En la tercera entrega de esta serie vimos cómo el sionismo mutó, en apenas dos décadas, hacia formas organizadas de violencia armada, dejando atrás el afectado pragmatismo de Pinsker y el oportunismo diplomático de Herzl. La Haganá, nacida como milicia defensiva, pronto dio paso (o más bien engendró) a facciones que no se conformaban con la mera protección o defensa: el Irgún y el Lehi, grupos que los británicos clasificaron sin ambages como terroristas, comenzaron a aplicar una lógica de fuerza bruta contra la población árabe y contra la misma potencia mandataria que, paradójicamente, les había prometido un “hogar nacional judío”. El sionismo dio el salto del discurso y el establecimiento “pacífico” de colonias al atentado sangriento, del congreso a los explosivos. Esto no fue un accidente histórico fruto de una coyuntura especial, sino la culminación natural de una ideología que, al despojar al judaísmo de su dimensión religiosa y ética tradicional, lo convertía en un nacionalismo secular de corte europeo y colonial y, en última instancia, supremacista, análogo a otros movimientos de la época que, sin embargo, han gozado de menor benevolencia en los libros de historia. Paradójicamente, mientras los judíos europeos se encontraban al borde del abismo de los campos de concentración, el sionismo comenzaba a construir un infierno para los árabes de Palestina.
Pero si hay una figura que encarna y acelera esa deriva hacia la glorificación de la violencia como instrumento inevitable (y hasta moral) del proyecto sionista, esa es Vladimir (Ze’ev) Jabotinsky. Periodista, orador carismático, admirador confeso de la disciplina mussoliniana y fundador del sionismo revisionista, Jabotinsky no se limitó a teorizar la conquista, sino que la dotó de una doctrina explícita y descarnada. En esta cuarta entrega exploraremos cómo el pensamiento y la acción de Jabotinsky cristalizaron esa transformación del sionismo, de un movimiento que aún fingía buscar coexistencia a uno que asumía abiertamente y sin complejos su condición de victimario. Veremos cómo sus ideas sobre la fuerza irreversible, la superioridad cultural europea y la necesidad de reducir demográficamente a la población nativa sentaron las bases ideológicas para las operaciones de limpieza étnica que se desplegarían entre 1947 y 1949, y cómo su legado, a través del Irgún primero y del Likud posteriormente, sigue resonando en el discurso con el que se justifica el atroz estado de cosas actual. Porque si el sionismo secuestró al pueblo judío, Jabotinsky fue quien lo condenó a ser el mayor peligro que enfrenta hoy la humanidad. Analizando su figura y trayectoria arrancamos este cuarto capítulo.
El joven Jabotisnky: Mussolini y “El muro de hierro”
El joven Jabotinsky, nacido en 1880 en la cosmopolita Odessa, creció en un hogar asimilado donde el judaísmo era más una sombra que una verdadera sustancia religiosa. Comenzó a ejercer como periodista de manera ciertamente precoz, publicando sus primeros textos a la pronta edad de 16 años. Como liberal rusificado, fue un amante de la literatura italiana y de la cultura europea. De su paso por Italia quedó el seudónimo “Altalena” como su nombre de pluma predilecto a lo largo de su carrera literaria y periodística. Su despertar sionista llegó con el estallido del pogromo de Kishinev en 1903. Aquella masacre fue la chispa que necesitó para despertar su militancia activa. Jabotinsky organizó grupos de autodefensa judía en Odessa, donde había sido contratado como columnista a tiempo completo del periódico burgués Odesskiya Novosti.
Su desembarco definitivo en la alta política ocurrió en el Sexto Congreso Sionista de Basilea en 1903. En dicho evento, destacó como el único delegado que defendió públicamente la reunión de Herzl con Von Plehve, el ministro ruso responsable de las matanzas de Kishinev. Jabotinsky argumentó que era vital separar las consideraciones éticas de la táctica política, captando la atención de los líderes de la Organización Sionista Mundial por su visión maquiavélica. Su talento periodístico, su dominio de idiomas y su firme oposición al socialismo dentro del movimiento lo consolidaron rápidamente como una figura prominente. En Basilea, tuvo la oportunidad de conocer de cerca a Theodor Herzl, a quien consideraba un visionario, antes de su muerte en 1904. Jabotinsky quedó absolutamente fascinado: Herzl representaba el sionismo político puro, audaz, estatalista, opuesto a la lentitud colonizadora de los prácticos. Tras la muerte del fundador, se erigió en líder de la derecha sionista rusa, polemizando ferozmente tanto con asimilacionistas como con los bundistas. Con respecto de los segundos, Jabotinsky consideraba que el sionismo, debía consistir en una acción política inmediata y permanente, no en una utopía agrícola.
Con el tiempo, el pensamiento de Jabotinsky se fue alineando gradualmente con los pilares del fascismo italiano. El militarismo exaltado, el rechazo visceral al socialismo y una concepción racial de la nación, encontraban de manera natural un encaje en la concepción del pueblo judío de Jabotinsky y, sin que ello implicara la adhesión formal al régimen mussoliniano, sí que suponía una admiración pragmática y cada vez más explícita por sus métodos de regeneración del espíritu nacional. Jabotinsky, como veremos más adelante, defendía que el sentimiento nacional reside en la “sangre” y que la estructura espiritual de un pueblo está determinada por su genética. La indeseable asimilación plena exigía indefectiblemente cambiar el cuerpo, engendrar generaciones hasta diluir la huella judía en la sangre ajena. Según Jabotinsky, sólo un territorio propio donde los judíos fueran mayoría abrumadora podía preservar la integridad nacional a perpetuidad, y esa integridad pasaba por la pureza racial. Aquellas ideas, ya prefiguraban años antes un nacionalismo esencialista desde el punto de vista biológico que chocaba frontalmente con el universalismo socialista o el liberalismo asimilacionista. Como veremos en su capítulo específico, al margen de la consideración ética que cada cual pueda inferir, estos planteamientos adolecen de un problema sustancial: por muchos esfuerzos que haga la ciencia de parte para encontrar marcadores genéticos que justifiquen la consideración de los judíos como una raza distinguible de otras, no existe ninguna evidencia de ello.
