Se nos rompió el liberalismo de tanto usarlo, pero los liberales, que no conocen más vínculo y lealtad que el de sus caprichos y oscuros deseos enseguida han enterrado al muerto y se han proclamado novios del nuevo orden trumpista occidental (que es lo mismo, aunque no lo sepan, que proclamarse novios de la muerte). Por ejemplo, Esperanza Aguirre, la indomable aristócrata anti-bolivariana, ha alabado el buen hacer mostrado por Trump al no entregar el poder a María Corina Machado y ha defendido con convicción de matriarca constitucional que debe ser el chavismo el que encabece la transición a la “democracia”, pues es quien controla el ejército. Por su parte, Juan Luis Cebrián, se ha autoerigido en garante del verdadero legado de Simón Bolívar (ese felón que, Roca Barea dixit, guarda tantas similitudes con nuestro Fernando VII) y criticando a unos y a otros sin criticar realmente a nadie, parece fantasear con culminar la gesta bolivariana, consistente en liberarnos a los españoles de nosotros mismos y de todo lo que nos hace hispanos para entregarnos a los dictados de la ilustrada anglosfera. (¿Acabará el bueno de Cebrián dirigiendo un diario global en spanglish llamado The Country?)
Sin embargo, quienes se llevan la palma de la desfachatez son los voxeros, esos rojigualdos de chapa y pintura que presumían de haber dejado de ser liberalios para defender la soberanía nacional y la Hispanidad, pero que celebran la supremacista invasión yanqui del mundo hispano con fanatismo evangelista. Los voxeros se están revelando como una mutación ideada en laboratorio de los afrancesados, es decir, como peperos hormonados de última generación que, confundiendo el liberalismo de Karl Popper con el popper, se disponen a dilatar sus esfínteres para ir aún más allá en su sumiso afán angloliberalizador y estar así preparados para las embestidas más locas de Daddy Trump disfrazado de Tío Sam trabucaire. Son, en resumidas cuentas, los jenízaros de los EEUU en una fase ya degenerada y terminal, solo que en vez de poner el pecho y la espada ponen —si me permiten la grosería— la boca y el culo.
Conste que digo lo anterior con todo el respeto del mundo (cada quien es libre de seguir sus gustos y pareceres), pero a sabiendas de que haber profesado el liberalismo de manera vehemente en el pasado implica un riesgo grande de incurrir en paródicas contradicciones propias de una película de Buster Keaton o Chaplin. Fíjense, si no, en la manera en la que Trump ha justificado para el público liberal (conteniendo, eso sí, las carcajadas) la invasión de Venezuela, argumentando que secuestrar a Nicolás Maduro era indispensable para luchar contra el narcotráfico y es, por lo tanto, según el polimórfico Orden Internacional Basado en Reglas, una acción legítima que responde a la seguridad nacional americana. Tal justificación solo puede ser efecto de una burlona providencia, pues si con algo ha estado relacionado el liberalismo en su defensa selectiva del laissez faire es con el narcotráfico. Si las Guerras del Opio contra China dan en la primera mitad del s. 19 el pistoletazo oficial al comienzo del sangriento, homicida y expoliador liberalismo, las operaciones secretas de narcotráfico llevadas a cabo por la OTAN y la CIA en la segunda mitad del s. XX para financiar la Operación Gladio se justificaron como una sagaz manera de combatir el comunismo de la URSS y defender el libre mercado.
Con todo, debemos reconocerle a Trump cierta dosis de pragmatismo en su estrategia venezolana, pues al no ocultar sus intenciones reales y mantener en el poder al aparato chavista sería de esperar que en esta ocasión la injerencia yanqui fuese económicamente más eficiente para los intereses estadounidenses y no causase cientos de miles, cuando no millones de muertos, como ya sucedió en Vietnam, en Irak, en Indonesia o en la Sudamérica sometida a la Operación Condor. De ser históricamente ingenuos podríamos pensar que Trump ha experimentado un desengaño liberal por el cual prefiere volver a tácticas preliberales de confrontación directa pero también de negociación, alejadas de supremacismos, destinos manifiestos y maquillajes presuntamente universalistas. Pero nada más lejos de la realidad, porque si algo está haciendo Trump es volver de manera anacrónica a los tiempos del imperialismo liberal descarnado defendido por Napoleón (quien no tuvo remilgo alguno en secuestrar a Pio VI y a Pío VII, y en someter a un encarcelamiento dorado a Fernando VII) o por la Doctrina Monroe de 1823 que la reciente Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense se propone recuperar.
