En las dos primeras partes de esta serie, exploramos cómo el “secuestro” del pueblo judío, entendido como la apropiación ideológica y política por parte de los sionistas de una identidad colectiva distinta de la sus compatriotas europeos, se gestó en las entretelas de la Ilustración judía, la Haskalá. Este movimiento intelectual, nacido en el siglo XVIII en los confines de Europa Central y Oriental, buscaba emancipar a los judíos integrándolos en la modernidad secular. Sin embargo, como vimos en nuestro anterior capítulo, la Haskalá no fue un camino unívoco hacia la asimilación: sus frutos más ambivalentes y contradictorios brotaron en la Wissenschaft des Judentums, la “Ciencia del Judaísmo”, un esfuerzo académico por racionalizar la tradición judía. Pese a sus contradicciones, figuras contrapuestas como Leopold Zunz o Heinrich Graetz ambicionaban transformar el estudio del Talmud y la Torá, tradicionalmente reservado a los jasidim (judíos religiosos), en una disciplina con aire científico, similar a la filología clásica, a la historiografía o la antropología modernas. Un esfuerzo académico sostenido por un grupo reducido de personajes ilustres, que lejos de preservar el patrimonio judío como decían pretender, lo reconfiguraron a modo de narrativa nacional. Esta “ciencia” presunta sembró las semillas del sionismo europeo: al revivir (y podría decirse que reinventar) el hebreo antiguo, convirtiéndolo de la noche a la mañana en lengua vernácula de uso obligatorio, y reescribir la historia judía sobre una epopeya colectiva, los maskilim (ilustrados judíos) inadvertidamente forjaron un sentido de pertenencia a una idea de pueblo judío que rompía las fronteras de las sinagogas, apuntando hacia una patria restaurada en Sión, lo que suponía un pequeño problema: allí donde pretendían instalarse ya había gente viviendo.
Así, con la inestimable colaboración de la banca judía, fue conformándose el sionismo, una ideología nacionalista en colisión permanente con propios y extraños desde su mismo nacimiento, una tendencia invasiva que no haría sino agudizarse en su vertiginoso ascenso, culminando en la apropiación definitiva de la mitología judía en beneficio de sus intereses expansionistas. El sionismo chocó frontalmente con las corrientes asimilacionistas, que veían en el sionismo un retroceso al tribalismo y una rémora en la integración de los judíos en las sociedades modernas. Los judíos reformistas, cuya pretensión de diluir el judaísmo en una ética universalista sin raíces territoriales se veía amenazada por el esencialismo sionista de nuevo cuño, se opusieron sin excesivo vigor a su auge imparable. También se mostraron contrarios a la doctrina sionista los ortodoxos, para quienes cualquier nacionalismo secular era una herejía contraria a la redención mesiánica. En el corazón de esta tormenta ideológica surgió Theodor Herzl, el dandi vienés convertido en profeta laico, quien en 1896 publicaría Der Judenstaat (”El Estado Judío”).
El propósito de esta tercera entrega de “El secuestro del pueblo judio” es, por eso, poner en relación la semilla previa de la Haskalá con el sionismo pragmático de Herzl para así entender como se crearon instituciones para la consumación de un hoja de ruta que acabó cristalizando en la deriva terrorista de grupos paramilitares como Haganá, Irgún y Lehi. En poco menos de dos décadas, el “secuestro” se materializa. Tras dos siglos de fragmentación entre sensibilidades diferentes, esa entelequia llamada pueblo judío es arrastrada inexorablemente hacia un proyecto nacional edificado sobre los cimientos de un genocidio.
