Teóricos anarcosindicalistas como el neerlandés Christiaan Cornelissen consideraban importante la existencia de la banca como asignadora de recursos y dinamizadora económica. Ahora bien, la diferencia radical respecto al nihilismo capitalista de quienes hoy se reivindican libertarios es que la economía debe estar al servicio de la comunidad, de la colectividad, de la nación, del pueblo, del estado federado o de lo que sea, no del exhibicionismo del poder. Porque es obvio que la economía y la riqueza no bastan si no se asegura el bienestar común.
Artificialmente, se ha creado un clima político bastante tóxico, fundamentado en batallas secundarias y maniobras de distracción. Alguien lo bastante inteligente como para haberse formado en los estudios clásicos, lector de Maquiavelo, Julio César o Sun Tzu, ha planificado polémicas un tanto dadaístas y batallitas culturales estériles, y se ha acostumbrado a abortar cualquier debate mínimamente serio mediante una dinámica de cancelaciones y tarjetas rojas a discrepantes y dubitativos. Lo vemos estos días con el folclore del Orgullo gay —jornada sobre la cual, sospecho, los homosexuales son los primeros escandalizados—; lo vivimos con las constantes apelaciones a la ultraderecha y al fascismo —que sospechosamente recuerdan a aquel poema de Kavafis sobre la llegada de los bárbaros—, o con las bizantinas discusiones sobre el género, el veganismo, el ecocatastrofismo, el animalismo y todo este concurso de irrelevancias que, sin embargo, obedece a la lógica de ocultar la verdadera esencia: la manera en que organizamos la vida material y cómo administramos y repartimos las ganancias y las pérdidas ocasionadas por la economía.
En los últimos años hemos asistido a un proceso de apariencia imparable en el que los partidarios del anarcocapitalismo se están haciendo con el control de muchos gobiernos —y de los corazones y las almas, como diría Margaret Thatcher—. Para los profanos, habría que definir esta ideología, en realidad una mutación del neoliberalismo más dogmático, con ideólogos como David Friedman —hijo de Milton Friedman— o Murray Rothbard, como el proyecto político que pretende acabar completamente con el Estado, impedir cualquier regulación o normativa con capacidad de poner límites a la iniciativa privada o a las empresas, y sustituir las instituciones públicas —incluidas la policía y la justicia— por empresas privadas. Esto implica la supresión de los impuestos, la desregulación completa de cualquier elemento que no implique la protección de una sacrosanta e incondicional propiedad, y la posibilidad de mercadear con cualquier cosa. Esto incluye, por ejemplo, legalizar la venta de órganos o los vientres de alquiler. Al fin y al cabo, según su lógica, esto es un ejercicio de soberanía individual —un libertarismo radical, en su lenguaje, que haría enfurecer a dos siglos de movimiento anarquista—. Si me permiten la metáfora musical, los neoliberales de la escuela austríaca eran unos Beatles de veinte años, peinados, con raya al lado y corbata, cantando “Love Me Do”, mientras que los anarcocapitalistas se parecerían al heavy metal de AC/DC tocando desafinadamente Highway to Hell. Por cierto, no sé cómo pretenden conducir sus Porsches por la highway sin una administración pública dispuesta a construir y mantener carreteras.
Efectivamente, personajes como Javier Milei representan, con su nihilismo moral y estético, esa corriente política y económica. Eso sí, no consta que el actual presidente argentino se implique demasiado en las batallitas culturales que no interesan a nadie. Bukele, con sus prisiones privadas y el intento —fracasado— de convertir las criptomonedas en moneda oficial, sería otro ejemplo, aunque limitado por sus políticas de ley y orden, en las que utiliza al ejército y a la policía públicos. Y así, uno tras otro, han ido cayendo los gobiernos antiguamente progresistas de Latinoamérica, que fueron capaces de sacar a millones de personas de la pobreza, pero impotentes a la hora de neutralizar una inseguridad desbocada y de limitar con éxito la economía informal, que sigue condenando a la pobreza y a la marginalidad a una parte sustancial de su población. Así cayó también el Partido Demócrata estadounidense, y ya veremos qué irá ocurriendo en Europa, donde las derechas siguen siendo bastante conservadoras, todavía ancladas en ciertas convicciones cristianas que actúan como cortafuegos frente a tanto nihilismo concentrado.
