No es raro ver, en las redes sociales, a personas felicitándose unas a otras por una nueva vuelta alrededor del sol (es decir, por el cumpleaños), mostrando de esta manera, de antemano, sus propios conocimientos científicos o su pertenencia a una subcultura antes que sus buenos deseos. La idea algo cursi de que somos polvo de estrellas también la repite todo aquel que quiere parecer ilustrado. Dado que ambas frases hechas proceden de Carl Sagan, llegué a la conclusión de que es razonable inferir que este famoso divulgador científico moldeó una subcultura occidental considerablemente influyente: la de quienes, por seguir las tendencias dictadas por los divulgadores científicos en las redes sociales, o simplemente por ser ateos, se sienten moral e intelectualmente superiores al resto de la humanidad que no comparte sus hobbies y convicciones. Así pues, es necesario leer a Carl Sagan para entender una vertiente cultural relevante del Occidente actual.
Su libro más citado por los adeptos de esta subcultura es El mundo y sus demonios: La ciencia como una luz en la oscuridad (1995). Como mi formación es la de historiadora de la filosofía, ya por el título veo que se trata de una obra epicúrea. En De rerum natura, del epicúreo romano Lucrecio, la religiosidad común aparece presentada como el angustioso efecto del desconocimiento de las causas naturales —causas que son estrictamente materiales, pues no hay más que átomos y vacío, átomos que se mueven a ciegas y generan ora orden, ora desorden, por toda la eternidad—. No hay Big Bang, ni Creación, ni Apocalipsis. Con el conocimiento (scientia), es decir, con la ciencia, llega la paz de espíritu. Esta idea parece muy moderna, pero es más antigua que Cristo. (En cuanto al Big Bang, Sagan supone que algún día se descubrirá que el universo se expande y después se contrae, convirtiendo el Big Bang en una especie de etapa de un universo acordeón que se abre y se cierra. Esto restauraría el mundo eterno de los antiguos).
Pero, después de examinar las opciones disponibles, la que me pareció más informativa fue Miles de millones (1997), el último libro de Sagan, un testamento político publicado por su viuda poco después de su muerte. En este testamento, defiende el ecologismo y el aborto. Llegué a la conclusión de que eso es precisamente lo que quiero, pues hoy quien no manifiesta angustia por el planeta ni considera el aborto un derecho humano de la mujer es visto como un bárbaro por los bienpensantes que se felicitan unos a otros por la nueva vuelta alrededor del sol.
La lectura ha resultado, en efecto, esclarecedora sobre la mentalidad materialista y dogmática que se convirtió insensiblemente en mainstream entre las clases medias occidentales después de la Segunda Guerra Mundial, especialmente entre los izquierdistas ateos, aunque no solo entre ellos.
El libro está dividido en tres partes, cada una de ellas subdividida en pequeños capítulos. En la primera parte, que incluye la reflexión sobre el Big Bang que he mencionado, los capítulos divagan sobre algo relacionado con el conocimiento científico pero, infaliblemente, introducen alguna moraleja ESG. Por ejemplo, en «La mirada de Dios y el grifo que gotea», comienza hablando de la antigua creencia egipcia de que el sol era Dios para abordar la naturaleza de la luz, explicar que los colores vienen determinados por la longitud de onda y… concluir que, científicamente, no es correcto utilizar la melanina para diferenciar a los seres humanos blancos de los negros, porque en la mayor parte del espectro de la luz visible e invisible (que abarca tanto el infrarrojo como el ultravioleta) los hombres son negros. «Solo con la luz visible, cuando muchas moléculas son transparentes, la anomalía de la piel blanca llega a ser posible». Y ya está: mediante un sofisma evidente, que lleva el pedantismo a niveles nunca antes alcanzados, la Ciencia acaba con el racismo y demuestra la superior corrección del término «afroamericano».
Sagan también se muestra como un hombre sensible. En «El mundo que llegó por correo», primer texto de la segunda parte del libro, dedicada al ecologismo, el mundo al que se refiere es un acuario de camarones que había encargado. Sagan describe de manera emotiva la anatomía de los camarones, sus semejanzas con los seres humanos, hasta que llega a la misteriosa muerte de los animales, provocada por algún desequilibrio ambiental. Muertos los camarones, Sagan llora. Todo ello para comparar su pequeño mundo del acuario con este gran acuario llamado Tierra, donde algún misterioso desequilibrio ambiental puede matarnos en cualquier momento.
