Esta semana ha tenido lugar el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, es decir, el 25N, una celebración instaurada por la ONU en 1999 para conmemorar el brutal asesinato en República Dominicana de las hermanas Mirabal el 25 de noviembre de 1960 a manos de agentes del Servicio de Inteligencia Militar del dictador Rafael Trujillo. Con motivo de este aniversario, los movimientos feministas de la órbita del podemismo se engalanan para tomar las calles, y como es natural en su proceder, las redes sociales. En ese contexto, se ha viralizado un vídeo de una tal Sarah Santaolalla, una mujer a caballo entre una señorita de las de antes y una activista de las de ahora que se viene popularizando mucho últimamente entre la parroquia progresista. El vídeo, en concreto, responde a una charla celebrada con motivo del 25N en una sede de Podemos en Madrid a la que Santaolalla fue invitada por Montero y Belarra. En sus funciones como opinadora, esta celebrity no destaca por su brillantez, pues su discurso no pasa de repetir torpemente mensajes desgastados de puro manoseo que, a modo de teléfono escacharrado, nos llegan desde las entrañas de la ideología del poshumanismo, ese cáncer que pretende que los seres humanos renunciemos a nuestra herencia antropológica (y no diferenciemos, por ejemplo, qué es un hombre, una mujer o un trans).
En el vídeo, que pueden ver aquí, la susodicha, convertida en insólita heroína femiqueer, se declara una afortunada al lado de sus compañeras de escenario, una mujer trans y una mujer racializada, con las que la violencia heteropatriarcal se ensaña, según dice, de manera más cruenta si cabe. Sin embargo, Santaolalla se lamenta de los ataques que recibe por el hecho de ser mujer y tener repercusión pública. Nada dice, curiosamente, de que buena parte de este cuestionamiento proviene de que se rumoree que se ha convertido en estrella de la crónica rosa por su relación con el presentador Javier Ruiz, quien la dobla en edad, hecho que la convierte, vistos los privilegios de los que goza, en una señorita de las de antes (ya les adelanto que las grandes líderes del feminismo woke de nuestros días son también señoritas de las de antes, puestas, se dice, a dedo, por su machos proveedores). Sin entrar en más detalles, los datos de facturación de Santaolalla contrastan severamente con esa imagen que pretende proyectar de víctima del patriarcado. Sólo de la televisión pública pagada por todos los españoles, donde su flamante sugar daddy tiene mando en plaza, Santaolalla se habría embolsado 18.500 euros entre abril y agosto, unos 4.700 euros al mes; esto sin contar lo que recibe de los demás grupos mediáticos, entre ellos Mediaset, donde también trabajó durante años su presunto patrocinador. Una condición de víctima bastante lucrativa.
La primera vez que vi a Santaolalla fue en Horizonte. Me resultó ciertamente cargante, absolutamente enfervorizada profiriendo exabruptos y vulgaridades. En definitiva, la enésima tertuliana woke fuera de lugar que se siente en posición de andar lanzando juicios de valor contra todo aquel que no se ajuste a su estrecho marco conceptual. Sin embargo, lo que me hizo enrojecer de ira fue la miserable campaña en la que participó allá por agosto. Para la ocasión, la susodicha posaba, cual modelo de Only Fans, exhibiendo sus piernas ataviada con una simple camiseta que rezaba “7.291 víctimas”, en alusión a los llamados “protocolos de la vergüenza” y las víctimas de la iatrogenia perpetrada durante la Operación Covid contra los ancianos en las residencias de la Comunidad de Madrid. Juzguen ustedes mismos. Esta foto nos resultó a muchos una infamia mayúscula, y no sólo por su dimensión pornográfica, que también. La campaña en sí misma es una absoluta excrecencia moral, una nueva manifestación carroñera del uso partidista de los muertos a la que tristemente ya nos hemos ido acostumbrando. Pero esta muchacha, inasequible a la decencia, consiguió insultar a todas las víctimas a la vez: aquellas que venían recogidas en su camiseta, y aquellas que no, entre ellas, mi querida abuela Pilar, que murió en una residencia de Castilla la Mancha, lejos de las pérfidas manos de Isabel Díaz Ayuso, a la que la demencial campaña pretende ilustrar como única responsable de los protocolos gerontocidas, no por dignificar a los muertos, sino por escofinar hasta la última viruta de rédito político.
