Sería muy difícil encontrar un norteamericano más filo-europeo que yo. Durante más de cuatro décadas he estudiado vuestras culturas, vuestras lenguas, y vuestras historias nacionales y también transnacionales. Cualquier capacidad crítica que tenga, se deriva directamente de mis lecturas de vuestros grandes pensadores y creadores y de los diálogos mantenidos con buenos amigos europeos. Estoy seguro de que sin esta implicación intensa con vuestras culturas la calidad, tanto de mi vida personal como de mis capacidades intelectuales, habría sido muy diferente…. marcadamente inferior.
Fue gracias, sobre todo, a la efervescencia de la cultura de la crítica en España y tantos otros países del continente europeo en las últimas décadas del siglo XX y el primer lustro del siglo XXI que pude llegar a reconocer mi país de nacimiento por lo que es: un imperio sin piedad atrapado en un círculo vicioso de guerras y de operaciones secretas que violan sistemáticamente los derechos básicos de la gente de otros países, y que solo sirven para empobrecer y embrutecer las vidas de la gran mayoría mis conciudadanos y la mía.
Y es gracias a estas mismas lecciones aprendidas de vosotros, que siento la necesidad de decir que en su mayoría las elites intelectuales y políticas de la Europa de hoy han perdido completamente la pista en cuanto la realidad de su relación con el gran amigo americano.
Es triste decirlo pero los descendientes intelectuales de las elites europeas que me dieron a mí las claves para entender el los engranajes de la máquina propagandística bajo la cual vivía yo como ciudadano del imperio norteamericano, han fracasado completamente a la hora de detectar la intromisión de la misma máquina en sus propias vidas cuando los “amigos” en Washington decidieron, a partir del segundo lustro de este siglo, aplicarles a ellos las mismas técnicas persuasión coercitiva con nuevas herramientas y de una manera absolutamente despiadada.
El hecho que Washington se servía de propaganda para fomentar en Europa actitudes positivas hacia la cultura norteamericana, y por extensión, sus metas imperialistas, no era ningún secreto entre la gente bien leída del continente en las últimas décadas del siglo XX. Tampoco lo era —entre un grupo mucho más reducido de elites intelectuales— el hecho que los servicios secretos de los EE.UU, trabajando con elementos fascistoides creados y protegidos por ellos mismos (e.g. las tropas Gladio), se sirvió una y otra vez de ataques de bandera falsa para perseguir sus fines políticos e estratégicos, siendo el ataque terrorista a la estación de ferrocarril de Bolonia en 1980 el más conocido de ellos.
Pero con el fin de la Guerra Fría, la conciencia entre las clases pensantes del viejo continente sobre el carácter no precisamente fraternal y leal del gran amigo americano se esfumó rápidamente. Y lo que comenzó como un ataque repentino de amnesia, se convirtió con el tiempo en una postura de credulidad infantil frente a casi todos los “talking points” que emanaban de los grandes centros de poder militar, diplomático y de inteligencia en Washington.
Sería reconfortante ver todo esto como un cambio espontáneo de actitud entre las clases dominantes de la UE, derivado, por ejemplo, de la creación del euro, o de la aparente prosperidad generada por la rápida creación del mercado único.
Pero explicarlo de esta manera va en contra de lo que nos han enseñado grandes estudiosos de la dinámica de la producción cultural a gran escala como Benedict Anderson, Pierre Bourdieu e Itamar Even-Zohar quienes sostienen, cada uno a su manera, que en contra de lo que se dice con frecuencia sobre el gran poder transformador de las masas populares, los cambios culturales verdaderamente importantes casi siempre provienen de campañas iniciadas muy conscientemente en las más altas esferas políticas, culturales y financieras de la cultura.
Dicho de otra manera, no hay cultura sin cánones de calidad. Sólo hay información “flotante” y aleatoria. Y no hay cánones calidad sin la actuación concienzuda de personas o grupos de personas investidas de autoridad social para consagrar un elemento semiótico particular a expensas de varios otros. Eso, de la misma manera que no se puede hablar de agricultura sin la presencia de un agricultor capaz de distinguir entre las plantas “útiles” y las que se suelen llamar maleza.
