Corría el año 1633, cuando el universal físico y astrónomo pisano Galileo Galilei declaraba ante la Santa Inquisición, abjurando de su teoría heliocéntrica, la misma sobre la que hoy ya nadie duda. Su libro, Diálogo sobre los dos principales sistemas del mundo (1632), contó en un principio con la aprobación de las autoridades eclesiásticas del momento en tanto se consideraba una hipótesis. El texto, que Galileo había elegido desarrollar en forma de diálogo entre personajes ficticios, pretendía encarnar un debate entre posiciones científicas antagónicas de la época, a saber; el heliocentrismo y el geocentrismo. Los detractores de Galileo, que eran muchos y poderosos, quisieron ver en el personaje de Simplicio, a la sazón defensor del geocentrismo, al Papa Urbano VII, y por extensión, una sátira sobre el pontífice. No sabemos el peso que pudo tener esta apreciación, pero sea como fuere, Galileo fue conducido ante la Santa Inquisición en Roma, obligado a abjurar públicamente de sus hipótesis para evitar la muerte, pasando el resto de sus días encerrado forzosamente en su propia casa. Cuenta la leyenda que, Galileo, entre dientes, tras renunciar al heliocentrismo para salvar el pellejo, musitó la icónica frase “Eppur si muove” (y sin embargo, se mueve), frase que se convirtió en un símbolo de la resistencia intelectual frente a la intromisión del poder.
Hace ya varias semanas, cuando Robert Fitzgerald Kennedy tomó posesión como Secretario de Salud, algunos augurábamos un contraataque feroz de los miembros del establishment científico, adocenados tras muchas décadas del poder omnímodo de Fauci y Collins, ejercido sin control desde los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés ) y el Instituto Nacional de Enfermedades Alérgicas e Infecciosas (NIAID). La dirección del HHS (Departamento de Salud y Servicios Humanos) se había convertido en un cargo menor, por el que desfilaban políticos inanes sin mayor afán que la mera promoción personal. Sirva de ejemplo el caso del secretario del HHS durante el primer mandato de Trump, Alex Azar, cuyo pasado como directivo de la farmacéutica Eli Lilly levantó alguna sospecha cuando fue nominado, antes de convertirse en el insólito “héroe” de la famosa Operación Warp Speed. El conflicto de interés ha sido el líquido amniótico en el que se ha desarrollado la relación entre el Estado y la Big Pharma, y las puertas giratorias su cordón umbilical. Esta aceptación tácita del status quo por parte de la clase dirigente de EEUU había conformado durante años una pax farmacéutica en la que sus señorías vivían cómodamente instaladas, dejando el camino expedito para que el complejo industrial biotecnológico sentase las bases de la distopía totalitaria conocida como “pandemia del COVID”.
Así las cosas, igual que hizo Galileo, en su audiencia de confirmación frente al Comité del Senado, pudimos ver a Robert F. Kennedy Jr. (RFK) abjurar de varios de sus planteamientos, creando cierto desasosiego entre sus bases de apoyo. Le pudimos ver afirmar que las vacunas MMR eran la mejor manera de prevenir los brotes de sarampión, le pudimos ver decir que los HHS, bajo su dirección, asegurarían el suministro de vacunas para todos los estadounidenses. Una abjuración de vehementi, buscando sin duda asegurar su toma de posesión, intentando no alarmar en exceso a sus señorías que, conscientes de su poder en aquella audiencia, se deleitaban con cada ocasión en que obligaban a Kennedy a hincar la rodilla. Una y otra vez, RFK emitía aquellos mensajes con los que creía estar aplacando la ferocidad del comité, erigido en censor de todas sus manifestaciones pasadas. Y es que RFK tiene una hemeroteca de la que es difícil abjurar, pero aún así, lo hizo. No lo hizo como Galileo, para salvar su vida, sino para asegurarse un puesto que le permitiese revertir toda esta locura tecno-totalitaria en la que nos hemos visto envueltos. Pese a los ataques, RFK consiguió encauzar de modo inteligible su línea de acción política, señalando de manera suficientemente vaga para salir airoso a ciertos agentes tóxicos indeterminados como responsables de la epidemia de enfermedades crónicas que vive EEUU, esa que no parece preocupar a sus señorías, tan obcecadas con las vacunas. El dato en que basó su discurso es demoledor. Sólo el 8% de los estadounidenses desarrollaron enfermedades de tipo infeccioso, frente al 92% de enfermos crónicos. Esa sería su prioridad política y a ello se encomendaba. Y sin embargo, se mueve…
Quien quisiese leer entre líneas, podría entender que aquello era una declaración de guerra velada a la Big Pharma y a la industria alimentaria de EEUU, y sin embargo, entre las bases de MAHA (Make America Healthy Again) cundió la desconfianza. Unos, presos de la impaciencia, por ver depauperadas sus aspiraciones de meter en vereda a una industria asalvajada por la codicia y por la falta de límites en que venía desarrollando su actividad. Otros, descontentos con algunos nombramientos polémicos, como los de los hermanos Casey y Calley Means, a los que acusan de tener conflictos de interés. Al frente de la crítica interna, hemos visto a personas tan relevantes como Nicole Shahanan, quien fuese la dupla de Kennedy en la carrera presidencial, o Mary Talley Bowden, una de las doctoras más activas a favor de la retirada de los productos ARNm del mercado. Y es que resulta comprensible la desconfianza, a fin de cuentas son muchos años de engaños, pandemias, coacciones y envenenamiento de la población general con toda impunidad. No ayudó ver a Trump rodeado de los pretorianos de Silicon Valley, Larry Ellison y Sam Altman, anunciar el proyecto Stargate, por el cual afirmaban poder desarrollar “vacunas de ARNm” personalizadas en 48 horas para curar, entre otras enfermedades, el cáncer. El nombramiento como Subsecretario del HHS de Jim O´Neill, viejo conocido tanto del HHS como de la industria farmacéutica y fuertemente relacionado con el tecnogurú Peter Thiel, allanaba el camino de la desconfianza. He de reconocer que la mía también. A fin de cuentas, y pese al respeto que guardo por Kennedy, todo parecía indicar que había tenido que aceptar algunos nombramientos contra todo aquello que venía preconizando durante años para acallar ciertas voces entre el establishment.
