Hoy me desperté y, tras proceder a mi ronda de lecturas matutinas, descubrí que el Ministro de Asuntos Exteriores de Irán se muestra abierto a un acuerdo con Estados Unidos para fijar cuáles son los niveles aceptables de enriquecimiento para el programa nuclear (completamente legal) de su país.
Me froté los ojos y me pregunté si tanto este ilustre señor como todos sus asesores podían ser, en verdad, tan estúpidos.
¿Acaso él y su gente no toman nota de las personas con las que tratan?
¿Han sufrido abusos sin ninguna razón creíble durante tanto tiempo, que se resignan a no existir como un país que cree hacerlo a la luz de sus propias tradiciones milenarias, hasta el punto de perder toda dignidad?
¿Acaso no tienen un sano sentido del absurdo que, de existir, les haría descacharrarse de risa ante el demencial hecho de que la potencia regional (Israel) que exige el desarme unilateral de su programa nuclear no militar —sometido a estrictas inspecciones— tiene uno de los programas nucleares militares más grandes del mundo, uno que nunca ha estado sujeto a inspección externa, y mucho menos a limitaciones estructurales? ¿Nadie les dijo nunca que uno nunca debe negociar con un matón que te apunta con una pistola a la cabeza, y mucho menos con uno que lleva treinta y cinco años amenazándote con descerrajarte la sien por el simple hecho de negarte a entregarle a él y a sus compinches tus riquezas y tu soberanía nacional?
¿No recuerdan cómo el complejo militar israelí-estadounidense asesinó a su mayor héroe nacional y principal artífice de su Plan Estratégico de Defensa cuando se dirigía a las negociaciones de paz?
¿No recuerdan cómo esas mismas fuerzas admitieron abiertamente haber intentado asesinar al presidente de su país hace unos meses?
¿O cómo asesinaron y/o mutilaron mediante atentados con buscapersonas a toda la clase dirigente de Hezbolá, su aliado regional más importante, durante el último año?
¿O cómo esas mismas fuerzas israelí-estadounidenses trabajaron incansablemente durante 25 años para desgarrar el tejido social de Siria y convertirla en un montón de escombros humeantes, antes de poner finalmente a al títere elegido por ellos a cargo del destino de los sirios? ¿O el hecho de que cuando Estados Unidos e Israel lanzaron un devastador ataque contra Irán en junio del año pasado, Estados Unidos aparentemente aún negociaba con ellos sobre cómo resolver sus numerosas diferencias de opinión?
¿O cómo el pasado septiembre, mientras Estados Unidos supuestamente participaba en negociaciones de paz en Qatar con Hamás para poner fin al genocidio en Gaza, Israel, el mejor amigo de Estados Unidos, bombardeó los edificios donde se alojaban los negociadores de Hamás en un claro intento de asesinarlos a todos?
¿Han olvidado cómo, hace tan solo unas semanas, las fuerzas israelíes-estadounidenses desplegaron a miles de agentes provocadores en su país para generar activamente una de las llamadas revoluciones de colores?
Estas son las personas con las que los iraníes se están reuniendo ahora para supuestamente negociar un acuerdo de paz.
¿Están locos estos líderes iraníes? ¿O simplemente están asustados y aletargados?
El problema aquí —que también sufren muchos ciudadanos de las llamadas democracias occidentales al analizar las políticas de sus propios gobiernos— es la incapacidad de admitir el nivel de nihilismo al que se enfrentan al juzgar a quienes los medios hegemónicos les presentan como superiores.
“Piensa el ladrón que todos son de su condición” es un proverbio español que habla de la tendencia de los criminales a proyectar su propia falta de criterio moral en sus conciudadanos.
Lo que rara vez se menciona en España o en otros lugares es la existencia de un fenómeno inverso: la tendencia generalizada de las personas con una base ética a proyectar sobre desconocidos amorales una sensación de moderación moral de la que simplemente carecen.
Llamémoslo el principio de incredulidad: la negativa a querer admitir que alguien con quien tratas es tan nihilista como, en efecto, parece y, por lo tanto, incapaz de negociar contigo con algo que se acerque remotamente a un acuerdo basado en un espíritu de buena fe y en principios de bien común.
Irán y muchos otros países del mundo parecen trágicamente atrapados en su propia red de incredulidad ante el nihilismo abyecto de Israel y su patrón, Estados Unidos. Si no despiertan pronto de estos sueños infantiles, que siempre acaban con ilusorios finales felices, más les vale decir adiós a su existencia como pueblos soberanos.
Sobre el autor
Thomas Harrington es catedrático emérito de Estudios Hispánicos en Trinity College en Hartford, Connecticut en los EE.U.U, así como Senior Brownstone Scholar, Brownstone Fellow y co-fundador de Brownstone España. Su investigaciones académicas se centran en los movimientos ibéricos de identidad nacional, las relaciones culturales intra-ibéricas y las emigraciones ibéricas hacia las Américas. Sus escritos sobre la política y la cultura han aparecido con frecuencia en la prensa estadounidense, así como en varios medios de comunicación en España. Es autor de cinco libros, siendo el último de ellos The Treason of the Experts: Covid and the Credentialed Class (2023). Varios de sus artículos de prensa y una muestra de su fotografía se encuentran en Words in The Pursuit of Light. Se puede acceder a una selección de sus trabajos académicos en https://trincoll.academia.edu/tharrington





Me da la sensación de que sucede con países y con individuos: un sentimiento de soledad, por falta de organización y de confianza, que lleva a que cada uno se sienta enfrentándose en solitario contra el déspota inmisericorde. Y también la absurda creencia de que una bestia, al cumplirle sus deseos, se civiliza. Bendita inocencia.
Querido Thomas.
El mundo siempre lo han dirigido unos cuantos con nombre y apellidos, el resto bastante tiene con sus propios problemas. Cuando dices "Irán y otros países", supongo que te refieres a sus ciudadanos. Bien, los ciudadanos pintamos poco, salvo que se produzca una revolución, algo posible pero poco probable. En todo caso, el problema viene después, esto es, los nuevos que ocuparan el poder. Es posible que creas que soy un pesimista, yo no lo veo así, soy realista: El mundo no tiene solución, así ha sido, así es y no hay ningún indicio de que eso vaya a cambiar en el futuro. Ya lo dice el dicho: el poder corrompe y el poder absoluto, absolutamente (Lord Acton, 1887)
Saludos cordiales