Ni las autoridades y los creadores culturales, ni los oficiales de grandes centros de poder político e económico que suelen pagarles sus sueldos de forma directa o indirecta tienden a anunciar al gran público el papel enorme que ellos mismos juegan en la creación y mantenimiento de lo que solemos llamar la “realidad” social. Y es por una razón sencilla. No está en su interés hacerlo.
Les conviene mucho más que los consumidores los productos culturales que surgen de su curación de los “stocks” de información disponible en la sociedad entiendan el proceso de su aparición en la esfera pública como, o como el resultado del esfuerzo singular de la persona o las personas presentados en público como su(s) “autor(es)”, o de fuerzas esencialmente misteriosas e inescrutables.
Pero el hecho de que las elites hayan configurado las cosas de esta manera engañosa no significa que no podamos, con un poco de esfuerzo, llegar a comprender con un nivel considerable de precisión cómo se han producido importantes cambios culturales y políticos del tipo que han presenciado los europeos en los últimos años.
La primera clave, como sugerí arriba, es sospechar de la naturaleza ostensiblemente orgánica de cambios bruscos en las formas de ver o de tratar asuntos (e.g. las identidades sexuales, la inmigración, las maneras de tratar enfermedades respiratorias con tasas muy bajas de mortalidad, el problema de vivir en una sociedad de información abundante, etc.) que han sido gestionado de una forma generalmente tranquila y exitosa durante muchos años antes del presente momento.
La segunda es preguntarse “¿Qué grupos poderosos de interés podrían beneficiarse del nuevo enfoque radical sobre estos asuntos o problemas?
La tercera es investigar los posibles vínculos entre los centros de poder político y económico y los centros mediáticos que están promoviendo las formas radicalmente distintas de tratar el problema. Y una vez que estos vínculos se revelan, es importante estudiar cuidadosamente los historiales de los protagonistas en cuestión, catalogando sus varias afiliaciones con los centros de poder, y —eso es muy importante— rastreando sus constataciones públicas, y mejor aún, semi-públicas y privadas, sobre el asunto o los asuntos en cuestión.
Debido quizás a simple soberbia o una confianza excesiva en la capacidad de los medios que controlan de no revelar sus secretos más preciados al gran público, las personas en el poder se delatan con una frecuencia sorprendente. Es muy importante estar dispuesto a escuchar y catalogar esto “deslices” cuando ocurran.
La cuarta es aprender a desoír las explicaciones oficiales (también conocidas como “lo que todos los seres mediáticos saben”) sobre el fenómeno en cuestión.
Cuando adoptamos un enfoque de este tipo sobre las relaciones transatlánticas de las últimas tres décadas, nada, absolutamente nada de lo que ocurrido en Europa en los días después del discurso de J.D. Vance en Múnich debe sorprendernos.
Antes de la caída del muro en 1989, la primacía de los EE.UU. en las relaciones trasatlánticas, como bien mostraba sus injerencias en los asuntos internos europeos a través de aparatos como los ya mencionados Gladio, era incuestionable.
Pero la caída del socialismo llamado real y el surgir subsiguiente de la UE y la moneda única se suscitó entre muchos, incluyendo el autor de estas líneas, la esperanza que Europa pudiera convertirse en un nuevo polo de poder geo-estratégico capaz de competir tanto con Estados Unidos como China, un visión que asumía la disponibilidad continuada, y a un precio módico, de los recursos naturales albergados bajo el suelo ruso.
Para las elites de Estados Unidos, sin embargo, este nuevo sueño europeo era motivo de pesadillas. Ellos entendían que la unión efectiva de las economías de la UE y Rusia podría resultar en la creación de un leviatán capaz de amenazar seriamente la supremacía geopolítica norteamericana en un espacio relativamente breve de tiempo.
¿La solución?
La misma que ha sido empleada por todos los imperios deseosos de mantener su poder frente a posibles rivales: divide et impera.
