Lo de las izquierdas y las derechas, como sostiene Jesús G. Maestro en su Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI, son: «formas emocionales de organizar colectivamente la ignorancia de la gente». En otras palabras, que la distinción ha tenido históricamente un sentido que ya no se puede sostener, de modo que quienes hoy blanden estas categorías no nos están hablando de política, sino de ideología y pastoreo de incautos.
El único motivo por el que le vamos a prestar atención a este binomio es porque la fraudulenta dicotomía entre izquierdas y derechas que se sigue dando en nuestras Facultades de Letras hace tiempo que ha rebasado lo grotesco y, a su abrigo, se repantingan la prevaricación, la malversación y todo cuanto ha colaborado a la demolición de la universidad, y consideramos que semejante barbaridad leñadora debe hacerse pública (entre otras cosas, porque las consecuencias del estropicio las pagamos entre todos). En resumen, que, a pesar de que la distinción no es operativa para explicar la realidad política, sí nos puede ayudar a explicar el sindiós izquierdoderecho que se da en las Áreas de Literatura de nuestras universidades.
Lo primero que deberemos hacer, por tanto, es definir los dos términos, ya que no está nada claro que todos compartamos la misma idea de lo que la izquierda y la derecha políticas son en realidad. Para ello, vamos a acudir a su sentido original, pues es el que la universidad maltrata de forma más sangrante y el que mejor puede ayudarnos a entender el curioso caso de la politización schrödinger de nuestros colegas. Así como el gato de Schrödinger (una figuración creada para pensar la Física) estaba vivo y muerto a la vez, en este artículo mostraremos que, por culpa de haber asumido los Estudios Culturales, un buen número de progresores de Letras (profesores utopistas y moralistas que se autoperciben de izquierdas) se han convertido en gatos es-culturales, pues se creen de izquierdas y blanden esta ontología contra la perversa derecha, cuando, en realidad, ellos encarnan las características esenciales de la derecha; en otras palabras, que sus acciones contra la derecha son las acciones propias y genuinas de la derecha, y ya sabemos que uno es lo que hace (Mateo, 7:15-20: «por sus frutos los conoceréis») y no lo que dice que es o lo que siente que es o lo que le gustaría o le convendría ser.
En El mito de la izquierda/El mito de la derecha, Gustavo Bueno señala que la diferencia entre izquierdas y derechas políticas se encuentra en la Revolución Francesa, en el hecho de que, cuando en la Asamblea se puso a debate la cuestión del veto regio, los jacobinos se sentaban a la izquierda del presidente, mientras que, los que quedaban a la derecha, eran los defensores del Antiguo Régimen. La izquierda, en su origen, es, por tanto, un concepto topográfico y, políticamente, su primera generación, la que conocemos como izquierda jacobina, se caracterizó por su enfrentamiento con las instituciones del Antiguo Régimen —el Trono y el Altar— a partir de las ideas de universalismo, racionalismo, homogeneización de clases sociales y defensa de la ciencia frente a la religión. De ahí surge la nación política. Antes había súbditos, a partir de entonces se supone que hay ciudadanos libres e iguales.
¿Cuáles serían, en ese momento inicial, las diferencias entre la izquierda y la derecha? Pues que la izquierda enfrenta al ciudadano contra el súbdito, la homogeneización de clases contra la estamentización social, la república contra la monarquía y la ciencia contra la religión (que los jacobinos entienden como una superstición), mientras que la derecha primaria, a partir de entonces, defenderá el regreso a las instituciones del Antiguo Régimen (al Trono y al Altar), es decir, defenderá los estamentos sociales de antes, la consideración del pueblo como súbdito, los privilegios de clase, la institución de la Corona y la prevalencia de la religión sobre otros sistemas de ideas.
Destilándolo al máximo, diremos que el Antiguo Régimen se caracterizó por la estamentización social y la religión; la izquierda jacobina, por la homogeneización de clases y la ciencia, y, la derecha primaria, por el anhelo de regresar a las instituciones del Antiguo Régimen (estamentización social y la religión).
A partir de esta definición nuclear y esencial de los términos izquierda y derecha políticas, vamos a examinar seguidamente qué sucede en las Áreas de Literatura de nuestras Facultades de Letras.
