No es fácil hacer un balance final del medio siglo que uno lleva pegado a Deleuze, este hombre que nos ha regalado tantos momentos memorables. Vamos a limitarnos a una crítica ontológico-política de Rizoma, esa Introducción a Mil mesetas que es un texto significativo del Deleuze que ha generado escuela, incluso en la academia. Algunos mantuvimos, allá por los años 90, una desconfianza sistemática ante la moda rizomática en España, incluidas ciertas bobadas de la movida, la ligereza fácil de Radio Futura y demás réplicas. Con la lectura tardía de Diálogos, Diferencia y repetición, ¿Qué es la filosofía? y Conversaciones, logramos un distanciamiento de aquella multiplicidad femenina, que estuvo de moda como algo libre de cualquier virilidad, de cualquier jerarquía o autoridad fuerte; también de la tradición de amazonas y madres. Hoy estamos con ellas, con sus raíces. Desde ellas leemos en Deleuze a un metafísico, trágico y solitario, que no necesita la compañía “política” de Guattari. En esta lectura tomamos distancias con Rizoma y, en la memoria, también con muchos momentos de Mil mesetas. Ni hablar del Antiedipo, esa biblia de la multiplicidad consumista que algunos de nosotros nunca hemos soportado.
1 “Hemos escrito a dúo. Dado que cada uno de nosotros era varios, resultaba ya mucha gente”. Pero hay un primer problema con este Deleuze interferido, entregado al colectivismo de la mitología política y sin soportar la soledad impolítica del Uno. Deleuze no estuvo en este libro suficientemente solo; no ha sido suficientemente sobrio, llega a reconocer más tarde en Conversaciones. En términos clínicos, se podría decir que este Deleuze retrocede ante la paranoia en aras de una alegre esquizofrenia; retrocede incluso ante la psicosis, la locura de vivir, que hasta el cristianismo pone en su divisa inicial, en nombre de la obligación social de neurosis. El resultado es un libro que envejece mal, que no aguanta el paso del tiempo. Lo que es peor, Rizoma ha reforzado el orden social y político hoy imperante con un colaboracionismo de izquierda que amenaza con convertir el nihilismo occidental en eterno. Mucho de la actual teología de la diversidad, en nombre de la cual la izquierda calla ante la agresividad occidental contra Irán, contra Venezuela o Cuba, proviene de este capitalismo minoritario que ensalzan Deleuze y Guattari.
2 Un libro no tiene objeto ni sujeto, de acuerdo. Es una composición inatribuible a los sujetos, a los que sólo deja el nombre como traza de una intensidad. Un libro sólo existe por lo exterior y en el exterior. Lo múltiple hay que hacerlo; no añadiendo siempre una dimensión superior, sino al contrario, lo más simplemente posible, a fuerza de sobriedad. Sólo así el uno forma parte de lo múltiple, estando siempre sustraído. Sustraer lo único de la multiplicidad a constituir, escribir n-1. Un primer libro es el libro-raíz: el árbol como imagen del mundo. Pero todo esto equivale a decir que tal pensamiento rizomático no ha comprendido nunca la multiplicidad real. Deleuze se resiste a la unidad secreta y a la totalidad extensiva. Y aquí la pareja de amigos no acepta algo muy elemental que es el eje de Nietzsche para distanciarse del platonismo” occidental: la unidad negativa de lo desconocido como raíz imprescindible del Niño, del devenir común como figura extrema del ser. En realidad, el superhombre es también la imagen de una inmanencia que no es plana, que no cabe en el espectáculo de la historia. Sólo un “platonismo de lo múltiple” (Badiou) nos puede otorgar serenidad. Por ignorar Deleuze esta tierra, una naturaleza cuántica que “ama esconderse”, lo reprimido en Rizoma como uno real vuelve como múltiple ficcional; lo reprimido como teológico-mortal vuelve como letal. Dicho de otro modo, lo reprimido como trágico regresa como cómico, en la diversidad de una fuga juvenil que es el eje del capitalismo último. Este Deleuze es cómplice del capitalismo minoritario que se abre con el mayo francés. En este librito el concepto de rizoma encaja muy bien con un sistema cuya “complejidad” consiste en negar ocultamente el afuera, en reprimir por todos los medios la unidad sin imagen del afuera. Haya que cerrar todas las salidas: esta es la conclusión de un capitalismo rizomático, de su sociedad abierta.