Y todo vale para el terrorismo ecologista, incluso los datos científicos incorrectos. Por ejemplo, en «El medio ambiente: ¿Dónde reside la prudencia?», Sagan afirma: «Después de prosperar durante 180 millones de años, los dinosaurios se extinguieron. Todos sin excepción. Ninguna especie tiene garantizado su lugar en este planeta». Sin embargo, las aves son consideradas dinosaurios vivos desde la década de 1970; la hipótesis del parentesco entre las aves y los dinosaurios ya había movilizado a los científicos desde el siglo XIX. Yo no tengo conocimientos respetables de ciencias exactas y biológicas y, aun así, fui capaz de encontrar afirmaciones falsas en el texto de Sagan. Si un científico lee Miles de millones, sin duda encontrará muchas más falsedades en la obra madura del arquetípico divulgador científico, el científico que no tiene ninguna gran contribución individual a la ciencia.
Ahora bien, una cosa que aprendí leyendo a Sagan es que, por mucho que haya evidentes cuestiones geopolíticas en juego en la imposición del neomaltusianismo al Tercer Mundo, la pulsión tecnocrática es una consecuencia necesaria de la cosmovisión epicúrea/materialista.
En la primera parte del libro, Sagan se empeña en presentar la vida en la Tierra como un fenómeno extremadamente improbable, fruto de una combinación casi imposible de innumerables variables materiales. Cuanto más se busca vida inteligente en otro planeta y no se encuentra (algo que le ocurrió a Sagan durante toda su vida adulta), tanto más milagrosa parece la vida humana. Mutatis mutandis, es como si nos quedáramos pensando que nuestra madre podría no haber conocido a nuestro padre; que, habiéndolo conocido, la cópula fértil podría haber tenido lugar en otro mes, con otro óvulo; o que, si hubiera sido en aquel mes, el óvulo podría haber sido fecundado por otro espermatozoide, etc. Como dijo el humorista Millôr Fernandes: «Mi madre nació en Italia, mi padre nació en España y yo nací en Río. ¡No sé cómo nos encontramos!».
Esta visión retrospectiva, demasiado teleológica para un evolucionista, deja a Sagan en un estado de ansiedad: las condiciones excepcionalísimas de la vida en la Tierra pueden deshacerse en un abrir y cerrar de ojos. En realidad, hasta deben alterarse, ya que todo lo que existe son átomos y vacío, con los átomos moviéndose sin cesar y engendrando caos y orden de manera ciega. Quien tenga una cosmovisión epicúrea/materialista sentirá esa urgencia por apretar un botón de pausa en el universo, o al menos en la Tierra, para conservar este momento fortuito en el que la Tierra se encuentra en condiciones favorables para la vida humana.
En cualquier momento puede aparecer un asteroide que acabe con todo. Además, el hombre es un animal peligroso, porque no deja de inventar cosas que interfieren en la atmósfera. Por ejemplo, inventó la medicina moderna, que redujo la mortalidad, hizo que aumentara la población y que hubiera más gente consumiendo energía. Inventó los CFC, que estaban provocando un agujero en la capa de ozono, que iba a matar unas algas muy importantes después de dejar a los blancos con cáncer de piel —los blancos, responsables de los CFC, demostrando que existe una justicia cósmica—. (Todos eran negros hasta hace unas pocas páginas, pero dejémoslo estar).
Así pues, para apretar ese gran botón de pausa, hay que controlar la difusión de la tecnología, controlar la natalidad, dar poder político real a las mujeres (que lo tenían en el Pleistoceno y no lo tienen hoy), porque si las mujeres tienen poder político real, se adherirán a la anticoncepción. (No entendí lo del Pleistoceno; espero que lo explique en la tercera parte, sobre el aborto). Y además hay que dar poder a los científicos, porque solo los científicos se dedican a percibir las catástrofes a largo plazo. La especie humana es defectuosa porque la evolución la llevó a pensar a muy corto plazo. De hecho, esta es su gran falla: pensar en poner comida en la mesa de los hijos, en lugar de mirar más hacia el futuro y pensar en el calentamiento global. Así pues, los responsables de formular las políticas públicas tienen que acudir a los científicos para pensar a largo plazo, y hay que llevar a cabo un esfuerzo propagandístico para concienciar a la población.