La primera persona en sonar la alarma fue el exdirector de seguridad nacional durante el gobierno de Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski. Lo hizo en El gran tablero mundial: La supremacía estadounidense y sus imperativos geostratégicos (1998). En este texto, Brzezinski habla abiertamente de la necesidad de desarticular aún más de lo que había sido el caso hasta aquel momento los restos de la Unión Soviética, constatando al mismo tiempo que la clave para catalizar este proceso sería la absorción de Ucrania dentro del seno la OTAN y de la UE.
Si bien es verdad que habla en el mismo texto de un deseo de mantener relaciones pacificas con Rusia, queda claro que el mantenimiento de tal estado de paz dependía de completamente de la aceptación por parte de Rusia de su estatus de subalterno permanente frente al poder económico y militar de las fuerzas combinadas de los Estados Unidos, la UE y OTAN. O como él mismo resumió sucintamente la tesis en el texto, “los tres grandes imperativos de la geoestrategia imperial son prevenir la colusión y mantener la dependencia de seguridad entre los vasallos, mantener a los tributarios dóciles y protegidos, y evitar que los bárbaros se unan”.
Así que mientras los políticos norteamericanos y sus estrategas como Brzezinski alababan en público la naturaleza fuerte e inquebrantable de las relaciones transatlánticas, trabajaban en otro nivel para debilitar seriamente el poder real de Europa en el binomio. El primer ataque, que parece que la mayoría de los europeos, imitando la tendencia conocida de los niños abusados de no admitir los daños que han sufrido a las manos de sus padres, fue la displicencia total con la cual los lideres de los EEUU trataron a los millones de ciudadanos europeos y una parte de muy considerable de su clase política que estaban en contra de la invasión y la destrucción Iraq, un país que no tenía nada que ver con los ataques del 11 de septiembre.
Fue seguido por los intentos transparentes del Secretario de Defensa de los EEUU y arquitecto principal de aquel ejercicio de patria-cida premeditado, Donald Rumsfeld, de enfrentar lo que él llamaba la “Nueva Europa”, compuesta por los países excomunistas del este dispuestos por una serie de razones históricas bien entendibles a seguir ciegamente las directrices geopolíticas norteamericanas, con los poderes más recalcitrantes de lo que él llamaba la “Vieja Europa” liderado por Francia, Alemania e Italia. A éstos les decía en el lenguaje cariñoso de los amigos fiables de toda la vida más o menos esto: “Si no hacéis lo que queremos que hagáis en Irak, Afganistán y otros lugares, trasladaremos gran parte la ayuda financiera, diplomática y militar que ahora os damos a vosotros, a vuestros primos más agradecidos en lugares como Polonia, Rumanía, Lituania e Estonia”.
¿Cuál fue a reacción al chantaje de la Vieja Europa? La aceptación más o menos total de las exigencias de cooperación bélica diplomática y financiera del amo americano.
Y con esta capitulación en mano la cúpula estratégica de los EE.UU. puso en marcha el próximo capítulo de su campaña de cortar las alas de la UE: la captación efectiva de su sistema mediático.
Al llegar al puesto de Secretario de Defensa, Rumsfeld habló una y otra vez de efectuar una revolución estratégica en las fuerzas armadas de los EE.UU. bajo la doctrina de Full Spectrum Dominance, una filosofía que pone un énfasis enorme en el manejo de la información en el espacio donde hay choque importante de intereses. La doctrina se basa en la idea que en los conflictos de hoy el manejo de la información es tan o más importante que la cantidad de fuerza letal que cada uno de los contendientes tiene a su alcance. La clave, según los autores de esta doctrina es la capacidad de inundar el campo enemigo de un fluir masivo y constante de información variada y a veces contradictoria con el fin de inducir en sus filas la desorientación y confusión, y de ahí, el deseo de rendirse precipitadamente a las exigencias de su rival.
