En el debate de hoy, bajo el sugerente título “La Democracia como forma de Superstición”, hacemos una crítica filosófica profunda a la democracia moderna. La democracia contemporánea ha dejado de ser un sistema político racional para convertirse en una superstición secular: una creencia dogmática que venera el ritual electoral y la palabra “democracia” por encima de los resultados reales, la calidad institucional o la libertad concreta. Según esta visión mayoritaria, se trata de un ídolo contemporáneo sustentado en mitos falsos —como la sabiduría infalible del pueblo soberano o la legitimidad automática del voto—, que fomenta la mediocridad, el cortoplacismo, la demagogia y la manipulación sistemática de las masas por parte de élites económicas y mediáticas. Esta fe ciega en la democracia actúa como una religión cívica que justifica intervenciones imperiales, censura y la erosión de las instituciones esenciales de una sociedad como la familia, la comunidad o la tradición, convirtiendo al ciudadano en un devoto más que en un agente racional.
El debate explora cómo el “democratismo” se ha transformado en una ideología totalitaria suave que considera herejía cualquier cuestionamiento serio de sus dogmas, a pesar de los evidentes signos de decadencia cultural, endeudamiento y pérdida de libertades. Sin embargo, reconociendo los graves defectos actuales de la democracia, su degradación y su vacío sustancial, para algunos sigue siendo el sistema menos malo conocido y es frecuente considerar que el verdadero problema radica en su degeneración contemporánea más que en su esencia y, en lugar de rechazarla por completo, se propone reformarla o limitarla con elementos republicanos. En conjunto, el debate trasciende el eje izquierda-derecha para ofrecer una reflexión civilizatoria, provocadora y propositiva, sobre cómo la superstición democrática se ha convertido en el gran tabú de nuestro tiempo.









