La confusión es el caldo de gallina vieja —adulterado con pastillas de Avecrem— en el que las fuerzas del mal nos cuecen a fuego lento para que se nos embote el juicio en un vapor como el del Sauna Bar del suegro de Pedro Sánchez. El diablo, que carece de originalidad, siempre adopta la misma estrategia: intenta dividir a aquellos que debieran hacer piña en defensa de unos intereses comunes, y junta en una falsa conveniencia a quienes no tienen nada que ver. En algún que otro artículo reciente he intentado mostrarles cómo las ideologías modernas son la más perfecta ejemplificación de este principio maligno de desbarajuste, pues separan en base a la incapacitante división izquierda/derecha a los que debieran unirse, tanto para hacer el bien defendiendo principios humanos (tradicionalistas de derechas y anti-tecnócratas de izquierdas) como para hacer el mal proclamando la barbarie y el paraíso infernal en la tierra (liberales de derechas y tecnócratas de izquierdas, es decir comunistas). Recuerden en relación a este último grupo lo que decía Kojève, impulsor de esa distopía administrativa y antipolítica del fin de los tiempos llamada Unión Europea: “Marx es Dios, y Ford su profeta”.
El bien y el mal se acoplan, en definitiva, como el agua y el aceite, y aunque es posible distinguirlos a poco que uno utilice el raciocinio humano, se manifiestan como una misma masa embarullada. Piensen, si no, cómo en la España de hace un siglo —y en la actual— se presentaba como antitéticos a carlistas y anarquistas, aun cuando ambos luchaban, cual verdaderos defensores del bien común, en contra de una modernidad protestante que negaba el mensaje universalista e igualitarista del cristianismo que católicos y ortodoxos preservan a duras penas. Me dirán algunos de ustedes que los anarquistas eran ateos furibundos, que quemaron monasterios, conventos, iglesias, y sembraron el caos, pero si atienden al mensaje de Durruti, Ascaso o García-Oliver se darán cuenta de que defendían una concepción de la Humanidad y de la historia muy similar a la de los carlistas. Si para algo sirvió que las maléficas ideologías los separasen fue para que los carlistas no corrigieran los excesos infantilmente nietzschianos de los anarquistas, y los anarquistas no sometiesen a revisión los elementos más tumefactos de la concepción carlista de tradición. Si no les convence mi argumento lean al mejor intérprete de nuestra realidad junto a Cervantes, es decir, a Valle-Inclán, y encontrarán conjugadas de manera natural e incontrovertible esas dos tradiciones.
Sin embargo, los incidentes de Torre Pacheco nos han llevado un paso más allá. En este caso la fuerza maligna primordial es la racionalidad sionista, que alimentada por su placenta anglo (el imperialismo protestante yanqui), está estos días sembrando en nuestras tierras un desconcierto que parecería no ser tanto ideológico como civilizatorio. La hiperbolización y distorsión propagandística de lo sucedido en Torre Pacheco por parte de la mafia mediática está situando como amenaza existencial de Occidente y, por lo tanto de España, a los musulmanes, y como salvadores, a aquellos que llevan no poco tiempo sustituyendo las ideas de universalismo e igualdad de los seres humanos por las de predestinación y pueblo elegido (calvinistas y sionistas). Todo esto sucede, claro está, de manera para nada inocente mientras Israel y EEUU llevan a cabo con la ayuda de inteligencia artificial, y ante las cámaras de todo el mundo, un genocidio de palestinos mayoritariamente musulmanes en Gaza.
Pero sí algo revela Torre Pacheco es el carácter enfermizo de las ideologías modernas y la necesidad urgente que tenemos de estructuras civilizatorias. Por efecto de los efluvios sépticos de las ideologías vemos estos días como tanto los defensores de la doctrina woke, como sus más furibundos enemigos comparten una misma cosmovisión de la realidad. Sus únicas diferencias son terminológicas. Si para los woke patrios todo lo malo se encarna, a partir de la violación de “La Manada”, en la naturaleza masculina, para los anti-woke, el gran problema para España y el mundo son, a partir de la agresión de Torre Pacheco, los musulmanes. Es cierto que el batallón anti-woke español es complejo e incluye a gentes como quien que esto escribe, pero es de justicia reconocer como sus únicos miembros auténticos a esa extraña congregación de cripto-liberales que conforman, por una parte, los patriotas de cruz y escapulario comprado en Temu o en alguna tienda de antigüedades del barrio de Salamanca, y por otra, los jacobinos de última hora, herederos del aristo-suresnismo felipista y enemigos de las lenguas de España.