En 1923, con “El Muro de Hierro”, Jabotinsky cristalizó su doctrina: la colonización sionista de Palestina no podría contar con el consentimiento árabe, porque ningún pueblo nativo cede su tierra voluntariamente. La resistencia era natural e inevitable mientras quedara “la más mínima esperanza” de expulsar al colono. Por tanto, el único camino posible pasaba por erigir un “muro de hierro” de fuerza armada independiente (ya fuese judía o británica, pero implacable en cualquier caso) que quebrara esa voluntad hasta que la derrota fuera irreversible. No se trataba de plantear un diálogo o una negociación, sino de la ejecución sistemática de una política de hechos consumados mediante la creación de una superioridad militar abrumadora. Aquella visión despojaba al sionismo de cualquier ilusión pacifista, cínicamente representada en el sionismo de corte laborista (al cual dedicaremos su capítulo correspondiente) y lo convertía en el proyecto de conquista colonial que ha sido desde entonces, asumida sin eufemismos ni paños calientes.
Jabotinsky parte de una premisa cruda y difícilmente discutible, desprovista de ilusiones románticas: ningún pueblo nativo en la historia ha aceptado voluntariamente que su tierra se convierta en el hogar nacional de otro grupo. Por ello, Jabotinsky rechazaba con desprecio las fantasías de los sionistas “moderados”, aquellos que aún creían, o bien en el soborno de los árabes, o bien en la seducción cultural, acusándolos de infantilismo paternalista. Ver a los árabes como una “chusma” corruptible, tal y como a su juicio hacían los laboristas, dispuesta a vender su patria a cambio de una vía férrea o por migajas de prosperidad material, no era sólo un error a sus ojos, sino un insulto disfrazado de buena voluntad, de algún modo similar al modo en que se emplea hoy el paternalismo woke al referirse a las “personas racializadas”. Paradójicamente, el planteamiento de Jabotinsky brotaba de un peculiar sentido del respeto por los árabes, a los que describía en su ensayo como una nación viva, con el mismo apego instintivo y visceral a su suelo que sentían los aztecas por México o los sioux por sus praderas.
La afinidad ideológica con los movimientos fascistas se profundizó en su novela Sansón (1926), donde Jabotinsky, a través del héroe bíblico, exaltaba la idea de los pueblos unidos por una misma mentalidad política, donde miles de personas obedecían a una sola voluntad. Sansón soñaba con “un hierro y un rey”, una consigna que resumía la necesidad de establecer una disciplina marcial y un liderazgo fuerte para que un pueblo disperso y oprimido renazca. Cierto es que Jabotinsky inicialmente cuestionó el culto al líder, pero su rechazo frontal al socialismo lo llevó a reconocer en el fascismo italiano un espejo en el que mirarse. De Mussolini admiraba especialmente su determinación con respecto a la prohibición de huelgas y la supresión de conflictos de clase en favor de la nación unificada, algo que consideraba esencial para el sionismo en Palestina. A mediados de los años 30, Jabotinsky actuaba ya como apologista del fascismo italiano, un movimiento al que calificaba como una “ideología de igualdad racial”, en el que buscaba abiertamente su patrocinio político contra los británicos en Palestina. Esta sintonía culminó en 1934 con la apertura de la Academia Naval Betar en Civitavecchia, donde cadetes revisionistas fueron entrenados por oficiales de los Camisas Negras. Mussolini, pragmático, vio en Jabotinsky un aliado útil, y ambos exhibían públicamente y sin ambages su admiración mutua. Así, el joven liberal de Odessa, fascinado por el pragmatismo de Herzl, terminó abrazando una visión donde la fuerza, la sangre y el hierro se convertían en los verdaderos pilares del renacimiento judío.
La sangre y el suelo
Si bien resultaría aventurado afirmar que el sionismo revisionista era abiertamente nazi, el pensamiento de Ze´ev Jabotinsky guarda una relación íntima y perturbadora con el concepto alemán de “sangre y suelo” (Blut und Boden), esa ideología que definía la nación como una entidad biológica inseparable de su territorio exclusivo y que inspiró las Leyes Raciales de Nuremberg. Para Jabotinsky, la identidad nacional no era un constructo cultural o religioso maleable, sino una realidad orgánica, determinada por la sangre (la genética) que solo podía preservarse mediante la posesión absoluta de un suelo propio, aislado de indeseables contaminaciones externas. Como decía, desde muy temprano, en su ensayo de 1904 “A Letter on Autonomy”, Jabotinsky proclamaba sin rodeos que la esencia de una nación reside en la sangre y en las características raciales. La estructura física de un individuo determinaba su visión espiritual, haciendo de la asimilación una imposibilidad física para un judío de sangre pura. Un judío podía llegar a impregnarse de la cultura alemana, adoptar sus costumbres, su idioma, su acervo cultural, pero el núcleo de su estructura espiritual permanecería inalterablemente judío porque su sangre, su cuerpo y su tipo racial lo dictaminaban así. La asimilación plena sólo resultaba concebible mediante el matrimonio mixto, mecanismo que él consideraba el único medio real de diluir una nacionalidad, certificando así la “muerte de la nación” por dilución de la pureza sanguínea. Jabotinsky llegaba incluso a fantasear proféticamente con que la ciencia futura pudiera descifrar la “receta racial” de cada pueblo analizando su sangre, reduciendo así la identidad a un determinismo biológico irrefutable, tal y como se pretende en la actualidad y como veremos en próximos capítulos.
