Tuve la suerte de crecer como hijo de un hombre de gran curiosidad, mente enciclopédica y, sobre todo, de un compromiso muy sincero con el problema de vivir una vida moralmente coherente en un mundo derrumbado y lleno, por lo tanto, de personas caídas.
En la mesa o durante los largos viajes en coche, él solía hacernos preguntas surgidas de sus lecturas de San Pablo, Teilhard de Chardin o John Rawls, y nos pedía que le dijéramos qué nos parecían sus ideas.
Al invitarnos a participar de esta manera en unos procesos intelectuales para los cuales—según los infantilizantes estándares educativos de hoy—no estábamos preparados, nos estaba transmitiendo una enseñanza importante y valiosa: nunca es demasiado temprano para comenzar a pensar en el tipo de persona que uno quiere ser en el transcurso de este regalo que llamamos vida.
Creo también que estaba tratando de hacernos entender que todos los viajes de descubrimiento comienzan con el asombro y el torrente de preguntas sin respuesta que inevitablemente sigue en su estela, y que muchas, si no la mayoría de las respuestas a esa interminable andanada de preguntas, se pueden encontrar en el pasado.
Esta exaltación intelectual del pasado—aunque de ninguna manera desdeñosa del presente o el futuro (¡éramos, a fin de cuentas, estadounidenses de finales del siglo XX!)—modelada por mi padre, se vio ratificada a través de mis frecuentes contactos con mis abuelos, tíos y tías, personas que tenían todos una fuerte conciencia de provenir de “lugares” geográficos, nacionales, étnicos y religiosos específicos. Como consecuencia de este arraigo, mis familiares creían que era natural tratar de querer entender cómo las tradiciones de las que provenían los habían moldeado a ellos y a los diversos grupos sociales con los que se identificaban.
Dicho de forma más sucinta, se esforzaron constantemente por ubicar sus trayectorias vitales en las coordenadas del espacio y del tiempo.
Localizarse, en otras palabras, en el espacio y el tiempo.
¿Podría haber algo más importante para la condición humana? Descendemos de cazadores y agricultores. Y si alguna vez has pasado tiempo con alguno de ellos, o simplemente los has escuchado hablar detalladamente sobre el ejercicio de sus oficios, te darás cuenta de que constantemente revisan su situación en el flujo del tiempo (amanecer, mediodía, anochecer, otoño, primavera, verano, invierno, etc.) y que observan de manera muy detallada la naturaleza siempre cambiante de los espacios físicos que los rodean. Claramente, un agricultor o cazador incapaz de estar constantemente alerta a la naturaleza circundante sería una figura ridícula abocada al fracaso.
Y, sin embargo, cuando miramos a nuestro alrededor, vemos cada vez más personas, especialmente aquellas nacidas después de mediados de los años noventa, que han transferido al dispositivo que llevan en sus manos estas prácticas cognitivas, confiando más en él que en sus propios sentidos para obtener una comprensión de la realidad física y temporal que las rodea.
Algunos podrían decir: "Pero ya no somos agricultores ni cazadores-recolectores. Entonces, ¿por qué no deberíamos usar las herramientas tecnológicas a nuestra disposición para comprender mejor el mundo?"
Y por supuesto que quien razone así no está del todo equivocado, al menos en parte.
La cuestión no es decir “el uso de las herramientas es mala”, “el uso de los sentidos es bueno” o, al contrario, que “los sentidos son buenos, las herramientas son malas”, sino más bien discernir qué habilidades o instintos de una naturaleza humana fundamental podrían perderse al sustituir nuestras capacidades observadoras con versiones tecnológicas de la mismas, creadas y operadas, al fin y al cabo, por otros seres humanos, quienes, como todos los otros miembros de su especie, tienen, a veces, el deseo de querer controlar y dominar a los demás.
Es más. Al permitir que sus habilidades empíricas básicas sean externalizadas por estos desconocidos poderosos, están también facilitando que estos obtengan grandes cantidades de información sobre sus miedos y deseos más íntimos; estos datos serán usados por los magnates tecnológicos para manipular lo que Thaler y Sunstein llaman la "arquitectura de elección" de manera que los usuarios adopten posturas éticas que apoyen las metas a largo plazo de dichas élites.
Esta práctica contemporánea de invitar a los poderosos a construir Pueblos Potemkin para nosotros en el ámbito visual-espacial también se da en el ámbito temporal.
Durante siglos, las personas han comprendido implícitamente que son un pequeño eslabón en una cadena infinita de existencia familiar y/o tribal, y que, si bien cada persona de su misma edad es única, sus formas de ser y su identidad personal están fuertemente condicionadas por las herencias genéticas, conductuales y espirituales que les legaron sus antepasados. También sabían, gracias a los elaborados rituales que todas las sociedades desarrolladas pre-contemporáneas dedicaba a la muerte —diseñados precisamente para introducir a quienes se encontraban más lejos de la meta final de su poderosa ubicuidad—, que la decrepitud y la muerte nos saludarán a todos y que, por lo tanto, la clave para vivir bien no reside en intentar que la muerte desaparezca, sino en intentar—mediante un cuidadoso análisis de los ejemplos de quienes nos precedieron—encontrar maneras de imbuir nuestras vidas finitas con un poco de felicidad y un cierto valor transcendental.
Pero llegó la modernidad, y en los últimos sesenta años ese hijo hinchado de bótox llamado consumismo. La modernidad nos prometió que la humanidad podría, si utilizaba la parte racional de su mente para catalogar los testimonios del pasado y del presente, desentrañar, con el paso del tiempo, los numerosos misterios del mundo.
