Muchos, si no la mayoría, de los que cuestionamos el enfoque que adoptaron las autoridades civiles y sanitarias para controlar el Covid nos sentimos desconcertados, cuando no enfurecidos, por las personas que antaño veíamos como reflexivas e inteligentes y que, sin embargo, no se tomaron el tiempo de examinar la evidencia empírica disponible sobre la efectividad de las medidas de salud pública promulgadas en nombre de la lucha contra el virus. Igual de molesto para muchos de nosotros ha sido el hecho de que estas personas no hayan comenzado a reconocer, ni tan siquiera mínimamente, el enorme daño hecho a numerosos conciudadanos con tales medidas.
Se han avanzado muchas tesis para explicar este brote repentino y masivo de desidia intelectual y moral frente al fenómeno Covid. Varias de ellas se han basado en la capacidad de los intereses corporativos —trabajando con la cooperación plena de las instituciones gubernamentales— para intimidar y censurar las voces que no aceptaron el discurso dominante sobre el tema. Obviamente, este ha sido un factor muy importante.
Pero, en mi opinión, esto solo explica una parte del fenómeno.
¿Por qué?
Porque esta plaga de silencio y de apatía crítica ha ido acompañada a cada paso de una tormenta de tonterías emanadas, al parecer espontáneamente, desde dentro de los recintos en principio más intelectualmente refinados de nuestras culturas, la más ridícula de las cuales es la noción de que la ciencia es un canon fijo de leyes en vez de un proceso experimental abierto y en constante evolución.
El hecho de que tantos científicos y personas altamente acreditadas se adhirieran, activa o pasivamente, a esta premisa tan primitiva e infantil durante los últimos años, revela la escasa calidad de nuestras instituciones educativas y culturales. Demuestra que la mayoría de las personas pagadas en nuestra sociedad para pensar sobre los temas más complejos son incapaces de reflexionar de manera regular o sistemática sobre las epistemologías que rigen los parámetros de pensamiento de sus respectivos campos de investigación. Y si bien, como parece, estos profesionales titulados generalmente no reflexionan sobre las premisas implícitas de sus propios campos de investigación, no debe sorprendernos que tampoco reflexionen mucho sobre los aún más amplios paradigmas culturales de los que se derivan las epistemologías que gobiernan sus actividades investigadoras.
¿De qué hablo?
Hablo, por ejemplo, de la naturaleza culturalmente determinada del tiempo.
La mayoría de nosotros pensamos mucho sobre el tiempo. Pero, ¿cuántos de nosotros pensamos en cómo pensamos sobre el tiempo? En mi experiencia, muy pocos de mis interlocutores me entienden cuando intento abordar el tema. La gran mayoría asume —tal como era mi caso antes de introducirme en el estudio comparativo de los varios discursos contemporáneos de identidad nacional en la Península Ibérica hace unas décadas— que el tiempo simplemente es, y se extiende de forma inexorablemente lineal desde el momento presente hacia el futuro, alejándose así para siempre del pasado.
Lo que descubrí en aquel entonces fue que existía una forma relativamente nueva de entender el paso del tiempo, inextricablemente ligada al auge de la modernidad en Europa hacia finales del siglo XV, y con ello, el advenimiento del Estado-nación y la idea de un progreso humano inexorable a través del descubrimiento científico. Antes de esto, muchas, si no la mayoría de las culturas conceptualizaban el tiempo en términos cíclicos, cosa que les recordaba implícitamente la posibilidad de volver sobre sus pasos y reparar los daños causados a nuestras labores colectivas por su propia tendencia hacia la irracionalidad destructiva.
O para decirlo en términos teológicos, vivían un concepto del tiempo que daba cabida a una idea parecida a lo que las tradiciones cristianas llaman pecado original.
El tiempo lineal, por el contrario, deja al hombre solo con sus propias fantasías de perfectibilidad. Vivir pensando en la posibilidad de perfeccionar tanto el mundo como uno mismo puede provocar sentimientos y actitudes embriagadoras. Y no hay duda que el auge de positive thinking provocado por la modernidad y el concepto del tiempo lineal, ha sido un factor enorme en el mejoramiento general de nuestras circunstancias materiales durante estos últimos cinco siglos.
Pero, ¿qué sucede, como es casi inevitable, cuando los frutos palpables de una forma particular de ser y pensar disminuyen a medida que el contexto histórico y cultural que la inspiró empieza a desestructurarse? El caso es que si el concepto de tiempo del que uno dispone es cíclico, siempre existe la opción de reconocer lo que está sucediendo y de hacer ajustes basados en la nueva realidad circundante.
Sin embargo, si el único concepto de tiempo que uno ha conocido es lineal, la situación es bastante difícil. Bajo este paradigma del tiempo, no hay, en efecto, posibilidad de volver hacia atrás. Debido a la religiosidad implícita del credo del progreso lineal inexorable, hay más bien una tendencia generalizada a apostar compulsivamente, y con un renovado fervor, por técnicas que, desde un punto de vista estrictamente empírico, están perdiendo su capacidad de resolver los problemas más graves del momento.
Los resultados de esta mentalidad frenética y autodestructiva están ahí para todos los que quieran ver la realidad de nuestra cultura.
Podemos percibir esta falta de "conciencia cíclica" en la incapacidad de tantas personas de abordar el problema eterno de la finitud inherente de la condición humana con un mínimo de ecuanimidad y proporción, algo que, en mi opinión, explica la reacción extremadamente histérica de tantos de nuestros conciudadanos ante el virus SARS-CoV-2.
