Como bien es sabido Marx, hoy tan en desuso y sin embargo tan necesario, articuló el conflicto en las sociedades capitalistas en base a la oposición del proletariado contra la burguesía y viceversa. En esa sociedad capitalista, en la que hoy vivimos, tal vez tengamos que recordar, qué cosas, que es el trabajador el que aporta y crea riqueza con su trabajo, riqueza o plusvalía de la que se apropia en una buena medida el capitalista. Ese es el conflicto inicial y primigenio; el conflicto de clases.
Muchos años después, a mitad de los años 60 del siglo XX, Lipset y Rokkan articularon una respuesta a lo que estaba sucediendo. Establecieron la teoría de los cleavages o fracturas sociales para analizar el funcionamiento político de las sociedades contemporáneas y el establecimiento de los partidos políticos. Según Lipset y Rokkan había unas fracturas sociales en torno a las dicotomías centro/periferia, campo/ciudad, Estado/Iglesia o propietario/trabajador. En torno a esas dicotomías se establecía el conflicto social y el funcionamiento de la representación política.
Más adelante, Inglehart señalaba, sin duda desde la óptica elitista de las clases dirigentes, que estaban triunfando los valores post-materiales en esas sociedades occidentales donde al parecer todo el mundo nadaba en la abundancia. Sin duda, confundía a las élites de la Ivy League con la sociedad en su conjunto. Pero su tesis tuvo éxito, sobre todo en la conformación desde arriba de los valores, algo muy gramsciano, y se impuso la creencia de que las nuevas generaciones, ante tanta “abundancia” material, se centraban en valores post-materiales como la autorrealización personal, los estilos de vida, el cuidado del entorno y el ecologismo, el pacifismo, el feminismo, etc. frente a los antiguos y anticuados valores materiales de las cosas de comer. Algo de razón debía de tener en el entorno en el que se movía Inglehart cuando surgieron entre esas élites ridículos partidos maoístas (cuyos miembros son hoy, en gran medida, todos ultra-liberales) y cosas por el estilo. Eran las consecuencias de ese engendro llamado Mayo del 68.
A partir de ahí, han surgido y han cuajado, toda clase de fragmentaciones sociales. Y las estamos viendo en todo su esplendor en este principio del siglo XXI. Aparcada y escondida la dicotomía centrada en las cosas de comer, y tomada como una vulgaridad, se han disparado toda clase de dicotomías y fracturas sociales: mujer contra hombre y viceversa, ecologistas contra anti-ecologistas, nacionales contra periféricos, blancos contra racializados, últimamente jóvenes contra boomers, y así sucesivamente y ad infinitum. Todo en una dinámica de victimización individual en la que está ausente, insistimos, el conflicto de clase, de ricos contra pobres, qué casualidad. Es la individualización llevada al extremo, que impide cualquier atisbo de comunidad, de establecimiento de una comunidad primitiva. Y es que si se establece algo mínimamente común es en comunidades polarizadas en base a agravios compartidos, no en base a ningún proyecto común. Es la polarización emocional del populismo. De un lado y de otro. Algo alimentado e incrementado por los algoritmos de las redes, algoritmos que tienen dueños con nombres y apellidos. Y que comandan, casualidades de la vida, las grandes élites globales.
Y uno no puede al ver todo esto dejar de pensar por un lado en Schumpeter y por otro en Gramsci. Así, para Schumpeter, uno de los padres del elitismo competitivo, de manera histórica no existe la democracia sino que hay una mera competición entre élites o fragmentos de una élite que se disputan el poder, competición que es legitimada cada cierto tiempo por las elecciones Y Gramsci señala cómo la élite utiliza la superestructura, es decir los medios de comunicación, las redes sociales, la cultura, las leyes, etc. para crear hegemonía, que no es otra cosa que que las clases subordinadas admitan su subordinación y estén encantadas con la misma, asumiéndola como algo natural y propio.
Es en este sentido en el que se explica la fragmentación y la individualización de nuestra época, la ausencia de proyectos comunes, la destrucción de todo tipo de comunidades, empezando por la familia y acabando con la noción de clase trabajadora. Es el triunfo de aquella máxima neoliberal de la Thatcher de que no existe la sociedad, sólo existen individuos. Es algo tan viejo como el Divide et Impera, el “Divide y vencerás”, que utilizó César para conquistar a la Galia y derrotar a los galos. Y en esa fragmentación ha tenido un papel fundamental una parte de las élites que asumieron el rol de dirigir lo que debía ser la izquierda y que no ha sido otra cosa que la otra cara del Dios Jano de la imposición del pensamiento único neoliberal.
Es por ello por lo que es urgente que volvamos a reconstruir lazos comunes y huyamos de ese enfrentamiento perpetuo del caos impuesto por las élites, de ese enfrentamiento y aislamiento total entre nosotros, de vecino contra vecino, de uno contra otro, y que sólo lleva, además, a que estemos a la cabeza en consumo de ansiolíticos. Hay que construir y reconstruirlo todo. Empezando por la familia, atacada salvajemente por el neoliberalismo, y siguiendo por el barrio, o la localidad, para continuar por reconstruir la consciencia de clase trabajadora. Es muy difícil. Pero nos va mucho en ello.
Sobre el autor
Miguel Ángel Cerdán Pérez. Licenciado en Geografía e Historia y Graduado en Ciencia Política y de la Administración por la UNED. Catedrático de Secundaria en la especialidad de Geografía e Historia en el IES Violant de Casalduch en Benicàssim. Ejerce como articulista en diversos medios como El Mundo Castellón al día, El Viejo Topo, El Diario.es Comunidad Valenciana o Diario 16





Puedo estar de acuerdo con tu reflexión. La pregunta es cómo podemos los ciudadanos enfrentarnos al poder. Ya quedó demostrado durante la "plandemia" que es prácticamente imposible. Si a ello añadimos que la ignorancia y el miedo son parte de la inmensa mayoría de los seres humanos. tú mismo
Saludos