Según lo dispuesto, esta “sangre” sólo podía preservarse en un suelo exclusivo, un territorio donde la nación se aislara de influencias ajenas y pudiera florecer sin riesgos de mestizajes indeseables o disolución de la genética nacional; una doctrina que, como demostramos en el primer capítulo de esta serie, inspira hoy día los principios epistémicos sobre los que reposa la construcción del proyecto colonial de Israel. Jabotinsky argumentaba que la integridad nacional era imposible sin la pureza racial, y que para lograrlo era indispensable un territorio propio donde los judíos constituyeran la mayoría abrumadora. Por tanto, defendía abiertamente la segregación, no como un mal necesario, sino como un elemento de construcción nacional positivo y creativo, en virtud del cual un pueblo debe aislarse sistemáticamente del resto del mundo para generar valores nuevos, auténticos y propios. La diáspora (Galut), en cambio, era para Jabotinsky un veneno que mataba lentamente, un concepto que hundía sus raíces en autores anteriores como Pinsker. Sin raíces físicas y profundas en una tierra determinada, la espiritualidad de la nación se marchitaría inevitablemente.
Como vemos, pese al uso recurrente de la palabra espiritualidad, este concepto nacionalista está ciertamente muy alejado de cualquier planteamiento religioso singular al judaísmo como religión, compartiendo e inspirando ontológicamente otras doctrinas políticas y sociológicas de la época. Como señala Lenni Brenner en el demoledor repaso que hace del revisionismo en su obra El Muro de Hierro: El revisionismo sionista de Jabotinsky a Begin (1984), este racismo jabotinskiano se nutrió directamente, tanto del darwinismo social surgido a finales del siglo XIX en las eugenésicas entrañas de la Royal Society de Londres, como de las doctrinas de la derecha alemana sobre el Blut (sangre) que circulaban a principios del siglo XX. Esas mismas teorías influyeron en otros sionistas tempranos, como el joven Martin Buber, quien llegó a afirmar que las capas más profundas del ser están determinadas por la sangre. En su novela Sansón (1926), Jabotinsky bosquejó con dramatismo esta mística biológica, condenando como “pecado” los intentos por mezclar lo que los dioses han separado racialmente, en lo que se entiende como una crítica descarnada al asimilacionismo.
Al margen de cualquier otra consideración sobre la pretendida singularidad del judaísmo, la doctrina de Jabotinsky, que conforma en gran medida las bases sobre las que se erige el sionismo actual, no es más que la prueba irrefutable de que el sionismo es un movimiento europeo, hijo de su tiempo y de su espacio, fundamentado en la exclusión y la segregación racial y étnica. En definitiva, el revisionismo no solo secuestró al judaísmo, despojándolo de su verdadero sentido espiritual de trascendencia, sino que lo reescribió como un nacionalismo de sangre y suelo, como un eco perturbador de las ideologías que, en Europa, desembocarían en los peores horrores, como el germen de los acontecimientos ominosos que estaban por acontecer y que, tendrían como víctima propiciatoria precisamente a los propios judíos europeos, fundamentalmente asimilacionistas o jaredíes, que rechazaban abiertamente la doctrina sionista.
No por casualidad, años después, los judíos supervivientes de los campos de concentración y exterminio, fueron tratados con ostensible desprecio en el recién creado Estado de Israel. Tal y como relata el historiador israelí Tom Segev, en su obra The Seventh Million: The Israelis and the Holocaust (1993), el sionismo no hizo ascos al aprovechamiento del Holocausto para sus fines políticos, mientras en la práctica marginaba a los supervivientes, los despreciaba por su debilidad, que achacaban a un producto de la mentalidad de ghetto. El estigma de los campos, lejos de constituir una mera anécdota de tensiones iniciales entre sabras (nacidos en Israel antes de 1948) y olim (judios que inmigraron a Israel desde otros lugares), resultó una característica generalizada de la construcción de la sociedad israelí hasta nuestros días. En este artículo titulado “How the State of Israel Abuses Holocaust Survivors”, escrito por la periodista Yardena Schwartz y publicado en enero de 2017, se expone con enorme crudeza la negligencia sistemática del Estado de Israel hacia los supervivientes del Holocausto que vivían en su territorio en aquel año, la mayoría de ellos muertos hoy. Pese a que Alemania pagó más de 78.400 millones de dólares en concepto de reparaciones desde la Segunda Guerra Mundial, el gobierno israelí y las instituciones que gestionaban esos fondos fallaron estrepitosa y deliberadamente en proporcionar dignidad y apoyo básico a decenas de miles de supervivientes, muchos de los cuales murieron en la pobreza, el frío y la indignidad, mientras la burocracia y los escándalos desvían o congelan recursos. Las cifras son demoledoras: de los 200.000 supervivientes que vivían en Israel en 2017, un tercio de ellos vivía por debajo del umbral de la pobreza. Como vemos, los planteamientos segregacionistas de Jabotinsky dibujaron un modelo de sociedad que no sólo condenaba a los árabes de la región a sufrir sus pretensiones coloniales y expansionistas, sino que fomentaba la segregación de aquellos a los que consideraba suyos.