Todos aquellos que acusan a Putin de querer volver a la Rusia zarista o a Xi Jinping de impulsar con delirio el resurgimiento de la milenaria civilización china debieran estar, por eso, avergonzados, porque si alguien quiere recuperar de manera anacrónica un dominio supremacista y cerril es Trump como fiel representante del Occidente protestante que nos ahoga desde hace trescientos años. Trump ansía de manera desesperada mantener la hegemonía del petrodólar, amenazado por los BRICS y por los inesperados efectos de las neurodivergentes sanciones puestas a Rusia o Venezuela. Pero sus acciones para conseguir estos “respetables” objetivos son añejamente liberales y revelan el ADN del liberalismo, explícito en la rapaz primera mitad del s. 19 que le sirve de inspiración (repito, las Guerras del Opio, la Doctrina Monroe asociada al delirio protestante del Destino Manifiesto, etc.).
Pese a todo, si prestamos un mínimo de atención al contenido de la Doctrina Monroe nos daremos cuenta de que lo que quiere hacer Trump con todo el continente americano no es ni más ni menos que lo que la UE comandada por Alemania (y, en menor medida, Francia) viene haciendo con el continente europeo desde hace ya demasiadas décadas. No debiera sorprender a nadie recordar que la integración de España en la Comunidad Económica Europea supuso una suicida desindustrialización travestida de reconversión, competitividad y modernización que nos obligó a ser una economía destinada a la servidumbre más mema y gorrina a los amos del Norte. Prueba del latrocinio al que no somete la UE es que esta misma semana nos han comunicado que para que los alemanes puedan vender coches y cacharros en Sudamérica firmaremos un tratado con Mercosur que conlleva la destrucción de nuestra agricultura. Esto sucede, además, justo cuando están acabando de manera inmisericorde con nuestro sector pesquero e impidiéndonos disponer no ya de soberanía política, sino de soberanía alimentaria. Para calmarnos y facilitar el negociado político de la corrupción nos inyectan fondos europeos con los que construir auditorios que apenas tienen programación, hacer reformas millonarias de edificios públicos o peatonalizar avenidas enteras.
El caso es que la lógica que está detrás de la invasión de los EEUU a Venezuela, y de las amenazas a Colombia, México o incluso a Groenlandia no es muy distinta, repito, a la que anima, en nombre de una paz diabólica, a la UE. La única diferencia es que Trump ha prescindido del maquillaje ordoliberal y pretende legitimar sus agresiones con el yugo descarnadamente liberal de principios del s. 19. El principal problema que tienen los EEUU en este sentido es que ambicionan competir, en plena deriva nihilista, con dos civilizaciones milenarias como son la rusa y la china. Trump ansía ser una mezcla de Putin y Xi Jinping y fantasea con que EEUU, un amago de civilización que es emblema de la autodeificación y la degeneración protestante, se imponga en un mundo que, sin embargo, ya no está sometido a la tiranía liberal británica por más que el anglosionismo sea hoy en día poderoso. De hecho, si de algo podemos estar seguros es de que Trump, por listo que sea, no es Putin ni Xi Jinping, sino un ricachón protestante que se cree elegido por Dios mientras saca provecho de todos sus lujos atiborrándose, no de caviar o abulón, sino de Big Macs y Coca-cola light.
Si hay un peligro en los EEUU (da igual que sean en su versión demócrata o republicana, pues Trump, lejos de ser una excepción es su espécimen más puro y transparente) es precisamente la manera en la que su naturaleza nihilista y destructora puede manifestarse en esta etapa de degeneración y muerte como imperio fallido que nunca llegó a cuajar en forma civilizatoria alguna. Los EEUU de Trump en su intento por volver a sus decimonónicos principios fundacionales para “hacer América grande otra vez” son como esas señoras octogenarias de alta alcurnia que se someten a mil operaciones estéticas para aparentar cuarenta años pero que están destinadas a romperse el alma y la cadera en la primera batalla amorosa que tengan con un jovencito, con un maduro o incluso con un carcamal. O son, para ser más exactos, como esos viejetes deslenguados que salen en First Dates y que tiran de Viagra hasta para jugar al tute y caminar, no aceptando límites ni edad, pero que mueren con el corazón reventado y con la morcilla séptica y congelada dentro de las entrañas de alguna pobre prostituta que ha tenido que aguantar su asquerosa carga y necesitara de innúmeras ayudas para deshacerse del cadáver y la baba.
