advenimiento del Mesías y la construcción del tercer templo sobre las ruinas de la Mezquita de Al Aqsa, pero es mejor que la hagan los seculares, más impuros y alejados de Dios.
Por último, tenemos al liberalismo secular y lo que queda del laborismo, partidos nítidamente anti-Netanyahu divididos en liderazgo y en aritmética de coalición, quienes tampoco reprochan la guerra o el genocidio —que niegan como el resto de la sociedad israelí— sino que centran sus reproches en los fallos del 7 de octubre y la forma de gestionar la guerra, no en la guerra. Porque, paradójicamente, esa es la otra cuestión en que todos coinciden. Mientras le venden al mundo la zanahoria de los dos Estados, en casa prefieren el palo. La guerra es, a ojos de todos los polos, justa y necesaria, y ninguno de ellos tiene un proyecto de paz que ofrecerle al mundo. Tikkun olam sí, pero asintomático. Porque lo cierto es que la Operación del 7 de octubre ha sido un éxito rotundo para Netanyahu y sus esbirros: la sociedad israelí en su conjunto ha sufrido un evidente proceso de fanatización que no permite augurar nada bueno en el medio plazo. Yo mismo he comprobado como ciertos conocidos míos israelíes, a quienes tenía por personas perfectamente sensatas y capaces de emitir opiniones ponderadas en cualquier otro asunto, tras el 7 de octubre eran incapaces de contener los espumarajos al grito de wipe out Gaza (destruir Gaza).
Tampoco ese fanatismo brota de la nada. Al margen de la consideración que cada cual pueda hacer sobre si el 7 de octubre fue un inside job, el actual estado de la situación no es un accidente producto del recrudecimiento de los últimos tres años. Como muchos lectores quizás sepan, en julio de 1996, un grupo liderado por neocon sionistas encabezados por Richard Perle —con Douglas Feith y los Wurmser entre los firmantes— entregó al primer gobierno de Netanyahu un texto titulado A Clean Break: A New Strategy for Securing the Realm, que Netanyahu, solícito, hizo suyo. La propuesta era nítida: con Isaac Rabin recién asesinado y enterrado, tocaba romper con los acuerdos de Oslo y con cualquier atisbo de paz integral en la región. En su lugar, la nueva estrategia sustituiría la paz por un equilibrio de poder basado en la fuerza de los misiles, prerrogativas de persecución y limpieza étnica en territorio palestino, la desestabilización de sus países vecinos armando a facciones rebeldes (yihadistas para más señas, aunque eso no lo reflejara el texto), y la remodelación del sionismo hasta exacerbar la máquina de guerra e injerencia que ya venía siendo entre bastidores. Tres décadas después, tras alimentar al yihadismo hasta el paroxismo, habiendo destruido Siria, Libia e Irak, los frentes de Gaza, Líbano, Irán y Cisjordania no eran más que la última pieza del puzzle genocida, un puzzle que, a todas luces, no van a ser capaces de completar. Lo que tampoco pareció calcular con precisión ese texto infame era la factura en términos de presupuesto (sobre todo el estadounidense), de inflación y de aislamiento internacional.
En cualquier caso, no había que esperar a un informe alternativo de la CIA para entender el abismo al que se dirige el sionismo. Sin ir más lejos, Ilan Pappé, en su obra de reciente publicación El final de Israel (2024), analiza las mismas grietas en el dique sionista, aunque las describe en un sentido bien diferente: Entre teócratas mesiánicos y sionistas liberales, sobre las cenizas y la muerte de sus vecinos forzosos, se erige un Estado incapaz de proteger a su ciudadanía, construido sobre la base de un resentimiento milenario que todos insisten en amasar con celo y compulsión, perdiendo en el camino a buena parte del judaísmo mundial, a quien el trágala genocida cada día se le hace más indigesto. Para Pappé (y en esto coincido totalmente) no nos encontramos ante una crisis de gobierno sino en el inicio del fin del proyecto político llamado Israel. Sin embargo, no puedo estar de acuerdo con la segunda parte de su libro, que dedica a fantasear sobre el proceso de descolonización del Estado y la construcción de un único Estado Palestino en el que quepan todos. Ciertamente resulta de admirar su constructivo optimismo, aunque discrepe de él esencialmente, una visión tan positiva acaso propiciada por su condición de sabra (israelí oriundo),
Porque más allá de las consideraciones morales, hay otra fractura de mayor envergadura a mi juicio, y es la que el informe de la CIA obvia. El Estado de Israel ni tiene ni puede albergar por su propia idiosincrasia un proyecto de convivencia para la región, al margen de considerar que es una realidad política subsidiada desde el exterior. Su proyecto de Estado nació enfermo, sobre las bases de un supremacismo étnico y criminal que, con los años, ha derivado de manera natural en una máquina de muerte. Israel, en una parte decisiva de su economía política, funciona esencialmente como una economía de guerra, y su riqueza proviene de esta industria de la muerte y la vigilancia global que, al tiempo, garantiza un final ominoso. En definitiva: no existe ningún incentivo estructural para cerrar el frente bélico eterno, porque el frente es precisamente su escaparate.
