En las últimos días, estamos asistiendo al desborde absoluto de la hasbará (propaganda sionista) inundando las redes de noticias falsas sobre el proceso de paz, sobre el intercambio de rehenes, incluso sobre la misma naturaleza de la resistencia palestina, tratando en vano de vender como una victoria sin paliativos lo que no es más que una nueva derrota de Israel, una derrota no circunscrita necesariamente al plano militar, sino fundamentalmente al plano de la opinión pública internacional, que comienza a percibir juiciosamente al ente sionista como el mayor problema de seguridad para el mundo. No me extenderé hoy en el asunto de la hasbará: quien tenga interés en profundizar puede ver el Grupo de Control que dediqué el pasado lunes a detallar los diferentes proyectos propagandísticos, las cuantías destinadas al noble propósito de intoxicar el debate público y los métodos utilizados. Llevaba un cierto tiempo albergando la idea de escribir un texto que esclareciese algunas de las falacias conceptuales que fertilizan este estado de cosas absolutamente inhumano, pero siempre encontraba otras cosas sobre las que escribir. Sin embargo, esta campaña indecorosa de propaganda por todas las vías posibles supuso el acicate necesario para convencerme de la urgencia de escribir esta serie.
Como digo, es un esfuerzo profundamente inane, dado que una gran mayoría de europeos y estadounidenses ya le ha tomado la matrícula al sionismo, acaso de manera definitiva, y sólo sirve para fidelizar a los ya fieles, bien sea por la lealtad que confieren los cheques, bien sea por la ignorancia supina, o por la mera y perezosa —intelectualmente hablando— tentación de oponerse a Pedro Sánchez sea cual sea la postura. Los proyectos propagandisticos previo pago son variados: el Proyecto Esther por el que se pagan hasta 7.000 euros por publicación en redes sociales a influencers prosionistas; el Proyecto Solomon, por el cual el gobierno de Netanyahu aprobó recientemente una partida extraordinaria de 30 millones de dólares destinados a propaganda a favor del genocidio en Gaza en países occidentales; o el Proyecto 545, la iniciativa de propaganda digital más ambiciosa de Israel hasta la fecha, aprobada en octubre de 2023 por el Ministerio de Asuntos Exteriores, con un presupuesto de 145 millones de dólares para 2025, que se describe como el “Iron Dome digital” de Israel. Todas ellas se hacen sentir en estos días en la aldea global que son las redes, por lo que no se preocupen ustedes: no es que el mundo se haya vuelto sionista de golpe. Son los cientos de miles de bots de pago que intentan crear esa cámara de resonancia.
Llevará décadas reconstruir Gaza, y quizás nunca se consiga, ya que esta falsa paz que se propone en estos días no es sino un otorgamiento de carta de naturaleza al expolio descarado, un nuevo intento de humillación al pueblo palestino. Sin embargo, todo parece apuntar a que la idea sionista y su homologación y respetabilidad como mero planteamiento político está herida de muerte. Harían falta infinitas Listas de Schindler (me refiero a la película, como podrá ustedes haber deducido) para borrar de nuestras retinas la devastación de territorio más salvaje ocurrida en lo que llevamos de siglo. Lejos de mostrar signos de contrición, los líderes sionistas, a la sazón secuestradores del pueblo judío, se exhiben ufanos y se vanaglorian de sus fechorías, erigiéndose en sus salvadores y presentándose falsamente como el dique de contención del mismo islamismo radical al que no han dejado de financiar y espolear. Cada día está más extendida la convicción de que es precisamente al sionismo a quien sirven las hordas subvencionadas de terroristas islamistas que han destruido las prósperas naciones panarabistas del norte de África y Oriente Próximo. Pese a los ímprobos esfuerzos de propaganda de la hasbará, el crédito del ente sionista se está agotando a marchas forzadas.
Pese a ello, existe una idea que el esfuerzo propagandístico sostenido en el tiempo por el sionismo ha conseguido inocular en la psique colectiva con notable éxito: la idea del pueblo judío como una unidad de destino en lo universal, que diría aquel, como una etnia unívoca indistinguible del Estado de Israel, por lo que cualquier afrenta o confrontación con el Estado de Israel se convierte en un ataque al propio pueblo judío y, por tanto, susceptible de ser catalogado odiosamente como antisemitismo. Considerarán algunos lectores que dicha asociación es completamente natural: en este artículo trataré de demostrar que el sionismo es una anomalía histórica, una ideología aberrante que brota de las mismas entrañas de la barbarie, y que, en su abyección infinita, ha conseguido secuestrar la idea de una colectividad judía a la que se expone al desprecio universal y a futuras y lamentables potenciales represalias.