De la identidad nacional judía al “Estado Judío” de Herzl
Es justo reconocer que ni la Haskalá ni su hijastra académica, la Wissenschaft des Judentums (La Ciencia del Judaísmo), pretendían a priori usurpar tierras ni practicar genocidios. Sin embargo, en una Europa donde el antisemitismo pendulaba entre pogromos medievales y ghettos, asuntos como el célebre Caso Dreyfus en Francia fueron la gasolina necesaria para que prendiera la mecha del nacionalismo judío, creando el contexto para corrientes intelectuales sionistas que se convirtieron en arietes contra la asimilación pasiva. Los asimilacionistas, inspirados en el legado de autores de la Haskalá del siglo XVIII como Moses Mendelssohn, defendían la separación entre Estado y religión propia de la Revolución Francesa y del resto de Ilustrados gentiles, la emancipación civil judía y la tolerancia, argumentando que los judíos podían ser leales ciudadanos sin convertirse al cristianismo, preservando su identidad religiosa en privado. Abogaban, por tanto, por una fusión total con la sociedad gentil: judíos como ciudadanos “alemanes de religión mosaica”, despojados de toda particularidad étnica. Los judíos reformistas, desde las sinagogas de Berlín y Frankfurt, reescribían la liturgia para eliminar cualquier referencia a Sión como patria física, convirtiendo el judaísmo en una fe ética sin anclas territoriales. Y los ortodoxos, custodios de las esencias de la halajá (ley judía), veían en el sionismo un ídolo secular que usurpaba la promesa divina de redención, un planteamiento que pervive hoy en colectivos religiosos como Neturei Karta, cuya acción política se revela en nuestros días como el principal bastión judío organizado y antisionista en contra del genocidio y la limpieza étnica, sistematizados en el Plan Dalet de 1948, en el que se plasmó negro sobre blanco el plan de acción para lograr el vaciamiento total en la tierra de Palestina.
A Herzl, un judío secular educado en la asimilación austríaca, se le atribuye con frecuencia el papel de padre del sionismo, aunque su legado no podría entenderse sin la influencia de León Pinsker, médico ruso-judío oriundo de Odessa, y su libro Autoemancipación (1882), un verdadero panfleto fundacional del sionismo escrito por Pinsker tras los pogromos rusos de 1881, en el que diagnostica la judeofobia como una “psicosis patológica” incurable, una “aberración psíquica que es hereditaria, y [que] como enfermedad transmitida durante dos mil años es incurable”. Los judíos, apátridas y despojados de un centro de gravedad nacional, serán vistos siempre como eternos extranjeros, inmersos en una diáspora humillante que hay que revertir con urgencia. Pinsker rechaza frontalmente la asimilación y la emancipación civil pasiva, urgiendo a la autoemancipación activa mediante la creación de un hogar nacional soberano para el pueblo judío. Pinsker mostraba una preferencia por la colonización de Palestina, pero esta opción no resultaba imprescindible.
El mentor de Herzl, fue a su vez el impulsor de la iniciativa Hovevei Zion (Amantes de Sión), también precursora de la Agencia Judía, de la que en el próximo capítulo hablaremos en profundidad. Pinsker declara la opción colonial como insoslayable: los gentiles no cambiarán, tal es su malignidad inherente, y la emancipación civil es una mera ilusión que sólo conduce a la eterna melancolía. Exige, pues, una autoemancipación inmediata: los judíos deben abandonar la diáspora humillante y antinatural en que llevan viviendo los últimos dos mil años y fundar con determinación un hogar nacional soberano. Paradójicamente, este resentimiento visceral lo hace menos benévolo que sus sucesores, Herzl o Jabotinsky. Pinsker no concede posible redención al odio goy (gentil), un odio irracional sin justificación alguna, connatural a la propia esencia gentil de un pueblo bárbaro y menos educado.
Si bien, el enfoque de Pinsker puede resultar comprensible dadas las circunstancias traumáticas en las que escribe, la rabia indisimulada, casi mesiánica, que reina en sus escritos, resulta ciertamente significativa si uno atiende al desarrollo del supremacismo sionista durante el siglo XX. La idea de la singularidad del sufrimiento del pueblo judío se convierte en una constante tácita en la narrativa sionista, una suerte de desarrollo secular de la idea del pueblo elegido: el pueblo judío es un pueblo mejor, y sus extraordinarios padecimientos, que no tienen parangón posible, son consecuencia de la envidia goy, una envidia forjada en su indiscutible supremacía intelectual judía, y por tanto, por su capacidad de procurarse riquezas como pueblo distinguible de otros. En el último capítulo de esta serie, trataremos en profundidad sobre el mito del pueblo elegido como elemento nuclear en la construcción del supremacismo sionista.