Estamentización social vs. homogeneización de clases
Si la estamentización social es una de las instituciones clave del Antiguo Régimen y, por tanto, una de las notas nuclearmente distintivas de los individuos de derechas, toda acción universitaria orientada a la instauración de estamentos, clases o privilegios deberá entenderse como una acción política de derechas.
Sepa, lector, que la universidad es una de las reliquias más perfectas que hoy podemos encontrar de las jerarquías del Antiguo Régimen. El espacio de este artículo no nos da para revisar todos los fenómenos que en ella se dan (nobleza catedrática, estado llano asociado, investigaciones-tributos delincuenciales, endogamia despótica, simonías a destajo, maltratos y regalos discrecionales, régimen señorial, mendicidad de oportunidades, aforamientos caradurísimos, puestos hereditarios, etc.), pero sí para tratar uno de los más escandalosamente notorios y desconcertantes de todos ellos, pues, como explicaremos en las conclusiones, linda con la esquizofrenia: nos referimos aquí a la asunción que muchos progresores han hecho de los peligrosos dualismos que las universidades de la anglosfera les han vendido y que estos tontainas han comprado de forma completamente acrítica. Les llamamos «tontainas» porque la estamentización dualista que llevan a cabo los Estudios Culturales les ha convertido a ellos, a los progresores (individuos que se consideran de izquierdas), en una intransigente policía de clases, es decir, en individuos de derechas, y uno ha de ser muy merluzo para adentrarse tan ricamente en tan simplicísima incoherencia.
Para poder abundar en esto último, antes debemos explicar qué son los Estudios Culturales, en qué consiste la idea de limpieza traumática aplicada a la enseñanza de la literatura y cuáles son los contenidos tanto de la doctrina calvinista de los Elegidos y Réprobos como de la doctrina anglocolonial del Destino Manifiesto:
¿Qué hicieron los Estados Unidos esclavistas, racistas, eugenésicos y poligenistas para evitar una respuesta violenta de sus esclavos negros y de lo que quedaba de sus nativos americanos? Les quitaron las cadenas, los mantuvieron a raya, vieron que aquella situación era muy complicada y entonces —¡eureka!— encargaron a sus universidades que se dedicasen plenamente a la limpieza traumática (este es el nombre que recibe la limpieza de lugares escabrosos por su inmundicia o por haber sido escenarios de actos severamente violentos como torturas o asesinatos). Su racismo manifiesto; la esclavitud, los trabajos forzados y las humillaciones a las que sometieron a sus negros; el exterminio o la segregación racial de los nativos americanos; la depredación de sus colonias, sus guerras y genocidios; su asfixiante puritanismo y cuantas atrocidades han jalonado la Historia de Inglaterra y los Estados Unidos encuentran desde hace años una suerte de correctivo o expiación retórica e inane en los Estudios Culturales, el invento que su imperio ha parido para lavarse la sangre y sobornar con dinero a sus negros, a sus indios, a sus colonias, a sus mujeres y a sus minorías. Sus Facultades de Letras, que no saben qué hacer con la literatura ni les importa lo más mínimo, son un gasto asumible, un muy conveniente y efectivo servicio de limpieza traumática. Ellos, los del dualismo calvinista (los de la doctrina de los Elegidos y Réprobos (si te va bien en la vida es que Dios está contigo; si te va mal, es que no lo está) han dividido y enfrentado (divide et impera) a la población según las categorías (herederas del dualismo calvinista) de: buenos y malos, justos y pecadores, blancos y no-blancos, hombres y mujeres, etc., siempre en una relación, como decíamos, de víctima y victimario. Ellos, los del Destino Manifiesto (doctrina que entendía que la Providencia guiaba la acción colonial de los ingleses y que la distinción entre Elegidos y Réprobos les legitimaba a ellos, los elegidos, a tratar a los réprobos, los indígenas, como mejor les conviniese), ahora nos dicen a los demás que todos lo hemos hecho muy mal, que todos somos como ellos y que deberíamos hacer con nuestra Historia, nuestra Literatura y nuestro presente lo que ellos están haciendo. Y hay que ver cómo las Áreas de Literatura de muchas de nuestras Facultades de Letras, en un acto de seguidismo indigno y lacayuno, han replicado estos cínicos ejercicios de tanatoestética con un total desprecio por nuestra historiografía literaria y nuestra tradición de estudios literarios.
