Lo de mi perfil de Twitter (me niego a llamarla X), es digno de ver. Cada dos por tres lo veo convertido en un puro campo de minas: insultos, desprecios, juicios de valor, epítetos de usar y tirar. Se ve que mis opiniones no son del gusto de todos, claro. No pretendo victimizarme, entiéndanme bien. En redes sociales, es mejor no tomarse las opiniones ajenas por lo personal (casi me atrevería a decir que en el mundo real tampoco, por muy crueles que parezcan). Al margen de la ingente cantidad de perfiles que son directamente falsos y de pago (los llamados bots, casi el 50% de los perfiles que pululan las redes), los usuarios tras los que hay un humano, suelen mostrar su frustración o desagradado con mayor contumacia ante las críticas a sus sistemas de creencias. Los temas son diversos, claro: como ustedes ya saben tengo una cierta querencia por la verdad, lo que me suele convertir en diana recurrente de toda clase de dardos envenenados. Por suerte, parece que, con el tiempo, he ido desarrollando una cierta inmunidad.
Incrustar una idea en la mente de las personas suele ser más fácil que desincrustarla, y lo cierto es que a nadie le gusta saberse engañado, por lo que valoro como una reacción bastante humana el tratar de espantar cualquier atisbo de duda con un sonoro exabrupto. En esta ocasión la polémica surge a colación de mi posición sobre el eterno cuento de la lechera capitalista: ya saben ustedes, ese relato tan manido en el que los protagonistas son intercambiables, no así el cuento, que permanece incólume. El famoso mito fundacional del sueño americano, la trasnochada patraña del hombre hecho a sí mismo, el self-made man que construyó un imperio de la nada. Ejemplos los hay a porrillo, pero sin duda el paradigma del mito es John D. Rockefeller, ese hombre de familia humilde y de educación limitada, que aprovechó la ventana de oportunidad que ofrecía la recién estrenada revolución industrial y su necesidad voraz de petróleo para fundar Standard Oil, el mayor monopolio energético de la historia. Sobre tal mito se han adaptado toda clase de relatos épicos posmodernos: Bill Gates y su garaje, el pobre Mark Zuckerberg y sus problemas con las chicas que, según nos cuenta Hollywood, propiciaron la creación de Facebook; Jeff Bezos, quien pidió una ayuda a sus pobres padres para montar Amazon; o uno de mis preferidos, Emilio Botín, quien heredó un “banco enano” (como decía un tal Daniel Lacalle a modo de obituario), y lo convirtió en uno de los gigantes financieros europeos.
Es fundamental, para reforzar el efecto propagandístico del mito, despojar el ejemplo de indeseables matices contextuales, por aquello de mantener la retórica del mito y el esfuerzo, tan importante para que las mulas de carga sigamos tolerando el yugo y tirando del carro, con la esperanza de, algún día, emular el destino de los héroes del capitalismo, los titanes del emprendimiento, aquellos que, haciendo de la necesidad virtud, consiguieron escribir su propio destino “porque ellos lo valieron”. Y todo a nuestro alrededor parece recordarnos el mismo mensaje: Just Do It (sólo hazlo), Impossible is Nothing (nada es imposible), Make It Happen (haz que pase) y demás retahíla de mensajes “empoderantes” (horrible palabro adaptado del anglosajón empowering), nos recuerdan que las limitaciones sólo están en nuestra mente, animándonos a seguir descornándonos sin descanso, con la ilusión, quién sabe, de algún día acariciar la gloria capitalista de los próceres del progreso inmortal.
Pero detrás de esta mitología de usar y tirar, detrás de estas grandes leyendas de la meritocracia, suele esconderse una historia real más prosaica. ¿Qué sería de Mark Zuckerberg, y de su vida sexual, sin el inestimable apoyo de In-Q-Tel, esa empresa pantalla de la CIA y del Pentágono, en su creación? ¿Cuánto habrían dado de sí los 250.000 dólares tan amablemente cedidos a Bezos por sus abnegados progenitores sin la inestimable colaboración de la citada empresa pantalla? ¿Qué influencia habría tenido el abuelo de Bezos, Lawrence Preston Gise, a la sazón fundador de la Agencia de Estudios Avanzados del Pentágono (DARPA), en el interés de la inteligencia estadounidense en Amazon? ¿Qué destino hubiesen reservado a Bill Gates o Elon Musk los dioses del éxito de no haber contado con la fortuna familiar? Y ya por último: ¿qué habría sido del banco enano de Emilio Botín de no haber contado con el apoyo de la todopoderosa City de Londres? Como vemos, a poco que uno rasque en la flamante cubierta “brilli brilli" de la mitología del emprendimiento, encuentra que es el contexto lo que determina el éxito, y no tanto el talento personal, o el esfuerzo, o el mérito.