El antisemitismo de los hombres y el antisemitismo de las cosas
En coherencia con sus propios planteamientos raciales, aunque resulte contraintuitivo a priori, el pensamiento de Jabotinsky justificaba abiertamente el llamado antisemitismo que, según definía en su obra El frente de guerra judío (1940), era un tipo de hostilidad hacia su grupo étnico que no nacía necesariamente de una maldad innata, sino de un instinto elemental y primordial, tan lógico como profesar simpatía natural por el propio grupo nacional. Jabotinsky lo defendía sin remilgos: el antisemitismo resultaba “tan natural como preferir a los hijos propios antes que a los del vecino”. Criticar ese instinto era absurdo, tan inútil como condenar a un animal por defender su territorio. El antisemitismo, en su visión, no era más que el síntoma y por tanto, la perfecta justificación de sus teorías sobre la raza judía. Jabotinsky distinguía entre el “antisemitismo de los hombres” y el “antisemitismo de las cosas”, una dicotomía que resultaba en el fundamento inapelable de su convicción de que el pueblo judío jamás podría integrarse de verdad en la diáspora, y que su única salvación pasaba por la evacuación masiva hacia un Estado propio, sin concesiones ni ilusiones.
Este instinto natural, el que entendía como “antisemitismo de los hombres” consistía en el odio subjetivo, la animadversión individual y el prejuicio activo y general de los gentiles contra los judíos. Jabotinsky lo consideraba secundario, casi irrelevante. Combatirlo con sermones morales o campañas de buena voluntad era inútil, porque no tocaba la raíz de la cuestión. Sin embargo, la verdadera amenaza existencial para los judíos, por la que se explicaba su necesidad de desarrollarse en una tierra propia, era el “antisemitismo de las cosas” o de las circunstancias, entendido como la hostilidad objetiva, estructural e insoslayable que surge cuando un pueblo minoritario vive en tierras ajenas. Según Jabotinsky, en las que definía como “zonas de angustia” (fundamentalmente Europa Oriental), la pretensión de obtener la igualdad civil no era más que un espejismo condenado al fracaso, por el cual los derechos formales se evaporaban en cuanto los judíos los ejercían de verdad. En la competencia económica real, la cultura judía había dotado al judío promedio de una preparación superior para la “lucha económica”, una ventaja que despertaba inevitablemente, según decía, una envidia natural entre los gentiles, que se sentían desplazados en su propio suelo, de modo que la pretendida igualdad sólo podría ser duradera si los judíos no la disfrutaban plenamente. En el instante en que prosperaran, compitiendo de igual a igual, la sociedad anfitriona reaccionaría para expulsarlos o marginarlos.
De este análisis surge una conclusión política drástica y sin paliativos: si el antisemitismo era una fuerza natural y objetiva, no un defecto moral corregible, sino una consecuencia inevitable de la convivencia entre naciones, entonces los antisemitas se convertirían en los socios más fiables del sionismo y, por extensión, los países abiertamente antisemitas en sus mejores aliados. Habida cuenta de que ambos (sionistas y antisemitas) compartían el objetivo de que los judíos abandonaran Europa, Jabotinsky no dudaba en justificar alianzas con figuras y regímenes abiertamente antisemitas, desde ministros zaristas hasta el líder nacionalista ucraniano Petliura, responsable de pogromos masivos y asesinatos de judíos. Según decía, “se aliaría incluso con el Diablo” si ello servía para acelerar la colonización de Palestina. Bajo estas premisas, en esos años previos a que el III Reich dictara leyes raciales contra los judíos, dos fenómenos ocurrieron al tiempo: la creación de la Legión Judía y con ella el surgimiento del terrorismo sionista que cimentó lo que hoy conocemos como Fuerzas de Defensa de Israel; y el llamado Pacto Haavará o Contrato de Transferencia, un pacto entre el nazismo y el sionismo alemán que, si bien configura uno de los aspectos más oscuros e ignotos del sionismo, sirvió tanto para construir el Estado de Israel como para evitar el colapso de la economía del Reich ante las amenazas de boicot internacional a los productos alemanes. Dedicaremos el próximo capítulo de esta serie a detallar este pacto.
De la Legión Judía a la Haganá
El proceso de militarización del sionismo no fue un accidente histórico ni una respuesta meramente defensiva a amenazas externas. Fue una evolución ideológica y práctica, impulsada sobre todo por el sionismo revisionista de Jabotinsky y sus discípulos, que transformó una idea de autodefensa comunitaria en un proyecto de conquista armada, un ejército estatal profesional y, finalmente, una industria armamentística que se convirtió en pilar de la economía y la geopolítica israelí. Por ello, hoy día el Estado de Israel se desarrolla en una economía de guerra permanente, lo que posiciona el proyecto sionista como una potencia mundial en la industria militar convencional y tecnológica. Por aportar algunos datos que permitan dimensionar este extremo, el porcentaje del PIB que la industria tecnológica israelí aporta anualmente ronda el 20%. Este crecimiento exponencial a lo largo de los años deriva de las necesidades de defensa, de modo que Israel se ha convertido en el gran vivero de start-ups de tecnología de defensa del imperio anglosionista. A ello hay que sumarle que las exportaciones en material militar en 2024 prácticamente alcanzaron los 15.000 millones de dólares, lo que representa un 10% del total de exportaciones, en un país cuyo gasto militar anual cuadruplica la media de los países occidentales (8,8 %, frente al 2,2% de la media de los países occidentales). Profundizaremos en ello en su capítulo correspondiente. En este epígrafe recorreremos el largo viaje que nos ha traído hasta esta situación: lo que comenzó como grupos improvisados para proteger barrios judíos en el Imperio Ruso terminó en las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), un aparato militar que basa su pujanza en la exportación de armas a regímenes variopintos mientras moldea su identidad nacional alrededor del culto a la fuerza, alejándose cada vez más del misticismo judío. Esta cronología traza esa deriva, paso a paso, sin eufemismos: de víctimas a victimarios en una generación.