Con independencia —insistimos en esto— de que los Estudios Culturales son un ataque a nuestra tradición académica y otras muchas razones que podríamos aducir en su contra, aquí nos interesa destacar que la doctrina de los Elegidos y Réprobos impone una estamentización social incompatible con la homogeneización de clases que se supone que alguien que se considera de izquierdas debería defender.
Hete aquí el sofisticado paralogismo: si el ser de izquierdas exige que uno esté en contra de la estamentización de clases (privilegios, fueros, etc.), aquel que se dice de izquierdas y, no obstante, instala en la universidad una jerarquía clasista, se convierte, por sus obras, en un tipo de derechas. El tipo se dirá y se creerá de izquierdas (pues la fe y la sensación todo lo permiten), pero la realidad de los hechos (verum est factum) mostrará a todas luces que forma parte del número de los de derechas que tanto aborrece, de modo que el tipo se convierte en un aborrecedor de sí mismo que ignora que se aborrece porque ignora lo que es a pesar de que hace lo que hace.
Por obra de los Estudios Culturales, que los valientes progresores han impuesto con total desfachatez y los cobardes progresores han asumido con una ignominiosa sinvergonzonería, nuestras Facultades de Letras han permitido que se instaure una conflictiva, artificial, necia e impertinente heterogeneización de clases. Como resultado de esta acción política de derechas, hemos visto cosas que, usted, lector, probablemente, desconoce, pero no debe inquietarse, pues esta es la razón por la que escribimos, para que se sepa, para que todos estos fraudes no se pierdan en el silencio como lágrimas en la lluvia.
Hemos visto que el feminismo anglouniversitario, inspirado por la doctrina de los Elegidos y Réprobos, les ha dicho a las mujeres que ellas son las elegidas y que los varones somos los réprobos y ¡vaya si lo hemos sido!, pues se ha establecido entre ellas y nosotros una incompatibilidad majadera y bochornosa. El principio calvinista que instruye esta basura reza que todos los hombres somos potenciales agresores de las mujeres porque en el género llevamos el gen de la misoginia. ¿Y qué han hecho los progresores varones ante semejante exabrupto? Colaborar o callar. En lugar de ser valientes, su izquierdismo gilipollas (que su sueldo blindado mueve, esparce y desordena) les ha llevado a creer que negar este dualismo era de derechas y este error superlativo les ha llevado, a su vez, a colaborar, por obra u omisión, a la ruina y acabamiento intelectual de la Facultad. Lo descacharrante del caso es que este neofeudalismo posposmoderno no solo no es de izquierdas, sino que constituye la expresión más desacomplejada y con balcones a la calle de una militancia en las más extrema derecha, pues los ha regresado a todos ellos a una estratificación social incompatible con los postulados esenciales de la izquierda.
Hemos visto que, en cuanto un colectivo de exréprobos de verdad o de mentira, por efecto de la limpieza traumática, han pasado a ser los elegidos para gobernar el nuevo reino de la virtud, lo primero que han hecho es sentar el principio indiscutible de que todos los demás, todos los que no estaban en o con el colectivo victimizado, pasasen a ser réprobos.
Hemos leído la homosexualizacion de Sancho, hemos asistido al empecinado outing de Cervantes y, en definitiva, hemos presenciado el etiquetado de autores y obras sin más propósito que sumarlos a un olimpo de elegidos que se ve que los réprobos siempre habían querido ocultar. Cuando los actuales réprobos del departamento, los del tercer estado, se han atrevido a denunciar todo este tinglado, el departamento de elegidos ha descargado contra estos audaces todo el peso de la jerarquía de clases. Y esto lo han presenciado, en silencio, los catedráticos criptoréprobos, los más grandes cobardes, los que pudiendo enfrentarse sin daño de barras a esta trituración de trabajos y vidas, han callado para evitar la reprobación que pudiese derechizar su reputación.
