¿Dónde está la mente? La mente no se encuentra en un espacio físico como el cerebro, sino en su propio ámbito.
La creencia materialista de que la mente emerge de la físico-química del cerebro (cerebrocentrismo) no es más que una creencia: no tiene base empírica. Como señala McGilchrist,
no podemos decir que un hemisferio por sí mismo hace lo que solo puede hacer una persona: «creer», «querer», «decidir», «apreciar», etcétera. Empleamos estas y otras formulaciones semejantes para evitar repetir frases farragosas como «una persona que se basa en las cualidades del hemisferio izquierdo (o derecho) cree (quiere, decide, aprecia)», etc. No eres tu cerebro, eres una persona humana viva, como subraya el filósofo de la neurociencia Alva Noë: «La idea de que una persona es un conjunto funcional de células cerebrales y moléculas asociadas no es algo que la neurociencia haya descubierto.»
El filósofo y psicólogo William James, después de reflexionar sobre la cuestión, propuso que la actividad cerebral no causa la aparición de la conciencia, sino que la filtra, la permite, le da paso (permission). La conciencia está en su propio ámbito, y el cerebro «permite» que unos u otros aspectos suyos se manifiesten en nuestro mundo. Henri Bergson llegó a una conclusión similar sobre la relación entre el cerebro y lo que en francés se llama esprit (traducible por ‘mente’, ‘espíritu’ o, como hago aquí, ‘conciencia’):
El cerebro es el conjunto de dispositivos que permiten a la conciencia responder a la acción de las cosas con reacciones motrices [para garantizar] la perfecta inserción de la conciencia en la realidad.
Esto puede parecer incomprensible o inverosímil a primera vista, pero desde la época de James y Bergson hemos ido acumulando indicios empíricos que muestran (a quien esté abierto a considerarlo) que la conciencia no es un simple producto del cerebro. Tenemos como mínimo tres tipos de indicios.
Uno de ellos es la llamada «lucidez terminal». Algunas personas que sufren graves enfermedades neurológicas, y que a menudo han perdido la capacidad de hablar o de reconocer a sus allegados, recuperan la claridad mental y la memoria unas horas o unos días antes de morir. Como señala el psiquiatra e investigador Bruce Greyson, «es como si el deterioro del cerebro impidiese que la persona sea consciente, pero, cuando finalmente el cerebro empieza a fallar, la conciencia se libera del cerebro dañado».
Un indicio todavía más espectacular son las experiencias cercanas a la muerte (near-death experiences). Centenares de miles de personas, en circunstancias de paro cardíaco, accidentes graves, coma y otras situaciones límite se han acercado al umbral de la muerte (o lo han empezado a atravesar), y a su regreso explican experiencias insólitas. Varias personas de confianza me han relatado experiencias de este tipo (una de ellas es el físico y neurocientífico Àlex Gómez-Marín, investigador del CSIC en el Instituto de Neurociencias de Alicante). Hoy tenemos miles de casos documentados por psiquiatras, cardiólogos y otros profesionales de gran credibilidad que nunca habrían imaginado que este fenómeno fuese posible. La mayoría de personas que viven una experiencia cercana a la muerte se encuentran en estado de muerte cerebral, con un electroencefalograma plano, por lo que (según la visión cerebrocéntrica de la mente) no deberían tener ningún tipo de experiencia o de conciencia. Pero «recuerdan» hechos que sucedieron en la sala después de su muerte clínica. Aún más sorprendente es el hecho de que personas ciegas de nacimiento describen lo que sucedía a su alrededor, incluido el aspecto físico de médicos y enfermeras, y los colores y detalles de su ropa (del mismo modo, las personas sordas describen lo que se decía a su alrededor). La mayoría de personas que viven esta experiencia señalan una serie de elementos comunes, con matices que varían según su contexto cultural. Sien- ten una extraordinaria tranquilidad y alegría (sin rastro del dolor que puedan haber padecido durante su agonía); suelen ver su cuerpo desde afuera (generalmente, desde arriba); perciben a las personas que hay a su alrededor en la sala; captan en un instante, con todo tipo de detalles, la vida que ahora dejan atrás (como un autoexamen vital en el que sienten cómo muchas de sus acciones han ayudado o afectado a otras personas); ven un túnel, al final del cual hay una luz inmensamente brillante pero no cegadora (como la escena que pintó el Bosco en El ascenso de los bienaventurados); perciben la presencia de un ser luminoso y bondadoso, que puede ser un familiar anteriormente fallecido (que se muestra en la flor de la vida) o una figura espiritual con la que se sienten vinculados; sienten una profunda unión con toda la realidad, con toda forma de vida y con todo el mundo; ven un umbral que al ser atravesado no permite volver atrás, y sienten o saben que no es momento todavía de atravesarlo, instante en el que vuelven súbitamente a la vida en nuestro mundo. Casi siempre, las personas que han vivido esta experiencia constatan efectos profundamente benéficos, como un renovado sentimiento de bondad, un aumento de la compasión y de la conciencia ecológica y social, el convencimiento de que la existencia tiene sentido y, sobre todo, la desaparición del miedo de la muerte.