Antes de entrar en materia, hay que fijar un término esencial al que nos vamos a referir constantemente a lo largo de esta serie de artículos: el sionismo. Es frecuente encontrarse en los debates sobre la mala relación de Israel y sus vecinos ciertos errores de análisis básicos sobre la cuestión que conviene abordar antes de profundizar más. El sionismo no es el judaísmo. De hecho, podría decirse que el sionismo es fundamentalmente su antagonista. Porque el judaísmo es una religión, mientras que el sionismo es un planteamiento secular y nacionalista, que pretende superar al judaísmo dotando a ese constructo teórico del pueblo judío de características étnicas únicas, de un hecho diferencial común, o incluso de raza, lo que resulta ciertamente paradójico ya que esta es precisamente la base argumental de las ideas antisemitas que brotaban en la Europa de mediados del siglo XIX, inspirando pogromos y diferentes modos de marginación social de este colectivo, germinando de manera definitiva durante el III Reich, bajo cuyas Leyes Raciales de Nuremberg (1935) se definió a los judíos como una raza (inferior, en este caso) en un texto legislativo.
A lo largo de esta serie de artículos abordaremos las falacias intrínsecas sobre las que se construye esta idea de un pueblo judío único distinguible más allá del hecho religioso, una identidad inventada en gran medida bajo la que se pretende, con notable éxito, secuestrar la identidad de un colectivo ciertamente diverso y difícil de definir al margen de la religión.
El apoyo al sionismo del pueblo judío en datos
A lo largo del siniestro periplo genocida en Gaza, hemos escuchado a los líderes sionistas repetir de manera reiterativa la alocución “el pueblo judío y el Estado de Israel”. De hecho, podría decirse que esa asimilación forzosa ocurre con recurrencia creciente desde el mismo momento en que Lord Arthur James Balfour prometiese al barón Lionel Walter Rothschild en 1917 la creación de “un hogar nacional para el pueblo judío” en la Palestina del Mandato Británico. Hemos podido leer a Netanyahu usar la alocución en centenares de ocasiones. Vean este ejemplo, con un peso histórico indudable: “El pueblo judío no es ocupante en su propia tierra”. Así contestaba el Primer Ministro de Israel a la Corte Internacional Penal de la Haya, que dijo que la presencia de Israel en territorios palestinos es ilegal. En este otro ejemplo Netanyahu afirmaba: “Si no hubiéramos actuado contra Irán la historia del pueblo judío habría muerto”, justificando así, en una pretendida defensa del pueblo judío, bombardeos a población civil, así como decenas de asesinatos selectivos de científicos nucleares iraníes y altos cargos militares. ¿Pero qué es eso del “pueblo judío”? ¿Qué clase de sujeto político es?¿Cuál es su hecho diferencial?¿Quiénes lo conforman? Antes de entrar en materia, permítanme unos datos:
Según estimaciones recientes, en el mundo hay unos 15.8 millones de judíos. Aceptando el marco propuesto por el sionismo, entendemos que judío es aquel que puede y quiere probar su origen judío, y se ha registrado, y por tanto censado, ya sea como ciudadano en Israel, ya sea en registros de sinagogas y comunidades judías a lo largo y ancho del globo en eso que se llama pueblo judío en la diáspora. Nótese que “diáspora”, en este caso, no es un concepto neutro, ya que el término implica un retorno tácito, por lo que el judío en la diáspora no estaría en su lugar natural, y sin embargo, de los casi 16 millones de judíos, sólo 7.42 millones viven en Israel. Dicho de otro modo: la mayoría de ese pueblo judío al que se refiere Netanyahu ni siquiera vive en Israel, lo que no es óbice para que persistentemente se reclame como líder de todos ellos. Como digo, partimos de la base del concepto étnico de pueblo judío, por resultar benévolos, refiriéndonos a los judíos como un grupo con identidad cultural, histórica y religiosa compartida, aunque como veremos a lo largo de este artículo, muchas de esas premisas son ciertamente discutibles cuando no directamente creadas ex novo.