Del mismo modo que Pinsker escribió Autoemancipación como reacción a un evento traumático (los pogromos rusos de 1881), Theodor Herzl escribió El Estado Judío (1896) escandalizado por el célebre Caso Dreyfus (1894). El capitán judío Alfred Dreyfus fue acusado falsamente de traición por vender secretos a Alemania. Condenado en 1894 con pruebas fabricadas fue degradado y enviado a la Isla del Diablo. En 1896, el coronel Picquart descubrió al verdadero culpable, un oficial militar francés llamado Ferdinand Walsin Esterhazy, de origen húngaro católico y conocido por su vida disoluta y sus deudas. Sin embargo, el ejército encubrió el error, lo que llevo al Émile Zola a publicar el famoso artículo J’accuse (1898), denunciando la conspiración. Finalmente Dreyfus fue indultado en 1899 y rehabilitado en 1906, aunque su caso pasó a la historia como el símbolo del antisemitismo europeo.
Por ello, en El Estado Judío (que pueden leer aqui), Herzl parte del mismo diagnóstico sobre el antisemitismo que Pinsker, pero lo asume como meramente sistémico. No lo diagnostica como enfermedad ni pierde el tiempo en condenarlo moralmente. Simplemente lo trata como un hecho estructural connatural al desarrollo de la modernidad europea. El enfoque plasmado en su texto es puramente técnico, casi podría definirse como una obra de ingeniería. El planteamiento de base es de una sencillez sorprendente: si el odio es inevitable, la solución ha de ser pragmática y diplomática. Con gran naturalidad, como si no cupiese otra opción posible, propone un Estado Judío planificado con precisión empresarial. Establece la necesidad de convocar congresos, compañías colonizadoras, impulsar tratados internacionales, determinar las vías de financiación, etc. En definitiva, Herzl se puso manos a la obra, sobre la creencia de que los gobiernos europeos, lejos de oponerse, apoyarían la emigración judía para librarse de un “problema”, tal y como ocurrió en realidad. El texto de Herzl es puramente un manual, escrito con sorprendente frialdad, en contraste con la ira de Pinsker: donde el ruso veía una patología ultrajante, Herzl veía un obstáculo logístico a resolver con organización. Su benevolencia radica en no malgastar energía en odiar al odio, y por ello, Herzl eligió consciente y deliberadamente canalizarla en construir un refugio para un “pueblo judío” más teórico que real. Así, el resentimiento se convirtió en ingeniería política, rompiendo la tríada formada por ortodoxos, asimilacionistas y reformistas.
Sirva para ilustrar el pragmatismo de Herzl su audiencia con el Papa Pío X. En 1904, Herzl solicitó al Papa Pío X apoyo para el proyecto sionista de un hogar judío en Palestina. El Papa rechazó la idea, argumentando que los judíos debían reconocer a Jesús como Mesías y convertirse al catolicismo antes de cualquier respaldo vaticano. Si los judíos se asentaban en Palestina, la Iglesia enviaría sacerdotes para bautizarlos y convertirlos masivamente al catolicismo. Para Pío X, Jerusalén era sagrada por ser el lugar en que se desarrollo la vida de Jesús, y no por la historia judía. Pese a que Herzl ofreció al Papa una condición especial de “extraterritorialidad” para los lugares santos cristianos en Palestina, buscando convencerlo de las garantías de los derechos católicos, el apoyo católico al sionismo no llegaría hasta 1917, con la declaración Balfour. Sin embargo, el Vaticano no opuso mayores reservas para el reconocimiento del Estado de Israel en 1948. Esta pequeña pincelada histórica dibuja a un Herzl tan pragmático como desapegado de cualquier esencialismo judío (ni siquiera hablaba yiddish), que incluso habría llegado a valorar brevemente una conversión masiva al catolicismo como solución al antisemitismo, como se refleja en sus diarios tempranos, antes de escribir El Estado Judío, pero la descartó como fútil. Sin embargo, su hijo Hans acabó por convertirse años después.