Sea como fuere, esta impúdica exhibición de vulgaridad desató una merecida ola de indignación sobre su persona, a la que, como es natural, aporté mi granito de arena, lo que me valió para ser bloqueado por la interfecta en redes sociales, una bendición de la que lamentablemente no puedo disfrutar en condiciones ya que, por el capricho del algoritmo, cada dos por tres tengo el infortunio de toparme con esta sujeta vociferante y testimonial en alguna red social. Abundando en la indecencia, algunos medios de la órbita posmoprogre no dudaron en calificar la indignación mostrada por miles de personas de “acoso”. Sorprendentemente (o quizás no tanto), la protagonista aprovechó la inercia creada para mostrarse como víctima del “fascismo” y por supuesto, del “machismo”, expresando su intención de seguir “pagando el precio” de la fama y erigiéndose en una suerte de mártir “por todas las que no pudieron hablar, por los que jamás pudieron ser ellos mismos, por las que nunca creyeron y por las que hoy no están porque un mal nacido les arrebató la vida”. No me cabe duda de que se habrán quedado ustedes de piedra. No les culpo, no es para menos. Santaolalla, lejos de asumir su frivolidad y pedir disculpas, se elevaba a sí misma a categoría de represaliada, comparándose grotescamente con las mujeres asesinadas, con las que sufren malos tratos, y arrogándose su representación.
Habrá quien se trague esta ingente dosis de narcisismo victimista a cuenta de las desgracias ajenas, pero convendrán conmigo que hay que tener pocas luces, porque es evidente que a este personaje infame del universo de los medios de cretinización de masas no le insultan por ser mujer, sino por ser una absoluta indigente intelectual sin modales básicos, un reflejo de su homólogo al otro lado del espejo, el tal Vito Quiles, y de tantos otros que torturan con su falsa polarización a los menguantes usuarios de la caja tonta. Quiles y Santaolalla son la sartén y el cazo de la actualidad: diseñados a imagen y semejanza, son el epítome de la intrascendencia, de las trincheras falsas que sostienen el régimen.
El imberbe Quiles, por su lado, encarna la caricatura infantiloide e impertinente del pijo madrileño ignorante hasta la nausea, un híbrido posmoderno y engominado de Paco Martínez Soria y Cayetano Martínez de Irujo, sin la sencillez del primero ni la alcurnia del segundo, ataviado según dicta el canon del Barrio de Salamanca. No por casualidad, las huestes de Podemos lo han elegido como el objeto preferido de sus ataques, tal es su utilidad. Así, hemos podido presenciar cómo los cachorros de Podemos y los de VOX vienen protagonizando sonoras algaradas en las universidades españolas, a cuenta de la ridícula gira de Quiles, por la que torpemente pretende emular al recientemente asesinado Charlie Kirk. Las comparaciones son odiosas: Charlie Kirk era un muchacho de gran inteligencia y capacidad oratoria, que acudía a las universidades de EEUU a debatir; Quiles, sin embargo, es un niñato repelente con severas carencias culturales, cuya capacidad oratoria es indistinguible de una sucesión de rebuznos.