En un desliz del tipo que describía arriba una persona que se suele identificar como Karl Rove, el llamado cerebro de Bush hijo, describió en una entrevista en 2004 con el periodista Ron Suskind cómo funcionaba esta nueva doctrina en el ámbito del manejo de la información. Cuando éste le habló de la necesidad que tenían los periodistas de discernir la verdad a través de métodos empíricos, aquel respondió: “El mundo ya no funciona así. Ahora somos un imperio y cuando actuamos creamos nuestra propia realidad. Y mientras Uds. estudian aquella realidad—con su buen juicio de siempre—actuaremos otra vez, creando nuevas realidades que Uds. también podrán estudiar, y así saldrán las cosas. Somos los protagonistas de la historia… y a Uds. a todos Uds. no les quedará nada más que la tarea de estudiar lo que hacemos”.
En el ámbito europeo esto se tradujo en una infiltración masiva de voces pro-atlantistas en los periódicos “de calidad” del continente, una tendencia que solo se agudizó después de la crisis de 2008 cuando se rompió definitivamente un modelo de periodismo tradicional ya seriamente debilitado por la irrupción del internet en el mismo sistema mediático una década antes.
Para sobrevivir como instituciones estas empresas tuvieran que buscar apoyo financiero donde pudieran. Y lo obtuvieron de los grandes fondos de inversión internacionales estrechamente vinculados a los EEUU, y —como hemos podido confirmar definitivamente en las últimas semanas— también de órganos gubernamentales norteamericanos, como la USAID, estrechamente ligados a los servicios de inteligencia de su país, que los distribuyeron a su vez a los medios europeos través de una multitud de ONGs caracterizadas por su aparente preocupación con la “libertad de expresión” y la “calidad de los procesos democráticos”.
En el caso de España esta transformación se vio claramente en la evolución ideológica de El País en los años después de 2008, siendo sus cambios más emblemáticos la dimisión forzada de Maruja Torres, una mujer de fuertes convicciones pro-palestinas, pro-árabes e anti-imperialistas en 2013, y a la elevación a director del periódico, (en contra del deseo de la mayoría de la redacción) en 2014 de Antonio Caño.
Cualquier que hubiera leído sus reportajes enviados a España por Caño desde Washington, donde fue corresponsal del rotativo en los 10 años previos a su nombramiento —en que básicamente traducía al español de los reportajes publicados el día anterior en el New York Times y el Washington Post— habrá entendido al instante la envergadura del cambio de dirección del periódico
Desde aquel momento en adelante, básicamente no se publicaba ninguna crítica de naturaleza sistemática o radical sobre de la política exterior o interior de los EEUU en sus páginas. Eso, al mismo tiempo que se aumentaba en las mismas páginas dramáticamente, a expensas de la atención anteriormente prestada a la cultura española u europea, la cobertura de la cultura norteamericana, e incluso de eventos cotidianos del país aliado, como, por ejemplo, grandes nevadas en Nueva York, que no tienen absolutamente ninguna relevancia para la vida diaria de los españoles.
Y dada su posición de líder dentro del sector periodístico español, una posición ganada gracias su labor valiosa durante la transición y las primeras décadas de la democracia, los otros diarios y emisores de información empezaron (probablemente con ayudas de la USAID y su red extensiva de ONGs) a adoptar posturas proamericanas muy parecidas.
El efecto, para parafrasear a Karl Rove, fue la de crear una nueva “realidad” social española y europea, en la cual (y en contraste brutal con la cultura periodística de este espacio cultural en las primeras dos o tres décadas del periodo democrático) casi todo lo que valía la pena saber e imitar venía de los Estados Unidos, y donde también los que pudieran pensar que cosas como la OTAN y sus guerras, el consumismo nihilista, el sionismo, relaciones amistosas con Rusia, el abrazo desenfrenado e acrítico del identitarismo sexual eran censurables, fueron retratados como trogloditas mal informados.
