Hace una un par de semanas corrió la noticia de que dos investigadores de la prestigiosa universidad de Princeton habían sacado un nuevo libro sobre el COVID-19 titulado En la estela del Covid: cómo nos falló la política. Según algunas eminencias, esta monografía analiza (por supuesto con sobriedad, a diferencia de todos esos otros análisis críticos realizados por pensadores con menos caché durante los últimos cinco años) algunos de los errores cometidos por el gobierno durante la crisis del COVID-19.
La crítica de los autores es de tal sobriedad que el Boston Globe, uno de los propagadores más asiduos e irredentos de las fantasías y las mentiras oficialistas sobre el Covid, le dedicó una larga reseña. (No olvidemos que este periódico fue, además, un incansable impulsor de campañas de desprestigio y ostracismo contra cualquiera que no estuviera de acuerdo con el evangelio covidiano de Fauci).
Hmm…
Hace unos años, en los círculos literarios académicos estaba de moda enfatizar mucho la llamada “posicionalidad” del autor y/o lector de una obra. Si bien el término y su impulso crítico pronto quedaron absorbidos por el nihilismo excluyente de las políticas identitarias, su énfasis central en la necesidad de ser prudentes respecto a las suposiciones culturales que uno lleva a los actos de escribir y de leer es muy loable.
Por ejemplo, como hispanista estadounidense, estoy muy familiarizado con el canon de textos que leen mis colegas en España. Sin embargo, el hecho de haberme formado como lector y pensador dentro del sistema educativo estadounidense implica que aporto ciertas preocupaciones y puntos de énfasis a mis análisis que ellos no pueden aportar. Y, por supuesto, ellos, como personas nacidas y criadas dentro de los sistemas culturales y educativos peninsulares, aportan muchísimas cosas al mismo proceso que yo no podré nunca aportar.
En un mundo ideal, yo les ayudaría a ver ciertas realidades que las instituciones de su propia cultura—como las instituciones culturales de todas las comunidades nacionales—tienden a ocultar de sus propios ciudadanos. Y ellos, por supuesto, serían mis guías en la enorme y nunca acabada tarea de comprender los elementos esenciales de la cultura española que yo, con mi perspectiva de forastero, no soy capaz de reconocer o analizar fácilmente.
La clave para avanzar en la búsqueda de la verdad en una ecuación transatlántica radica en que cada una de las partes desarrolle un sentido de humildad respecto a la parcialidad inherente de sus propias maneras de ver el mundo.
Pero no es sólo en el ámbito de la dinámica entre culturas nacionales que se erige el problema de la posicionalidad, y la necesidad consecuente de cobrar una conciencia de la parcialidad posiblemente deformadora de la mirada de uno. Dentro de cada sistema cultural nacional, existen diversos subsistemas o repertorios, tanto de clase como de religión o de origen étnico que también condicionan los parámetros críticos de quienes trabajan dentro de ellos.
Aunque muchos investigadores en las ciencias sociales y las disciplinas humanísticas parecen creer sinceramente que trabajan desde una perspectiva que toma en cuenta los inputs de toda la sociedad, no es realmente así.
De hecho, cuando la mayoría de los investigadores académicos se sientan a escribir sobre un tema determinado, generalmente lo hacen pensando, sobre todo, en lo que otros académicos o intelectuales consagrados ya han dicho, o no han dicho, sobre el tema en cuestión. Y esto por una razón sencilla: todos los incentivos profesionales están diseñados para que se acerquen a su labor de esta manera.
No hay nada incorrecto per se en operar de esta manera. El problema surge cuando el investigador en cuestión llega a creer que la literatura académica, o los escritos sobre el mismo tema realizados por aquellos que trabajan en los medios de comunicación llamados "de calidad", representan el summum bonum del trabajo crítico sobre el tema elegido. Es decir, cuando no comprenden que a) las instituciones culturales de élite existen, cada vez más, para excluir puntos de vista que ponen en cuestión los objetivos estratégicos de quienes financian su existencia y b) que esos puntos de vista excluidos podrían arrojar mucha luz sobre aspectos claves del fenómeno que dicen que les interesa.
Al leer En la estela del Covid: cómo nos falló la política, queda inmediatamente claro que sus autores, Stephen Macedo y Frances Lee, tienen una conciencia limitada acerca de la naturaleza altamente encorsetada del discurso académico actual sobre el Covid, y por ende, muy poca curiosidad, y mucho menos comprensión, del inmenso cuerpo de investigación de alta calidad sobre el fenómeno producido fuera de los parámetros de la academia y de la prensa llamada “de prestigio” durante los últimos cinco años.
Por ejemplo, si hay algo que les ha quedado muy claro a los millones de norteamericanos que se han dedicado a desentrañar la verdad oculta tras la narrativa oficial del fenómeno del Covid, es que concentraciones muy pequeñas de elites económicas y gubernamentales ahora ejercen un control enorme sobre sus vidas, y que trabajan asiduamente para encubrir tanto los motivos como los detalles operativos de sus ataques sobre la soberanía ciudadana.