Hemos visto, y esto es lo grave, que todo se ha hecho desde una aproximación procesal a la literatura, como un triaje entre la nobleza (víctimas o elegidos) y un pueblo llano (victimarios o réprobos) al que se le ha castigado por ser, además de llano, malo. Lo cierto es que esta alta alcurnia de imbéciles de derechas que se creen de izquierdas la emprendió muy duramente contra los réprobos que, a partir de entonces, pasaríamos a ser réprobos a perpetuidad. Ellos, los elegidos, perdieron todo comedimiento y se libraron abiertamente al despotismo en nombre del victimismo, que es el súmmum del funambulismo.
Este dualismo de los gatos es-culturales acentuó y blindó los otros dualismos que ya regían en la universidad…
Porque también hemos visto a catedráticos pantocráticos insultar a profesores asociados que saben más que ellos, les hemos visto faltar de forma impune y colegiada al decoro universitario, hemos visto el chuleo de su puta autoridad por los tribunales del navajeo, hemos visto el corte y confección de calendarios y horarios laborales que agradasen a la realeza y, a la vez, el maltrato, por desprecio, de todos cuantos quedaban abajo del estamento, hemos visto progresores sabáticos de por vida, hemos visto patrocinios latrocinios, hemos visto escalofriantes absentismos intelectuales y siempre, siempre, en todos los casos, hemos visto el blindaje del fuero y la jerarquía.
¡Ah! Y que no se nos olvide: también hemos leído Corrupción en la Universidad, de José Penalva Buitrago, uno de los grandes cronistas de las inmundas proezas de estos egregios aristócratas de Temu.
La asunción que los progresores de nuestras Áreas de Literatura han hecho de los dualismos calvinistas que instruyen los Estudios Culturales ha sustituido las tricotomías, ternos y tríadas de nuestra tradición dialéctica. La dualidad calvinista es inexorablemente tiránica, pues solo comprende al elegido y al réprobo. La dialéctica, por su orientación trimembre, permite la síntesis, el mestizaje, la posibilidad que desborda el determinismo calvinista. Esto es lo que hemos perdido. Esto es lo que los progresores han destruido. Nunca se ha visto a un emancipador tan lacayo; nunca, un salvavidas con tanto plomo. Nunca ha tenido la limpieza traumática adeptos tan exóticos y obedientes. Nunca una Modernidad se había hecho a tanta mar del Antiguo Régimen.
Aquí tiene, lector, la primera parte de este esperpento. Vamos ahora con la ciencia, que ayer fue genoma de la izquierda y hoy es marchamo de la extrema derecha extrema.
Superstición vs. ciencia
Los revolucionarios franceses reivindicaron la ciencia para luchar contra la religión, que ellos entendían como una superstición propia del Antiguo Régimen, por eso hay tantos científicos que participaron en la Revolución, ahí están Condorcet, Laplace y Lavoisier, entre otros. En este sentido, Gustavo Bueno señalaba que la racionalización política de los revolucionarios procedía mucho más del racionalismo científico que de la razón ilustrada:
Nuestro punto de partida se basa en la constatación de que la racionalización política llevada a cabo por los revolucionarios franceses estuvo en estrecho contacto no ya tanto con las Ideas sobre la Razón que mantenían los escritores ideólogos o los philosophes de la Ilustración, cuanto con los procedimientos de los creadores de las ciencias modernas tales como Newton, Laplace, Lavoisier, etcétera, muchos de los cuales formaron parte directamente del movimiento revolucionario. Desde este punto de vista parece imprescindible atenernos al análisis de la Razón ejercitada por estos científicos, más que a las Ideas sobre la Razón que fueron manejadas o representadas por los ideólogos (tipo Volney) en el momento de intentar comprender la naturaleza de la Revolución francesa, en cuanto «producto de la Razón» [El mito de la izquierda/El mito de la derecha].
Ayer, la izquierda jacobina de la Revolución Francesa blandía la ciencia contra la religión, a la que consideraba una superstición; hoy, el wokismo del mundo universitario anglosajón y los progresores de sus sucursales españolas reivindican la voluntad del individuo y los credos ideológicos contra la ciencia discriminadora.