¿Os parece mucha especulación de mi parte? Pues, considerad el caso del periodista alemán Udo Ulfkotte quien, enfermo y sufirendo de mala conciencia, reveló en un libro y después en una entrevista en 2014 que él había aceptado dinero, viajes y otros favores varios de los servicios de inteligencia de los Estados Unidos y de Alemania por escribir artículos pro-americanos, anti-rusos y anti-árabes en el Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ), el prestigioso periódico donde trabajaba. E hizo patente en la entrevista (ver enlace arriba) que la practica era común en todas las redacciones más importantes de la UE.
El recorrido de su libro sobre el tema, Gekaufte Journalisten. Wie Politiker, Geheimdienste und Hochfinanz Deutschlands Massenmedien lenken, que salió en 2014, y también el tono de las entregas de tipo Wikipedia sobre el autor existentes hoy en las redes —cruda y cómicamente difamatorias— constituyen una confirmación encubierta de la veracidad de sus acusaciones.
Al ver la entrevista arriba en que hablaba de su libro yo, como no leo alemán, corrí a buscar una traducción del texto en uno de los idiomas que domino. Encontré varias noticas diciendo que estaría traducido al inglés y el italiano en breve. Pero pasaron los años y ninguna de las traducciones prometidas se materializaron. Por fin en el verano de 2017, apareció una supuesta versión inglesa del texto en Amazon. ¡El único problema era que llevaba el precio de 1.309 dólares y 9 céntimos! ¡Pero, se anunciaba al mismo tiempo que todos los ejemplares a este precio se habían agotado! La versión inglesa del texto salió por fin en octubre de 2019, claro está, más de cinco años largos después de las acusaciones explosivas del autor y más de dos años después de su muerte en enero de 2017 a la edad de 56 años. Muy conveniente desde el punto de vista de los servicios secretos, ¿no?
Y no olvidemos que ya al final de 2013, justo antes de las primeras confesiones públicas de Ulfkotte, fue revelado que la NSA llevaba ya 11 años leyendo todos los contenidos del teléfono personal de la Cancillera alemana Angela Merkel. Y eso ocurrió solo unos meses después de que Edward Snowden reveló que los Estados Unidos monitoreaba no sólo todas las comunicaciones de los casi todos los cuerpos legislativos, administrativos y diplomáticos de la Unión Europea, sino que también espiaba las comunicaciones internas de varias de las empresas más poderosas de la economía continental.
¿No recordáis la reacción furiosa de Frau Merkel, de los europarlamentarios y de los comentaristas de todos los grandes rotativos del continente acerca de estas violaciones de sus derechos básicos? ¿O como después los ciudadanos europeos llenaron las calles con protestas durante meses, exigiendo que el gobierno Estados Unidos se disculpara públicamente ante ellos y que les compensara por los daños económicos y de honor sufridos?
Yo tampoco, porque nada de eso ocurrió. No, la Europa oficial aceptó estas enormes intromisiones a su soberanía con las sonrisas humildes de siempre y sin la más mínima protesta.
Y hablando de intromisiones en la soberanía de las naciones de la Unión Europea, vale pena recordar cuándo y por qué empezó su presente crisis migratoria. ¿Apareció de la nada? Es lo que la prensa del establishment de Europa y sus supervisores norteamericanos quiere que pensemos. Pero la verdad es que la crisis migratoria europea es un resultado directo de la destrucción premeditada de Irak, Libia y Siria (la gota que realmente colmó el vaso) llevada a cabo por los EEUU, su fiel aliado Israel y los bandos rebeldes pagados por ellos entre 2004 y 2015.
¿Se ha disculpado en alguna ocasión en público la oficialidad de los Estados Unidos por los grandes efectos desestabilizantes que ha tenido este fluir de refugiados hacia la UE, provocado por sus acciones bélicas? ¿Ha ofrecido a pagar alguna parte de los enormes costes económicos y sociales sufridos por los europeos como resultado directo de sus acciones? La respuesta es claramente “no”.
Cuando una persona o una entidad involucrada en una relación supuestamente marcada por la confianza y el respeto mutuo, hace la vista gorda a una serie de violaciones éticas básicas llevadas a cabo por su “socio”, está pidiendo, en efecto, que su “amigo” siga abusándole, y de una manera cada vez más despiada y cruel.