Otro indicio extraordinario de que la conciencia no depende directamente de las estructuras cerebrales es el caso de personas perfectamente normales en inteligencia y comportamiento que, cuando se les hace un escáner, resulta que tienen la cavidad craneana básicamente llena de líquido (hidrocefalia) y muy poca masa cerebral. Ya en 1980 la revista Science informó del caso de un estudiante, inteligente y «socialmente normal», que había acabado la carrera de matemáticas con la máxima nota, pero que, explicaba el investigador, John Lorber, «casi no tiene cerebro»:
Cuando le hicimos un escáner […] vimos que en vez del grosor normal de 4,5 centímetros de tejido cerebral entre los ventrículos y la superficie cortical, solo había una fina capa de manto que medía cerca de un milímetro. Su cráneo está lleno sobre todo de líquido cefalorraquídeo.
La neurociencia proporciona otros indicios relevantes. Uno de ellos es el caso de una persona con trastorno disociativo de identidad que pasaba de unas identidades ciegas a otras que veían perfectamente. Los investigadores comprobaron que al pasar a una identidad ciega, en cuestión de segundos cesaba la actividad neurológica asociada a la visión, pese a que sus ojos seguían abiertos. Esto no parece explicable si no es a través de una «modulación, desde arriba hacia abajo [top-down modula- tion], del cerebro por parte de la conciencia».
Dentro del cerebro no hay pensamientos, emociones ni sensaciones: lo que hay es actividad eléctrica y química en una compleja estructura fisiológica. Diversas formas de actividad mental se correlacionan con la actividad de determinadas áreas del cerebro, pero los pensamientos, emociones y sensaciones no son reducibles a las corrientes eléctricas y las moléculas bioquímicas. El significado de una frase escrita depende de la disposición de las letras (si cambiamos algunas, la frase significa otra cosa), pero el significado no se encuentra en las letras ni es causado por ellas: del mismo modo, la actividad mental no se encuentra en el cerebro ni es causada por él.
A partir de ahora, en vez de centrarnos en la actividad de los hemisferios, que no están al alcance de nuestra experiencia directa, nos centraremos en la conciencia o la mente, que sí lo está. La observación directa de la mente nos permite conocernos y conocer el mundo.
Extraído del capítulo 14 de Conciencia o colapso, Fragmenta, Barcelona, 2024, p. 57-62.
Jordi Pigem es Doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Fue profesor del Masters in Holistic Science del Schumacher College (Inglaterra). Entre sus libros destaca una reciente trilogía sobre el mundo contemporáneo: Pandemia y posverdad (2021), Técnica y totalitarismo (2023) y Conciencia o colapso (2024). Desde 2025 es Fellow del Brownstone Institute y miembro fundador de Brownstone España.







CERTERO al 100% lo que dice o cuando menos, hacia donde quiere ir, que es en la dirección magistralmente opuesta a la soberbia del reino mental a través del "solo creo en lo que veo". La distrofia cultural que invade ahora al ciudadano del mundo occidental tipo (sobre todo en el occidente europeo, pues en Centro América y en Sudamérica están, por fuerza, mucho más abiertos) es fruto de una aceptación de la visión mental de las cosas como única posible, no queriendo concebir ese plano de la consciencia, libre del cerebro. Y, obviamente, la consciencia abarca mucho más que la mente porque es parte del todo que rodea a la vida, siendo la vida tan solo una parte, una forma, una configuración energética, de ese todo que la circunda.
