Hasta hace muy pocos años los miembros más selectos de nuestro establishment intelectual se vanagloriaban de ser heterazos de pelo en pecho y nalga mariana. En sus conversaciones públicas y privadas estos predicadores de la moral sistémica (ya saben, propietarios de sillones de la RAE y demás prebendas) se esforzaban en proclamar mediante chascarrillos homófobos que a ellos —como diría nuestro castizo Luis Aragonés— no les cogía un pelo de gamba en el culo. Estamos hablando de una generación de doctos españoles de estirpe menéndez-pelayiana a los que una simple almorrana les parecía sospechosa de promover el pecado nefando y les hacía temer por su integridad psíquica y moral. Valle-Inclán se burló hace ya un siglo de su decadente y bravucona rectitud sexo-imperial mediante la creación del Marqués de Bradomín, un español feo, católico, sentimental y nostálgico de los antiguos mundos del amor socrático. Pero como los tiempos cambian y la heterodoxia de ayer es la ortodoxia de hoy, los mismos que hace cuatro telediarios presumían de tener blindados orificios e intenciones, ahora se convierten en corifeos del discurso globalista occidental de gayficación del pasado.
Entre estos promotores de la reconversión rosa de Occidente destaca Arturo Pérez Reverte, quien ha afirmado que El cautivo de Amenábar es una película “sincera” y “muy valiente” por presentar, contra toda verosimilitud histórica, a Cervantes como homosexual. Vaya por delante, claro está, que cualquier escritor o director de cine tiene plena libertad para imaginarse a un Cervantes ficcional que sea homosexual, sunita-protestante-sionista, anglófilo, cornudo consentido, amante del BDSM, o defensor de la unión de la Monarquía Hispana y el Imperio Otomano en un solo bloque político bajo el mando de un Murad III trans. Es más, si algo revela esta polémica es lo poco que hablamos en España de Cervantes, una figura que a nuestras élites siempre le ha resultado incómoda porque a más de cuatrocientos años de su muerte sigue diciéndonos las verdades del barquero, solo que de la manera más hiriente posible, es decir, mediante una ironía ferozmente humana.
Pero, en realidad, si algo hay que dejar claro es que, contra lo que digan moralistas como Pérez Reverte, la película de Amenábar es un ejercicio reaccionario e incluso cobarde, pues el director, amparándose en su moderna identidad homosexual, se niega a reconocer la manera radicalmente diferente de experimentar la sexualidad entre hombres que existía en la época en la que a Cervantes le tocó vivir. Entrar a discutir si Cervantes tuvo o no relaciones sexuales consentidas y deseadas con Hasán Bajá u otros hombres durante su cautiverio en Argel es caer en la trampa presentista del discurso LGTBIQA+ y es algo, a la postre, tan baladí como debatir si era devoto de la lluvia dorada o si se masturbaba —perdonen lo gráfico de la imagen, pero escandalizar está al alcance de todos— introduciendo bastoncillos por la uretra. En los siglos 16 y 17 (y en toda la historia conocida hasta el triunfo del liberalismo) las prácticas sexuales que un individuo llevaba o ansiaba llevar a cabo no conformaban una identidad y mucho menos un estado civil, como ha acabado sucediendo con el delirantemente denominado matrimonio homosexual. Por el contrario, las distintas prácticas sexuales que una persona pusiese en práctica daban lugar, de ser reiteradas, a un estilo de vida más o menos discreto, como sucede hoy con comunidades como los swingers o los sadomasoquistas.
Serge Gruzinski ha documentado, por ejemplo, la existencia de redes de hombres que mantenían relaciones con otros hombres en el virreinato México durante el s. 17 sin tener mayores problemas de tolerancia por parte de la comunidad siempre que llevasen a cabo sus encuentros de manera cauta y privada, y sin que ellos mismos viviesen con temor esta dimensión homoerótica de su sexualidad pese a la durísima represión que podían llegar a sufrir. Pero estos hombres, huelga decirlo, no eran gays como pretende Amenábar, porque no existía una identidad que les permitiese concebir serlo, de la misma manera que los griegos, los romanos o los otomanos que tenían relaciones con otros hombres tampoco eran homosexuales, sino más bien lo que nosotros hoy en día consideraríamos como machos alfa que, además de tener relaciones sexuales con mujeres, encontraban en los ejercicios amatorios con otros hombres una dimensión complementaria de su sexualidad.