Y es exactamente lo que los Estados Unidos ha hecho con sus “socios” europeos en los últimos tres años. Al ver la absoluta incapacidad de los lideres europeos de reaccionar a la serie de abusos descrita arriba, decidió que ya era hora de rematar el gran plan ideado por Brzezinski al final de los noventa que consistía, como decíamos, en hacer que la UE rompa sus relaciones económicas y culturales potencialmente muy provechosas con Rusia, para garantizar que los europeos se quedaran en una posición de subalternidad perpetua en relación con los Estados Unidos.
¿Cómo?
Pues exactamente como les instruía hacerlo Brzezinski en su libro de 1997: atacando a Rusia a través de Ucrania, una maniobra que sabían que tendría el efecto de a) hacer que Europa comprara más armas de los EEUU, b) que Europa llegara a depender mucho más de los EE.UU. por la provisión de hidrocarburos y otros recursos naturales, y, si todo iba según el plan, c) debilitar militarmente a Rusia .
La escena culminante del drama del género mafioso escrita por los dramaturgos del estado profundo norteamericano ocurrió el 7 de febrero de 2022 cuando Biden, con el canciller alemán Scholz a su lado, anunció que, en caso de guerra con Rusia —cosa que los Estados Unidos intentaba provocar desde por lo menos ocho años a través de la implantación en Ucrania de bases militares y el envío constante de cargamentos de armas pesadas—, los Estados Unidos “llevarían a su fin” el funcionamiento de gasoducto NordStream II, fundamental para el mantenimiento de la competitividad económica alemana e europea
¿Y cómo reaccionó Scholz? Pues, haciendo una de las mejores interpretaciones papel del “convidado de piedra” registradas en estas partes en muchos años.
A modo de contraste, ¿podéis imaginar la reacción de los EE.UU. si el líder de un país aliado anunciara con el presidente americano a su lado, que, si lo consideraba necesario en un momento dado, le privaría a los Estados Unidos de bienes esenciales para el mantenimiento la prosperidad de su economía? Huelga decir que la reacción no se parecería en nada la reacción de Scholz.
Pero el patetismo del estamento político y periodístico europeo no terminó allí. ¡En los días y las semanas después del ataque sobre el gasoducto, el grueso de los politólogos y articulistas “expertos” de España y Europa no sólo no achacó a los Estado Unidos la responsabilidad por lo que obviamente había sido un ataque americano sobre su gran “aliado” Alemania, sino que aireaban explicaciones que señalaban a los servicios secretos de la Rusia de Putin como los verdaderos autores del crimen! Como si el ruso fuera a atacar uno de los elementos clave de sus planes para resucitar económicamente su país.
Tan hechizados estaban los europeos en este momento por la máquina propagandística norteamericana implantada en las vísceras de sus sociedades que casi nadie con una plataforma importante dentro del establishment mediático continental tuvo la temeridad de reírse a carcajadas de la estupidez patente de estas explicaciones.
A partir de la elección de Trump, visto por el estado profundo norteamericano como una gran amenaza a sus planes estratégicos, la CIA, la USAID y la red de ONGs pagados por ellos inició una campaña para convencer a sus “socios” europeos de la necesidad de practicar la censura —ojo a la lógica impecable— para poder salvaguardar la Democracia.
Era una operación de dos vertientes. La primera y más obvia, en esta época de creciente desconfianza de la ciudadana europea hacia las elites proamericanas que los gobiernan, era darles a éstos las herramientas para marginar y/o silenciar voces que cuestionaban cada vez más sus políticas pro-atlantistas.
La segunda era darle al mismo estado profundo norteamericano la capacidad censurar y espiar aún a sus propios ciudadanos. ¿Cómo? Aprovechando de la naturaleza esencialmente sin fronteras de internet para encargarles a los europeos, con sus protecciones más laxas en el ámbito de la libertad expresión, la tarea de tomar acciones rigorosamente prohibidas por la primera enmienda de la constitución norteamericana.
