La ciencia se funda, efectivamente, en la posibilidad de separar en todos los ámbitos la vida biológica de un ser vivo de su vida relacional, la muda vida vegetativa que el hombre tiene en común con las plantas de su existencia espiritual como ser parlante.
Pese a la utilidad que creemos que aportan, las ciencias no pueden hacernos felices, porque el hombre es un ser parlante, que necesita expresar con palabras la alegría y el dolor, el placer y la aflicción, mientras que la ciencia se dirige en última instancia a un ser mudo, cognoscible como numero et mensura, como todos los objetos del mundo. Las lenguas naturales que los hombres hablamos resultan, en el fondo, un obstáculo para el conocimiento y, por tanto, han de ser formalizadas y corregidas, eliminando como «poéticas» aquellas redundancias a las que originalmente recurrimos para expresar nuestros deseos y pensamientos, lo que nos gusta y nos disgusta.
Precisamente en tanto en que se dirige a un hombre mudo, la ciencia nunca podrá producir una ética. No debería sorprendernos, en este sentido, el hecho de que científicos distinguidos hayan realizado sin escrúpulos experimentos con los cuerpos de deportados en campos de concentración alemanes o de convictos en cárceles americanas. La ciencia se funda, efectivamente, en la posibilidad de separar en todos los ámbitos la vida biológica de un ser vivo de su vida relacional, la muda vida vegetativa que el hombre tiene en común con las plantas de su existencia espiritual como ser parlante. Es bueno recordarlo, hoy que los hombres parecen haber dejado de lado todo aquello en lo que creían, para confiar a la ciencia una expectativa de felicidad que necesariamente quedará contrariada y traicionada. Como los últimos años sin duda han demostrado, los hombres que contemplan su vida a través de los ojos del médico quedan predispuestos a renunciar a sus libertades políticas más elementales y a someterse sin límites a los poderes que los gobiernan. La felicidad nunca puede separarse de las simples y trilladas palabras que intercambiamos, del grito y la risa de gozo ni de la conmoción que nos hace llorar, no sabemos si de pena o de alegría. Dejemos a los científicos en el silencio y la soledad de los números. Cuidémonos lúcidamente de que no invadan el ámbito de la ética y la política, que es el único que puede satisfacernos de verdad.
Traducción de Jordi Pigem, con permiso de Giorgio Agamben. Publicado originalmente como Scienza e felicità, en www.quodlibet.it/, 8 de septiembre de 2024.
Sobre el autor
Imagen cedida por Adriana Hidalgo Editora
Giorgio Agamben (Roma, 1942) es el único gran filósofo contemporáneo que ha sabido denunciar los elementos totalitarios de muchos fenómenos contemporáneos, incluida la gestión del covid. Entre sus obras recientes traducidas al español destacan ¿En qué punto estamos? La epidemia como política (2021) y Cuando la casa se quema (2022).