Lo vemos en la lamentable mentalidad de las élites norteamericanas en la conducta de la política exterior. Como acólitos ciegos de la escuela del tiempo lineal, son incapaces de imaginar un mundo en el que no exista el "derecho" de Estados Unidos de atacar y saquear a los otros pueblos del mundo. A pesar de la evidente pérdida de energía vital y de riqueza en el país, no pueden ni siquiera imaginar la posibilidad de una salida prudente de lo que siguen viendo como un camino de sentido único que conduce a niveles cada vez mayores de supremacía norteamericana.
Y lo estamos viendo, cómo no, también en las maneras en que nuestra cultura se acerca a la teoría y la práctica de la ciencia en general, y de la medicina en particular.
La innovación conceptual más importante de la modernidad, como sugerí anteriormente, fue concederle a la humanidad un permiso para ver los elementos no humanos del mundo como susceptibles no sólo a las intenciones de Dios, sino también a nuestros propios deseos, y nuestros propios esquemas de manipulación.
No se puede negar que esta especie de declaración de guerra a la naturaleza ha producido enormes beneficios materiales para, al menos, algunos de los habitantes de la tierra.
Sin embargo, los logros de la modernidad y su espíritu científico no implican que sus métodos vayan a producir niveles de beneficio constantes o cada vez mayores a lo largo del tiempo. Al igual que las personas, los paradigmas se cansan, sobre todo porque los seres humanos que trabajan dentro de ellos pierden contacto con los problemas que originalmente provocaron en ellos el impulso intenso de crear soluciones nuevas, y de someterse a grandes sacrificios durante el proceso de crearlas.
Pero los seres humanos no siempre reconocemos cuándo hemos empezado a guiarnos puramente por inercias. Esto es especialmente cierto para aquellos que están dominados por una visión puramente lineal del tiempo, pues para ellos no es concebible contemplar la posibilidad de una regresión intelectual y espiritual de su cultura.
El predominio de personas con esta mentalidad en la cúpula intelectual de la sociedad resulta en la creación de lo que podríamos llamar “instituciones zombis”, lugares que conservan elementos puramente cosméticos de su gloria pasada, pero que apenas atesoran nada de la creatividad humana y de la urgencia existencial que las hizo necesarias y efectivas en el momento de su creación. Y hay una forma infalible de saber cuándo las instituciones sociales han entrado en esta fase de su existencia: una cultura de exageración y de prepotencia empieza a manar de ellas.
Cuando la medicina estadounidense inventaba curas que alargaban la vida de los ciudadanos del país, no hacía falta ensalzar esos logros a base de grandes campañas publicitarias. Pero ahora que la esperanza de vida en Estados Unidos cae en picado, y el propósito de la salud pública no es tanto el de sanar las enfermedades, sino elevar el nivel de control gubernamental sobre las vidas de los ciudadanos y garantizar un flujo cada vez mayor de ganancias hacia las empresas farmacéuticas y aseguradoras, se insiste en que alabemos a nuestros nobles médicos con frecuencia y con fervor.
Y hemos descubierto, además, que muy pocos de los que trabajan dentro del campo médico tienen la agudeza crítica y/o el coraje moral para admitir la verdadera realidad de su circunstancia profesional.
Más triste aún es, sin embargo, la tendencia entre los que no se dedican a las artes de curar, pero que provienen de esta misma sociología educativa, a seguir insistiendo nostálgicamente en que existe una línea directa de continuidad moral y científica entre, digamos, los primeros grandes médicos higienistas, cuyo trabajo probablemente salvó a millones de personas, y un charlatán como Anthony Fauci, que promovió una respuesta innecesaria e inútil a la pandemia que ha matado y ha dañado a millones de personas.
Así pues, volviendo a nuestra pregunta inicial: “¿por qué tantos se niegan a ver lo que tienen ante sus ojos?”.
Porque hacerlo les exigiría adoptar una cosmovisión completamente nueva, en la que el progreso lineal no es una garantía metafísica, sino una mera aspiración en un camino de vida que, como bien entendían los premodernos, generalmente tiene más recodos que extensiones rectas y bien pavimentadas.
El Autor
Thomas Harrington es catedrático emérito de Estudios Hispánicos en Trinity College en Hartford, Connecticut en los EE.U.U, así como Senior Brownstone Scholar, Brownstone Fellow y co-fundador de Brownstone España. Su investigaciones académicas se centran en los movimientos ibéricos de identidad nacional, las relaciones culturales intra-ibéricas y las emigraciones ibéricas hacia las Américas. Sus escritos sobre la política y la cultura han aparecido con frecuencia en la prensa estadounidense, así como en varios medios de comunicación en España. Es autor de cinco libros, siendo el último de ellos The Treason of the Experts: Covid and the Credentialed Class (2023). Varios de sus artículos de prensa y una muestra de su fotografía se encuentran en Words in The Pursuit of Light. Se puede acceder a una selección de sus trabajos académicos en https://trincoll.academia.edu/tharrington





"Paradigms, like people, become tired...we humans do not always recognize when we have begun to be guided purely by inertia."
Really insightful writing, Tom, as always. Thanks for your work!
Muy sabio. Gracias. Encantada de ver algo por usted en español.