3 El retroceso de Rizoma ante lo ontoteológico lo convierte en el programa ideal de un nihilismo “con rostro humano”, incluso sexy. Esta alegría tétrica proviene de negar cualquier compromiso con el uno, con la simplicidad de lo singular. Ambos amigos parecen quejarse también de Joyce y Nietzsche, como si tampoco ellos fueran suficientemente múltiples. Como si los dos autores del pasado reciente sólo rompieran la unidad remitiendo a una unidad cíclica superior, la de la frase en Joyce, o la del Eterno Retorno en Nietzsche. Deleuze y Guattari no entienden el exterior no filosófico, la diferencia negativa y trágica entre verdad y saber. ¿Por qué el rizoma ha de distinguirse absolutamente de las raíces e incluso raicillas? Porque Deleuze y Guattari, embriagados por la ilusión política de una nueva izquierda, han de negar la quintaesencia de la naturaleza, el fondo sombrío y cuántico de una tierra rara que persiste. Estar contra toda raíz es en realidad el eje del nihilismo capitalista (lo decía Weil), de su multiplicidad expansiva, de esa huida incesante hacia delante que ha de ser agresiva, como vemos trágicamente hoy, contra cualquier singularidad que resista. Por ese Uno inadmisible, el de una existencia común, los occidentales de izquierda y derecha somos enemigos de las culturas exteriores, milenarias, comunitarias y religiosas, que entendemos como simplemente despóticas. Dado que el orden social de la democracia es un globo hinchado, hinchado de miedo sordo y de separación, entiende cualquier singularidad, que no esté armada hasta los dientes (¡Cuba!), como un peligro que hay que acosar hasta la muerte.
4 Lo decía hace años Baudrillard: nuestra deconstrucción está empeñada en que no haya gravedad, ningún punto fijo; esta es la única obsesión “espiritual” e irrenunciable del esencialismo que representamos. De ahí la deconstrucción, con o sin Derrida, como arma del sistema. Habría que repasar con cuidado Olvidar a Foucault para rastrear todos los avisos que, muy lejanos a Derrida y Deleuze, no hemos atendido. Tampoco Chomsky les es suficiente a los dos autores de Rizoma: “No se reprochará a tales modelos lingüísticos de ser demasiado abstractos, sino al contrario, de no alcanzar a la máquina abstracta”. De ahí toda una funesta micro-política del campo social (minorías sexuales, dialectos, patois, argots...) que ha desactivado en la izquierda cualquier relación con una posible clase obrera. Igual que el sistema deconstruye el patriarcado interior, fomentando las minorías, para mejor defenderse de los pueblos de la tierra. Al fin y al cabo, parte de la impunidad de Israel estriba en que sus feroces FDI pueden enarbolar la bandera LGTBIQ+ ante los musulmanes que asesina, que son heterosexuales... Es como si viviéramos todavía en la “geometría variable” que Deleuze critica en el Postscriptum, pero ahora adornada con la furia del nihilismo hacia afuera y el espectáculo de impunes matanza exteriores. No, no es fácil a veces librar a Deleuze y Guattari de la ferocidad actual de este capitalismo queer.
5 Naturalmente, para los dos apóstoles de la multiplicidad tampoco existe una lengua-madre en la que apoyarse. Sólo cuando lo múltiple es efectivamente tratado como sustantivo o multiplicidad, dicen los dos amigos, es cuando ya no tiene ninguna relación con el Uno como sujeto o como objeto; como realidad natural o espiritual, como imagen o mundo. ¿Qué problema obsesivo tienen en realidad con el Uno, con ese uno que no puede agenciarse para la multiplicidad real? Seamos laicos o religiosos, el Uno nos iguala a todos, hasta nos hace hermanos: nos compromete a ser comunes, morales y vulgares. Esto es demasiado para esta nueva élite nacida del mayo francés. Tal uno común hace incluso prescindible la Filosofía, la Cultura, la Democracia y la Sociedad como grandes entidades de salvación. Convoca a un pueblo que hace superfluo, o sólo ocasional, la importancia del Estado, de la Revolución y la Izquierda... Por eso la eliminación del Uno-Árbol es el abc del capitalismo y su feroz “religión cero” (Todd), de su estado espectacular, integrado por nihilismo genocida hacia el exterior. Recordemos que la derecha posmoderna (también Ayuso y Abascal) ya no cree en Dios... mientras la izquierda posmoderna (tampoco Sánchez) ya no cree en el Pueblo. Y ambas son dos metáforas del Afuera prohibido por el nihilismo del Primer Mundo. Este Deleuze no cree tampoco en un afuera meramente negativo, que pudiera servir de envoltorio desértico a la alegre marcha de la multiplicidad.