Ayer, para la izquierda jacobina, la ciencia era una razón al servicio de la libertad; hoy, para los progresores que se autoperciben de izquierdas, la ciencia es facha. Esto último se ha visto con toda claridad en la guerra sororicida que ha enfrentado al queerismo contra el feminismo. Examinémoslo brevemente…
La lucha feminista por antonomasia se había basado en un principio biologicista: a la mujer le va mal, se la discrimina, no tiene derechos, sufre esto y lo otro, precisamente, por su condición. No entramos a valorar la cuestión, simplemente destacamos que el fundamento de la principal reivindicación feminista ha sido siempre de signo biologicista, pero resulta que el argumento biologicista ha quedado hoy fulminado por los postulados queer. No hay tal biología, lo que determina el sexo de las personas es su propia voluntad o autopercepción. Luego, si no hay biología, el varón que discrimina lo que hace es discriminar cuerpos, no cuerpos de mujer; de ahí se sigue que la lucha feminista clásica carezca de fundamento. Esto, como se ha visto con la conocida como «Ley Trans», ha tenido unas repercusiones nefastas para la protección y el amparo de la mujer. De todos estos disparates, a nosotros nos interesa subrayar la impugnación que, en nombre de unas supuestas políticas de izquierdas, se ha hecho de la ciencia biológica. La Biología que se atreve a objetar cualquier punto de la ideología Trans pasa a ser de derechas y, por tanto, hay que expulsarla de la universidad.
¡Es que se han ventilado el feminismo! Estos retrógrados calvinistas y de izquierdas son la versión desaforada de aquel perverso Vizconde de Valmont: «lo siento, no puedo evitarlo; lo siento, no puedo evitarlo...». Es que son así: no pueden evitarlo, su hermes solo atiende a la discordia. El empoderado feminismo de ayer, al buscar cobijo en sus Facultades de Letras, se ha convertido en una desconcertada y humillada Madame de Tourvel. Y este feminismicidio se ha hecho en contra de la ciencia biológica y en nombre de la izquierda y a quienes se han situado del lado de la Biología se les ha llamado «fachas». El mundo al revés.
¡Ay de aquel que se atreva a apelar a la Teoría de la Literatura como ciencia que estudia los materiales literarios!, pues una legión de doxógrafos, egotistas, ideólogos y retóricos se aliarán contra él (contraria sunt circa eadem), pues semejantes botarates entienden que, puesto que la ciencia discrimina, la ciencia es de derechas.
Las ideas-fuerza que actualmente enseñorean las Áreas de Literatura de nuestras Facultades de Letras postulan que la enseñanza de la literatura debe atender a la impresión sensible de los aprendientes y debe observar cuantas gilipolleces han evacuado y siguen evacuando, en la actualidad rabiosa, las universidades de la anglosfera, entre las que destaca la de considerar fascista a la ciencia porque esta no es inclusiva. El caso es que la ciencia es eminentemente crítica y el verbo criticar, que procede del griego crinein, nos remite a la criba, a una selección que exige no solo una clasificación valorativa, sino también la descalificación dialéctica de los contravalores. Sin este ejercicio crítico, discriminador, no hay ciencia. Sucede que doxógrafos, egotistas, ideólogos y retóricos, atosigados de pamplinas posposmodernas, propugnan un irenismo y una fraternidad que, de boquilla, presentan como incompatible con la exclusión (a no ser que lo que se excluya sea de derechas, claro), de ahí que la intransigencia de la ciencia para el estudio crítico de la literatura les resulte una aberración extrema derecha y excluyan de la universidad tanto la ciencia discriminadora como a quienes se atreven a invocarla y ejercerla.
Un sindiós rayano en la esquizofrenia
El desprecio por la supuesta —según decían— incultura, frivolidad consumista y superficialidad de la vida y la mentalidad estadounidenses caracterizó, ayer, a una buena parte de nuestras izquierdas, pero, con el correr de los años, muchos de aquellos militantes han acabado asumiendo la neolengua y la pauperofilosofía diseñadas por las universidades de la anglosfera a mayor gloria del globalismo financiero. ¿Ubi sunt aquellas gentes? ¿Qué se fizieron? Recuerdas sus consignas yankeefóbicas de entonces (¡Yankee go home!) y ahora los escuchas wokear al por mayor y no entiendes nada. Se diría que no puede ser, pero así es. Chesterton sostenía que cuando uno deja de creer en Dios puede acabar creyendo en cualquier cosa. ¿No será, entonces, que esta gente necesita una fe? Se libraron del Dios y del hermes de su infancia y comulgaron con la virtud del hombre nuevo comunista. Luego se libraron del comunismo y comulgaron con el izquierdismo de unos ismos que los devolvían al gremio y a la consigna. Cuando apareció el wokismo le dieron puerta a la lucha de clases y la sustituyeron por una lucha de sexos tan postiza y perjudicial que les obligó a recurrir a la fe con una entrega inédita y poderosamente alienante. Concluimos que esta gente y su progenie son, en realidad, devotos del dogma, lacayos de cualquier receta, yonquis del credo sin importar cual. Se diría que tan errática forma de creer no es más que la expresión de la frustración que les causa no haber encontrado nada mejor que aquello que aprendieron cuando niños. El cine nos mostró una similar zozobra con la película El creyente, de Henry Bean.