Según Herzl, el antisemitismo era insuperable en Europa, un “fantasma” que ningún progreso ni asimilación podría disipar. Su solución no radicaba en conversiones masivas al cristianismo ni en utopías espirituales, sino en un Estado judío soberano, preferentemente en Palestina, pero abierto a Argentina si fuera necesario. En su panfleto, Herzl imaginaba un sistema constitucional con siete horas laborales diarias, un ejército moderno y una economía capitalista, financiada por una “Compañía Judía” similar a otras de colonización imperial, como la Compañía del Canal de Suez o la Compañía Británica de las Indias Orientales. Resumidamente, Herzl quería su propio Estado Europeo, ni más ni menos. Y no era una quimera, como demuestra la historia reciente de la construcción del ente sionista de Israel. La clave del éxito de la empresa fue su pragmatismo casi maquiavélico. Herzl lo dejó todo absolutamente previsto: desde negociaciones con sultanes otomanos para la adquisición de tierras de la manera más pública y legal posible, pasando por alianzas con emperadores como Guillermo II y, sobre todo, la movilización financiera de la burguesía judía ashkenazí europea (singularmente los Rothschild, a quienes inicialmente dedicó el texto) para transformar el éxodo en una empresa lucrativa.
Este viraje nacionalista, forjado en la fragua de la Wissenschaft, había destruido definitivamente la idea de un “pueblo judío” histórico con base en creencias y en una suerte de unidad espiritual judía, ya de por sí ciertamente discutible. Herzl, como es natural, ignoró las voces disidentes, que por aquel entonces eran la inmensa mayoría de judíos. Los asimilacionistas lo tildaron de alarmista, los reformistas, de traidor a la universalidad judía y los ortodoxos, de blasfemo y hereje. Pero ello no fue óbice para que Herzl convocase el Primer Congreso Sionista en Basilea (1897), donde 200 delegados proclamaron su determinación en crear un hogar nacional judío en Palestina garantizado por el derecho público. Aquí, el secuestro del pueblo judío se consuma: la identidad judía, antes articulada en la fe, es capturada por un nacionalismo laico que prioriza el control de una tierra que no posee sobre cualquier consideración espiritual, religiosa o incluso cultural. Herzl muere en 1904, ajeno al éxito manifiesto de su legado en los términos propuestos, y al salvajismo que propiciaría en las décadas posteriores.
Edmond de Rothschild: La Declaración Balfour y el inicio del conflicto con los árabes
El pragmatismo de Herzl demandaba estructuras ad hoc. En su texto, Herzl concibió la financiación del proyecto a través de la llamada Agencia Judía. Para su creación, planteaba varios escenarios hipotéticos, siendo el que contaba con el apoyo de la gran banca judía ashkenazí el favorito. Herzl consideraba que la fundación a través de la alta banca era la forma más fácil, más rápida y la más segura de reunir el capital necesario para la fundación de la Agencia, un capital estimado en mil millones de marcos. Herzl señaló que la potencia financiera de los judíos almacenaba “muchísimas fuerzas políticas no aprovechadas“. Creía que la política de créditos de los grandes financieros judíos, antes o después, “tendría que ponerse al servicio de la idea popular”, tal era la fe que Herzl tenía en el proyecto. Herzl veía al Barón Edmond de Rothschild como la figura clave para iniciar este proceso. En una conversación entre ambos, Herzl le confesó que él era la “piedra angular de mi combinación”, refiriéndose a la estrategia para la creación del Estado. Herzl le había propuesto entregarle la dirección del Movimiento y retirarse, ya que el registro de la emigración de las masas era un mero detalle administrativo. Lo invitó a prestar su adhesión, aunque el Barón pareció interpretar que Herzl le estaba exigiendo algo, de modo que su primer intento fue infructuoso.