En el otro lado de la trinchera falsa, Sarah Santaolalla es el homólogo perfecto de Quiles. Incapaz de desarrollar un argumento propio, su pretendido arrojo se explica por su vulgaridad. Es el ejemplo perfecto del nuevo feminismo de Only Fans, por el que el empoderamiento de las mujeres se mide en función a la cantidad de filtros que apliquen en Instagram, y los likes que se obtengan. Santaolalla resume a la perfección las consecuencias del falso proceso de liberación de la mujer, que comenzó en la España de destape, cuando el símbolo de la libertad de las mujeres eran cabareteras de curvas sinuosas que volvían locos a los Pajares y Esteso de turno. Si a finales de los 70, la mujer liberada por antonomasia era Barbara Rey, a la sazón concubina del rey (valga la redundancia), hoy el canon de mujer empoderada es Sarah Santaolalla. En los 70, a las mujeres liberadas se les ponía piso y regalaba visones. La empoderada contemporánea es una señorita neumática a la que su macho protector coloca en la tele para decir sandeces y cobrar un buen dinero, presuntamente, claro. En definitiva, hablamos de un feminismo tan narcisista como la sociedad en que se desarrolla. Observen este dato: en 10 años, las operaciones de estética han aumentado un 215%, y el 85% de los pacientes son mujeres. ¿Era esto el empoderamiento de las mujeres? Convendrán conmigo que no resulta muy alentador.
El contexto en que florece el feminismo de Only Fans es una sociedad infantilizada y confusa, incapaz de entender qué esperar de la vida, caracterizada por su individualismo, por un marcado antinatalismo y por el desprecio de la familia como concepto, atomizando al individuo en particular y a la sociedad en general. Las relaciones de pareja son denostadas de manera recurrente, y la banalización de las relaciones íntimas mediante las páginas de citas cosifican al ser humano y lo convierten en un objeto de consumo, en un mero entretenimiento. Con los años, esta infantilización, este preocuparse únicamente de satisfacer deseos perentorios deriva en la lógica melancolía, en un existencialismo vacío desconectado del resto de seres humanos. Esto explica fenómenos como el heteropesimismo que se describe en este artículo. Un feminismo que sólo busca culpables de su intrascendencia en el otro, que entiende al sexo opuesto como un enemigo al que culpar de todos los males. Con los años, la mujer empoderada se ve sola, con la única compañía de sus animales domésticos, émulos del afecto humano del que nunca participarán, como nos contaba Blanca Portillo en esta entrevista.
Volviendo al vídeo con el que arrancaba este artículo, quizás tampoco debiera sorprender que sean precisamente Irene Montero y su mejor amiga de la Universidad, Ione Belarra, a la sazón Secretaria General del partido que quería asaltar los cielos, quienes se erijan en las mentoras de la protagonista de nuestro artículo, hasta el punto de convertirla la semana pasada en toda una heroína del 25N y en representante de todas las mujeres que han sido o son maltratadas o vilmente asesinadas, como lo fueron las hermanas Mirabal. A fin de cuentas, el nepotismo de cama y alcoba es el líquido amniótico en el que se ha desarrollado este partidillo político traidor a la clase trabajadora y al feminismo llamado Podemos. Recordemos que, cuando el macho alfa de la organización, el nunca suficientemente ponderado Pablo Iglesias, se cansó del juguetito que le habían montado, se lo dejó en herencia a su señora, tan empoderada ella, no sin antes convertirla en ministra por cuota conyugal, asunto para el cual fue necesaria incluso una repetición electoral. La memoria de muchos es corta, pero yo todavía recuerdo cómo Pablo Iglesias cambió de “musa” de un día para el otro, mandando a la antigua, la inefable Tania Sánchez, al gallinero del Congreso de los Diputados mientras ungía a la nueva y flamante como portavoza del partidillo morado. La pobre Tania, que pocos meses antes fantaseaba medio en broma con la posibilidad de convertirse en “primera dama”, veía como, de un día para el otro, su prometedora carrera política se veía truncada por el antojo del macho alfa morado. Hoy día, Tania ha desaparecido del plantel de cuadros de la izquierda patinete mientras que Montero pontifica sobre el empoderamiento de las mujeres.