Sus hijos y nietos se han saltado los primeros eslabones de este cursus horrorum, pero ahí están: tomando el relevo de sus padres y abuelos sin moverse un milímetro de la doctrina calvinista de los Elegidos y Réprobos y de cuanta violencia han generado, a su amparo, los funestos Estudios Culturales.
Sus hijos y nietos, individuos que se consideran de izquierdas (pero que, en realidad, son de derechas), dedican su vida profesional a luchar contra aquellos a los que consideran de derechas, pero que, en realidad, seríamos, genuinamente, de izquierdas, porque sostienen la idea de que nosotros (los de izquierdas a los que ellos consideran de derechas) somos un peligro para los valores de la izquierda (que ellos creen que defienden desde su desconocida condición de individuos de derechas). ¿Se imagina, lector, que esta mezcla de Leopoldo Fregoli y señora Doubtfire se encarnase en un Antonio Ozores redivivo trabando un monólogo sobre el ser y la nada?
Adriano Erriguel (pseudónimo emperador de un tipo inteligente y sagaz), en Pensar lo que más les duele, se refiere a este cambio de chaqueta de quien cree que no se ha cambiado la chaqueta en los siguientes términos:
La izquierda posmoderna ha sustituido la visión materialista de la historia por las monsergas de la corrección política: un conglomerado de moralismo y de dogmas exiliados de la realidad. La vuelta a lo material —la atención a las preocupaciones de la mayoría de la clase trabajadora— es una actitud que, si ayer era de izquierdas, hoy se ha desplazado a la derecha.
Esta alusión al materialismo, a la realidad de las cosas, impugna el acriticismo de los doxógrafos, los psicologismos de los egotistas, las patrañas de los ideólogos y las pirotecnias verbales y vacuas de los retóricos. Y lo grave del caso es que la desconexión entre sus clases-embuste y las exigencias de la vida solo perjudica a sus alumnos. Cuando las Áreas de Literatura de nuestras Facultades de Letras se dedican a blindar su vida aforada, acaban exterminando a los colegas réprobos, mientras que, cuando se dedican a proscribir la ciencia para el estudio de los materiales literarios, acaban condenando a sus alumnos.
El progresor, que se dice de izquierdas, asegura que lucha por la homogeneización de clases, cuando la realidad material de su obrar muestra que su sola obsesión es el blindaje de sus privilegios estamentales.
El progresor, que se dice de izquierdas, asegura que es muy riguroso y competente en sus análisis de la literatura, cuando la realidad material de sus clases muestra que desprecia la ciencia con una necedad de dimensiones atlánticas.
Tanto lo uno como lo otro hacen de él un individuo de derechas en sentido primario, pero él, que lo ignora o lo quiere ignorar, sostiene que lleva toda su vida luchando contra la derecha. Sepa, lector, que este sindiós rayano en la esquizofrenia es una de las razones que explica que la enseñanza de la literatura, en la universidad, haya muerto anegada de excrementos y traiciones. Por eso, hoy día, el trabajo de esta gente es un simple teatrillo para justificar de alguna manera las catorce pagas de por vida y nada más que eso: el fuero y el credo, los pilares de la derecha primaria.
Sobre el autor
Ramón de Rubinat Parellada es Doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Lérida. Es autor, entre otras obras, de Lecciones del Quijote para Sílvia Orriols (2025), Razones fuertes contra un puñado de tópicos (2025), La virtuosa Extraña (2025) y Entender el Quijote y disfrutarlo (2024).