Si Amenábar quisiese de verdad explorar el sentido que tenían las relaciones sexuales entre hombres en el s. 17 debiera haber escogido como protagonista para su película al enorme poeta gongorino Juan de Tassis y Peralta, Conde de Villamediana. De acuerdo a la lectura excesivamente puritana —por vulgarmente psicoanalítica— de Gregorio Marañón, el Conde de Villamediana es el personaje de carne y hueso que acabó dando lugar al mito de Don Juan. Villamediana seducía a numerosas mujeres de la corte (incluyendo, presumiblemente, a la reina Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV) a las que acababa burlando después de mantener relaciones sexuales con ellas, pero según era vox populi también mantenía relaciones con hombres de manera frecuente. Los celos del rey acabaron causando su asesinato en plena calle por medio del encargo de un “susto” que se fue de mano, pero una vez muerto el nombre de Villamediana salió a la luz en un proceso inquisitorial como participante de una red de orgías masculinas en las que aparecían implicadas personas de distintos estratos sociales, incluyendo, según se dice, también al propio rey Felipe IV, que habría pedido que lo borrasen de la lista (el proceso se cerró con la quema en la hoguera de cinco sirvientes del Conde de Villamediana, sin que ninguno de los miembros más ilustres fuera sentenciado).
¿Era el Conde de Villamediana, o el Don Juan que este parece haber inspirado, gay por haberse acostado con hombres además de con mujeres? Las interpretaciones carcundas y moralistas que empiezan a aflorar en el s. 19 y cristalizan hoy en día asegurarán que era un homosexual reprimido que temía salir del armario porque se niegan a aceptar lo que siempre fue obvio a lo largo de la historia: esto es, que no hay ninguna relación entre el deseo sexual o las prácticas sexuales y la identidad. Esta relación, propia de la lógica de autodeterminación y control de los cuerpos de la sociedad protestante, es inexistente incluso en el caso de personajes como Sietecoñicos, el afeminado prostituto que aparece a nuestros ojos como una suerte de marica avant-la- lettre en La Lozana andaluza (1528) de Francisco Delicado.
Por mucho que le sorprenda a los más devotos creyentes de la cruzada LGTBIQA+, las múltiples caras del deseo, e incluso los flirteos con el cambio de género, no han sido inventados ni liberados de la represión por esa siniestra abadesa luterana llamada Judith Butler, sino que forman parte de la humanidad desde tiempos inmemoriales solo que, en muchos sentidos (en otros no), de manera menos normativa que hoy en día. Si uno lee procesos inquisitoriales como el de Elena/Eleno de Céspedes o testimonios como el de Catalina de Erauso, la Monja Alférez, comprobará que en los s. 16 y 17 la identidad de género podía llegar a modificarse si se consideraba que obedecía a razones naturales. Por otra parte, era muy normal que personajes ficcionales pasasen de ser hombre a mujer y viceversa como una manera de explorar las múltiples facetas del deseo en géneros especializados en escudriñar los recovecos de la psique y el amor como la novela pastoril, destacando en este sentido La Diana (1559) de Jorge de Montemayor.
No es, por eso, un descubrimiento escandaloso —como pretende Amenábar— ni un precedente de la moderna identidad homosexual que los hombres tuvieran relaciones sexuales con otros hombres en pasados que nuestra imaginación moderna recrea como liberticidas y hasta inhumanos. Es más, en la poesía musulmana de Al-Ándalus se dio una rica variante amorosa y pornográfica sobre relaciones íntimas entre hombres que tuvo su apogeo en el s. 11 por medio de poetas como el filósofo Ibn Hazam o el incendiario satírico Ibn Quzman. En este sentido, no se puede afirmar que en la época en la que vivió Cervantes hubiese en el mundo católico una cruzada específica de la Inquisición española contra las relaciones entre hombres per se, sino contra todos los pecados contra natura. Estudiosos de los procesos inquisitoriales por delitos carnales de la época en los territorios de la Monarquía Hispana como Rafael Carrasco y Zeb Tortorici insisten en que, aunque unos pecados eran perseguidos con más fiereza que otros (desde luego, la sodomía entre hombres, que da lugar a un 2% de las condenas a muerte en tiempos de Cervantes), el problema para los jerarcas del orden eran la práctica de la sodomía en cualquiera de sus variantes, el bestialismo o la masturbación.
Entre los delitos enjuiciados por masturbación llama la atención del lector moderno el proceso inquisitorial abierto en México en la primera mitad del s. 17 contra una joven llamada Agustina Ruiz. Según nos cuenta Zeb Tortorici, la muchacha había confesado que se había masturbado en la iglesia al ver emerger de la hostia sagrada a Jesucristo desnudo mostrándole su “carajazo” erecto. En su declaración, la acusada, que acabó siendo condenada a pasar tres años en un convento, confesó haber tenido visiones en las que la visitaban la Virgen María, Jesucristo y varios santos para mantener relaciones sexuales a varias bandas. Según ella, la Virgen María la abrazaba y la besaba, frotando sus partes íntimas contra las suyas, mientras que Jesucristo “le dezía palabras deshonestas” como, por ejemplo, “que la avía criado tal como era hermosa y graciosa y a su gusto para que fuese su puta, y para gozarla y gozarse con ella y que él era su puto y su rufián”.