6 Los hilos de la marioneta, leemos, en tanto que rizoma o multiplicidad, tampoco remiten a la voluntad supuestamente única de un artista. El problema general en este libro es que Deleuze y Guattari no hacen volver lo indiferenciado, lo abstracto o desconocido, al campo de las singularidades reales. De manera que acaban defendiendo sólo una indeterminación, un desierto, que viene después de una inmanencia servida; que queda para mañana, como un efecto especial para completar el mundo plano en el que vivimos. Otra forma de decir lo mismo es lo siguiente. Cuando se apuesta con Glen Gould por las líneas, en contra de los puntos, o por los puntos que se disuelven en la proliferación de las líneas, se está olvidando de nuevo una cuestión filosóficamente clave: el punto que concentra todas las líneas en su aura fulgurante; el punto como suma desértica, abstracta y concreta, de múltiples líneas. La “puntuación sin texto” de la que habla Lacan, se puede concentrar de hecho en cada punto, en un umbral que concentra todo un texto. Eso es, de hecho, el instante de Kierkegaard; el de Nietzsche, que Heidegger ciertamente no entiende. Ocurre como si en este libro, de 1976, hubiera una traición política y metafísica al “milagro” de la inmanencia trascendente que se había anunciado en Diferencia y repetición; sólo ocho años anterior, pero escrito a solas.
7 El plano de consistencia, lo que ellos llaman la retícula, es lo exterior de todas las multiplicidades. Kleist, dicen, inventó una escritura de este tipo, un encadenamiento roto de afectos, con velocidades variables, precipitaciones y transformaciones, anillos abiertos... Pero toda esta verborrea traza el dibujo de una inmanencia plana, autosuficiente y narcisista, fácilmente capturable por el narcinismo que es la esencia del sistema. Faltan de nuevo las serpientes, esa figura de la resistencia en el Postscriptum, la serpiente que convierte al rizoma en venenoso y puede ser a la vez más rápida y más lenta que la tabla de surf, el deslizamiento consumista que se nos sirve. La famosa desterritorialización que los dos amigos acuñan en estos años, con tanto éxito, habría de volver a un territorio local, cuajarse en otro paisaje popular. Pero no, aquí no vuelve; se fuga al modo elitista de una nueva aristocracia urbana, flotante y panóptica, como un patrimonio de elegidos. A pesar del concepto en Mil mesetas de “absoluto local”, este Deleuze parece que, además de con la tierra y sus pueblos, tiene problemas con el mero espíritu de la geografía. Muy lejos de Pasolini, es muy imposible que no le encantase ni Irán ni Rusia. De hecho, el “Oriente” que nos sirven es demasiado fácil, casi para turistas.
8 Por ejemplo, en esa circulación de intensidades que impulsa a la desterritorialización “siempre más lejos”. Frente a este alegre bla, bla, bla de los dos amigos, ahora tan alternativos, la función de la intensidad es coagularse en un punto: interrumpir la religión capitalista de la circulación y el fetichismo de la mercancía. Si no ocurre eso, como en Rizoma, la intensidad deleuziana es sólo un “efecto especial” para el fin de semana, un complemento espectacular de la deconstrucción capitalista. A veces completamente insustancial como la Pantera rosa, tontamente pop y etnocéntrica. Dicen querer romper con “El viejo modelo del árbol y la descendencia”. Pero ¿es que hay otro, precisamente para romper con la religión capitalista? Nuestro reto, para escapar a la pesadilla que es la historia y este sistema globalmente inclusivo, es reencontrar la indeterminación de lo universal en el mediodía, hacerlo coincidir los abstracto con el perfil de los cuerpos. Nitidez por indeterminación, eso es un árbol. Y eso es también lo que logra el arte: las botellas de Morandi, las caras de Velázquez. El principio y el final concentrados en un punto medio, en cada región central: si no, en caso contrario el medio sigue siendo la mediación que discurre, que se escapa al modo de un orden serial, pendiente de la próxima entrega. Y generando un público cautivo, esclavo del mañana. Sin principio ni fin, el medio sin centro deleuziano ha devenido en un arma de la crueldad del sistema. Es el serial medio sin fin que nos convierte sin cesar en interpasivos, inválidos reales equipados con múltiples conexiones virtuales, entretenidos a perpetuidad.