La empanada mental que estos puritanos woke y anti-woke hornean en sus cráneos de aire revolucionarios es tan grande como peligrosa. Los woke que veían en cada hombre y en cada niño a un potencial agresor al que convendría poco menos que controlar de por vida con pulserita electrónica, ven en los inmigrantes musulmanes masculinos a simpáticos dobles de Sor Citroën que si agreden o violan a alguien es por necesidad o aburrimiento. Lo curioso y abracadabrante es que estos mismos woke, aunque dicen ser de “izquierdas”, defienden la permanencia de estos inmigrantes en España porque son, dizque, indispensables para hacer los trabajos más precarios y desagradables, pero no conciben que lleguen a comprender qué es eso de la lucha de clases y actúen de manera tan justa como desordenada contra la clase opresora.
Por su parte, los anti-woke presumen en su versión jacobina de ser ateos en pleno s. XXI (son tan originales que habría que darles un premio), pero se erigen de manera un tanto mística en defensores de nuestra tradición. Según ellos la inmigración musulmana no solo atenta contra “nuestros valores”, como mostraría la agresión de Torre Pacheco, sino que es incompatible de cabo a rabo con ellos. El delirio argumental de los anti-woke en este punto es una buena muestra del naufragio cognitivo que estamos viviendo. Pero precisamente por lo disparatada que es su lógica es aconsejable enunciar un par de contra-argumentos. En primer lugar, los musulmanes, como gran parte de las culturas que no han sido invadidas por completo por el ethos liberal, no tienen como costumbre agredir a ancianos, sino que, al contrario de lo que sucede en nuestra sociedad democrático-eugenésica de base protestante, consideran a los mayores como figuras venerables. En segundo lugar, no hay ninguna correlación religioso-cultural entre el mundo musulmán y la proliferación de agresiones o violaciones en la calle. De hecho, en EEUU son los inmigrantes latinos, católicos en su mayoría, aquellos que son acusados de los mismos crímenes y son también cristianos fervientes —católicos y pentecostales— los que integran a menudo carteles criminales como la Mara Salvatrucha.
Pero pese a lo dicho, no está de más preguntarse qué entienden los anti-woke más patriotas (insistimos, tanto en su versión de cruz y escapulario como en la desenfadadamente jacobino-afrancesada) por “nuestros valores”. ¿Serán los valores de base católica que han dado a los españoles, italianos, portugueses o polacos unas coordinadas éticas y epistémicas similares basadas en el libre albedrío y en la aceptación de la finitud, o serán los valores protestantes de las democracias calvinista-liberales que han intentado suprimir los valores católicos por medio de la lógica liberticida de la predestinación y la autodeterminación? Estamos ante sistemas de valores mutuamente excluyentes por lo que algunos de nuestros anti-woke más patrióticos podrían estar revelándose, en la puritana esfera pública, como menos adecuados a “nuestros valores” reales que los propios musulmanes.
Debo reconocer, por ejemplo, que me impactaron las declaraciones en televisión de una conocida feminista clásica a la que tengo en alta estima afirmando que “el islam es incompatible con nuestro ordenamiento jurídico y acervo sociocultural”. De acuerdo a la lógica de esta insigne feminista, tachada por la hueste de hienas woke de TERF, el islam supondría para nuestra cultura una aberración similar a la del discurso trans. Es decir, el islam y los musulmanes que lo profesan vendrían a ser una quinta columna de la barbarie que amenazaría nuestra herencia antropológica. Como advierten los evangelios de Mateo y Lucas, esta influyente feminista “ve la paja en el ojo ajeno, y no la viga en el propio”, ya que si algo pone en jaque a “nuestro ordenamiento jurídico y acervo sociocultural”, no son los musulmanes que inundan las calles y parques con carritos, niños y juguetes, sino los sujetos sin prole, aspirantes a un perrhijo —y, a menudo, eternos adolescentes—, que ideologías como el feminismo clásico ha incubado con una tenacidad autista.
Si me han leído en el pasado sabrán que he sido muy crítico con la manera en la que el feminismo (un discurso liberal de principio a fin) ha monopolizado la politización de la mujer, haciendo, por poner un ejemplo sacado de El Quijote, que los intereses de una chica bien antinatalista, además de hermosa, como la Pastora Marcela, sustituyan por completo a los de una mujer pobre y común como Maritornes. De hecho, el feminismo clásico se desgañita ahora denunciando que el movimiento trans ha eliminado a la mujer biológica como sujeto verdadero del feminismo, pero no se dan cuenta de que es el propio feminismo el que ha cometido el peor de los crímenes —el matricidio simbólico— al eliminar de facto a la única figura femenina que podría representar a todas las mujeres y que más necesitaría de una plataforma de politización, esto es, a la madre. El ataque liberal a la figura de la madre (ancla de la familia) se ha servido, de hecho, del feminismo para aprobar disparates legales como el “matrimonio” homosexual, discriminando por igual a las denominadas familias heteronormativas, que se estructuran en base a la reproducción y la preservación de una propiedad familiar, como a las uniones legalizadas de personas del mismo sexo que nada tienen que ver, en principio, con ese régimen de la madre que es el matrimonio. Si hay, insisto, algo que atente contra “nuestro ordenamiento jurídico y nuestro acervo sociocultural” y contra nuestros derechos de hombres y mujeres son nuestras bajísimas tasas de natalidad, que inducidas por la doctrina liberal en forma de diferentes -ismos, nos indican que hemos entrado en la barbarie y nos espera una vida poshumana despojada, en muchos casos, de los vínculos más esenciales del amor.