Pongamos, por ejemplo, el caso de un medio de comunicación norteamericano con ambiciones globales que insiste en criticar dura e insistentemente la política exterior del país, cosa que irrita enormemente al estado profundo. El deseo más sincero de éstos es cancelar el medio de una vez para siempre. Pero saben que si lo hacen comporta el riesgo de sufrir consecuencias legales. Así que simplemente piden a sus súbditos en los servicios de inteligencia europeos que lo haga por ellos, cosa que le priva al medio de comunicación con ambiciones globales de un mercado de 450 millones consumidores prósperos. Viendo que continuar con su política de criticar duramente el gobierno de los EEUU podría privarle de la posibilidad de explotar uno de los mercados más ricos del mundo, los dueños de una empresa de estas características terminarán, en gran mayoría de los casos, alterarán sus políticas editoriales para que sean menos críticas de las políticas de los EEUU.
En Niebla (1914) la famosa “nivola” de Miguel de Unamuno, el protagonista, Augusto Pérez, contempla suicidarse. Pero antes de cumplir con el acto decide visitar a Miguel de Unamuno, un filósofo y el autor de un tratado sobre el suicidio leído anteriormente por él. Al revelar al filósofo su deseo de terminar con su vida, aquel dice que no lo puede hacer porque es un personaje de ficción creado por él y, por eso, totalmente sujeto a sus propios deseos. Augusto replica a su creador que a lo mejor él es simple producto de un sueño de Dios. No se resuelve la discusión. Así que Augusto decide volver a casa donde muere el día después en circunstancias poco claras.
La Unión Europea de hoy se parece bastante a Augusto Pérez. En su presente iteración, es un personaje histórico cuya visión de lo que es, y cuál es y debe ser su lugar en el concierto de las naciones del mundo ha sido moldeado en gran medida no tanto por sus propios lideres, sino por los planificadores culturales del estado profundo norteamericano, a través de uno de los programas propagandísticos más audaces, duraderos y exitosos en la historia del mundo.
En su discurso de Múnich, J.D. Vance le recordó a Europa implícitamente que su fisionomía política actual, marcada por sus obsesiones con una Rusia supuestamente deseosa de reconstruir el imperio soviético y también de querer controlar minuciosamente la dieta informativa de sus ciudadanos a través de la censura, es el producto de la autoría de los que le precedieron en la cúpula política del imperio, y que él y sus colaboradores en la Casa Blanca de hoy han decidido cambiar radicalmente el guion a seguir en sus relaciones con sus dueños norteamericanos y, por ende, el mundo de cara al futuro.
En su encuentro con Zelensky en el Despacho Oval. unas semanas después, Trump hizo más o menos lo mismo.
Así que, como Augusto Pérez, los “lideres” europeos se enfadaron al descubrir que eran figuras esencialmente ficticias que actúan diariamente a la merced de los dramaturgos de Washington. Por eso, ellos y su legión de amanuenses en la prensa continental nos han obsequiado un gran concierto de aullidos que se suena bastante a los sonidos emanados de un coro de caniches que vi una vez cuando el circo llegó a mi pueblo en mis años de juventud.
Sobre el autor
Thomas Harrington es catedrático emérito de Estudios Hispánicos en Trinity College en Hartford, Connecticut en los EE.U.U, así como Senior Brownstone Scholar, Brownstone Fellow y co-fundador de Brownstone España. Su investigaciones académicas se centran en los movimientos ibéricos de identidad nacional, las relaciones culturales intra-ibéricas y las emigraciones ibéricas hacia las Américas. Sus escritos sobre la política y la cultura han aparecido con frecuencia en la prensa estadounidense, así como en varios medios de comunicación en España. Es autor de cinco libros, siendo el último de ellos The Treason of the Experts: Covid and the Credentialed Class (2023). Varios de sus artículos de prensa y una muestra de su fotografía se encuentran en Words in The Pursuit of Light. Se puede acceder a una selección de sus trabajos académicos en https://trincoll.academia.edu/tharrington