Sin embargo, aunque este anarcocapitalismo avance por todas partes, entre sus sobredosis de moral de combate y la desmoralización general de una izquierda incapaz de ofrecer ninguna idea ilusionante desde hace tres décadas —cuando el movimiento antiglobalización aún tenía propuestas interesantes—, esta ofensiva puede combatirse, al menos desde la disputa ideológica. No: de ninguna manera detendremos esto poniéndonos rojos de ira, llamándolos “fascistas” y dejando de respirar. También resulta más que contraproducente condenar a la hoguera institucional a cualquiera que proponga ideas desde la heterodoxia o resquebraje el pensamiento único multicultural y los preceptos tántricos del posmodernismo. La batalla central se librará en el terreno material, en el marco de los elementos tangibles sobre la propiedad, la riqueza, su distribución y redistribución, la producción y el trabajo.
Porque la fortaleza de sus partidarios es, en el fondo, su punto débil. El dogma del “libre mercado” se fundamenta en premisas falsas, tramposas y discutibles. El libre mercado son los padres. No existe, porque en economía nadie es libre, y nadie funciona de acuerdo con condiciones objetivas ni coordenadas igualitarias. A diferencia del fútbol, el mercado no es un once contra once con jugadores sometidos al mismo reglamento. El libre mercado responde a una utopía tan peligrosa como todas aquellas que han conducido a muchas sociedades a la catástrofe totalitaria. Utopías que, como nos recordaba Zygmunt Bauman, responden al impulso de algunas personas con vocación de jardinero: es decir, modelar un orden antiguo a fuerza de destruirlo, creando un paisaje previamente planificado, arrancando malas hierbas, plantando de acuerdo con una lógica preestablecida y aplicando todo un conjunto de medidas constructivas y destructivas para acabar obteniendo aquello que se había planificado; podando las plantas o serrando las ramas que exceden una forma determinada o que van por libre… al precio de que la mayor parte de la vegetación original haya sido destruida sin problemas de conciencia, disimulando con una apariencia estética una auténtica hecatombe.
El libre mercado no describe un hecho objetivo, sino que es un plano preestablecido que implica, a la manera schumpeteriana, una destrucción ampliamente planificada, con graves consecuencias para el paisaje humano. Ya se ha visto en la destrucción de comunidades enteras allí donde se aplicaron las medidas neoliberales, fundamentadas en la sustitución del humo de las fábricas por el de la especulación, en la devastación de regiones industriales y en el envío masivo al vertedero de la historia de cientos de millones de trabajadores, sin el menor problema de conciencia. También se vivió, históricamente, en los procesos de colonización, o también en la esclavitud, donde las personas pasaban a ser “activos” que pudieran comprarse, venderse o alquilarse.
El libre comercio no existe, y nunca ha existido. Desde las sociedades primitivas hasta los grandes inversores internacionales contemporáneos, se comercia con quien tiene fuerza suficiente para no ser saqueado. Comercio y piratería siempre han ido de la mano; al menos eso es lo que puede desprenderse de obras clásicas como la Ilíada y la Odisea, y de la larga experiencia de la historia. Los acuerdos comerciales dependen de la correlación de fuerzas. Si tienes una flota de cañoneras, puedes obligar a Japón a abrir el país a los productos estadounidenses. Si los chinos se resisten a que entre el opio de la Compañía de las Indias Orientales, envías una flota y unos cuantos ejércitos profesionales, y devastas el país hasta obtener un buen trato. Si tienes problemas financieros, el trato con el banco no será el mismo si eres un particular que si formas parte de un grupo con capacidad de presión política, o si negocias con una capucha en la cabeza y una pistola en la mano. La libertad de mercado no puede existir cuando no hay condiciones iguales y equitativas entre los actores. El mercado y el comercio, además, son armas de guerra. Lo entendían muy bien los submarinos alemanes de la Segunda Guerra Mundial cuando pretendían que los británicos se rindieran por hambre, o los estadounidenses que consiguieron dejar a los japoneses sin combustible para su aparato militar. También lo saben muy bien los cubanos, sometidos a un embargo que ha convertido a Cuba en un montón de ruinas.