A la luz de los datos, el Ministerio de Defensa de Israel cifró las exportaciones de armas en casi 15.000 millones de dólares en 2024, más del doble que cinco años antes, y en 19.200 millones en 2025. El Instituto de Estocolmo situó a Israel como séptimo exportador mundial, por delante del Reino Unido, teniendo una cuarta parte de la población de España. Más de la mitad de su catálogo destructivo son misiles, cohetes y defensa aérea; el resto, drones, vigilancia, espionaje y toda clase de ingenios de inteligencia artificial a cual más perverso de selección de objetivos. La Europa de los valores y los Derechos Humanos, por cierto, es su mejor cliente. Todo ello, claro está, certificado con su eufemístico sello de calidad: probado en combate. Porque ese es el gancho de ventas, que sin rubor alguno, se esgrime, en ferias de defensa y en las declaraciones del propio ministerio.
Hipócritamente, el ministerio niega que use esos campos como banco de pruebas. Sin embargo, la industria no necesita el reconocimiento. El sello comercial es ese, mal que le pese al sionismo internacional, que se devana los sesos para hacer pasar su probado en combate como legítimo derecho a defenderse. Con esa crudeza lo describe Antony Loewenstein en su obra The Palestine Laboratory (2023), que no escatima en detalles sobre como la ocupación y el asedio permanente sirven de banco de pruebas para probar sus drones, el reconocimiento facial, los spyware, y las herramientas de inteligencia artificial que luego le venden a todos los gobiernos de eso que algunos todavía se afanan en llamar mundo libre, y a muchos de los que no se han hecho merecedores de semejante galardón. Por tanto, Gaza y Cisjordania no son más que el teatro donde se representa el guión del Clean Break (golpe limpio) de Netanyahu. Así las cosas, no puedo compartir esa visión tan optimista de Ilán Pappé. La historia nos deja decenas de ejemplos de cómo los países, naciones, o civilizaciones que han mostrado semejante compromiso y determinación con la destrucción y la guerra, antes o después acaban pereciendo cuando la correlación de fuerzas y su propio deterioro como sociedad llega a un punto de no retorno. Y creo que ese punto de no retorno ya ha sido rebasado con creces. Si bien coincido con Pappé en que nos encontramos ante el final de Israel como Estado, no vislumbro ninguna esperanza para ese proceso de descolonización que él describe. Son demasiados años, demasiadas muertes, demasiada crueldad, demasiada deshumanización. Quizás me equivoque, tampoco sería la primera vez, pero mucho me temo que el final de Israel no puede ser civilizado, tal es su determinación. El final de Israel lamentablemente será cruel, en proporción al mal que ellos han procurado a otros. Si el judaísmo suele invocar el tikkun olam (reparar el mundo), como una responsabilidad de los judíos, el sionismo no ha hecho otra cosa que destruirlo.
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación. Es miembro fundador de Brownstone España, donde, además de publicar sus artículos, presenta semanalmente el podcast Debates intempestivos. Recientemente ha publicado El secuestro del pueblo judio (SND Editores).





La mejor película de Monti Phiton es la vida de Bryan. El estado judío es artificial a igual que los árabes. Excepto por el petróleo y las vías comerciales, es casi mejor que se masacren entre ellos.
Querido Carlos
Sobrecogedor tu reflexión sobre Israel. Pregunta. Si, como dices, compartes la idea de Ilán Pappé de la desaparición de Israel como Estado, qué es lo que sobrevivirá. Más explícito: Qué será de esa tierra que ahora es un jurídicamente un Estado