De los casi 16 millones de judíos en el mundo, sólo 2 millones de ellos son judíos ortodoxos observantes, de los cuales 1.1 millones, más de la mitad, no viven en Israel, según afirma el estudio Institute for Jewish Policy Research. En este otro informe del Pew Research Center se estima que los judíos no ortodoxos en la diáspora son predominantemente seculares y asimilados: más del 40% de los matrimonios de judíos no ortodoxos son mixtos, y más del 50% de los hijos en estos matrimonio prefieren obviar su ascendencia judía, lo que convierte al asimilacionismo en el principal obstáculo que tendría ese pretendido pueblo judío para asegurar su supervivencia. Los judíos no ortodoxos suman un total de unos 7.2 millones de personas, un 90% de ellos en EEUU, y el resto en otras comunidades similares, fundamentalmente en Europa. De éstos, más de 2.2 millones, según la estimación, expresan poco o ningún apoyo al sionismo, particularmente en Estados Unidos, representando un 30% de los judíos no ortodoxos.
En Israel, como es natural, la cifra es bien diferente: Prácticamente el 90% de la sociedad de judíos israelíes son sionistas, en alguna de sus diferentes variantes, más cercanos o menos a los planteamientos expansionistas del sionismo, como señala este informe sobre las diferencias religiosas en Israel. Los no sionistas incluyen principalmente a los jaredim (muy religiosos), algo más de un 8% según estimaciones representados en grupos como Neturei Karta, y ciertas minorías del ámbito de la izquierda política y académica (1-2%). En definitiva, de toda esa amalgama de nacionales de medio mundo que formarían la entelequia que Netanyahu y otros líderes sionistas proclaman como pueblo judío, prácticamente un tercio no se siente representado ni remotamente en esa denominación, y más de la mitad de ellos ni viven en Israel ni pretenden hacerlo. De hecho, el colectivo sionista más numeroso desde un punto de vista religioso que hay en el mundo hoy día es precisamente el evangelismo estadounidense: entre 30 y 50 millones de evangelistas americanos (50-80% de los 60-100 millones totales) se declaran sionistas, apoyando la creación del Estado de Israel por la creencia profética de que el establecimiento de un estado judío anticipa el segundo advenimiento de Jesucristo. Según un estudio del Pew Research Center de 2013, el 82% de evangelistas blancos cree firmemente que Dios entregó Israel a los judíos. Estamos hablando de cifras que, sólo en Estados Unidos, duplican el número total de judíos en el mundo según su horquilla más conservadora. Es un dato que da mucho que pensar sobre la verdadera naturaleza del sionismo y sobre su impacto. Esta tendencia se ha visto reforzada de manera sistemática por la ya mencionada campaña de la hasbará israelí en iglesias evangelista, promoviendo el sionismo por la vía de la propaganda desarrollada con el apoyo de la Heritage Foundation.
¿Es el pueblo judío una etnia?
En el apartado anterior, y apoyándonos en cifras, hemos practicado un necesario ejercicio de disociación entre lo que es el sionismo, el judaísmo religioso y lo que podría llamarse como judaísmo étnico o cultural. Este último tipo de judaísmo resulta muy problemático en lo que respecta al propio concepto de etnia. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que los judíos son una religión. Pese a las diferencias litúrgicas entre los grupos étnicos judíos tanto en Israel como en el resto del mundo, la raíz común es innegable. Sin embargo, la cuestión sobre una pretendida unidad étnica judía de suficiente entidad como para hablar en nombre del pueblo judío con la alegría que lo hacen los líderes sionistas resulta mucho más discutible. En atención a su significado, la acepción de etnia más aceptada comúnmente refiere a un grupo humano que comparte características culturales, históricas, lingüísticas, religiosas o ancestrales, que los distingue dentro de una sociedad más amplia. Dejaremos la cuestión sobre las características ancestrales o históricas para próximos artículos de esta serie, por tratarse precisamente de la cuestión nuclear dentro de la narrativa nacional del pueblo judío, circunscribiendo el espectro temporal a los años de vida del proyecto sionista del Estado de Israel.