A pesar de la importancia que Herzl le asignaba a la familia Rothschild, su intento de conseguir su apoyo directo fracasó: en mayo de 1896, Nordau (colaborador de Herzl) visitó a Edmond de Rothschild, en una audiencia que duró escasamente 63 minutos, en la que el Barón de Rothschild sentenció no querer saber nada del proyecto. Rothschild consideró los esfuerzos de Herzl como “peligrosos” porque despertarían sospechas sobre el patriotismo de los judíos en Inglaterra o Francia, y resultarían nocivos para sus colonias en Palestina. No conviene olvidar que desde finales del siglo XIX y con motivo de los pogromos rusos, el barón Edmond de Rothschild se erigió como el gran impulsor de proyectos filantrópicos en Palestina, que sentaron bases para la futura colonización judía. Desde 1882, financió la llamada Primera Aliyá, apoyando la creación de asentamientos agrícolas como Rishon LeZion, Zikhron Ya’akov y Petah Tikva. Invirtió millones de francos en viñedos, escuelas, hospitales y sistemas de riego, creando colonias de la nada y evitando su ruina económica. El compromiso de Edmond de Rothschild con la colonización judía estaba fuera de toda duda, aunque la propuesta de Herzl de crear un estado soberano era harina de otro costal.
Con la muerte de Herzl, el barón de Rothschild fue acercándose progresivamente al sionismo, aunque nunca llegó a abrazar del todo la idea nacional. De hecho mantuvo un férreo control de las colonias que venía financiando, negándose a ceder sus más de 30 asentamientos a la Organización Sionista hasta 1924, cuando los transfirió a la Palestine Jewish Colonization Association (PICA), una organización que que él mismo presidió. Su rechazo al “sionismo político” fue una constante. Sin embargo, estableció una relación más fructífera con Chaim Weizmann, por entonces un profesor de química de la Universidad de Manchester, cuyas patentes le sirvieron para granjearse una estrecha relación con el Ministerio de la Guerra Británico. Weizmann, que décadas después aceptaría el cargo de primer Presidente de Israel (1948-1952) era el líder del llamado “sionismo práctico” que difería en su praxis del sionismo político de Herzl. Mientras Herzl priorizaba la creación de un estado de manera absolutamente pública, Weizmann era más partidario de construir dicho estado por la vía de los hechos, creando asentamientos, comprando tierras, organizando una economía relativamente autónoma y colonizando culturalmente Palestina paso a paso, un enfoque mucho más del gusto de Rothschild. Weizmann funda la Organización Sionista Democrática en 1904, tras la muerte de Theodor Herzl, como una oposición al sionismo político herzliano, que al fin y a la postre, resultó más eficaz. Por su parte, Edmond de Rothschild se reunió con Weizmann en 1914 y apoyó la Declaración Balfour (1917), pero nunca se subordinó a la dirección sionista.
Pese a las discrepancias teóricas entre el posibilismo de Weizmann y el maximalismo de Herzl, el plan de Herzl acabó por materializarse. La cooperación entre la Casa de Rothschild y Weizmann posibilitó la famosa Declaración Balfour. Emitida el 2 de noviembre de 1917 por el secretario de Asuntos Exteriores británico Arthur James Balfour, fue una carta dirigida a Lord Lionel Walter Rothschild, líder de la comunidad judía en Gran Bretaña. En ella, el gobierno británico expresaba su apoyo a la creación de un “hogar nacional para el pueblo judío“ en Palestina, entonces parte del Imperio Otomano. La carta de Arthur Balfour se dirigió a Lionel Walter Rothschild, y no a Edmond, el “Barón benevolente”, fundamentalmente por razones políticas, organizativas y simbólicas dentro de la comunidad judía británica. En primer lugar, porque Walter Rothschild era presidente de la Federación Sionista Británica y el interlocutor designado por Chaim Weizmann para canalizar la presión sionista ante el Foreign Office, y su primo hermano Edmond, pertenecía a la rama francesa de la familia, y por tanto, no quería entorpecer el desarrollo del Pacto Sykes-Picot. La declaración Balfour supuso el inicio de más de un siglo de conflicto entre árabes e israelíes.