El pogromo de Kishinev en 1903, en el que 49 judíos fueron asesinados, cientos de mujeres violadas y sus barrios saqueados, sacudió a Jabotinsky. Aquella masacre lo impulsó a organizar grupos de autodefensa judía en el Imperio zarista. En sus orígenes, no eran más que muchachos con palos, cuchillos y algún revólver improvisado para proteger sus comunidades. Sin embargo, Jabotinsky amasaba poco a poco la idea de que la autodefensa esporádica, amateur y meramente reactiva adolecía de un valor práctico nulo frente a ataques organizados por el Estado o masas enfurecidas. La defensa no podía depender de la buena voluntad cambiante de los gentiles ni de la improvisación, sino que precisaba de una fuerza militar legal, profesional y permanente. Aquella lección temprana sentaría las bases de toda su doctrina posterior. Para Jabotinsky, sin disponer de bayonetas propias, el judío seguiría siendo una víctima eterna.
La Primera Guerra Mundial ofreció a Jabotinsky la oportunidad de pasar de la teoría a la práctica. Aprovechando la coyuntura, Jabotinsky propuso que los judíos participaran activamente en la conquista de Palestina luchando junto a los Aliados contra los otomanos. En 1915 se formó el Zion Mule Corps, una unidad logística de mulas y porteadores judíos exiliados en Egipto que combatieron en Gallipoli bajo mando británico. La Zion Mule Corps no era una milicia de soldados de combate, sino que por aquel entonces no hacían nada más que transportar suministros, pero esta era la primera unidad sionista organizada dentro de marco militar moderno. Como es natural, a Jabotinsky no le resultó suficiente. Por ello siguió presionando en Londres hasta finalmente lograr, en 1917, con el Acuerdo Sykes-Picot ya firmado, la creación oficial de la Legión Judía, formada por miles de voluntarios judíos que sirvieron en Palestina. Fue el primer ejército judío oficial desde la segunda destrucción del Templo de Salomón, aunque bajo bandera británica y con el objetivo más o menos peregrino de ganar los favores del Imperio Británico para el sionismo. Jabotinsky, en un ejemplo de rectitud marcial, decidió alistarse como soldado raso para dar ejemplo, ascendiendo de manera fulgurante a teniente. De este modo, la Legión pretendía sacudirse la condición de víctima que acompañaba históricamente a la identidad judía, transformándose a marchas forzadas en una milicia disciplinada que, poco a poco, acumulaba experiencia en combate de cara a plantar cara en los levantamientos árabes que estaban por llegar.
Pese a la desmovilización de la Legión por los británicos tras la guerra, Jabotinsky no se resignó. La Legión aprovechó su organización y su experiencia para hacer frente a los disturbios árabes de Nebi Musa en 1920, fundando la Haganá (“Defensa”) en Jerusalén, una milicia clandestina cuya labor declarada era proteger a los colonos judíos. Inicialmente se configuró como una facción pro-imperialista, habida cuenta de su labor durante la guerra, y la aspiración original de Jabotinsky era consolidar una fuerza que debía integrarse legalmente al aparato militar británico. Sin embargo, los británicos no veían esta opción como algo deseable, considerando la beligerancia creciente que mostraban los árabes de Palestina ante la presencia y los abusos de los colonos judíos en la región, por lo que la Haganá nació como una guerrilla antisistema. Pese a ello, los británicos (con su flema natural) permitían los entrenamientos militares que tenían lugar en el mítico Monte de los Olivos, atendiendo a las peticiones reiteradas de armas al gobernador Storrs. Todo ello ocurría bajo la ilusión de que el Mandato británico respaldaría finalmente una defensa judía armada. La Haganá nació como respuesta práctica a la vulnerabilidad judía, pero llevaba consigo el germen de la militarización posterior. A ojos de Jabotinsky, sin ejército propio, el sionismo no era más que una quimera.
Si bien en un principio no existía en el seno del sionismo una división clara entre laboristas y revisionistas, desde prácticamente la creación de la Haganá, las diferencias de criterio se comenzaron a hacer patentes. Con el tiempo, los sionistas laboristas, dominados por figuras como David Ben Gurión, fueron tomando el control de la Haganá a través de la Histadrut (la federación sindical judía a la que dedicaremos un capítulo), que la convirtió en una fuerza más organizada y alineada con ideales socialistas, aunque de carácter fundamentalmente defensivo. Los revisionistas inicialmente cooperaron, pero Jabotinsky veía en la Haganá un instrumento idóneo para la creación rápida de un estado judío en todo el Eretz Israel, lo que incluía Transjordania, mientras que los laboristas priorizaban una construcción gradual de instituciones y la cooperación limitada con los británicos. En el mismo año en que se publicó “El Muro de Hierro”, Jabotinsky fundó el Betar en Riga (Letonia), un movimiento juvenil con uniformes pardos, disciplina rígida, desfiles marciales y culto al líder, inspirado en el modelo de Mussolini y de otros planteamientos europeos autoritarios. Betar instruía a la juventud no sólo en sionismo, sino también en el manejo de las armas, en la filosofía castrense del Hadar (dignidad marcial), y en la idea de que el nuevo judío debía ser fuerte, armado y orgulloso. El Betar se erigió en la fábrica ideológica de la futura derecha israelí, en la que miles de jóvenes fueron educados en la glorificación de la fuerza como única garantía de supervivencia.
