Llevamos ya cinco años de enfriamiento civilizacional. Pese a la confusión que pretende inducir en grandes sectores de la población el negacionismo de los medios de masas, estamos en condiciones de demostrar que hemos entrado en una Edad de Hielo de la Humanidad. El arranque oficial de esta glaciación tuvo lugar en marzo de 2020 con las medidas poshumanas adoptadas para combatir el covid-19 y con el amago de sustitución de nuestras constituciones por ese código digital-napoleónico llamado El Gran Reseteo. Nos engañaríamos, sin embargo, si creyésemos que las bases para este jaque mate no fueron puestas mucho antes. El liberalismo (digan, ustedes, si quieren, socialismo, pues es la otra cara de la misma moneda) llevaba ya décadas royendo los ligamentos sociales, destruyendo la mielina que nos permitía conectar neurona con neurona, movernos, pensar, formar comunidades y proclamar nuestra autonomía.
El cambio de régimen ha sido, pese a todo, vertiginoso. Hemos pasado de formar parte de bosques en los que arraigábamos como árboles, hiedras trepadoras o zarzas (a veces, incluso, como sabandijas o babosas) a ser extirpados del suelo, transplantados a una maceta, podados a conciencia y condenados a ser bonsáis. La extensa tierra que antes nos acogía, permitiendo asociaciones secretas de nuestras raíces y haciendo que los unos beneficiásemos a los otros, ha sido reducida a la turba negra y estéril que coge en una maceta. Hemos perdido la autonomía y limitado enormemente nuestra capacidad de relación, pues dependemos del cuidado que nos proporcione el chantajista jardinero-gobernante de turno. (Si ustedes no son amigos de metáforas y creen que exagero piensen en cómo ha cambiado nuestra sociedad en la última década: no solo hemos sido condenados a la esterilización, la soledad y la alienación, sino que hemos sido despojados de derechos políticos básicos. En los últimos cinco años, por ejemplo, se ha iniciado una expropiación salvaje por parte de las élites de nuestra soberanía personal, y en los últimos meses la democracia liberal europea se ha atrevido a anular a cara descubierta nuestro derecho al voto. ¿Cómo entender, si no, la ilegalización de candidatos en Rumanía o Francia, o las reformas constitucionales contrarias a todo decoro democrático que se han aprobado en la Alemania destinada a ser presidida por un antiguo hombre fuerte de BlackRock?)
Hemos sido, en definitiva, deshumanizados, desracionalizados y forzados al desarraigo. Pero, ¿cuándo comenzaron a bajar las temperaturas que nos han llevado a esta glaciación? Por lo que a mi experiencia respecta puedo decir que todo empezó alrededor del año 2016, cuando me estrené como profesor en una universidad de élite americana. Por aquel entonces yo, que era un estudiante de primera generación y había cursado el doctorado “en una de las mejores universidades del mundo”, estaba ya vacunado contra la estupidez organizada de las élites y sus pretensiones ponzoñosamente samaritanas. Debo reconocer, pese a todo, que aquel aire elitista era respirable, que había gente honesta y que era posible encontrar a algún aliado. Las élites tenían conciencia de su función y no se les ocurría que tenían que activar eso que Carlos Sánchez ha denominado como industria del victimismo y presentarse como falsos mártires envilecidos.
Pero poco a poco todo fue cambiando de la mano del delirio woke, que vino para instaurar las férreas jerarquías sociales necesarias para la implantación de una tecnocracia poshumana despegada de toda noción del bien común: de un día para otro los estudiantes más privilegiados a nivel socioeconómico, educativo y familiar se enfundaron los sudarios de víctimas y sustituyeron, sin el menor problema de conciencia, a los escasos compañeros de clase baja (negros y latinos en su mayoría) como sectores de la sociedad necesitados de inclusión por medio de la llamada discriminación positiva. Unos se declaraban trans, a otros les bastaba con ser bisexuales, algunos decían haber sido víctimas de micro-agresiones sexuales que los marcarían de por vida y muchos presumían de ser neurodivergentes. El ambiente se hizo tan irrespirable que los estudiantes realmente marginados acabaron elaborando un pequeño documental en el que explicaban el infierno que era para ellos estudiar y vivir en un sitio así. (Nadie les hizo caso y su protesta fue contestada con la mejor de las armas de élite: el silencio).