La antropología que se deriva del materialismo de Sagan tiene mucho que ver con el pedantismo que desprende su obra. El hombre tiene defectos que se derivan de la evolución: el pensamiento a corto plazo se debe a que, hasta entonces, había sido necesario pensar únicamente en la supervivencia de los propios hijos, en lugar de en la especie. Sin embargo, en la obra de Sagan hay un clima de Fin de la Historia: la humanidad ya ha aprendido a explicar el mundo sin Dios, partiendo únicamente de la materia, y ahora se guía por la Ciencia, que es la máxima autoridad. Ahora que hemos alcanzado esta cumbre existencial que pone fin a la «infancia de la humanidad», ha llegado el momento de trazar planes globales para las próximas generaciones, con el objetivo de apretar ese botón de pausa cósmica y mantener la Tierra en las efímeras condiciones propicias para la vida humana. Por consiguiente, lo que tenemos son personas literalmente más evolucionadas que otras —una aberración a la que ningún científico serio (cosa que Sagan no es) daría su asentimiento, pero que está presente de manera tácita—. Para sobrevivir a la selección natural, la humanidad tiene que someterse a la Ciencia, y quienes no quieran colaborar se están colocando del lado de la extinción. Así, someter —o, en el límite, incluso aniquilar— a los seres inferiores se convierte en una cuestión necesaria para la supervivencia de la humanidad como especie.
Durante la pandemia, algo que intrigó a mucha gente bien informada sobre el funcionamiento de las vacunas ordinarias fue la obsesión de la secta de Fauci por someter a todos a las supuestas vacunas contra la covid. Ahora bien, si las vacunas inmunizan (al igual que la propia enfermedad), ¿por qué los vacunados necesitan tanto que se vacunen los disidentes? La respuesta se encuentra en esta cosmovisión de Sagan: la humanidad solo tendrá futuro si la colectividad obedece los dictados de la Ciencia. Y él mismo concluye la parte dedicada al ecologismo exaltando las crisis mundiales, climáticas o no, por hacer «surgir poderes, antes no canalizados y ni siquiera imaginados, de cooperación, ingenio y compromiso».
Sobre el autor
Bruna Frascolla es historiadora de la filosofía, doctora por la UFBA y ensayista. Es autora, entre otros libros, de Wokismo e anarcocapitalismo: duas faces da mesma moeda disforme (Capax Dei, 2025).





Totalmente de acuerdo, Bruna.
Un tipo que usa la leyenda negra antiespañola en Cosmos no puede ser de fiar.
A mí se me cayó el mito. Presume de científico archirracional y da pábulo a las mentiras que le convienen, a él y a sus mentores...
Querida Bruna
Por lo que respecta a la interrupción voluntaria del embarazo (IVE) en España, pongo en tu conocimiento lo que la ley regula
Durante las primeras 14 semanas, la mujer puede decidir interrumpir su embarazo sin tener que justificar su decisión. Ha de dar su consentimiento por escrito
Después de la semana 14, el aborto solo es legal si hay razones médicas graves, como:
Riesgo para la vida o salud de la mujer → hasta la semana 22.
Malformaciones graves del feto → también hasta la semana 22.
Anomalías incompatibles con la vida del feto o enfermedades extremadamente graves e incurables → sin límite de semanas.
En estos casos se requiere un informe médico (o varios), y la intervención debe hacerse en centros acreditados.
Desde los 16 años, las mujeres pueden decidir por sí mismas interrumpir su embarazo. No necesitan el consentimiento de sus padres o tutores.
El aborto debe realizarlo siempre un médico especialista, en centros autorizados.
La ley exige que haya consentimiento informado y por escrito en todos los casos.
En 2023, el Tribunal Constitucional validó esta ley y dejó claro que:
La mujer tiene derecho a decidir sobre su cuerpo como parte de su dignidad, su salud y su libre desarrollo personal.
El feto es un bien jurídico protegido, pero no tiene derechos fundamentales.
Asimismo, la ley reconoce el derecho de los profesionales a la objeción de conciencia, es decir, a negarse por motivos éticos o religiosos