“Cuando la situación es adversa y la esperanza poca, las determinaciones drásticas son las más seguras.” Tito Livio
Los miércoles son días que disfruto mucho en el trabajo. Suelo coincidir con mi buen amigo Alberto, que es una de esas personas con las que siempre me gusta charlar, aunque no tenga un día especialmente locuaz. Esa media hora de la comida del miércoles siempre me deja reflexiones muy inspiradoras. Me gusta hablar con él incluso cuando discrepamos. Especialmente cuando discrepamos. En este país se discrepa poco, y cuando se hace, se discrepa mal. Pero Alberto es un discrepador de primera categoría. Se suele decir que la discrepancia enriquece el debate, pero ello no siempre es cierto. Sólo lo enriquece cuando se discrepa bien, constructivamente y con honestidad intelectual, y para ello hay que estar dispuesto a defender tu posición con firmeza al tiempo que se tiene la humildad de permanecer permeable a los buenos argumentos del otro. Un difícil equilibrio que pocas veces se consigue, pero que resulta tan frecuente y tan esperanzador en nuestra comida de los miércoles. Lo que a continuación expreso no es la literalidad de nuestro debate, por supuesto. Como es natural, nuestras posiciones las reservo para nuestra intimidad. Nuestros debates de los miércoles no serían lo mismo si yo me dedicase a airearlos por ahí. Los lectores sabrán entenderme. Mi exposición es el resultado de mi propia reflexión ex post.
¿Y ahora qué? El debate comenzaba con esta pregunta obligada, al hilo de la ridícula campaña europea de terror mediático gratuito y su infame pack de supervivencia de 72 horas. Si algo tenemos que agradecerle a Trump es que con su estrategia del loco tenga a los dignatarios europeos totalmente desorientados, lo que permite ver con mucha más claridad hasta qué punto Europa es una construcción fallida, intervenida hasta el tuétano. Aún no se han cumplido los protocolarios cien días de gracia desde la toma de posesión de Trump, pero los europeos por fin han despertado de un largo letargo, que se presumía eterno hasta hace bien poco. Así, sin comerlo ni beberlo, como si nos hubiesen tirado por encima un barreño de agua helada, hemos descubierto que carecíamos de autonomía, no ya militar, sino también estratégica. Trump ha roto el status quo por el que Europa solía adaptarse sin demasiado problema a la injerencia habitual del Tío Sam. Sin importar demasiado que el eventual inquilino de la Casa Blanca fuese demócrata o republicano, los europeos solían ajustarse sin aparente esfuerzo a las ligeras modificaciones que el cambio de gobierno implicaba. Lo cierto es que el Deep State estadounidense parecía tener una cierta coherencia en el medio plazo, que permitía a los cipayos europeos adaptar sus necesidades y ambiciones a los cambios paulatinos de agenda.
Sin embargo, en esta ocasión, Trump ha roto la baraja. La ha roto no sin antes asegurarse de la complicidad de Silicon Valley, siguiendo la estela del nuevo mesías del filantrocapitalismo y flamante Secretario de Eficiencia Gubernamental Elon Musk. De golpe y porrazo, hemos pasado de la necesidad de fortalecer la OTAN contra el enemigo ruso, a tener que prepararnos ante una eventual pinza entre EEUU y Rusia. Como dice mi amigo Andrei Kononov, desde la llegada de Trump, en Washington gobiernan los republicanos, mientras que en Bruselas gobierna el partido demócrata, pese al cierre del maná de USAID y demás parásitos injerencistas. Mientras tanto, las viejas narrativas woke tratan de mantener a duras penas su antiguo vigor pese a que la incoherencia resulta tan palmaria que se hace visible a plena luz. La Europa Next Gen de las placas solares y la políticas de Net Zero superpuestas al Rearm Europe. Rearme sí, pero resiliente y ecosostenible, que lo cortés no quite lo valiente. Habrá que enviar soldados, soldadas y soldades a Ucrania, pero sin olvidar el debido respeto por todas las minorías y demás colectivos racializados (sic.). Habrá que comprar tanques, pero tendrán que ser eléctricos, claro. Y lo mejor de todo, para rearmar a Europa y lograr la tan cacareada autonomía militar, tendremos que comprarle las armas a Estados Unidos. Todo un dislate.