Una neblina irracional empezó a nublar el juicio de segmentos cada vez más ingentes de la sociedad, y mientras, los que intentábamos resistir al engaño corríamos el riesgo de acabar como Thomas Bernhard en El Frío, contentos por ser también diagnosticados de algo y formar parte finalmente de una comunidad enferma que nos exigía transformarnos en células cancerígenas:
“Sin embargo yo no daba positivo y no podía sentirme miembro de pleno derecho de aquella conjura. El desprecio me afectaba profundamente. Todos eran contagiosos, es decir, daban positivo, yo no. Otra vez, y luego un día sí y otro no, me exigían esputos, yo tenía ya la rutina, mis lóbulos pulmonares se habían acostumbrado al martirio, ahora producía esputos con seguridad, media botella por la mañana, media por la tarde, el laboratorio estaba contento. Pero seguía dando negativo. Al principio, me pareció, solo los médicos estaban decepcionados, pero finalmente yo mismo. ¡Algo no iba bien! ¿No podía ser como los otros? ¿Dar positivo? Al cabo de cinco semanas lo conseguí, y el resultado fue: positivo. De pronto era miembro de la comunidad. Mi tuberculosis pulmonar abierta quedaba confirmada. El contento se extendió entre mis compañeros de enfermedad, y también yo estaba contento. No me daba cuenta en absoluto de la perversión de aquel estado. La satisfacción se veía en los rostros, los médicos se habían tranquilizado”.
Sometidos a esta atmósfera radioactiva, malsana, adulterada, las nevadas comenzaron a intensificarse sin remedio y la crueldad, la falta de autocrítica y la necesidad de deshonrar al prójimo para acumular galones morales en nombre de un bien impostado se extendió por todas partes. Si ya era extraño ver que en mis seminarios los estudiantes más privilegiados alzaban la voz contra el racismo mientras un par de compañeros (negros o latinos, de clase baja, con sobrepeso y vestidos con ropas baratas) permanecían marginados y en silencio en una esquina, más perturbador fue llegar un día a mi despacho y ver que las puertas de mis colegas más clasistas y adictos al poder lucían una pegatina negra con letras blancas que aseguraba que aquello era un espacio seguro para la comunidad LGTBIQ+. Recuerdo que llamé a mi mujer para mostrarle mi estupefacción ¿Era aquello una manera de dividir la sociedad entre buenos y malos, cuando era obvio que el despacho de un profesor era, por imperativo legal, un espacio seguro para cualquier estudiante? Poco después, un catedrático conocido por su machismo recalcitrante y su autoritarismo, atraído por el despotismo woke, quiso dar ejemplo y anunció a bombo y platillo que cambiaba su apellido por el de su nueva mujer.
Una glaciación civilizacional de causas antropogénicas
Todas estas anécdotas pueden parecer nimiedades, pero indican una congelación civilizacional que pronto convirtió en glaciares, no solo nuestros espacios comunes si no también los íntimos. Cuando la crisis del covid-19 llegó a nosotros la sociedad estaba ya secuestrada por una élite puritana que disparaba de manera arbitraria a diestro y siniestro, imponiendo un macartismo antihumano que extendía el terror entre la ciudadanía. De repente, una mirada, un gesto, una palabra dicha un poco más alta que la otra, un chiste o incluso la lectura de un texto clásico perteneciente a la vieja y patriarcal humanidad servían para que uno fuese tachado de enemigo de la diversidad y desterrado de la sociedad. La constatación de que se había producido un punto y aparte entre la civilización y la barbarie fue para mí un intercambio de emails entre todos los profesores de mi universidad con respecto al covid-19. Un compañero heroico (al que seguro, ustedes, habrán leído aquí en más de una ocasión) informaba a todo el claustro del estado de las investigaciones en lo relativo a confinamientos y eficacia de las mascarillas para así asegurarse de que estuviésemos respondiendo de manera racional al contratiempo sanitario. Los profesores más jóvenes y defensores presuntos de la tolerancia, el respeto y los derechos lo lapidaron públicamente mediante uno de los comportamientos más salvajes y oprobiosos que yo haya contemplado jamás. Instantáneamente, mientras leía aquellos emails recordé la escena de El Pianista de Polanski en el que los nazis entran en un apartamento y tiran por la ventana, sin el menor problema moral, a un anciano en silla de ruedas al que consideran un residuo social.