El atlantismo que defienden hoy en día los EEUU con la complicidad británica y sionista es un atlantismo viagra que solo resiste a fuerza de pastillas y autoengaño. Sin embargo, si algo tenemos que saber es que la prostituta en la que pretenden meter su avejentado maderamen, sin más consentimiento que el de la extorsión, somos todos aquellos que estamos bajo el yugo de la UE (y no, como podríamos creer, los hispanos, que pese a todo, están en una mejor situación estratégica que nosotros). El doble juego de Trump, consistente en ser con una mano anti-globalista y con la otra el jefe supremo del globalismo otanero que nos fuerza a pagar el 5% del PIB en defensa para, inmediatamente, amenazar con quedarse con Groenlandia, es una artimaña geopolítica que nos sitúa como carnaza del multilateralismo. Los EEUU, en lugar de ser un aliado, se han convertido en nuestro verdugo, transformando a la UE en el cagadero romano del multilateralismo, es decir, en un espacio para la rapiña del que pueden aprovecharse tanto EEUU como Rusia o China (¿nadie se acuerda de la voladura del Nord Stream, que ahora beneficiará a yanquis y rusos a cuesta de nuestros serviles amos alemanes?). No debiera extrañarnos, en este sentido, por más extravagante que pueda parecer, que fuésemos hacia un conflicto bélico en nombre de la OTAN sin implicación real estadounidense en el que el gran beneficiado fuese antes, mientras y después el complejo industrial militar yanqui, dispuesto a compartir los despojos resultantes de una guerra con las otras potencias.
El desprecio de los EEUU a la soberanía de los países iberoamericanos, así como el de la UE a la de los países europeos no es fruto de una contingente coyuntura, sino muestra de una realidad política y cultural que conviene tener en cuenta. El continente americano es, aún a día de hoy, un reflejo de la Europa escindida entre culturas protestantes y culturas católicas, entre un mundo anglo-germano y uno latino con una importancia civilizatoria de lo hispano-luso innegable. La diferencia entre el protestantismo que niega el libre albedrío y cree en el privilegio de las élites de “elegidos” y el catolicismo que afirma la libertad y la igualdad universal, impide que puedan cuajar estructuras civilizatorias conjuntas. Si los protestantes se entienden mejor con los sionistas, nosotros tenemos bastante más en común con los ortodoxos (es decir, con los rusos) o incluso, para escándalo liberalio, con los musulmanes chiitas. El mundo católico y el protestante son como el agua y el aceite. Poco importa que sus ciudadanos sean creyentes o no, porque su cosmovisión está marcada a fuego. Si de verdad queremos apostar por la convivencia pacífica y no por la sumisión, deberíamos desmontar cuanto antes la UE, dirigida por principios protestantes tan peligrosos para nuestras vidas, o más, que la sharía, y hacer caso a la alerta que Jesús nos transmite en el Evangelio según San Mateo (15:14): “Dejadlos: son ciegos y guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo”. Créanme que estamos a punto de caer en el hoyo y que deberíamos reaccionar utilizando la prudencia de quien, por saberse mortal y contingente, posee un sentido común que lo salva de los delirios y la destrucción.
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.




Muy buena exposición! Me parece especialmente interesante esa comparación entre la Doctrina Monroe (ahora: “Donroe”) y la UE. Creo que es muy acertada y que esa va a intentar ser la jugada del Imperio Gringo: redoblar el saqueo al sur del Río Grande mediante redes económicas, financieras, monetarias, de normativas y reglamentaciones técnicas y comerciales, morales/religiosas (p.e. Con el auge de las iglesias Pentecostales y la teología de la prosperidad), y clientelares - en vez de con los Marines y la US Navy.
Por otro lado, me temo que no hay salida no traumática de la UE. El €uro es como el Hotel California: puedes entrar pero no puedes salir.
Alea jacta est para la población europea que vive bajo el dominio de la corrupta cohoerte de Bruselas. Es el capitalismo, no Trump, mero títere de este, el que muestra obscenamente su verdadero rostro.