Sin embargo, su descendiente, el consumismo, decidió abandonar por completo la búsqueda de sabiduría en el pasado.
Hacer que la gente reflexione demasiado sobre sus acciones presentes a la luz de ejemplos morales establecidos, si bien era beneficioso para controlar las conductas más estrafalarias, era perjudicial para las ventas. Los jefes del márquetin entendieron que era mucho más rentable usar los medios de comunicación para borrar el pasado como un factor palpable en la vida de la mayoría de las personas. Eso, a la vez que inculcaban machaconamente a toda la población el mensaje de que acaparar todas las posesiones materiales posibles hoy y mañana es lo único que importa. Y, lamentablemente, mucha gente ha acatado estas implícitas normas de conducta.
Pero, claro, nadie les preguntó a los niños sobre nada de esto.
Como el psiquiatra Robert Coles ha demostrado de manera convincente, los niños pequeños emergen a la conciencia, no como se suele sugerir, como pizarras en blanco, sino como fervientes buscadores de la justicia y las justificaciones morales. Anhelan comprender por qué están entre nosotros, y con más intensidad aún, saber quiénes les ayudarán a navegar por los amenazantes y a veces muy confusos embrollos del mundo. Están —al menos hasta que los medios comerciales captan su atención y les envían repetidos mensajes sobre lo poco “moderno” que es hacerlo— naturalmente fascinados por las historias que les cuentan sus mayores.
¿Por qué no lo iban a estar? Los jóvenes han escuchado a los mayores alrededor de fogatas durante milenios, es decir, durante cientos de miles de años más de los que se les ha pedido que se sienten en aulas, o frente a pantallas, para escuchar a un desconocido emitir lecciones generalmente desabridas sobre una cosa que llaman conocimiento.
Al principio, claro, estos diálogos junto a la fogata —digamos mesa hoy en día— son bastante unilaterales. Sin embargo, con el tiempo, el niño empieza a ofrecer su propia interpretación de las ideas de sus mayores.
Este es el verdadero comienzo del proceso de formación de la identidad individual, una parte fundamental del cual es el establecimiento de los códigos morales y éticos personales del joven. La rebelión adolescente, a menudo temida y lamentada, es, en esencia, simplemente una versión especialmente intensa del proceso dialógico.
Pero ¿qué pasa si, como resultado de un deseo de no querer parecer autoritarios, o más patéticamente, de no haberse tomado el tiempo para establecer un conjunto de convicciones morales en sus propias vidas, los mayores no cumplimos con nuestra parte de este proceso esencial?
Esto es lo que hacemos cada vez que permitimos que nuestros hijos coman solos en sus habitaciones frente a la computadora, o que se queden mirando sus teléfonos en vez de nuestras caras en la mesa familiar. Cuando estas cosas pasan, les estamos anunciando, en efecto, que nosotros mismos no hemos entablado un diálogo vigoroso con el mundo que nos rodea, ni hemos vivido vidas conscientes del sentido de vivir, y que por lo tanto, realmente, no tenemos mucho que ofrecerles en sus búsqueda de vivir la vida consonancia con su propia formar de ver y sentir el mundo.
Aún peor: les estamos diciendo que no tenemos la voluntad de estar atentos al milagro que son, y que preferiríamos que recibieran lecciones de vida de los demonios corporativos sin rostro cuya única preocupación es engordar sus propios ingresos.
El acto de convertirse en un ser consciente y, ojalá, ético, se ha centrado, durante milenios, en un proceso dialógico muy simple: el mayor habla, y el niño absorbe lo dicho, y con ello, la sabiduría adquirida de quienes lo precedieron en el viaje de la vida, ganando en el proceso la capacidad de dar sentido a lo que es, a primera vista, el bombardeo desorientador de estímulos sensoriales del mundo.
Sí, algunos mayores siempre intentarán imponer con fuerza y crudeza su visión de la vida a los jóvenes. Y muchos jóvenes rechazarán instintivamente cualquier cosa que sus mayores intenten decirles, como es su derecho. Que las cosas a menudo se desmoronen de esta manera no debería sorprendernos, ya que incluso los procesos sociales más arraigados nunca funcionan a la perfección.
No podemos estar seguros de la frecuencia con que ocurren episodios desafortunados de este tipo.
Lo que sí sabemos, sin embargo, es que si el adulto en el binomio padre-hijo nunca se hace moralmente visible, el proceso de la formación de la identidad del niño comenzará de manera defectuosa, y que lo gobernarán, por defecto, organizaciones corporativas y gubernamentales a quienes no les importa un bledo el futuro de tus retoños.
¿Podemos sentar las bases para un mundo mejor cuando muchos de nosotros seguimos entregando nuestros hijos a la máquina tecnológica zombi de esta manera tan despreocupada, despiadada e irracional?
Sobre el autor
Thomas Harrington es catedrático emérito de Estudios Hispánicos en Trinity College en Hartford, Connecticut en los EE.U.U, así como Senior Brownstone Scholar, Brownstone Fellow y co-fundador de Brownstone España. Su investigaciones académicas se centran en los movimientos ibéricos de identidad nacional, las relaciones culturales intra-ibéricas y las emigraciones ibéricas hacia las Américas. Sus escritos sobre la política y la cultura han aparecido con frecuencia en la prensa estadounidense, así como en varios medios de comunicación en España. Es autor de cinco libros, siendo el último de ellos The Treason of the Experts: Covid and the Credentialed Class (2023). Varios de sus artículos de prensa y una muestra de su fotografía se encuentran en Words in The Pursuit of Light. Se puede acceder a una selección de sus trabajos académicos en https://trincoll.academia.edu/tharrington