Y sin embargo, se mueve. En las últimas semanas, se acumulan las logros en el sentido de minar el poder de la industria sobre la salud, ya no sólo de los estadounidenses, sino a nivel global. Por mencionar los más relevantes y sin entrar en tediosas enumeraciones exhaustivas: la orden ejecutiva firmada por Donald Trump que pretende limitar los precios que se pagan en EEUU por los medicamentos, el informe MAHA que ansía acabar con la epidemia de enfermedades crónicas entre los niños, el vibrante discurso de RFK en la sede de la OMS en que señalaba la corrupción inherente a la organización y los conflictos de interés palmarios, y animaba a otros estados a seguir los pasos de EEUU, abandonando la OMS para crear nuevos marcos de cooperación internacional. De manera más reciente, hemos conocido varias medidas que suponen un misil en la línea de flotación del complejo industrial del ARNm, como la cancelación del contrato de más de 700 millones con Moderna para desarrollar vacunas de ARNm, la retirada de las vacunas ARNm contra el COVID de la recomendaciones de los CDC para niños y embarazadas, o la aprobación limitada a mayores de 65 años de la vacuna aerosolizada de ARNm, Novavax. En este sentido, Marty Makary ha afirmado en la cadena de televisión Fox News estar muy preocupado por la gran prevalencia de efectos secundarios derivados de la inoculación masiva de productos ARNm, anunciando un estudio masivo a escala nacional sobre esta cuestión. La plataforma ARNm está en tela de juicio oficialmente, y esto, queridos amigos, es una gran noticia. Eppur, si muove…
Al igual que le ocurriese a Galileo, RFK, y sus escuderos, Bhattacharya y Makary, reciben feroces críticas de propios y extraños. No me cabe ninguna duda que la crítica va a seguir siendo brutal, sobre todo de parte de quien tenga intereses que proteger. Pero, al margen de algunos elementos subversivos que de manera interna expresan una marcada adhesión a la cofradía de la píldora negra, cualquier crítico con el paupérrimo estado en que se encontraba la ciencia biomédica hubiese firmado hace escasos meses conseguir una décima parte de lo que se está logrando hoy. Las cosas distan de ser perfectas, y son cientos los asuntos que siguen exigiendo nuestro escrutinio. En un proceso de esta envergadura, la crítica es comprensible, o incluso deseable, pero quizás sea también necesario pararse un rato de cuando en cuando a contemplar los logros que se han conseguido. Para algunos, entre los que me incluyo, esta es la guerra de toda una vida, y reconforta saber que, al menos en este momento, estamos ganando algunas batallas. Siguen siendo demasiadas las cosas que no nos gustan, son muchos los nombramientos que concitan nuestra desconfianza, y es evidente que aún estamos en el proceso de dimensionar la clase de monstruo al que nos enfrentamos. No es momento de vender la piel del oso al que aún no hemos cazado, y sin duda debemos mantener la tensión crítica, pero es justo reconocer que, con todas las dificultades, sin embargo, se mueve…
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación.





El problema de la medicina alopática es que está abducida desde hace mucho tiempo por la corrupta industria farmacéutica. Industria, conviene recordar, que no se ocupa de la salud sino de la enfermedad, cuyos tratamientos son siempre fármacos que no eliminan la causa de ninguna enfermedad sino los síntomas y que además tienen efectos adversos a corto y largo plazo. La medicina alopática tendría que ser algo excepcional; sin embargo, es todo lo contrario. Este es el problema. Cuando se pide más sanidad pública se está pidiendo más farmacopea
Acertada analogía. Ahí van algunas reflexiones algo deshilbanadas ante mi incapacidad de presentar una opinión más ordenada:
- Este RFK parece que está solo ante el peligro y no solo desde un punto de vista burocrático
- Menuda mafia que es la industria farmacéutica, superando en maldad y deshumanización a otros movimientos descritos por ti y siendo el mayor yunque para los pobres de EEUU
- En clave europea, aunque (por ahora) no nos tengan tan fastidiados, difícil quitarlos de en medio habida cuenta de que es uno de los pocos sectores competitivos y equilibradores de la balanza de pagos y a los que la regulación del viejo continente no le resta (demasiado)
- Y por último pero no menos importante ¡Ursulita y sus amiguetes también "pillan cacho" de estos negocietes!
Gracias, JCS!