El inicio del conflicto árabe-israelí
Pese a lo que muchos lectores puedan creer, el conflicto entre árabes y judíos es ciertamente novedoso en términos históricos. De hecho, quizás resultaría más apropiado hablar de un conflicto entre árabes y sionistas. Los judíos, fundamentalmente sefardíes, habían mantenido una convivencia con los árabes sin excesivos sobresaltos durante varios siglos en el Imperio Otomano. Tras la expulsión de España en 1492, el sultán Bayezid II acogió a decenas de miles de judíos sefardíes, entusiasmado ante la capacidad sefardí de crear riqueza para el Imperio. Se asentaron en Salónica, Esmirna, Estambul, Safed y Damasco, donde formaron comunidades prósperas bajo el sistema de autonomía religiosa de millet, un modelo de gobernanza indirecta que otorgaba autonomía interna a las minorías no musulmanas (cristianos, judíos, armenios) bajo soberanía islámica, sin exigir ni fomentar su conversión. Es importante señalar este punto, ya que, como he comentado repetidamente a lo largo de esta serie, el sionismo es un movimiento fundamentalmente ashkenazí, un grupo étnico que conformaba una exigua minoría judía en el Imperio bajo hegemonía sefardí, una de las cuestiones que explican la tensión perenne entre ambas etnias.
Así las cosas, durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), mientras negociaba con el sionismo los pormenores de la futura Declaración Balfour, Gran Bretaña buscaba aliados contra los otomanos. Entre julio de 1915 y marzo de 1916, el Alto Comisionado Británico en Egipto, Sir Henry McMahon, intercambiaba 10 cartas con el jerife de La Meca, Hussein ibn Ali, líder árabe del Hiyaz, la región histórica del oeste de la Península Arábiga, a lo largo del mar Rojo. En ellas, McMahon prometía al jerife apoyar la futura independencia árabe en un vasto territorio que se extendería desde Siria a la Península Arábiga, pasando por Irak, y por supuesto Palestina, a cambio de una rebelión árabe contra el Imperio otomano. McMahon excluyó de sus promesas porciones de Siria al oeste de los distritos de Damasco, Homs, Hama y Alepo, que se encontraban bajo influencia francesa. Si bien Palestina no se menciona explícitamente, la traducción árabe y la interpretación de Hussein la incluyeron implícitamente como futuro territorio árabe bajo su gobierno. A cambio, Hussein debía lanzar la Revolución Árabe de 1916 contra el sultán otomano, liderada por su hijo Faisal, con apoyo británico, tanto en armas como en oro.
Supongo que a la mayoría de ustedes les sonará la historia del agente de inteligencia británico T.E. Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, personaje romantizado por Hollywood e inmortalizado por un atractivo Peter O´Toole, cuya imagen cabalgando por el desierto junto al Principe Faisal quedará en nuestra retina para siempre. Sin embargo, la historia real resultó más prosaica. Lawrence fue desplegado como oficial de enlace ante el Emir Faisal ibn Hussein, y coordinó varias campañas de guerra, digamos “irregulares”, contra el Imperio Otomano. Su estrategia consistió en perpetrar ataques “quirúrgicos” que culminaron en la captura de Aqaba, el 6 julio 1917. Estos ataques facilitaron la progresión aliada hacia Damasco, que fue finalmente tomada el 1 octubre 1918, donde Faisal proclamó un efímero gobierno árabe. Lawrence simboliza la traición británica a los árabes, pero al tiempo ejerció una influencia paradójica en el nacionalismo árabe, ya que resultó en un catalizador táctico del futuro panarabismo, su símbolo romántico y, a la postre, el más valioso testimonio de la traición imperial. Lawrence, consciente del engaño, se convirtió en crítico interno del imperialismo, reforzando el discurso árabe de victimización.