La Comisión Peel y el terrorismo del Irgún
Las diferencias, no sólo ideológicas, sino fundamentalmente tácticas, se agudizaron entre revisionistas y laboristas en la década de 1920 y 1930. Los revisionistas criticaban la hegemonía laborista que la Haganá ejercía a través de Histadrut, considerándola demasiado pasiva y desorganizada. El punto de inflexión definitivo que separó definitivamente ambas sensibilidades en grupos separados ocurrió tras los disturbios árabes de 1929 en Hebrón, donde los revisionistas acusaron a la Haganá de su falta de preparación y de capacidad de respuesta. La Haganá oficial practicaba la “havlagá” (contención, defensa pasiva), mientras que Jabotinsky y sus seguidores la entendían como pura cobardía. Así fue como en 1931 surgió la Haganá-Bet o Haganá Nacional, bajo el mando del Comandante Avraham Tehomi, un veterano de la Haganá que ya había hecho sus pinitos terroristas asesinando al poeta judío y holandés Jacob Israel de Haan en 1924. Esta escisión radical se convirtió más tarde en el Irgún (IZL), abreviatura de HaIrgún HaTzva’i HaLe’umi BeEretz Yisra’el (Organización Militar Nacional en la Tierra de Israel), que adoptó una estrategia de represalia activa, basada en atentados contra objetivos civiles árabes, bombas en mercados o ejecuciones selectivas. Con macabra ironía, mientras en Alemania, el Reich de Hitler aprobaba sus Leyes Raciales contra los judíos asimilados y jaredíes, fundamentalmente pacíficos, en Palestina, el Irgún institucionalizaba el terrorismo como herramienta legítima del sionismo para ejecutar sus ambiciones.
Las promesas que los británicos habían hecho a uno y otro lado durante la Gran Guerra cada vez estaban más lejos de poder conjugarse con éxito. Durante la década de los 20, los conflictos entre árabes y sionistas no paraban de sucederse, y con recurrencia acababan por volverse contra los propios británicos. En 1922, se publicó el Libro Blanco de Churchill (formalizado como Orden del Consejo sobre Palestina), buscando resolver la imposible cuadratura del ciclo tóxico en Palestina, en un intento vano de conciliar la Declaración Balfour (promesa de un hogar nacional judío) con las preocupaciones árabes, reafirmando el apoyo a un hogar judío pero aclarando que no se establecería un Estado judío sobre la población árabe existente, limitando drásticamente la inmigración judía y la adquisición de tierras, y sentando las bases para la futura división de Palestina, una “salomónica” decisión que, como veremos, no agradaría ni a los sionistas ni a los árabes. No en vano, los primeros lo interpretaron como una traición del compromiso británico, provocando protestas y campañas en contra; los segundos, aunque formalmente pudiese parecer una decisión a su favor, también lo rechazaron por mantener el principio del hogar nacional judío. Tras la Matanza de Hebrón de 1929, el Libro Blanco de Churchill se vio reforzado por la reedición del mismo a cargo del secretario colonial Lord Passfield en octubre del 30, en el que se criticaba duramente la política sionista y se restringía todavía más la inmigración judía en Palestina.
El descontento crecía entre los árabes de la región, que veían como poco a poco perdían su capacidad de proveerse de recursos. Muchos de ellos habían perdido sus trabajos a cuenta de la masiva compra de tierras por parte del Fondo Nacional Judío y de la decisión del sindicato Histadrut de contratar sólo a judíos, alimentando el paro y el resentimiento entre los árabes. En ese caldo de cultivo, surgió la figura aglutinadora de Izzedin Al-Qassam, un clérigo suní que supo aprovechar la desesperanza creciente entre los campesinos árabes para organizar toda clase de acciones cruentas contras los colonos sionistas y los británicos en asociación con el Gran Muftí de Jerusalén, Hajj Muhammad Amin al-Husayni. Desde la Matanza de Hebron en 1929, la presión no cejó, hasta que se produjo finalmente un enorme estallido de violencia, en lo que se llamó La Gran Revuelta Árabe, una huelga general en origen que terminó por convertirse en un conflicto armado en toda regla. La Comisión Peel, en respuesta a la Gran Revuelta Árabe (1936-1939), recomendó por primera vez la partición de Palestina en un estado judío pequeño (alrededor del 20% del territorio, incluyendo la costa de Tel Aviv y partes de Galilea), un estado árabe anejo a Transjordania y una zona bajo mandato británico (incluyendo Jerusalén y un corredor a Jaffa).
Aunque el plan incluía la transferencia obligatoria de poblaciones (especialmente árabes del área judía propuesta), el Irgún y el sionismo revisionista lo consideraron inaceptable. Este giro de los acontecimientos radicalizó las posturas de los revisionistas, lo que dio lugar al ya mencionado nacimiento del Irgún, una fuerza deliberadamente terrorista, enfocada en combatir tanto a los árabes como a los británicos. En el Congreso Mundial del Betar de 1938 que tuvo lugar en Varsovia, emergió el liderazgo de Menachem Begin (sexto Primer Ministro de Israel en 1977 y Premio Nobel de la Paz en 1978), quien propuso el paso del terrorismo al “sionismo militar”, bajo la premisa de que la patria no se mendigaba, sino que habría de ser conquistada por las armas. Como jefe del Betar polaco, Begin impuso un férreo programa de entrenamientos militares y de preparación para la invasión armada en colaboración con el gobierno polaco en Zakopane. En estos campos de entrenamiento fue donde los cuadros sionistas se instruyeron en las tácticas mediante las cuales tomarían Palestina por la fuerza. Así fue como, bajo el liderazgo de Begin, cristalizó la idea jabotinskiana de la conquista armada de la tierra de los árabes como único camino realista. Al Irgún bajo el mando de Begin, entre muchos otros hitos escabrosos, se le atribuye el atentado con bomba del Hotel Rey David en 1946, sede de la Comandancia del Mandato Británico en Jerusalén, que segó la vida de 92 personas, o la participación junto a militantes de Lehi (hablaremos de ellos en el próximo epígrafe) de la masacre de más de un centenar de civiles palestinos en la aldea de Deir Yassin, en abril de 1948.