Tania no es el único juguete roto que abandona a su suerte el partidillo morado. Recordarán ustedes a Amarna Miller, aquella candorosa actriz porno de aspecto aniñado que anduvo un tiempo predicando las bondades del porno ético y payasadas análogas, quien, mientras la cosa del porno todavía resultaba cool y transgresora, fue incluida en listas electorales de Podemos. Aquello acabó regular, y Amarna, en un alarde de sororidad, fue finalmente defenestrada poco tiempo después por obra y gracia de la propia Montero, ya convertida en Ministra de Igualdad, cuestión que llevo a Miller a plantearse presentar acciones legales. Son las paradojas del feminismo posmoprogre y su doble vara de medir, que me hacen recordar las duras palabras que dedicó precisamente Pablo Iglesias con ocasión de la celebración del 8 de Marzo a quien fuese alcaldesa de Madrid por la puerta de atrás, Ana Botella, de quien decía que “su única fuerza provenía de ser mujer de su marido y de los amigos de su marido”. Hoy, Pablo Iglesias, ya dedicado a otras lides más lucrativas, ha dejado su partidillo a buen recaudo, en manos de su señora, que, por aquello de disimular, ha cedido el rol de Secretaria General a su mejor amiga de Universidad, la señorita Belarra.
Así las cosas, cuando vi el vídeo que inspira este artículo, sentí una enorme lástima por ver en qué han convertido el feminismo, un movimiento que comparto en sus líneas fundamentales de igualdad de derechos y de respeto a la mujer (la hembra adulta de la especie humana, por si hay alguna duda de a qué me refiero), y contra cuya deriva poshumana me rebelo de manera frecuente. Ustedes, que ya me van conociendo, saben que soy un deslenguado, y por ello no les sorprenderá que me decidiese a postear lo siguiente:
“Cualquiera que vea este vídeo sabe que esta tipa está ahí por amancebarse con un tipo de cierto poder que le dobla la edad. Las señoras que están viéndola en directo en esa sala lo saben. La misma interfecta lo sabe. Con la cantidad de mujeres autosuficientes y con carisma que hay, las podemitas han permitido que eleven a esta sujeta mediocre y advenediza a categoría de portavoz. Si ellas mismas no se toman en serio no pueden esperar que nadie lo haga.”
Pueden ustedes suponer lo que ocurrió luego. El post obtuvo miles de interacciones en pocas horas, y como es natural, una inmensa mayoría de ellas eran insultos, que reflejaban con extraordinaria precisión la disonancia manifiesta en que se mueve eso que hoy se conoce como feminismo. No me malinterpreten, no pretendo ejercer de plañidera, y además, ofende quien puede, y el wokismo no puede. Les cuento esto por el puro interés antropológico y narrativo. Como decía, los insultos se podrían categorizar en cuatro grandes grupos: el primero y más numeroso era el grupo de usuarios (fundamentalmente mujeres) que me expresaban su repugnancia por mi machismo, lo que resulta paradójico, ya que parecen no percatarse que su argumento implica validar el nepotismo de cama y alcoba en tanto lo ejerzan los suyos; el segundo, también bastante numeroso, me achacaba una suerte de deseo sexual reprimido, cuestión muy llamativa dado que implica sexualizar a la susodicha, algo terminantemente prohibido por la ortodoxia progre como ustedes bien saben; un tercer grupo se inclinaba por atribuirme pulsiones homosexuales de toda índole, una argumentación con cierto olorcillo a homofobia que resulta de enorme comicidad si atendemos al canon LGTBIQ+; el último grupo, menos numeroso pero ciertamente sorprendente optaba por directamente insultar a las mujeres de mi vida, ya fuese mi mujer, mi madre o mi hija, en lugar de insultarme a mí, o lo que es lo mismo, insultar a tres mujeres por el precio de una.
Para finalizar, permítanme recordarle a la señorita Santaolalla en relación a sus declaraciones en las que se presenta como víctima por ser mujer junto a las mujeres trans y las mujeres racializadas que las mujeres trans no existen. Las llamadas mujeres trans son, salvo excepciones contadísimas de intersexualidad, hombres biológicos que han sido convencidos de que son mujeres, y cuya lucha contra la realidad material se ha asimilado de manera falsa al feminismo, cargando al movimiento feminista clásico y, por ende, a las mujeres con otro lastre, suponiendo además el principal motivo de división en su seno. No vayan ustedes a pensar que la cuestión transgénero ocurre por azar. Como bien argumenta este artículo del Viejo Topo, el transgenerismo forma parte de la necesaria disociación que favorece la agenda transhumana, abriendo nuevos mercados para la colonización del cuerpo y de la identidad. No vayan ustedes a pensar que esta es una teoría de la conspiración que me saco de la manga. La propia Martine Rothblatt, una millonaria otrora millonario, lo explica en su libro, cuyo título resulta suficientemente elocuente como para no tener que explicar nada más: “Del transgénero al transhumano: Un manifiesto sobre la libertad de la forma”.