El deseo de la joven Agustina Ruíz, quien asegura que Jesucristo le decía “eres mi alma y mi vida y mi querida más que todas las cosas, y tienes un coño sabroso y gostoso para mí”, parece estar influenciado por conocidas experiencias místicas como las de Santa Teresa o las de Santa Rosa de Lima. Pero aún suponiendo que esta mujer tuviese el deseo transgresor de mantener relaciones con la divinidad y ser considerada una santa, a nadie se le ocurría que fuese idóneo para su integridad psicológica y vida futura dar carta de validez a estos deseos convirtiéndolos en una identidad sexual de santa.
Podemos, por eso, concluir, que la polémica prefabricada a propósito de El cautivo de Amenábar y la (imposible) homosexualidad de Cervantes es un fenómeno reaccionario de reescritura del pasado. El mayor peligro de esta operación de modificación de las coordenadas éticas, y hasta conductuales, de la población es identificar la sexualidad y el deseo (en el sentido restrictivo que se le da en la segunda modernidad) como base del concepto cervantino de libertad y, por lo tanto, como fundamento de la idea moderna de la libertad. De esta manera, la libertad nada tendría que ver con el mensaje evangélico de igualdad y dignidad humana que acaba por forjar nuestra civilización, ni con las luchas que se dieron para conquistarlo, sino con el “derecho” a expulsar y a recibir fluidos íntimos de manera sumamente reglada. La libertad sería igual a lo que, Juan Manuel de Prada, el más grande nuestros ingenios actuales, denomina “derechos de bragueta”.
Si Amenábar hubiese acudido a Cervantes para aprender algo del pasado habría empezado por cuestionar la relación unidireccional que en la segunda modernidad se ha dado entre sexualidad/deseo e identidad como una forma de control que hace que nos marquen como a ganado con la promesa de tener derechos. Solo de esa manera podría reclamar el derecho a poner en práctica, sin riesgo de ser perseguido como en los s. 16 y 17, su sexualidad, pero dejando claro, en base al ejemplo del homoerotismo otomano, que no hay ninguna necesidad de encerrar los estilos de vida derivados de la sexualidad y el deseo en prisiones identitarias. El resultado de convertir algo tan polimorfo como el deseo sexual en el reconocimiento de una identidad (una perversión hegeliana) supone, de hecho, la conversión de la sociedad en un macro-complejo de cárceles identitarias que provocan, por ejemplo, que si un hombre o una mujer se siente atraído en algún momento, o de manera continua, hacía una persona de su mismo sexo sea considerado como identitariamente homosexual o lesbiana a no ser que él mismo se autodefina —en base a otro grillete identitario— como bisexual. Esta transmutación de la sexualidad en una forma de patología que confunde la llamada heterosexualidad (otro invento moderno) con la familia heterosexual (algo muy distinto a lo anterior) lleva a que hoy en día los armarios de la homosexualidad y el lesbianismo militante estén muy probablemente llenos de personas sometidas por el discurso sistémico que desean salir secretamente de ellos e incorporarse al ejercicio privado de una sexualidad sin etiquetas que determinen o limiten su identidad. Pero salir de estos armarios es probablemente aún más difícil de lo que era antes desmarcarse del histérico bravuconismo de los machotes o las mujerazas que presumían de ser heterosexuales de tomo y lomo y no entender de pelos de gamba ni de tortillas.
En resumidas cuentas, el proceso de reescritura gay de la historia es uno de los lavados de cerebro más grotescos e inhabilitantes que están teniendo lugar en nuestros días, como mostraré en mi próximo artículo al examinar el sorprendente proceso de gayficación que han experimentado presuntos fenómenos guardianes de las esencias del ayer como son los nacionalismos subestatales, por una parte, y la música tradicional por otra. Estamos ante una nueva marcha sobre Roma en clave identitariamente sexual que pretende cambiar a la fuerza nuestra concepción del pasado para hacerla compatible con un horizonte anti-natalista, contrario a la familia y a las formas comunitarias tradicionales que más han resistido al contubernio expropiador de riquezas formado por el mercado y el estado liberal.
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.




Me parece buenísimo el artículo. Me hace pensar en cómo el afán por las etiquetas -control- no solo afecta a la sexualidad, sino a algo todavía más delicado, como las emociones. Hay una forma precisa de querer; hay unos códigos que separan el amor lícito de la traición; hay una estructura fija de la que nadie puede salirse, aunque no hagamos nada más allá de reconocer lo que de verdad sentimos.