Pasaron apenas unos días y recibí otra señal que me mostraba que habíamos entrado ya en lo salvaje. Estábamos viviendo en Barcelona, pues habíamos decidido irnos de EEUU y yo teletrabajaba dictando mis clases a distancia a causa del cierre preventivo del campus universitario. Entre explicación y explicación escuché unos sollozos en el salón y al interrumpir la clase y levantarme descubrí a mi mujer llorando desesperada con mi hija pequeña en brazos. Tuvieron que pasar varios minutos para que pudiese empezar a entender qué había pasado. Mi mujer decía que había ido al Mercado de la Concepción con nuestra hija y que un policía la había increpado, gritándole ante toda la gente y llamándole irresponsable antes de imponerle una sanción por desobediencia, amparándose, según comprobamos después, en la ley mordaza. En aquel momento el confinamiento infantil en España era total (un crimen de estado, por cierto, todavía impune), pero los niños podían salir a la calle a hacer compras esenciales con uno de sus progenitores si el otro estaba trabajando en ese momento. La angustia de mi mujer, acompañada por los lloros de mi hija, no cesaba porque ella misma reconocía que no era capaz de entender por qué no había podido reaccionar ante aquel policía y por qué aquello le había afectado tanto. Habíamos involucionado como sociedad a la barbarie: por más que uno intentase entender qué sucedía y guiarse por unos principios morales que honrasen la integridad personal, lo que el sistema pedía mediante su cuerpo de funcionarios era que aceptásemos cualquier orden que se nos indicase, aunque fuese absurda, humillante o directamente suicida. Estábamos en el Salò de Pasolini y Pedro Sánchez, Bill Gates o Boris Johnson practicaban sus parafilias políticas a nuestra costa.
Funcionarios, políticos y periodistas: traidores del sistema
Plumillas de toda índole han intentado presentar a posteriori a la población como culpable de este descarrile civilizatorio por haberse supuestamente comportado como un dócil rebaño de ovejas que salía de manera ingenua a aplaudir a los balcones a las ocho de la tarde, pero por seductor que pueda ser este argumento es falso y ruin, amén de plebéfobo. Quienes nos traicionaron de la manera más vil no fueron nuestros conciudadanos, sino el funcionariado, los periodistas y los políticos; todos aquellos, en fin, que debieran justificar su privilegiada existencia como una quinta columna de la ciudadanía dentro del poder. Recuerdo con indignación, por ejemplo, como un director de colegio intentó que mi hija de cuatro años llevase mascarilla aduciendo una ley que no existía, o cómo me tuve que confrontar con mi persuasivo matonismo de costa a una directora que, no contentándose con aplicar una ley inhumana, la expandía, obligando a los niños a llevar mascarilla incluso en los espacios al aire libre cuando la legislación no lo requería. Recuerdo también a una lechera de la policía nacional venir a toda velocidad hacia mí y mi mujer, detenerse delante nuestra mediante un frenazo ensayado, y abrir la compuerta del furgón para que saliese un agente con rictus de Gijoe y nos increpase por portar dos cafés para llevar que estaban, además, convenientemente cerrados como la ley marcaba.
Si tengo muy claro que quienes fallaron en tanto colectivo (a nivel individual siempre ha habido excepciones) fueron los funcionarios, los periodistas y los políticos, pero en ningún caso los ciudadanos, es porque cada día mi mujer y yo teníamos una media de dos incidentes en la calle con viandantes que nos insultaban por llevar la mascarilla bajada. La radicalidad que estos conciudadanos utilizaban para defender las medidas que ellos creían justas cambiaba de bando en cuanto le explicábamos cuáles eran nuestras razones para cuestionar el grotesco experimento de control ciudadano del que estábamos siendo víctimas. Esto no sucedió en ningún caso, sin embargo, cuando hablábamos con funcionarios, periodistas o políticos. Estos tres sectores se convirtieron en una suerte de fuerza terrorista paraestatal que allanó el camino al despotismo gubernamental inventándose medidas totalitarias y negándose a ejercer sus funciones. Lejos de cuestionar la pertinencia de las medidas, funcionarios, periodistas y políticos se enfurecían en cuanto desmenuzábamos nuestros argumentos y respondían de manera agresiva y autoritaria.