El inicio del conflicto centenario entre árabes y sionistas tiene su origen en el acuerdo secreto conocido como Sykes-Picot, en 1916, y los mandatos británico-francés surgidos del Tratado de Versalles, en 1920, que contradijeron las promesas de McMahon a Hussein. El acuerdo fue un pacto secreto entre Gran Bretaña y Francia, con la connivencia a priori de la Rusia zarista, para repartir el Oriente Medio otomano tras la Primera Guerra Mundial. Negociado por Mark Sykes, diplomático británico, aristócrata y orientalista aficionado, quien impulsó la partición otomana con el objetivo de asegurar el control del Canal de Suez y el petróleo iraquí, y por François Georges-Picot, cónsul francés en Beirut, en defensa de los intereses comerciales galos en Siria y Líbano, derivados de los lazos culturales con los cristianos maronitas y católicos libaneses. El pacto dividía el Oriente otomano entres áreas. El mapa Sykes-Picot, dibujado a mano por Mark Sykes, trazó las líneas del reparto. En color azul, y bajo control francés directo, quedaban el Líbano, Cilicia, y la costa de Siria; en color rojo, los británicos ejercerían el control directo en una zona que incluía Bagdad, Basora, Haifa y Acre. Los británicos mantenían tutela indirecta en Transjordania y la zona de Irak central bajo control árabe. Mientras, la zona de Palestina quedaba delimitada al margen del proyecto de partición, bajo control internacional, desatendiendo así el pacto entre McMahon y Hussein.
Consumada la traición a los árabes bajo el Mandato Británico, con la Declaración Balfour y la inmigración judía masiva, la descarada preferencia de la administración británica por favorecer los intereses sionistas supuso el caldo de cultivo perfecto para una escalada de revueltas cuyas consecuencias colean hoy día, y su final no se divisa en el horizonte. En 1919 se celebró el I Congreso Nacional Palestino. En Jerusalén, delegados árabes rechazaron explícitamente la Declaración Balfour y exigieron la independencia prometida por McMahon, con objeto de enviar sendos memorandos a la Conferencia de Paz de París. Si bien el Congreso discurrió de forma pacífica, sirvió para marcar la firmeza de una oposición organizada, de corte fundamentalmente panarabista, inspirando los primeros disturbios de 1920-1921.
En abril de 1920, En Jerusalén, tuvieron lugar los disturbios y choques entre árabes y judíos, durante la celebración del festival de Nebi Musa. Estos son los primeros choques masivos entre árabes y judíos bajo el Mandato Británico. Con cerca de 70.000 peregrinos árabes reunidos en la Ciudad Vieja, los discursos anti-sionistas de líderes como Amin al-Husseini, del Club Árabe, y del alcalde Musa Kazim al-Husseini azuzaron a las masas a cuenta de la Declaración Balfour y la inmigración judía. Según testimonios, un judío escupiendo sobre una bandera árabe hizo prender la mecha que rápidamente derivó en una violencia inusitada: ataques en callejones, saqueos y linchamientos, con un balance final de 5 judíos, 7 británicos y 4 árabes muertos, y varios centenares de heridos. Pese a la dura represión posterior por parte de los británicos, la escalada de violencia étnica no hacía más que comenzar. Tras los disturbios de Nebi Musa vinieron los de la huelga general árabe de Jaffa en mayo 1921, que dejaron 47 judíos y 48 árabes fallecidos, en una escalada permanente que desembocaría en la Gran Revuelta Árabe de 1936, ya con todos los elementos propios de una guerra civil en toda regla.