9 En buena lógica, el rizoma se podría asociar con un umbral de alta indefinición, con un agenciamiento del afuera. Pero habría que lograr tal agenciamiento en cada brizna de hierba, en cada estremecimiento de un árbol. A veces hasta lo dice el mejor Deleuze, incluso en este librito oportunista: “La embriaguez como irrupción triunfal de la planta en nosotros”. La tempestad abstracta del afuera, la zona ártica no deben temer en absoluto a “la variación del más viejo pensamiento”. ¿Por qué esta aversión a lo viejo, a lo antiguo, a lo que siempre ha estado ahí? Por esa vía de aversiones juveniles caemos pronto en la banalidad colaboracionista de Ada Colau, de Derrida o Butler, incluso de Preciado. En suma, en esa deconstrucción incesante de lo real que adelgaza lo popular, y esto en aras de una obesidad mórbida de la multiplicidad virtual, una variación espectacular exclusiva para exquisitas minorías. Rizoma es la caricatura de un elitismo impotente y sectario que explica el actual rendimiento generalizado de la izquierda, no sólo en Alemania, a la más boba diversidad capitalista. Asomaos a cien detalles actuales de Los engreídos, de Sara Wagenknecht, y veréis el programa completo de esta rendición funesta que adelantan Guattari y Deleuze.
10 Escapar a la representación y al espectáculo, dicen, lograr un mapa y no un calco. Esto exigiría, pero ellos no lo entienden, juntar la fatalidad arbórea, su tronco con raíces, a la aventura de un ramaje que se eleva. Frente a la “corrosión del carácter” (Sennett) inducida por el capitalismo necesitaríamos tallo y raíces, la jerarquía de un tronco que nos permita soportar la esquizofrénica y esclavizadora multiplicación espectacular de simulacros. Incluso necesitamos tronco y columna vertebral para infiltrarnos con una mano en ella, en esta flexibilidad cadavérica, y volver a salir. A diferencia de lo que piensa este Deleuze, el tallo es lo que nos falta, una columna vertebral que nos permita ser serpientes. De hecho, las pocas veces que somos libres nos falta parecernos un poco a los árboles, con su soberana indiferencia ante el espectáculo de la historia. ¿Qué son las raíces? Lo que viene de atrás y no resulta elegido; ni siquiera podría pensarse. “El árbol siente sus raíces más de lo que podría pensarlas”, dice Nietzsche. Esto es demasiado para los dos amiguitos alternativos.
11 Pero no: “estamos cansados del árbol”, dicen. Cierto, el peso cansa, las gravedad y las raíces cansan. Pero sin ese peso, sin lo trágico de una fatalidad, no se puede alcanzar ninguna levedad, ninguna ligereza, ningún humor que no sea pueril. No olvidemos que las propias aves vuelan jugando con la gravedad y con la resistencia del aire, con la tendencia a caer. Es cierto que la esencia del Dasein “yace” (lieght, dice Heidegger) en su existencia. Aunque esta esencia no es menos troncal por el hecho de que sea existencia: su tallo consiste entonces en el devenir de una inhospitalidad empuñada y asida; en una caducidad hecha incorruptible, dice mucho después Agamben. El viento exterior vuelto por fin habitable: ¿no son esto algunas moradas duraderas? Es necesario convertir el desierto y el misterio en tallo, en cuerpo, sustancializar los umbrales en árbol. De hecho, diga lo que diga esta pareja de amigos, un árbol es sólo es hierba fortalecida: empoderada desde su íntima fragilidad, que se resiste a ser marginal. Quizá si hoy se amustian nuestra ramas (nuestras creaciones son una banalidad que es imitada fácilmente por la IA) es por faltarnos corriente interior, raíces sombrías y lógica arborescente. Una mónada (Leibniz) es un árbol cuyas ramas brotan de su más propio fondo sombrío, sin necesidad de otras ventanas. El tallo preexiste siempre, al menos como una alucinación fundamental, una zona de indeterminación central. “En todo hombre de carácter hay una escena típica y propia que retorna siempre”, recuerda Nietzsche. Nada de esto queda en tal Deleuze antitrágico, divertido con Guattari.
12 ¿Es necesario un general para que n individuos lleguen al mismo tiempo al estado fuego? No, de acuerdo. Una sola persona no necesita al General cerebro para tomar decisiones cruciales. “Solución sin general” es una buena fórmula. Ahora bien, sea cual sea la comparación entre Oriente y Occidente, la trascendencia no es una “enfermedad típicamente europea”. Es más bien la enfermedad que es la humanidad, la enfermedad universal de vivir, lo que quiere la tierra. Lo más grave es que todas estas loas juveniles a una inmanencia plana, sin resto de inmanencia negativa, inmanencia que Whitman y Emerson no entenderían, acaba en un más que sospechoso canto a “América”. Penoso y premonitorio, tal canto explica demasiadas cosas de esta izquierda occidental rendida al amigo americano. Deleuze no recoge incluso nada del fondo de pesimismo fúnebre, de furia puritana y protestante, que sin embargo sí han tratado Baudrillard y Steiner a la hora de analizar a Estado Unidos. Tal canto a “América”, con ese nombre, como si Bolivia y Perú no existieran, ¿es la confirmación del rendimiento ontológico de Deleuze, preludio de su entrega política? Al final, ¿se mató también (quizá como Foucault) porque había cedido demasiado, llegando a un callejón sin salida?