Al calor de la incoherencia, la acomodaticia y subvencionada intelectualidad europea, que durante décadas ha construido su retórica y su pretendida superioridad moral en el desprecio por cualquier planteamiento soberano, se apresura ahora a levantar un patriotismo de emergencia, un remedo de sentimiento nacional europeo tan inoportuno como falsario, que permita, llegado el caso, vestir al muñeco bélico, con más miedo que vergüenza, dicho sea de paso. Reyes Pelayos de papel maché, Carlomagnos de usar y tirar, para construir una nación que nunca existió. En estos tiempos, me sobreviene de manera recurrente el recuerdo de mi profesora de Historia de Bachillerato, una antigua militante marxista adusta y más seca que una tarde de agosto en los Monegros, que siempre repetía aquello de que “una nación es un colectivo de personas que tiene un pasado en común, un presente en común y pretende tener un futuro en común”. Su definición dejaba al margen cualquier consideración étnica, cultural o religiosa, tan poco del gusto del materialismo histórico marxista, pero me resulta útil como punto de partida para el análisis de esta cuestión del nacionalismo europeo.
Nuestro pasado común más cercano en el tiempo es Roma, construida sobre las cenizas de todas las culturas indígenas anteriores. El Imperio Romano de Occidente, que quizás sea el único periodo de nuestra historia que se pueda llamar “común” con propiedad, permite enhebrar el mito de la historia común y la cultura europea. Esa proto-Europa dejó de existir como tal hace más de 1500 años, dejando tras de sí un legado civilizatorio considerable, de cuyas rentas todavía somos usufructuarios. Sin embargo, tras su caída, derivó en una historia común de división y guerra perpetua: Europa está construida sobre la sangre de los pueblos, enemistados por sus élites los unos contra los otros per secula seculorum. La enésima guerra europea, la 2ª Guerra Mundial, culminó en la intervención de las naciones europeas por dos potencias, una de ellas europea, la hoy despreciada Rusia, en la forma política de la URSS, y una potencia extranjera, EEUU. No cabe en la mente de nuestros actuales gobernantes aspirar a nada más allá de ser una provincia de la nueva Roma atlantista, unos EEUU que salieron victoriosos del pulso de la Guerra Fría reclamando El Fin de la Historia. Europa, otrora un conjunto de potencias imperiales que competían entre sí ha pasado del foedus iniquum a la deditio , y lo que es todavía más sangrante, es que es la última en enterarse del nuevo status quo.
Volviendo a mi charla con Alberto, ninguno de los dos parecíamos ver claro el panorama español a corto plazo. Salir de la OTAN abruptamente, en la situación actual de extrema debilidad militar, de mero aliado cipayo de la metrópoli, no parece una opción propia de estadistas. Mirar hacia Hispanoamérica parece una opción acorde con un principio soberanista desde el punto de vista cultural, habida cuenta de las muchas cosas que todavía hoy compartimos. Desde el idioma hasta la música, pasando por el inmenso legado literario, incluso la tradición religiosa, todavía hoy mayoritariamente católica, aunque no por demasiado tiempo. A la CIA y al propio Vaticano les debemos la injerencia en el ámbito religioso, siendo sustituido el catolicismo de manera sibilina y paulatina por el evangelismo, más atomizado y controlable desde el punto de vista económico. Los unos movidos por la idiosincrasia pseudoempresarial y cuasicapitalista del Evangelismo, y los segundos movidos por el miedo proverbial que la curia vaticana guardaba por la Teología de la Liberación, cuya coherencia ecuménica amenazaba con remover los cimientos de su poder transnacional. A fin de cuentas, el Vaticano es la cuna del globalismo. No es de extrañar, por tanto, que su relación con los poderes globales actuales sea tan provechosa para ambos. Por tanto, mirar hacia Hispanoamérica con la tentación de crear espacios de cooperación estratégica, aunque resulte a priori una buena idea, conduce indefectiblemente a una colisión directa con EEUU, por lo que no resulta posible a medio plazo. Sin embargo, hay grandes pensadores a los que profeso un enorme respeto que se mueven en ese marco teórico, como podría ser Santiago Armesilla.