La Banda Stern y la propuesta de alianza con los nazis
Al inicio de la Segunda Guerra Mundial, un nuevo frente de escisión se abrió en el seno del sionismo militar. En 1940, un terrorista del Irgún, de nombre Avraham Stern, decidió fundar Lehi, acrónimo de Lohamei Herut Israel (Luchadores por la Libertad de Israel), coloquialmente conocida en los círculos británicos como la Banda de Stern. Lehi era una organización terrorista aún más sanguinaria que el propio Irgún, que surgió del desacuerdo entre la ya minoritaria escisión revisionista sobre la tregua que Begin y sus seguidores habían decidido con respecto de los intereses del Reino Unido, debido fundamentalmente al estallido de la guerra contra Hitler. En contraste, la Banda Stern propuso una alianza con la Alemania nazi para expulsar a los británicos. Al margen de las coincidencias ideológicas con el nazismo, por la creencia casi mística en un Eretz Israel desde el río Jordán hasta el mar, Stern consideraba a los nazis como un “enemigo menor” frente al ocupante imperial británico. Más tarde, tras la muerte de Stern en 1942 a manos del servicio secreto británico, tomó el mando Yitzhak Shamir (dos veces Primer Ministro de Israel entre los periodos 1983-1984 y 1986-1992). Con Shamir al mando, Lehi derivó en una suerte de nacional-bochevismo amorfo que comenzaba a simpatizar con Stalin. En 1944, Menachem Begin asumió el mando del Irgún y proclamó la “Revuelta” armada, consistente en una serie de bombardeos, sabotajes, y atentados contra intereses británicos para los que contó con el apoyo de Lehi. Ambas organizaciones llevaron la militarización al paroxismo, usando el terror como estrategia para forzar la independencia y, a la luz de los hechos, es evidente que triunfaron.
Con el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945 se formó el Tnuat HaMeri (Movimiento de Resistencia Hebrea), una alianza temporal de Haganá, Irgun y Lehi contra el Mandato Británico bajo la dirección de David Ben Gurión. Las acciones terroristas eran constantes, desde sabotajes conjuntos, hasta bombardeos de trenes. Tras la independencia en 1948, Ben Gurión decretó la integración de todas las milicias en las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), aunque ello no ocurrió de manera pacífica. El episodio del barco Altalena en junio de 1948, con el que se sella la unificación de las milicias bajo el mando del recién estrenado Estado, da buena cuenta de la lucha que aconteció por el control del futuro Ejército de Israel. El recién proclamado como Primer Ministro Ben Gurión ordenó a las FDI el bombardeo del Altalena, un antiguo barco de la marina de los Estados Unidos cedido al Irgún, repleto de armas procedentes de Francia y voluntarios, con un balance de 16 muertos. Begin ordenó no responder al fuego para evitar la guerra civil y dar al traste con el proyecto de Israel recién estrenado. El suceso del Altalena marcó el principio del paso de un terrorismo de milicias al terrorismo de Estado que hoy conocemos.
Una economía de guerra perpetua
A modo de conclusión de este capítulo, permítanme un serie de consideraciones. En primer lugar, considero como absolutamente evidente, al margen de toda duda razonable, que la mera existencia del Estado de Israel desde su creación es el principal vector de inestabilidad en el mundo, y singularmente en la región de Oriente Medio y Próximo. Israel no es más que un vestigio residual del poder colonial de otros tiempos, aprovechado para su beneficio geopolítico por el hegemón de Occidente, quien tomó el testigo británico para controlar la región. En definitiva, se trata de un Estado artificial creado a imagen y semejanza de otros proyectos coloniales que, poco a poco, han ido cayendo por el peso de la incoherencia y de su miseria moral. Así como cayó el sistema de apartheid en Sudáfrica, donde una pequeña minoría de blancos holandeses e ingleses abusaban de los nativos de manera vergonzante, resulta ciertamente probable que la entidad sionista de Israel acabe también por desaparecer, al menos del modo en que hoy lo conocemos, como resultado de su propio artificio y de sus abusos sistemáticos. Ningún estado que pretenda sobrevivir puede basar su modelo en una situación de perpetua beligerancia con sus vecinos que, a mayor abundamiento, son precisamente los nativos originarios de esa tierra.