Y, sin embargo, en este texto, centrado casi por completo en las acciones y actividades de la élite, los autores no nos proporcionan ningún marco teórico o histórico para examinar esta realidad innegable. ¿Quizás incluir alguna referencia a C. Wright Mills, William Domhoff, Michael Parenti, Pierre Bourdieu o Itamar Even-Zohar, para ayudarnos a entender lo que el último de los estudiosos mencionados aquí describe como las campañas “planificación cultural” llevadas a cabo por los poderosos?
Nada de esto. Es más, en consonancia con la idea —muy extendida dentro del establishment—de que solo los conspiranoicos locos creen que los poderosos se organizan entre ellos para consolidar y aumentar sus propios privilegios, presentan los muchos cambios repentinos y radicales en las políticas largamente consolidadas sobre la contención de los virus respiratorios—por ejemplo, los cambios radicales de enfoque respecto a la promoción de las intervenciones no farmacéuticas (NPI en inglés)—como el resultado, o de una disminución inexplicable en la calidad de los procesos deliberativos, o la simple victoria un grupo de actores políticos sobre otro en las luchas burocráticas dentro del estamento de la salud pública.
Lo que nunca se pone sobre la mesa es la posibilidad de que los dos hombres que ganaron la lucha burocrática para cambiar radicalmente las políticas establecidas sobre los NPI, Carter Mecher y Richard Hatchett —dos hombres con vínculos fuertes al estado profundo americano— hubieran podido servirse de la fuerza enorme de este gobierno subterráneo para ganar esta batalla burocrática. Tanto ha sido así, que su victoria en esta especie de guerra sucia les permitió imponer una serie de protocolos que aumentaron exponencialmente el nivel de pánico en la sociedad, y en consecuencia, la receptividad ciudadana hacia la imposición medidas autoritarias de control social para combatir el virus
Pero no, en el mundo de Lee y Macedo las motivaciones de todos los actores son intachables. Las cosas solo salen mal, como se mencionó anteriormente, cuando los procesos y sistemas fallan, como siempre ocurre, claro está (¡riamos por no llorar!) en la ausencia de fuertes acciones coercitivas ejercidas desde arriba.
El título del libro es bastante revelador en este sentido.
¿Quiénes nos decepcionaron? ¿Personas reales como Mecher, Hatchett, Deborah Birx y tantos otros? ¿Los servicios de inteligencia y la OTAN que, como han demostrado categóricamente Debbie Lerman y Sasha Latypova, dirigieron toda la respuesta al COVID-19 en los EE. UU. y en casi todos los países de la UE desde marzo de 2020? ¿Las "autoridades" de las agencias sanitarias gubernamentales que, en cuestión de pocas semanas, simplemente olvidaron todo lo que sabían sobre la gestión de las pandemias y adoptaron protocolos de salud pública completamente nuevos y autoritarios?
¿Los famosos científicos Fauci y Collins, quienes, según los autores, cedieron frente a presiones políticas para ocultar la realidad de las investigaciones (pagados por las instituciones norteamericanas que lideraban) para promover investigaciones sobre la ganancia de función de los virus en China, así como la plausible tesis de la fuga de laboratorio en Wuhan?
Pero, ¡qué va!, ¡no!, ¡no!, ¡no! El que nos defraudó, sugieren, fue esa fantasma sin cabeza y sin voluntad llamado “la política”.
Todos los animales académicos ambiciosos saben que si quieres que te tomen en serio en el mundo académico, no puedes andar ofendiendo a personas poderosas que podrán arruinar tu carrera. Es, por eso, mucho mejor lanzar la ira hacia los “procesos institucionales” en vez de dirigirla hacia individuos con caras y con nombres.
Por supuesto, otro elemento clave en las maniobras para mantener la legitimidad académica es alejarse religiosamente de todos a quienes los jerarcas del establishment hayan etiquetado como intelectualmente sospechosos. Y en lo que respecta al COVID-19, no hay nadie que los mandarines consideren más radioactivo que Robert F. Kennedy, Jr.
Pero, al margen de que les guste o no, sus dos libros —especialmente el segundo— sobre la larga historia de del desarrollo de las armas biológicas en los EE.UU y en varios otros países, y lo que sucedió en Wuhan en el mismo campo en los últimos años, son lecturas absolutamente esenciales.
Y, sin embargo, no hay ni una sola mención de esos estudios minuciosamente documentados en el libro de Macedo y Lee. Es el equivalente de intentar escribir una historia de la teoría de la evolución sin mencionar siquiera El origen de las especies de Darwin.
Y luego, claro, está la manera en la que los autores tratan las numerosas cuestiones relacionadas con las “vacunas” ARNm, cuya adopción forzada por parte de toda la sociedad fue evidentemente uno de los objetivos estratégicos principales de la Operación Covid.
Consiste en una examinación cuidadosa de los cientos de miles de personas que resultaron heridas o que murieron como resultado de las inyecciones que, hay que reconocerlo, es especialmente esclarecedora.
