¿Qué nos hace ir por aquí? Las fuerzas económicas, digitalmente empoderadas en el actual tecnocapitalismo, aceleran el impulso de la mente algorítmica hacia el control, la cosificación y la alienación. Y disparan las desigualdades hasta el punto de que se puede hablar (como hace Varoufakis) de tecnofeudalismo: Amazon y otras multinacionales tecnológicas son como nuevos señores feudales, que se enriquecen a través de nuestro esfuerzo y de nuestra atención.
Walter Benjamin dedica uno de sus últimos textos a describir el capitalismo como religión (Kapitalismus als Religion). Señala que el capitalismo no solo está condicionado por motivos religiosos (como argumentaba Max Weber), sino que es en sí mismo un «fenómeno religioso», porque responde a «las mismas preocupaciones, tormentos e inquietudes» de las religiones. Y, a su juicio, se ha desarrollado como «un parásito del cristianismo».
El capitalismo, según Benjamin, tiene una «estructura religiosa» basada en un culto: al crecimiento ilimitado, a los beneficios, al becerro de oro. A diferencia de las religiones tradicionales, no tiene horas específicas de oración, porque es un culto incesante (todos los días y a todas horas —24 /7, como se dice ahora). Pero es una religión peculiar: promueve el egoísmo, la codicia y la envidia, tres actitudes contra las que precisamente han alertado todas las grandes religiones tradicionales.
En el centro de la religión capitalista, Benjamin ve el concepto de deuda/culpa, que en alemán se dicen con la misma palabra, Schuld. También ‘deuda’ y ‘culpa’ se dicen con la misma palabra, h. ōbā, en arameo, la lengua en que predicaba Jesús de Nazaret. La dinámica de crecer a través de la creación de deuda y culpa implica, según Benjamin, una «ambigüedad demoníaca» (dämonische Zweideutigkeit). El sentimiento de culpa se ancla en hechos del pasado y tiende a sacar los acontecimientos fuera de contexto (ambas cosas, no vivir plenamente en el presente y carecer de visión de conjunto, son características de la mente algorítmica). Cabe señalar que el sentimiento de culpa es ajeno a las culturas indígenas y orientales. Cuando un grupo de prestigiosos psicólogos y neurocientíficos occidentales (Daniel Goleman, Jon Kabat-Zinn, Francisco Varela y Richard Davidson, entre otros) explicó al dalái lama que muchos occidentales tienen un sentimiento de culpa y muy poca autoestima («querrían ser felices, pero sienten que no merecen serlo; tienen un sentimiento de culpa»), la autoridad tibetana detuvo la conversación y consultó a su traductor, Alan Wallace, porque le resultaba difícil creer que haya personas sin amor propio. En tibetano ni siquiera existe una palabra para decir culpa. Si te das cuenta de que has hecho algo mal, intenta repararlo y no volver a hacerlo, pero el sentimiento de culpa no lleva a ninguna parte.
O sí. Lleva a la alienación, lleva a no estar bien con el mundo y con la vida.
El joven Marx, en el París de 1844, cuando escribe con una sensibilidad humanista que después irá perdiendo, ya diagnostica en la economía moderna un elemento patológico. Critica la dinámica que hace que cada persona intente generar en el otro «una nueva necesidad para obligarlo a un nuevo sacrificio, para sumirlo en una nueva dependencia». Esta dinámica constituye, afirma, un sistema de «mutuo engaño y mutua explotación». Observa que hay un proceso creciente de alienación (Entfremdung) que impide que el ser humano moderno pueda sentirse plenamente arraigado en el mundo. El joven Marx se da cuenta, por ejemplo, de que «con la masa de objetos crece el reino de las entidades ajenas a las que el hombre está sometido». Y si en el siglo xix Marx veía alienación en la dinámica económica, en el siglo xx Benjamin ve algo peor: una autoalienación (Selbstentfremdung) que hace que quedemos reducidos a espectadores (hoy, eso sí, ante sofisticadas pantallas) de la destrucción de todo lo que daba sentido al mundo:
La humanidad, que, antiguamente, en Homero, era un espectáculo para los dioses del Olimpo, ahora se ha convertido en un espectáculo para sí misma. Su autoalienación ha alcanzado tal grado que le permite vivir la propia aniquilación como un placer estético de primer orden.
¿No están creciendo la alienación y la autoalienación?
El periodista Jacques Chancel, amigo de Yehudi Menuhin, le preguntó, poco antes de su muerte en 1999, qué era lo que más lo había sorprendido del mundo. El gran violinista de origen judío (que denunció que el trato de la población de Palestina por parte de Israel es comparable al nazismo) respondió así:
La ausencia de reflexión. Ya no se medita. La creación se desvanece en humos vaporosos. Todos nuestros conciudadanos adoran al becerro de oro. Es un suicidio colectivo.
En el año de su muerte, en un texto sobre el concepto de historia, Walter Benjamin hizo una afirmación igualmente rotunda: «Una tormenta sopla desde el paraíso. […] El montón de escombros crece hasta el cielo. Esa tormenta es lo que llamamos progreso.»
Extraído del capítulo 27 de Conciencia o colapso, Fragmenta, Barcelona, 2024, p. 111-114
Sobre el autor
Jordi Pigem es Doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Fue profesor del Masters in Holistic Science del Schumacher College (Inglaterra). Entre sus libros destaca una reciente trilogía sobre el mundo contemporáneo: Pandemia y posverdad (2021), Técnica y totalitarismo (2023) y Conciencia o colapso (2024). Desde 2025 es Fellow del Brownstone Institute y miembro fundador de Brownstone España.







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