Otra derivada es que los capitalistas partidarios de un libre mercado radical tienden a ser víctimas… de otros capitalistas. Sin normas, sin una institución reguladora aceptada por la mayoría, el capitalismo, que por naturaleza tiende al monopolio, funciona como una lucha darwiniana por la existencia que acaba con los rivales, no sin causar grandes destrozos mientras tanto. Y, una vez alcanzados los objetivos, actúa con un despotismo mucho peor que el del Antiguo Régimen. Basta con leer un poco El Gatopardo para darse cuenta de esta lógica perversa. Ahora bien, el libre mercado sin intervención estatal, en su estado natural, ya existe. Negocios como el narcotráfico funcionan bajo esos parámetros, que incluyen asesinatos, extorsiones, robos a la competencia y cualquier elemento que nos acerca a la barbarie primigenia. Por eso, los libertarios actuales, o bien son unos inconscientes o bien son unos cínicos. Porque, efectivamente, lo que realmente permite garantizar la propiedad es la existencia de unas reglas del juego mínimamente consensuadas y garantizadas por una institución neutral, capaz de generar estabilidad política y social, que puede llamarse Estado, colectividad o, como dirían los anarcosindicalistas, “entramado institucional de la sociedad”, y que incluye toda una serie de elementos —normas, bancos centrales, instrumentos de coerción, infraestructuras— para evitar la distopía del Leviatán: la guerra civil perpetua descrita por Hobbes en el siglo XVII.
Sí puede haber un fundamento crítico en buena parte de los defensores radicales del mercado. El Estado y las instituciones no siempre funcionan de manera correcta, transparente, justa, neutral o equitativa. Y son vulnerables a la corrupción, especialmente por parte de quienes tienen demasiadas propiedades, escaso control y gran capacidad de presión. Lo describieron a la perfección los premios Nobel de Economía James Robinson y Daron Acemoglu al publicar aquel libro de referencia, Why Nations Fail? Y aquí, más allá de las consignas, es donde hay que poner los argumentos. ¿Libre mercado… para qué?, ¿y para quién? Un hecho bastante desconocido, incluso por los propios anarquistas, es que el movimiento anarcosindicalista de principios del siglo XX, así como los anarquistas colectivistas del último tercio del XIX, a diferencia de los comunistas, sí creían en la propiedad privada y en la libre iniciativa. De hecho, buena parte de sus ideólogos y dirigentes formaban parte de lo que se llamaba la menestralía: Salvador Seguí era pintor autónomo; Ángel Pestaña, relojero; Josep Llunas o Joan Montseny, editores. Algunos eran pequeños empresarios. También había cooperativas de trabajo y de consumo. No eran extraños los casos de éxito empresarial, especialmente entre buena parte de los anarcosindicalistas exiliados en Latinoamérica. En este sentido, también eran anticomunistas, y por eso los comunistas los combatieron con disparos, cárceles y descrédito ideológico y académico. Teóricos anarcosindicalistas como el neerlandés Christiaan Cornelissen consideraban importante la existencia de la banca como asignadora de recursos y dinamizadora económica. Ahora bien, la diferencia radical respecto al nihilismo capitalista de quienes hoy se reivindican libertarios es que la economía debe estar al servicio de la comunidad, de la colectividad, de la nación, del pueblo, del estado federado o de lo que sea, no del exhibicionismo del poder. Porque es obvio que la economía y la riqueza no bastan si no se asegura el bienestar común. Y esa es una idea que proviene del propio Adam Smith, a quien se le caería la cara de vergüenza al ver qué seguidores contemporáneos se han aglutinado alrededor de algunas ideas un tanto suicidas.
Sobre el autor
Xavier Diez (Barcelona, 1965), Historiador, escritor y articulista en diversos medios. Doctor en historia, ha sido también profesor, y publicado diversos libros de ensayo y narrativa. Entre sus últimos libros destacan Una historia critica de les esquerres (El Jonc), L’escola: espai en destrucció (El Martell), El anarquismo individualista en España (1923-1938) (Virus editorial) y El pensament polític de Salvador Seguí (Virus editorial). Colabora cada lunes como tertuliano en Debates intempestivos, el espacio semanal sobre actualidad en formato podcast de Brownstone España.








No falla: cuando alguien escribe la palabra neoliberalismo es que quiere meterte la mano en el bolsillo.
Tampoco falta nunca esta pregunta: ¿Quién hará las carreteras?
"Los gobiernos antiguamente progresistas de Latinoamérica, que fueron capaces de sacar a millones de personas de la pobreza". Sí, sobre todo a las familias de los dirigentes.
"También lo saben muy bien los cubanos, sometidos a un embargo que ha convertido a Cuba en un montón de ruinas". Claro, el problema de Cuba ha sido el embargo...
Esta es la gente que copa la enseñanza desde hace décadas. Los que luego se rasgan las vestiduras...
Hacen falta más Bastos.
Si ya el libre albedrio no existe y de existir ocuparía un espacio muy pequeño puedes imaginar el libre mercado.