Hace décadas que comparto un discurso como el que ha expuesto, solo que lo voy descifrando mejor con los años (menos mal, si no, buen cangrejo que sería) y un punto de apoyo en ello son las ECMs. Como lector agradecido de PIM VAN LOMEL, cardiólogo holandés que ha sentado cátedra sobre ello, aunque solo sea por el riguroso registro de todas sus observaciones, le agradezco infinitamente como ha expuesto esos detalles al respecto. Así es y así son y quien más quien menos, todos o casi todos conocemos a personas que han pasado por ello. No se puede negar ni su evidencia ni su trascendencia. Tan solo los entregados al "cerebrocentrismo" (me encanta el término aunque no su significado) pueden hacer alardes de eslalon mental tratando de negar que ocurren y su inmensa significación en quienes las viven.
Cuánto de esto queda por hablar y de cuantas cosas se debería dejar de parlotear y presumir mentalmente porque son caminos ciegos y pedantes, condenados a la topera de la no sabiduría, de la incongruencia y de la absoluta banalidad. Y eso es hoy por hoy lo que al final significa la ciencia pese a cada uno de sus hallazgos y logros: un camino en dirección contraria a la sabiduría, por la sencilla razón de que la sabiduría se alcanza, nos pongamos como nos pongamos, desde la consciencia libre de la mente (porque es un constatar y no un concluir).
La ciencia es una consecuencia de la forma en que ha ido degenerando el vivir humano, el cual no evoluciona sino que involuciona. El "progreso" no es un alarde de la vida, sino una transgresión encubierta. Y tanto hemos "progresado" que la jaula de los conceptos y de las conclusiones mentales no nos dejan ver el hormigón en que hemos ido dando en encerrarnos. No desde la Ilustración, si no me equivoco desde que empezamos a cultivar la tierra. Dejar de ser cazadores-recolectores fue nuestro primer gran desastre. Hasta entonces, sospecho muy mucho que "sabíamos latín" (del bueno). Y cada vez tengo más claro que civilizaciones pasadas muy arcaicas, supieron (tal vez por su mayor cercanía en el tiempo a los cazadores-recolectores) y vivieron mucho más cerca de la sabiduría que nosotros. Y hasta es bien posible que interactuaran mediante ella con consciencias que no eran de este mundo (muy probable que de ahí, de ese suceder, tantas construcciones de entonces, imposibles técnicamente hoy en día, cuyas razones de ser se nos escapan por completo). Y de ese saber en verdad trascendente porque, presumo, para poder serlo debió de haber sido fraguado desde la vivencia consciencial, nos quedan poco más que las migajas, repartidas aquí y allá por el mundo en formas que, por supuesto, no impregnan ni al ser de las sociedades actuales ni al saber académico, que, ambos, las desprecian por sistema. Siendo las religiones una verdadera cortina de humo, más estéril que otra cosa como saber de verdadera trascendencia, aunque mejor esa leve "abstracción" que la asepsia estéril de lo meramente mental.
Y esas migajas que la contemplación monomental del mundo se empeña en pisotear, ciertamente ahí sí, lo son con especial mayor virulencia desde que aconteciera la llamada "Ilustración", que vino a sellar su "no saber pero creer que sabe", en la misma línea que ROCKEFELLER y su industria de la farmacopea vino a decir que todo saber tradicional en la salud era superchería y nada más que superchería. De ambos barros estos lodos.
MILLONES DE GRACIAS POR EMBARRARSE CON TANTO ACIERTO EN TEMA TAN ENLODADO.
Creo que, como seres humanos, tenemos una excesiva prisa por situarnos en la posición jerárquica de control absoluto sobre lo que nos rodea y sobre nuestro propia entidad. Un pensador como Harari, de gran predicamento en la actualidad, llega a decir en Homo Deus que ya no hay misterio en la mente, porque están identificadas las reacciones químicas que, según él, lo constituyen. Se queda ahí. No explica cómo se produce la transposición a sensaciones; a lo intangible. Me parece increíble que pudiese quedarse en algo tan pedestre.
Por otra parte, sin necesidad de llegar a situaciones biológicamente límite, he tenido cuatro experiencias de muerte a través de técnicas controladas, como el yoga Nidra. No puedo asegurar que respondan a la realidad exacta, pero sí que me han dejado esa liberación de aceptar la muerte con serenidad y gratitud. Le recomiendo la práctica a cualquiera que se encuentre en un equilibrio psicológico suficiente.