Pero no perdamos de vista las tensiones, instigadas en gran medida por los medios, en Torre Pacheco. Deberíamos tener claro que no podemos criminalizar de entrada ni a los inmigrantes musulmanes ni a los ciudadanos españoles que ven en la inmigración masiva una amenaza y una fuente palpable de inseguridad. Como reclamaba nuestra admirada compañera Bea Talegón en Horizonte hace unos días, necesitamos un enfoque sensato, alejado de alarmismos, que sea respetuoso con los derechos de las personas pero que vele también por nuestros intereses como país. Personalmente estoy totalmente en contra de la inmigración masiva (me niego a entrar en el juego liberal que distingue entre inmigración legal e ilegal) y, si me apuran, les diría que estoy también en contra de la inmigración controlada porque me parece un engaño para el inmigrante, una tragedia para su familia, país y comunidad, y un caballo de Troya globalista para la mayor parte de la población del país receptor. Sin embargo, soy consciente de que los seres humanos tenemos sueños, que por desnortados que sean, nos hacen querer experimentar legítimamente la vida en otros territorios, aunque a menudo estas quimeras acaben en un cruel desengaño, como muestran América de Kafka, Stroszek de Werner Herzog o Virtudes (y misterios) de Xesús Fraga.
Hablar de inmigración es hablar de un deseo humano por lo desconocido, y el deseo solo se puede controlar (nunca suprimir) a base de conocimiento y prudencia, pues los agentes del mal manipulan en masa nuestros anhelos y pasiones más íntimas con el fin de destruir vínculos, comunidades y sacar provecho. En otras palabras: por el bien de todos necesitamos poner fin a la inmigración masiva, pero en ningún caso nos podemos permitir injuriar gratuitamente al inmigrante. En mi caso solo puedo decir que por razones de trabajo tengo un trato casi diario con parte de la comunidad musulmana y nunca he visto que se hiciese realidad ninguna de las fantasías orientalistas de nuestras élites anti-islámicas. Es cierto que vivo en una pequeña villa costera en la que las mujeres musulmanas suelen trabajar en fábricas de conservas junto a las mujeres autóctonas, y los hombres musulmanes en el mar junto a los hombres de la zona. Es decir, tengo la fortuna de vivir en un sitio pequeño en el que, aunque hay mucha inmigración magrebí, no existen guetos ni se originan mayores conflictos sociales. En este sentido les confieso, sin ningún ánimo de provocar, que las mujeres más “empoderadas” que he visto no son las feministas que endurecen los glúteos en el gimnasio a la hora del baño y la cena de los niños que nunca tendrán pero que les pagarán la pensión, sino madres marroquíes y algerinas de credo musulmán que siempre me miran a los ojos, me hablan de tú a tú, y que no tienen inconveniente en poner a dormir a sus maridos fuera de casa si lo consideran necesario.
No malinterpreten, sin embargo, mis palabras. No les estoy diciendo que se hagan musulmanes, ni que confundan religión con ideología. Las religiones, aunque son algo que forma parte de nuestra interioridad para moldear nuestra exterioridad, no son como las bragas, los calzoncillos y los calcetines. No son de usar y cambiar. No me den, por favor, un disgusto, y no hagan como mi amiga la monjita liberal arrepentida Federica Jimena, que pese a tener ademanes de santa, muestra poca fe. Les he hablado de ella en artículos anteriores, contándoles como tras haber sido locutora bajo un seudónimo masculino en la Cadena Cope, y haber pasado del comunismo al liberalismo, se había retirado —al renegar de esta última ideología— al Monasterio de Oseira para confabular, rezando, contra Putin. Pues bien, esta misma mañana le envié por correo este artículo y me acaba de llamar, diciéndome que he acabado de convencerla para que se haga monja mora (sic). Resulta que ayer por la tarde vio en una sola sentada Mimosas y Sirat, las dos películas “islámicas” de nuestro querido Oliver Laxe, y quedó totalmente subyugada por la atmósfera musulmana. Parece ser que leyó, además, en una entrevista que Laxe se había convertido al misticismo sufí y ella, ni corta ni perezosa, decidió hacer lo mismo, escapando del monasterio y retirándose a una carballeira ignota de San Cristovo de Cea. Sus amigos no tenemos idea de dónde está, pero ya me ha adelantado que para realizar mejor los rezos sufíes se vendrá a las dunas de Corrubedo, que tienen aspecto de desierto, y le dan así la impresión de que está en el Sáhara. Es una locura propia de estos tiempos endemoniados, porque ha decidido pasar de católica a musulmana en apenas cuatro horas.
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.