Su política de alianzas, sin embargo, es ciertamente coherente. Los mejores amigos de Israel son precisamente aquellos cuyos estados florecieron al calor de sendos genocidios de los nativos, los que hoy conforman eso que llaman los Five Eyes (Nueva Zelanda, Australia, Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido). Todos ellos, incluso el malogrado Imperio Británico, construyeron su espíritu nacional a costa de la muerte de los legítimos habitantes de las tierras que ocupaban, hasta que finalmente consiguieron doblegarlos. Israel sigue esa misma estela de manera extemporánea, sin duda, pero no parece que vaya a poder lograrlo finalmente. Cierto es que lleva buena parte del camino recorrido: en los últimos años hemos visto cómo, en nombre de esa entelequia llamada “pueblo judío”, se perpetraba con éxito la destrucción de Siria, de Libia, de Líbano y de Iraq, instaurando una suerte de estado perpetuo de guerra cuyo objeto indisimulado es hacer del caos permanente su única estrategia de control posible. Sin embargo, la capacidad de controlar ese caos y obtener réditos de él resulta muy dependiente de una correlación de fuerzas entre bloques que está cambiando a marchas forzadas. Al parecer, con Irán han dado con un hueso excesivamente duro de roer. El tiempo dará y quitará razones. Lo que sí parece indudable es que, de momento, Israel no puede aspirar a más que a mantener a sus vecinos ocupados con guerras civiles interminables, lo que bajo ningún concepto puede considerarse ni como dominio, ni como sometimiento total, por no mencionar el gasto terrible, tanto económico como moral, que esta estrategia conlleva.
En tercer lugar, la pervivencia de Israel depende total y absolutamente de la posición de privilegio que guarda con Estados Unidos. Como hemos visto en este capítulo, pese al concepto romantizado que muchos analistas todavía proyectan de ese Israel de los kibutz, lo cierto es que Israel fue concebido como un estado para la guerra. Su economía es fundamentalmente una economía de guerra, del mismo modo que lo fue en su misma génesis. Como veremos en próximos capítulos, Israel nació en virtud de los cheques de la banca internacional judía, para construir un fortín militar en Oriente Próximo con el que defender sus intereses. El sentido de su existencia ha sido, es y será, asegurarse de que los árabes nunca alcancen su soberanía, y a ello se encomiendan. Fíjense en este dato: Israel experimenta desde prácticamente su nacimiento un déficit comercial crónico de bienes. Las pocas industrias que alivian ese déficit son precisamente la industria militar y la industria tecnológica, que como todo el mundo sabe, es subsidiaria de las necesidades de la primera. Tras la guerra de Yom Kippur en 1973, la economía israelí sufrió un severo estancamiento que se prolongó hasta bien entrados los 80. Su industria armamentística también acusó gravemente esa crisis, llegando a rozar una situación de práctica bancarrota, hasta que alcanzó un acuerdo secreto y sin precedentes de 1.700 millones de dólares para vender a Sudáfrica 60 aviones de combate Kfir. Irónicamente, la Sudáfrica del apartheid salvó a Israel del colapso económico total, convirtiéndose en su socio redentor en aquellos momentos, permitiendo así a Israel continuar su particular apartheid contra los palestinos.
No es objeto de esta serie de artículos hacer un análisis histórico de la cuestión palestina, aunque ganas no me falten. En ese sentido, poco podría aportar a lo ya dicho por el historiador israelí Ilán Pappé en obras como La limpieza étnica de Palestina (2014), cuya lectura recomiendo encarecidamente. Mi intención con esta serie no es otra que la de ilustrar cómo una pequeña minoría de judíos secularizados impusieron al mundo una idea determinada de “pueblo judío”, aprovechando las coyunturas propias del convulso periodo de construcción de los nacionalismos europeos; secuestrando, así, la voluntad de millones de judíos bajo una entelequia que usaron sin rubor para construir un proyecto colonial y supremacista que, un siglo después, ha derivado en la principal amenaza existencial que enfrentan varios cientos de millones de personas. Cabría preguntarse cuál hubiese sido la reacción de aquellos primeros sionistas de la Haskalá de haber sabido que estaban colaborando a la construcción de una base de operaciones occidental en Oriente Medio, cuya pervivencia depende de alimentar la industria de la muerte y de la práctica destrucción de todo su entorno. A estas alturas del relato, el secuestro ya se ha consumado. Como hemos podido comprobar y aunque a sus prebostes no les guste reconocerlo, el sionismo, ya convertido en la fuerza nacionalista destructiva que es hoy, bebió de los mismos planteamientos expansionistas del nazismo que hoy sirven de excusa para sus actos, cuando no directamente los inspiró. La inmensa mayoría de los judíos europeos que no avalaban el proyecto sionista fueron abandonados a su suerte en el matadero europeo en ciernes, y los olim que sobrevivieron fueron tratados con desprecio sistémico por los sabra a su llegada a Palestina. En el próximo capítulo trataremos el escabroso asunto del Pacto Havará, ese acuerdo entre sionistas alemanes y jerarcas nazis que sirvió para favorecer la emigración sionista, al tiempo que el Reich evitaba el colapso económico que hubiese derivado del boicot a sus productos, un asunto a menudo ocultado por la historiografía sionista.
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación.




Gracias por tu labor clarificadora, Carlos. Aunque la diáspora y la inevitable asimilación han diluído los marcadores genéticos, es de notar un rasgo en la plantilla de los 11 jugadores elegidos por Jabotinsky en la foto de la cabecera: observen para futuras referencias los prominentes pabellones auditivos. Algo sí les ha debido funcionar en su política de matrimonios selectivos intratribales bajo el radar de los gentiles anfitriones.
Siempre me pregunté cómo Israel consiguió ganar la experiencia y estructura militar necesarias para ganar la guerra de 1948 y con esto ha quedado respondido.
Complicado a largo plazo mantener el fuerte con la violencia y la inestabilidad de tus vecinos como principales instrumentos, con mucha menos población y una gran dependencia económica y material de un imperio lejano y con previsibles vaivenes ideológicos y económicos. ¿Puede el gas pasar a ser su arma principal?
Gracias, Carlos.