Tras estas revueltas, Winston Churchill, Secretario Colonial Británico, publicó en 1922 el llamado “Libro Blanco“, un documento oficial británico, que interpretaba a la baja las pretensiones sionistas que se deducían de la Declaración Balfour. En él, aclaraba que la Declaración prometía un hogar nacional judío en Palestina, no un Estado judío sobre todo el territorio. En el “Libro Blanco”, Churchill limitaba drásticamente la inmigración judía, condicionándola a la “capacidad económica” del país, rechazando un Estado judío y reafirmando los derechos árabes sobre el territorio. Como es natural, el “Libro Blanco” no satisfizo ni a unos ni a otros, y la precaria situación sufrió un proceso vertiginoso de recrudecimiento. Fue en este contexto como surgió la Haganá (defensa), una organización paramilitar judía fundada en junio de 1920 tras los disturbios de Nebi Musa. Creada por la Asamblea de Representantes (Yishuv), nacía con el propósito declarado de proteger las comunidades judías ante la alegada inacción británica. Operaba clandestinamente, aunque con el conocimiento tácito de las autoridades británicas, entrenando a los más jóvenes y almacenando un considerable arsenal de armas, fruto de la generosidad filantrópica de los prebostes de la gran banca ashkenazi. De las discrepancias internas de la Haganá nacieron varias organizaciones terroristas escindidas, a menudo con intereses y posicionamientos contrapuestos, como el Irgún o Lehi, aunque todos ellos confluyeron de nuevo en 1948, ya convertidas en el núcleo de las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF), que todos tristemente conocemos por su crueldad terrible
Un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo
Con esta frase concluyo este capítulo, con el eslogan que el sionismo utilizaba machaconamente para persuadir a nuevos incautos de que la solución a sus problemas pasaba por el exilio en Palestina. Nótese la paradoja: sobre la arquitectura sionista que consideraba la diáspora como una humillación permanente que el pueblo judío aceptaba con resignación, se organizó el mayor exilio de su historia, acaso el único ciertamente incontrovertible. En la época en que los nacionalismos europeos comenzaban a cristalizar en formas modernas de estados-nación, el llamado pueblo judío no acababa de encontrar su lugar en el mundo. Los tiempos demandaban construcciones nacionales fuertes, monolíticas, que augurasen posibilidad de éxito ante las más que previsibles colisiones entre las potencias rivales, y para los judíos de Europa no parecía caber más opción que la asimilación y a la disolución voluntaria de cualquier atisbo identitario que pudiese socavar la identidad de las naciones de las que eran naturales. Entre los intersticios de la desesperanza fue germinando una idea, al principio una fantasía, la posibilidad de una huida hacia adelante que las élites bancarias ashkenazíes no estaban dispuestas a desaprovechar.
En tan solo dos décadas, el sionismo había pasado de ser una idea peregrina que se escapaba entre los dedos como la arena del desierto del Negev, alentada por cuatro intelectuales ajenos a la esencia judía, y concebida para dar salida al llamado “problema judío” de Europa, a convertirse en el máximo factor de inestabilidad de la tierra elegida para consumar el plan. Entre todas las previsiones de Herzl, había una que no había sido contemplada con la seriedad pertinente: la idea de la tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra era simplemente falsa. Se estima que en la Palestina de finales del XIX vivían casi medio millón de personas, que como es natural no estaban dispuestas a marcharse, ni por supuesto a ser nuevamente sojuzgadas bajo ninguna nueva forma de poder colonial. Del resentimiento de Pinsker pasamos al pragmatismo de Herzl, que no erraba en su juicio: a las potencias europeas les interesaría matar dos pájaros de un tiro, deshaciéndose de los judíos civilizadamente y sin sangre mientras pertrechaban debidamente a su nuevo aliado colonial en Tierra Santa. Así las cosas, una nueva corriente de ideólogos sionistas, liderados por un tal Ze´ev Jabotinsky entenderían por la vía de los hechos que las construcciones nacionales rara vez ocurrían como fruto de negociaciones entre caballeros, sino como resultado del poder de la fuerza y la sangre, y que si querían despojar a los legítimos habitantes de Palestina de sus tierras, tendrían que armarse hasta los dientes, despojarse de los escrúpulos y prepararse para la guerra eterna y la realpolitik. El secuestro del pueblo judío no sólo se había consumado, sino que había pasado a una nueva dimensión: un pueblo que había construido una identidad en torno a la pretendida singularidad de sus penurias, pasaba de víctima a victimario en una sola generación.
En el próximo capítulo de esta serie hablaremos sobre la creación de la Agencia Judía y de su labor expansiva del terrorismo sionista, del nacimiento y auge del sionismo revisionista a través de la figura de Ze´ev Jabotinsky, y trataremos cómo el III Reich se convirtió en el inusitado impulsor del Estado Judío a través del Pacto Havará, una alianza discreta entre nazis y sionistas sobre la que la historiografía sionista procura pasar de puntillas.
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación.




Impresionante relato. Una prueba más de que tener como fuente de información a los medios convencionales sobre cualquier asunto es peor que no saber
Enhorabuena
Gracias Carlos, siempre magnífico