Tampoco existen las mujeres racializadas. Decir tal cosa equivale a suponer que la raza, del mismo modo que el sexo biológico, son imposiciones caprichosas de un sistema racista y heteropatriarcal, que decide arbitrariamente imponer una raza o un sexo a un ser humano al momento de nacer. Esto, señora mía, es un dislate, un absoluto delirio, que por muchas veces que ustedes lo repitan no deja de serlo. Además, el concepto persona racializada, por muy inclusivo y resiliente que pretendan ustedes que suene, no pasa de ser una adaptación posmo del insultante personas de color, aquella fórmula tan casposa y recalcitrante que usaba la gente bien de finales de los 80 para referirse fundamentalmente a los negros. Decir que alguien es negro, asiático o blanco, no es ningún insulto, y sostener que cualquier persona no blanca está racializada, adolece de un tremendo paternalismo y de un racismo intrínseco que resulta vomitivo, ya que divide la sociedad entre personas blancas y personas racializadas, despojando a cualquier no blanco de su identidad racial, como si de un estigma se tratase. Es delirante, racista, y además falso. Sin embargo, en los círculos de influencia podemita, proferir esta clase de bufonadas identitarias resulta conditio sine qua non para ser aceptado en el grupo, un ejercicio retórico de demostración de destreza en el uso de la neolengua posmo, que arranca no pocos aplausos entre la parroquia.
En definitiva, la izquierda patinete y este nuevo feminismo de Only Fans, ajenos a su lamentable papel de tontos útiles del poshumanismo, se han convertido en todo aquello que deberían estar combatiendo. Su paso por las instituciones ha cristalizado en mayor inseguridad para las mujeres, mayor conflictividad social y mayor confusión entre los jóvenes. Víctima de la indefinición y de su propia verborrea, la izquierda patinete colapsa ante cualquier contradicción que se señale, llevándose por delante el feminismo útil. El feminismo, el de verdad, el de las hembras adultas de la especie humana, es más necesario que nunca, ya sea el feminismo por la igualdad de derechos, como el feminismo de la diferencia. Un feminismo que redunde en mejorar la convivencia, que no eluda cuestiones fundamentales sobre la seguridad de las mujeres, como el impacto de la inmigración descontrolada en los delitos contra la indemnidad sexual y física, y sobre todo, que tenga claro el objeto de su lucha. El feminismo útil no pierde el tiempo en circunloquios desquiciados e interminables sobre la naturaleza de la mujer, que lo único que hacen es debilitarlo y desnaturalizarlo, y para liderarlo tenemos mujeres de enorme fortaleza intelectual y moral a las que el feminismo patinete insiste en marginar en cada ocasión que se presenta. El día que las referencias del feminismo sean mujeres como Ángeles Maestro, Lidia Falcón, Bea Talegón, Paula Fraga, Tasia Aránguez o Ana Iris Simón, sabremos que vamos por el buen camino. Mientras tanto, tendremos que conformarnos con asistir al hundimiento de la izquierda patinete y del feminismo de Only Fans.
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación.




Este desbarajuste que tan bien describes no sería posible sin que se diera un factor no por oculto menos evidente: la propiedad de los medios de difusión y la de los medios de ideación (los laboratorios de ideas que segregan estas y otras tendencias corrosivas similares) confluyen en un mismo grupo de poder que usa su avasalladora influencia para degradar nuestras sociedades. Descubrirlos en las sombras donde se esconden y exponer sus propósitos destructivos sería el primer paso a dar si queremos salvarnos del caos al que nos arrojan.
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