El planteamiento esencial de mi análisis sobre esta cuestión parte de la convicción de que la religión per se no convierte a sus correligionarios en miembros de una etnia, por mucho que el sionismo religioso se vanaglorie de su endogamia y de no practicar el proselitismo. Afirmar tal cosa equivaldría a considerar a todos los musulmanes del mundo como una etnia, o a los budistas, o mismamente a los cristianos del mundo, lo que supone un total disparate, que sin embargo, en el caso de los judíos no resulta tan evidente a ojos de la opinión pública. Pretender que los judíos de Israel forman una etnia distinguible de otras implicaría obviar el hecho de que, dentro de los judíos que viven en Israel, existen diferentes grupos étnicos, todos ellos judíos (ashkenazíes, sefardíes, mizrajíes y beta israel o judíos etíopes), cuyas diferencias en términos históricos, lingüísticos o culturales son de la suficiente envergadura como para replantearse seriamente la idea de una etnia judía unívoca como tal. Además, desde prácticamente el origen del proto-estado de Israel, las tensiones étnicas han sido la norma de convivencia, tensiones marcadas fundamentalmente por un racismo intrínseco, impulsado por el supremacismo ashkenazí, y por tanto, de carácter eurocéntrico, al estilo de los planteamientos coloniales británicos en Sudáfrica o en India. Este fenómeno, de acusada raigambre en el sentimiento hegemónico europeo propio de los fundadores sionistas, ha servido para perpetuar desigualdades socioeconómicas, culturales y políticas, cuando no directamente sonrojantes abusos.
Este ensayo analiza estos cuatro grupos mayoritarios y el racismo intrínseco existente entre ellos, desde la independencia de Israel en 1948 hasta la actualidad, destacando cómo el ashkenazismo moldeó una sociedad jerárquica desde el punto de vista étnico. Los ashkenazíes, descendientes de judíos del este y centro de Europa constituyen en la actualidad alrededor del 32% de los israelíes, aproximadamente 2.8 millones sobre la población total en 2013. Sin embargo, en 1948, dominaban el 80% de la población judía en el estado recién estrenado, gracias a las sucesiva oleadas de inmigración de las Aliyá desde Europa. Desde Theodor Herzl a David Ben-Gurión (ambos ashkenazim) el sionismo se definió como un planteamiento nacionalista moderno trufado de ideales socialistas y europeos, encarnando a su grupo como la vanguardia cultural e intelectual. Esta posición les permitió monopolizar instituciones clave desde la propia génesis del proyecto israelí: el gobierno, el ejército y los puestos claves en el desarrollo de la economía. Un dominio que no fue neutral en absoluto, que implicó una visión eurocéntrica estigmatizante a otros grupos, a los que se trataba como “atrasados”, perpetuando un supremacismo blanco y colonial que considera al ashkenazí como el “judío por excelencia”.
Por contraste, los sefardíes, originarios de la Península Ibérica tras los decretos de expulsión y conversión de los Reyes Católicos en 1492 y de las múltiples diásporas en el Mediterráneo y el Imperio Otomano, representan en la actualidad un porcentaje menor, a menudo fusionado con los mizrajíes en las estadísticas. Sin embargo, en 1948, eran una minoría absoluta en Israel, pero su llegada masiva desde Turquía, Grecia y los Balcanes se sumó a la de otros no ashkenazíes. Culturalmente, los sefardíes mantienen tradiciones litúrgicas distintas, como el uso del ladino y ritos sefardíes en sinagogas. Desde el principio del establecimiento sionista en Palestina, los ashkenazíes los marginaron, imponiendo el uso del yiddish, la lengua propia de los judíos centroeuropeos, y normas ashkenazíes en la educación y el ejército, lo que sirvió para diluir su identidad étnica. Un ejemplo temprano fue la supresión paulatina de costumbres litúrgicas sefardíes en favor del llamado “crisol” israelí, lo que fue visto por los sefardíes como una ashkenazificación forzada, todo ello antes de 1948.
Los mizrajíes, judíos de Oriente Medio y Norte de África (Irak, Yemen, Irán, etc.), forman el grupo más numeroso hoy: de los más de 7.4 millones de judíos en Israel, cerca de 3.4 millones son mizrajíes, un 45% de los judíos israelíes, con unos 607.900 inmigrantes directos y descendientes de inmigrantes. Tras 1948, unos 850.000 fueron expulsados de países árabes por pogromos y políticas antiisraelíes, como reacción al mismo establecimiento del Estado Judío, llegando a Israel totalmente desposeídos. Los fundadores ashkenazíes, necesitados de inmigración para plantar cara a los árabes de la región, los recibieron con paternalismo racista: los confinaron en ma’abarot (unos campamentos de refugiados ciertamente precarios) y proyectos de ciudades de desarrollo periféricas, asignándolos fundamentalmente trabajos manuales. La segregación fue absolutamente explícita; un informe de 1950 del Ministerio de Absorción describía a los mizrajíes como “primitivos” necesitados de “civilización europea”. Sirva para ilustrar el maltrato sistémico de los mizrajíes el escándalo de los niños yemenitas ocurrido entre 1948-1954, donde cientos de bebés mizrajíes fueron secuestrados y dados en adopción a familias ashkenazíes, lo que recuerda a otros eventos similares ocurridos aquí en España durante el franquismo, o en otras dictaduras de corte militar como la argentina o la chilena.