13 Vamos terminando. Es cierto que la multiplicidad es por naturaleza expansiva y en ese sentido el capitalismo es siempre neocapitalismo. Bien. Pero enseguida vuelve en los dos amigos una euforia que expresa la fascinación alternativa por la “teología de la diversidad” que ha atrapado al Occidente global. Y esto a veces en el mismo estilo de escritura. Cuando se habla finalmente de recuperar la “fórmula mágica” Monismo = Pluralismo, pasando por todos los dualismos que son el enemigo, un enemigo completamente necesario que es el mueble que no cesamos de desplazar, la fórmula de Rizoma ha de quedar forzosamente en el aire. Ha perdido completamente de vista una asunción de lo negativo que permitiría esa deseable fusión de lo uno con lo múltiple, un platonismo de las singularidades que nos haría anímicamente autónomos con respecto al espíritu del capitalismo. La monadología de Leibniz serviría de suelo para esa fuga, al depender de un previo fondo sombrío que permite la infinidad incesante de las conexiones. No unidades sino dimensiones, bien: no lo cuantitativo, digamos, sino la cualidad irreductible. Pero el rizoma es una antigenealogía y procede por variación, expansión, conquista, captura, picadura: en realidad, igual que el espectáculo y la expansión viral del capitalismo. No jerárquico y no significante, sin ningún General (ni siquiera negativo) ni memoria organizada, ¿el rizoma deleuziano no ha alimentado el actual espectáculo de la horizontalidad? Deleuze y Guattari sólo defienden un capitalismo minoritario y queer, incapaces de fugarse a otro mundo, incapaces de combatir este invasivo tecnonarcisismo.
14 Una y otra vez, Kleist y Kafka contra Goethe. A pesar de su vocación metafísica, Deleuze no puede eludir en cierto registro suyo el tic de estar a la contra: la hierba contra el árbol, etc. ¿Por qué no Goethe sin más, solo, con todo dentro? Pero así, en este incesante cara a cara con el poder que es parte del poder, un error que el propio Deleuze achaca a Foucault en Conversaciones, Deleuze se conforma con una marginalidad narcisista de su mítico rizoma y pierde la posibilidad de una inmanencia real. Pierde de vista una mayoría no conductista, la de un pueblo (unos árboles) que pueda ser indiferente y soberano frente a la historia. Deleuze se pierde el niño, el superhombre como mediodía, una resistencia que puede jugar con el enemigo y olvidarse de él. Igual que hoy tantos psicoanalistas, los dos amigos pensadores esquivan el reto del sentido real, un devenir igual al ser. Como si el afuera, el afuera sin imagen, no fuera en realidad un árbol que nos llama, un tallo que nos llama, un orden de ramas invisibles que late en el mismo desierto.
15 Todo este déficit estriba, hay que repetirlo, en el retroceso de Deleuze ante la inmanencia real de lo negativo. Retroceso “teológico” que no está en Nietzsche, en Benjamin ni en Agamben. Sería necesario hacer del rizoma un nuevo árbol: una morada que sea sólo el viento exterior por fin habitable. Les falta a ambos amigos lo impolítico del uno-aura, la presencia aquí de una lejanía... En realidad, otro Deleuze, más solitario y taciturno, lo había dicho: Nómadas son los que se aferran a una “región central” que no cabe en ningún sitio. ¿Qué pasa en Rizoma con esa región central, esa zona de indeterminación que produciría el encuentro? Sólo una especie de teología negativa de lo mortal es capaz de vencer lo letal, la multiplicidad en la que se ha embarcado nuestra cultura. La izquierda que viene será teológica o no será. Pero no es este el mensaje final. Sed rápidos, dicen, incluso aunque no os mováis. Pero esto suena demasiado al eslogan ultracapitalista: “Muévete, rompe cosas”. Cuando en realidad, ser rápidos sólo tiene sentido real para recuperar el ser lento que somos, igual que en las serpientes.
Sobre el autor
Ignacio Castro Rey es filósofo y crítico de la cultura. Aparte de numerosos artículos, críticas literarias y cinematográficas, sus últimos tres libros son: Antropofobia. Inteligencia artificial y crueldad calculada (Pre-Textos), En espera. Sobre la hipótesis de una violencia perfecta (LaOficina ed.) y Sexo y silencio (Pre-textos).