Los nuevos tiempos se han encargado de certificar la defunción de la construcción europea. La escuela del realismo político, que pretende superar la fricción histórica entre el idealismo marxista y capitalista, tiene hoy día baluartes como Putin o Xi Jinping, y de manera muy significativa Donald Trump, que ha entrado con ímpetu en ese grupo. De esta manera, el tradicional idealismo europeo queda en tierra de nadie, convertido, como diría mi estimado David Souto, en una insustancial granja de derechos, en el faro moral autopercibido del mundo, un pepito grillo al que no escucha nadie y que no es capaz de aplicarse a sí mismo sus propias recetas. Nadie podrá decir que no les avisamos. En cualquier caso, nunca es tarde si la dicha es buena, y como decía el historiador y jurista romano Tito Livio, “cuando la situación es adversa y la esperanza poca, las determinaciones drásticas son las más seguras.” En los tiempos que corren pocas cosas podrían resultar más drásticas que salir de la OTAN, cuya praxis hemos desechado del análisis. Sin embargo, sí contemplo un escenario en el que semejante medida resultaría, no sólo posible, sino deseable.
Mi propuesta política para salir del entuerto al que nos ha conducido la fraudulenta construcción europea consiste en comenzar a hacer exactamente lo contrario de lo que veníamos haciendo. Hacer de la necesidad virtud. Nuestra guerra propagandística contra Rusia es evidente que ha fracasado. Llevamos décadas contándonos a nosotros mismos mentiras sobre el enemigo ruso, por encargo del Tío Sam en su afán expansionista. Apoyamos a la OTAN hacia el este de Europa, participamos en todas las revoluciones de colores que no han ido haciendo otra cosa más que acercar la muerte y la destrucción cada vez más cerca de Moscú. Rusia es una nación europea, que además forma parte indistinguible de lo único que todavía tenemos en común; la cultura. ¿Acaso es más europeo Henry Miller que Dostoyevski? ¿Acaso no son tan europeos Stravinsky, Shostakovich o Tolstoi como lo puedan ser Cervantes, Quevedo o Balzac? Rusia es un pueblo hermano, y de existir una “nación europea”, Rusia y su cultura habrían de tener un lugar destacado en ella. La construcción europea no puede hacerse sin Rusia, y mucho menos a expensas de Rusia. Es una locura y es un suicidio.
Sin embargo, una eventual nueva construcción europea sí podría darse sin EEUU. A fin de cuentas, la unión con Rusia permitiría una relación más fluida con China, confinando así a EEUU en su isla rodeados por Eurasia. La pesadilla de Halford J. Mackinder o Zbigniew Brzezinski, un heartland dominado por fin por rusos y europeos, que condene a la isla yankee a una dependencia eterna. De este modo, podríamos plantearnos volver a mirar hacia Hispanoamérica con ciertas garantías de éxito.
Sea como fuere, no es la situación a la que nuestros gobernantes tienen la intención de dirigirnos. De momento, parece que el Nord Stream II pasará a manos del Tío Sam, precisamente quien lo destruyó, y que nuestro proyecto de Rearm Europe echará a andar para mayor gloria del complejo militar industrial americano. Europa está metida en un agujero, que con el paso de los años cada vez es más grande. La lógica de la OTAN que sitúa a los rusos fuera, a los americanos dentro y a los alemanes abajo ha llegado demasiado lejos. No sé cuantas más revoluciones de colores tendremos que presenciar para percatarnos. No sé cuantos más gobiernos de rebanapescuezos moderados nos tocará apoyar por encargo, pero lo cierto es que el agujero de la construcción europea es cada vez más hondo, tanto que ya casi no se divisa la luz exterior. Si genuinamente quisiéramos llegar a salir algún día de ese agujero, lo primero que tendríamos que hacer es dejar de cavar.
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación.





La cultura rusa tiene un indiscutible legado y parece que han sido capaces de mantener el nivel educativo. El tema económico es otro tema, más allá de comprarles los recursos (no nos queda otra). De venderles nuestras "manufacturas" a olvidarse porque los chinos ya nos han reemplazado (Moscu está llena de coches de ese país según mi fuente, aunque no me especificaron si eran ecosostenibles).
Rusia no se puede considerar Europa (en mi opinión) pero convendría tratarla más como un 'frenemy' al igual que a los gringos y a los chinos, claro. Nada que hacer en cualquier caso con nuestros jerarcas actuales, comprados y adiestrados por quienes sabemos que los manejan y, lo que es peor, con un nivel cultural, laboral y moral despreciable.
Muy de acuerdo en que nos conviene volvernos bastante más pragmáticos y dejar de sostener construcciones disfuncionales.
Respecto del concepto de nación, creo conveniente tener en cuenta también el de Kerouack. Decía, más o menos, que una nación se define por un grupo de personas que ocupan un territorio. Cuentan con servicios comunes, como sanidad, policía, infraestructuras, etc., y problemas con los vecinos.