No se asusten. Solo estoy bromeando, porque, de hecho, no existe ninguna análisis remotamente parecido a esto en el libro
Muy conscientes del argumento machaconamente repetido por el establishment acerca de las vacunas—que salvaron un número ingente vidas—los autores constatan su conformidad con esta dudosa afirmación. Y para asegurar que todos sepan que creen en la sagrada doctrina de la infalibilidad de las vacunas, dejan claro que consideran la reticencia a vacunarse (vaccine hesitancy en inglés)—un término cuya tendenciosidad jamás exploran—un problema muy significativo.
Hay que reconocerles que sí cuestionan si era justo obligar que se vacunara a los jóvenes sanos y previamente infectados. Pero en ningún momento analizan esta cuestión a la luz de los cánones establecidos de la ética médica. De hecho, el libro no tiene ni una sola palabra sobre los principios de Núremberg. Y solo menciona de forma muy breve su piedra angular filosófica de estos principios: la doctrina del consentimiento informado.
Lo que realmente les interesa es la cuestión relativamente poco importante de las divisiones partidistas acerca de la aceptación de las vacunas y las otras medidas de control impuestas por el gobierno.
Pero en ningún momento se dirigen a las cuestiones éticas relacionadas con la operación masiva de censura y propaganda llevada a cabo por el gobierno para promover una vacunas que—como se ha probado definitivamente en la últimas semanas a través de documentos filtrados—ya sabían que estaban muy lejos de ser “seguras y eficaces”. Y no dicen nada tampoco sobre cómo las grandes empresas farmacéuticas sobornaron sistemáticamente a los colegios estatales de médicos y a los grandes consultorios de médicos (que son casi todos hoy en día) para que “vendieran” las vacunas a sus pacientes.
Podría continuar.
Macedo y Lee han internalizado la idea de que si la información les llega de alguien sin un puesto académico respetable o sin un doctorado detrás de su nombre o, dios nos salve, un bloguero sin credenciales, es mejor ni siquiera pensar en tomarlo en serio, ya que podría conducirles a una pérdida de prestigio dentro la profesión.
Saben, además, que para salir adelante y quedarse allí, uno tiene que quedarse siempre dentro de los parámetros del pensamiento pensable de la academia, un espacio con un código de cortesía profesional que presupone que, si bien las élites acreditadas a veces cometen errores o trabajan dentro de sistemas deliberativos que a veces fallan sin una razón claramente identificable, se puede asumir que ellos—a diferencia de esos pensadores menos nobles fuera de la academia—casi siempre buscan la verdad y persiguen el bien común.
Y saben, sobre todo, que si publican un libro que es ligeramente crítico del establishment, pero que deja intacta la mitología de su bondad esencial —a veces, oh, minada por errores desafortunados— tienen la posibilidad de recibir uno de los honores más altos que jamás puede recibir un investigador de una universidad norteamericana de renombre: una entrevista aduladora en la paginas de esa centinela del pensamiento ilustrado, en el New York Times.
Sobre el autor
Thomas Harrington es catedrático emérito de Estudios Hispánicos en Trinity College en Hartford, Connecticut en los EE.U.U, así como Senior Brownstone Scholar, Brownstone Fellow y co-fundador de Brownstone España. Su investigaciones académicas se centran en los movimientos ibéricos de identidad nacional, las relaciones culturales intra-ibéricas y las emigraciones ibéricas hacia las Américas. Sus escritos sobre la política y la cultura han aparecido con frecuencia en la prensa estadounidense, así como en varios medios de comunicación en España. Es autor de cinco libros, siendo el último de ellos The Treason of the Experts: Covid and the Credentialed Class (2023). Varios de sus artículos de prensa y una muestra de su fotografía se encuentran en Words in The Pursuit of Light. Se puede acceder a una selección de sus trabajos académicos en https://trincoll.academia.edu/tharrington






Claro está quel pensamiento académico, especialmente en las áreas sin rigor experimental, suele ser incestuoso. Y, que la falta de "diversidad" engendra defectos en lo que brota de esas uniones íntimas (monstruosidades).
Que los intelectuales norteamericanos se hayan olvidado de Camus, La Plaga, no es gran fallo (¿que sabe un Francés?), pero que se tragaran el anzuelo farmacéutico de la vacuna ARNm sin el mas mínimo reflejo de vomitar, es imperdonable.
«Cuando Pfizer y Moderna dijeron que habían producido una «vacuna de ARN» y que una «vacuna de ARN» significaba que cualquier inyección tendría un efecto de corta duración (días) como máximo, era una mentira.
Cuando los medios de comunicación, los reguladores y el gobierno dijeron que “no es terapia genética” sin saber realmente qué contenía el producto, eso también fue una mentira.» —Ah Kahn Syed (1 Oct 2023) 5 ways to skin a (genetically modified) cat, —How many coincidences can there be in #plasmidgate? Arkmedic's Blog, is.gd/jfPJ8W
Buenísimo! No creo que estemos todo el mundo engañado, pero sí que hay demasiadas personas a las que les da miedo pensar por fuera del marco. La espiral del silencio funciona increíblemente.