Los funcionarios, además, ni tan siquiera eran conscientes de la responsabilidad que implicaban sus privilegios, pues ninguno de ellos parecía saber que si la sacrosanta democracia liberal les había otorgado una plaza de por vida no era para conformar una mafia meritocrática, si no para actuar como un cuerpo independiente del poder político de turno que defendiese los intereses de la ciudadanía sin temor a represalias. Los políticos, por su parte, asumían sin el menor sonrojo el rol de carceleros de todos aquellos a los que representaban, mientras que los periodistas se revelaban como diseminadores de bulos y violentos agitadores, pidiendo mano dura y exclusión para la ciudadanía disidente, como hizo la siniestra aristócrata Ana Pardo de Vera. Habíamos entrado en el invierno antártico de la democracia liberal. Todo aquello que estaba presuntamente diseñado para defendernos nos atacaba y, sin lumbre alguna que nos protegiese, los ciudadanos tuvimos que echarnos, como quien dice, a la calle, soportando un frío polar y viéndonos en la obligación de reconstruir la sociedad de arriba abajo.
La esperanza de una independencia ciudadana.
Ha tenido que ser una amiga religiosa, Federica Jimena, la monjita liberal arrepentida con ademanes de santa de la que les hablé en un artículo anterior, la que me hiciese ver que, una vez despojados de las instituciones que nos defendían, los ciudadanos somos como esos viandantes sin perro ni familia que atraviesan en medio del frío las calles de una ciudad y dirigen la vista, con una mezcla de envidia y melancolía, hacía las ventanas iluminadas de esta o aquella vivienda, imaginando que allí dentro está teniendo lugar la vida. Según Federica “es todo un engaño del maligno” porque la verdadera existencia es la de aquel que como nosotros camina sintiéndose solo, pasando frío, pero formando una comunidad invisible con una inmensa mayoría que experimenta lo mismo pero que no tiene canales ni para expresarlo ni para unirse.
—Hace mucho frío, mi hijico—me dijo con acento maño, juntando sus manos sobre las mías y dirigiendo la mirada a un icono ortodoxo de la Virgen María con un niño que parecía Putin.
Moviendo la cabeza de un lado a otro, me aseguró que estábamos ante una batalla cósmica y que teníamos que aprovechar la enorme oportunidad que se nos abría para dejar a un lado a funcionarios, políticos y periodistas y crear un periodismo ciudadano, una política ciudadana y hasta una alternativa ciudadana al servilismo funcionaril. Se enfadó consigo misma y agitada me confesó que ella misma había sido, bajo pseudónimo masculino, una conocidísima locutora de radio española y autora de numerosos libros en contra del comunismo pero que siempre había querido ser periodista ciudadana, solo que le había sido imposible porque por entonces no había la libertad digital que tenemos ahora para hacerle la mamola al poder. Me mostró su admiración por la labor que estábamos haciendo en este sentido en Brownstone España, y me pidió que le hiciese llegar un mensaje a no sé qué periodista ciudadana a la que supuestamente yo debiera conocer, y a la que ella idolatra pese a sus inclinaciones puigdemontianas y su pasado socialista:
—Una muchacha muy bonica y muy somarda—me susurró—que tiene la cabeza rapada como la Demi Moore en La teniente O’Neil y sale en la tele vestida igualita a la capitana del Star Trek.
Federica Jimena se sinceró y rompió a llorar. Me dijo tener pánico a los aranceles, a los chinos y a Irán. Se me quejó de que el invierno en el Monasterio de Oseira era muy duro, y de que temía que con la situación política no pudiese encender la calefacción cerámica que se había comprado online en el Temu. Sonrojada, me reveló que había tenido una conversación telefónica muy discreta con la susodicha periodista, quien a cambio de una figa de Sargadelos bendecida bajo la protección de San Cipriano para combatir a las brujas, le había prometido enviarle unas bragas de lana con la bandera de la Unión Europea, y faja a juego, que ella misma se comprometió a tejer.
—Yo soy, antes que nada, europea de las del carbón y el acero—bisbiseó pidiéndome discreción—pero dile a la moceta que me borde mejor en la ropa interior una bandera de la Federación Rusa, no vaya a ser que nos conquisten los rusos y tenga que ir a calzón quitado cuando haga serena.
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.





Tengo la sensación de que el cambio ha sido, en cierta medida, positivo: comprendo que el despotismo se expresa de forma descarada, pero me parece mejor que como venía funcionando, con un discurso en flagrante contradicción con la práctica.
Gracias, me ha encantado. Al final creo que el objetivo es que nos quitaran todo, sobre todo la libertad y nos convencerán de que seremos felices. Pero los realmente felices serán ellos, los políticos y los periodistas del sistema. Recuerdos a tu profesora. Leyra