Finalmente, los Beta Israel (judíos etíopes), unos 150.000-160.000 (1.5-2% de la población), representan la comunidad más reciente y marginada. Los Beta fueron reconocidos como judíos sólo en 1975 a instancias del rabino Ovadia Yosef, y llegaron a raíz de operaciones militares como la Operación Moisés en 1984, o la Operación Salomón en 1991, huyendo de hambrunas y persecuciones. Su negritud los expuso a un racismo interseccional: tratados como “africanos primitivos”, enfrentaron esterilizaciones forzadas (aquí pueden leer sobre inyecciones de Depo-Provera entre 2010-2013, que redujeron los nacimientos de niños beta en 50%) y segregación escolar. En 2009, escuelas en Petah Tikva rechazaron niños etíopes por “falta de cultura”, un eco directo del supremacismo ashkenazí. El racismo intrínseco, como vemos, se manifiesta en desigualdades persistentes, lo que pone en tela juicio la concepción del pueblo judío como una etnia distinguible de otras. ¿Acaso puede entenderse a un colectivo tan desigual en términos de raza, y con semejantes ejemplos de racismo interno como una etnia? Permítanme que lo dude.
Como digo, los abusos estructurales han sido una constante en la historia reciente de Israel, y persisten hasta nuestros días, lo que permite albergar serias dudas sobre su unidad étnica. Sin ir muy lejos en el tiempo, en 2004, los ingresos ashkenazíes superaban en 36% a los mizrajíes, según el Adva Center; en 2015, los etíopes ganaban la mitad del promedio nacional. Esta brecha económica es un claro reflejo de las políticas fundacionales de Israel: experimentos médicos como irradiaciones en niños mizrajíes para tratar tiña, causando cánceres; y exclusión educativa, donde mizrajíes y sefardíes eran segregados en aulas “especiales”. Culturalmente, el “ashkenormativismo”, entendido como el privilegio ashkenazí como norma, hizo todo lo posible por borrar o diluir las tradiciones: la música mizrají fue censurada en radios estatales hasta los 70, y el árabe, la lengua materna de la inmensa mayoría de los mizrajíes emigrados a Israel, totalmente estigmatizado. Históricamente, desde 1948, este supremacismo se enraizó en el sionismo.
Sirvan para expresarlo de la manera más elocuente posible los postulados de Arthur Ruppin, el afamado sociólogo ashkenazí, quien promovió la “higiene racial” europeizadora, excluyendo explícitamente a los mizrajíes del “proyecto judío moderno”. Un alarde persistente de racismo institucionalizado que derivó en infinidad de revueltas, como la de Wadi Salib en 1959, liderada por los mizrajíes de Haifa. Un ejemplo emblemático de la marginación y humillación racista contra los judíos sefardíes (y mizrajíes, a menudo agrupados) ocurrió en la década de 1950, durante la absorción masiva de inmigrantes judíos de países árabes y norteafricanos tras la fundación de Israel en 1948. Al llegar al aeropuerto de Lod (hoy llamado de Ben Gurión) o al campamento de Atlit, las autoridades israelíes, fundamentalmente dominadas por ashkenazíes, obligaban a los inmigrantes sefardíes a someterse a un proceso de “desinfección” ciertamente humillante: se les rapaba la cabeza y se les rociaba con DDT, un pesticida tóxico utilizado para eliminar piojos y prevenir enfermedades como el tracoma o la tiña. Esta práctica, justificada como medida sanitaria, afectó a decenas de miles de recién llegados, principalmente de Marruecos (unos 250.000 entre 1948y1964), quienes eran tratados como “primitivos” o “contaminados” por su origen “oriental”. El procedimiento era degradante: familias enteras, incluidos niños y mujeres, eran separadas por género, desnudadas y pulverizadas con DDT en baños improvisados, evocando las terribles escenas que todos conocemos de campos de concentración y exterminio.