Sin embargo, del mismo modo que los absurdos reclamos publicitarios que nos empujan a comprar zapatillas deportivas de marca como símbolo del éxito modelan nuestro comportamiento y nuestras aspiraciones, estas fábulas del emprendimiento vienen a justificar la desigualdad inherente al modelo capitalista en que vivimos en patrañas tales como el talento o el mérito, lo que oculta una siniestra trastienda: si impossible is nothing, como reza el slogan, y el éxito depende de uno mismo y del esfuerzo, el fracaso, entendido en los mismos términos de acumulación de capital, también depende de uno mismo. En otras palabras: eliminando los condicionantes coyunturales del análisis, el único culpable del fracaso personal de cada uno es uno mismo, con la consiguiente carga psicológica para el individuo. En un mundo dominado por la lógica perversa del darwinismo social y su retórica siniestra de la supervivencia del más apto, en un modelo de sociedad en el que el 1% de individuos controla prácticamente la totalidad de los recursos, esta delirante epistemología del éxito es, en realidad, una fábrica de fracasados, lo que convierte los insultos que me dedican los cryptobros y demás purria digital en una mera confirmación de mi tesis.
Como vemos, bajo los mensajes ejemplarizantes de presunto “empoderamiento”, subyace un ejercicio colosal de eso que se ha dado en llamar indefensión aprendida. ¿Y qué es la indefensión aprendida, se preguntarán algunos lectores? La indefensión aprendida es un concepto acuñado por Martin Seligman para definir a la condición psicológica de un ser humano o animal, que aprendió a inhibirse ante situaciones adversas sobre las que no tiene percepción de control, generando en el individuo un estado persistente de pasividad aun cuando las condiciones permitirían generar una respuesta de lucha o huida. Los experimentos de Seligman acabaron por convertirse en todo un manual de tortura, utilizado entre otros edificantes contextos, en la cárcel de Abu Ghraib. En el contexto de este artículo, los esfuerzos persistentes del sistema por espolear al individuo, lanzándole sin remedio a una cruzada desquiciada de realización personal a través de la lógica de acumulación, obviando el contexto de escasez malthusiana propio del capitalismo, sólo puede conducir al fracaso sistemático, y tras ello, a la apatía y a la imposibilidad del individuo por mejorar su propia situación.
No por casualidad, Seligman es también el creador de la “psicología positiva”, con su meliflua epistemología de la felicidad forzosa, o como la definía la socióloga Ashley Frawley, la "semiótica de la felicidad". La “psicología positiva” y su ejército de coaches, ese engendro surgido de las entrañas de la academia, es indistinguible hoy día del género de la autoayuda. Sus postulados, más propios de las tazas de Mr. Wonderful que de venerables catedráticos, siguen una lógica similar a la descrita hasta aquí, presionando a los individuos a mantener emociones positivas por imperativo categórico, ignorando el sufrimiento legítimo que deriva de una situación sociológica inherentemente injusta. Enfocado en el optimismo y la resiliencia, sus planteamientos minimizan obscenamente los contextos sociales y estructurales, promoviendo una suerte de felicidad normativa y obligatoria. Del mismo modo que el éxito, la felicidad, un concepto tan ambiguo como subjetivo, se convierte en una obligación aspiracional a la que la fenomenología capitalista acaba dotando de un sentido puramente material, reduciendo oportunamente el ser humano a su condición de consumidor, negando su complejidad emocional, y por supuesto, su singularidad, y lo que es peor, incapacitándole para comprender el modo en que el modelo lo subyuga. Que nadie se llame a engaño: detrás del cada ejemplo de éxito, hay una circunstancia propiciatoria; detrás de cada empresa surgida de un garaje, hay una narrativa interesada; detrás de cada banco enano que acabó por ser inconmensurable, está el poder desmedido.
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación.




FANTÁSTICO. De una muy de agradecer capacidad para saber poner luz donde nos quieren cegar con falsas linternas. Un artículo para espabilar en toda regla, sobre todo para todo aquel que crea que "aun" no se esfuerza o ha esforzado lo suficiente.
Hola, Carlos. Estando básicamente de acuerdo con tu reflexión, creo que hay algo que se olvida y que aun siendo intangible está demostrado: el sistema familiar (Bert Hellinger) o dicho de otro modo, todos venimos con una misión a este mundo condicionada por nuestros propios antepasados. Lo que coloquialmente se denomina karma
En todo caso, hay cientos de miles de personas que esforzándose y/o creyendo en el positivismo no triunfan. Dicho de otro modo, el capitalismo siempre nos vende el esfuerzo del que ha triunfado, pero oculta que muchos cientos de miles también se esfuerzan y no triunfan. Por qué, por lo expuesto al principio: el sistema familiar y/o la misión por la que vinimos a este mundo
Saludos cordiales
PD En tú condición de músico y en caso de que no le conozcas, permíteme recomendarte a un excelente músico, cantante y compositor inglés actual. Richard Hawley