Por concluir este apartado con un dato paradójico: contra lo que la intuición pueda señalar, tanto mizrajíes como sefardíes apoyan tradicionalmente al conservadurismo del Likud y a sus versiones más extremas, como el sionismo religioso (curioso oxímoron) de Itamar Ben G´vir o Bezalel Smotrich. La combinación del resentimiento acumulado contra el sindicalismo laborista, esencialmente ashkenazí, con el recuerdo de los pogromos sufridos por los mizrajíes en los países árabes, empujaba a estos grupos étnicos a apoyar los postulados del sionismo revisionista, al que dedicaremos una atención especial en próximas entregas de esta serie. La Histadrut, el sindicato laborista sionista fundado en 1920 dominado por ashkenazíes, perpetuó el racismo institucional sionista contra los judíos mizrajíes y sefardíes desde los años 30. Un ejemplo ilustrativo: En el puerto de Haifa, la norma no escrita dictaba salarios superiores para judíos europeos, relegando a mizrajíes a trabajos manuales “inferiores”, justificados por supuestas “tendencias raciales naturales”. En 1940, una huelga de mizrajíes en una cantera propiedad de Histadrut fue ignorada, haciendo circular panfletos en su contra con claro contenido vejatorio. Políticamente, el resentimiento fomentó un giro derechista de estos grupos étnicos que nunca ha llegado a revertirse. Por ello, mizrajíes y sefardíes apoyan al Likud, o al Shas en su defecto, un partido fundado en 1984 por Ovadia Yosef para defender intereses sefardíes-mizrajíes, culpando a la élite ashkenazí izquierdista por su marginación. En 1977, Menachem Begin ganó las elecciones gracias al apoyo del electorado mizrají, rompiendo el tradicional dominio laborista ashkenazí sobre el que se había conformado la construcción del estado judío hasta entonces.
La etnia judía: una duda razonable
Con arreglo a lo narrado hasta ahora, el así llamado pueblo judío se antoja un sujeto político ciertamente escurridizo, acaso ello pueda ser el secreto de su éxito. Millones de personas judías a lo largo y ancho del mundo, suelen encontrarse en la engorrosa situación de tener que posicionarse sobre las aberraciones que el ente sionista comete en su nombre, precisamente por ser judíos. No han sido pocas las veces en que he visto la mueca de desagrado en la boca de amigos judíos, absolutamente contrariados por la masacre de turno perpetrada en nombre de un pueblo judío más imaginario que real, invocado por líderes cuya moralidad no hace sino menguar con el paso de los años, de manera inversamente proporcional a la impunidad con la que ejecutan sus planes. Cierto es que no son todos, claro está, y si bien en comunidades más numerosas como la de Nueva York o Paris, los judíos asimilados y contrarios al proyecto supremacista forman un grupo nutrido, en comunidades pequeñas como la española, el apoyo al Estado de Israel y sus vejaciones es casi monolítico. Un sionismo que pertinazmente se afana en repetir los mismos patrones de abuso y desprecio por el prójimo que ellos mismos sufrieron en sus propias carnes, toda vez que encuentra justificaciones a sus actos que resultan ciertamente asimilables a las esgrimidas contra ellos en épocas no tan lejanas. Sea como fuere, tanto los afines al proyecto sionista como los contrarios se ven secuestrados por una idea cuyos principios vertebradores no encuentran mayor sustento que su propia retórica, como un Golem de barro informe, que no encuentra el modo de encarnarse.
El pueblo judío, si es que ello existe, es una amalgama de seres humanos absolutamente diversa, cuyo único nexo causal parece ser la religión. Sobre la cuestión étnica no puede resolverse más que, en el mejor de los casos, el pueblo judío no puede ser tratado de una etnia como tal, distinguible de otras por su historia compartida, su lengua o su unidad étnica, toda vez que se pueden distinguir en su seno al menos cuatro etnias bien diferenciadas y no precisamente bien avenidas, relacionadas entre sí en un marcado régimen de castas y razas de corte postcolonial. Restaría, por tanto, analizar la solidez de los componentes históricos que conforman la mitología nacional del pueblo judío. En el próximo artículo de esta serie trataremos precisamente sobre cómo el sionismo, una opción política marginal entre las comunidades judías centroeuropeas de mediados del siglo XIX, emergió de la fricción entre el judaísmo ortodoxo y el reformista, buscando encontrar una solución al mayor reto para la supervivencia del judaísmo: el asimilacionismo.
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación.




Querido Carlos
Si no he entendido mal, tu artículo es una prueba más de que los que controlan el relato son una minoría y, según parece, con bastante éxito
Saludos cordiales
Gracias por el artículo, mucha información y en mi caso desconocía muchas de estos datos .