Llamamos catacráticos a los individuos que han protagonizado, por obra o sumisión, la destrucción de la enseñanza universitaria de la Literatura y, de las Letras, en general. Algunos de ellos ya se han jubilado y el resto está a punto de hacerlo, de modo que podemos decir que todos ellos han vivido desde dentro y desde hace mucho la demolición de estos estudios, y que la dinamita, si no ha pasado por sus manos, sí ha pasado ante sus ojos y ante su cobardía.
Quede claro que es preciso distinguir entre catacráticos y catedráticos, pues, como indicaremos en su momento, los segundos son muy superiores a los primeros en términos de probidad y competencia académica, aunque muy inferiores en número.
Repasemos brevemente la trayectoria de estos dinamiteros de la Literatura…
Todos ellos estudiaron en una universidad que les regaló la épica de la contestación algodonada y anacrónica y un futuro profesional abierto al trabajo, se pudieron emancipar, vivieron en un piso con sus amores de entonces y, en los pisos que vinieron después, con los amores que después vinieron (porque la aventura estaba en aquellos menesteres y no en los alquileres) y centrifugaron los discos con todas sus revoluciones y abrazaron los libros más plastas del universo y se fueron a la cama con sus profesores de entonces en un totum revolutum con mucho totum y muy gran revolutum (cuando lo woke anatematizó estas prácticas, abjuraron de su biografía o se limitaron a callar, muy pocos chistaron) y no fueron nunca al psicólogo (sus alumnos de hoy no pueden decir lo mismo) y superaron unas oposiciones y se les dieron las aulas y los sueldos de por vida y la posibilidad de formar una familia, porque a todos ellos se les permitió vivir de su trabajo.
Sus quejas querían la libertad de la que ya gozaban y su lucha se orientó a la demolición de un dictador difunto, que es la forma en la que el paintball experimenta la guerra. El dictador ordenó (decretó y organizó) la salida de la dictadura, pero los de su generación determinaron que lo que aquella última voluntad generalísima había ordenado no respondía a la voluntad generalísima, sino que era el resultado de la lucha emancipadora que ellos habían sudado en sus jerséis de cuello vuelto. Así, la llamada Transición se sustrajo al Régimen y pasó a ser la victoria de una generación que se impuso en el márquetin sin poner un pie en la comisaría. Vencieron al dictador porque sintieron que lo habían vencido y obtuvieron un trabajo porque en el mercado de trabajo había trabajo. Esto último les permitió formar una familia y sostenerla; lo otro les regaló una autoridad moral o laica santidad o pulsera del todo incluido que les confirió una longeva inviolabilidad: las tropelías y delitos que cometiesen en adelante quedarían neutralizados por aquella bula peliculera que se autoconcedieron por haber luchado contra el fascismo y habernos dado una democracia. Lo que aquella generación se dio a sí misma fue, en realidad, una carta blanca de un blanco inmaculado e inalterable, una licencia para vivir a su aire y sin consecuencias. Aquellos jóvenes pudieron experimentar de forma vicaria el peligro y el frenesí de lo revolucionario y solo los más idealistas, los que de verdad se creían que estaban luchando, los que quisieron emular a la generación anterior, acabaron mal, que es, de hecho, como acaban todos los idealistas, tengan a quien tengan delante o aunque lo que tengan delante sea un espejo. La mayor parte de ellos jugaron cuanto quisieron, pero, al volver de la farra, los recibió, solícita y nutricia, la teta funcionaria.
Estos tipos se han pasado cuarenta años enseñando literatura y han sido, también, quienes han regido las Facultades de Letras de nuestras universidades y así está hoy la enseñanza de la literatura y así están hoy las Facultades de Letras. Detengámonos, por unos párrafos, a resumir este cursus horrorum…
Una vez inaugurado el siglo XXI, muchos de ellos obtuvieron la condición de catedráticos: esto sucedió cuando la universidad empezó a regalar nombramientos-estampita. En un santiamén, dejó de haber marineros, pues todos ascendieron al grado de capitán, pero, hete aquí que, en cuanto alcanzaron aquel alto estado, la mayor parte de aquellos sobrevenidos capitanes, en lugar de dedicarse al buen gobierno de la nave, impugnaron las cartas de navegación y las sustituyeron por unas incomprensibles cartas de colisión; otros abandonaron la navegación expedicionaria y se abonaron a la comercial, mientras que los más apesebrados o caraduras se limitaron a venderle el barco al peor postor.
Aquellos capitanes neonatos se olvidaron de lo que significaban los cuatro galones de su uniforme, la dignidad que representaba aquella divisa, y se dedicaron al navajeo y a los pasillos-mentideros y se contagiaron de dineritis y narcisismo y devaluaron aquella insignia capitana con una desacomplejada grosería sans-culotte. La universidad hizo con ellos lo que el pillo de Pedro Sánchez le hizo a Pablo Iglesias: ¿Quieres ser mi vicepresidente? De acuerdo, pero habrá otras tres vicepresidencias. «Con pobres caballeros los villanos,/ revueltos los criados con señores,/ todos fueron llamados venecianos», escribió Hurtado de Mendoza, en un sentido positivo, para explicar la fundación de Venecia. El regalo de aquellas cátedras capitanas satisfizo a los mediocres e infamó a quienes sí las merecían, pues, al disolverlos venecianamente, se impidió que, desde un punto de vista formal, se pudiese distinguir a los unos de los otros.
Una de las diferencias entre el catolicismo y el islam es que, para este, el pecado es delito y, el delito, pecado, de modo que Alá no puede saber si te portas bien porque eres virtuoso o porque tienes miedo de las consecuencias penales que conlleva tu acción; el catolicismo, en cambio, al no mezclar las jefaturas políticas y religiosas (cesaropapismo), entiende que la virtud y el vicio no tienen por qué estar sancionados por la ley humana y, por eso, porque puedes pecar y no pecas, Dios puede saber que eres virtuoso. Si no tienes libertad para pecar, tu virtud no puede tener ocasión para brillar. Cuando todos los marineros ascienden a capitanes, la condición capitana deja de ser una referencia de autoridad. La capitanía, entonces, se convierte en un carnaval; el uniforme, en disfraz; los cuatro galones, en un kitsch, y la seguridad y el gobierno del buque ya solo se ordenan a aquello que mejor satisface el interés de los idiotas (utilizamos este término en su sentido etimológico).
En este punto, es preciso y justo que dediquemos unas líneas a todos los excelentes y esforzados profesores, alumnos y verdaderos catedráticos que cumplen con su trabajo de forma intachable. Los hay, por supuesto que los hay, esto no se niega, y su mérito, por contraste, adquiere cada día una mayor dimensión y un mayor valor. Este artículo no va con ellos. Quede muy claro. La situación de estos catedráticos en el contexto de las actuales Facultades de Letras se podría explicar con estos versos de Francisco de Medrano: «Un capote de sayal/ en su vestido ordinario,/ hábito de quien tenía/ hábito de andar gallardo», pues el elevado número de encapotados que mercan sus sueldos en los campus de Monipodio hacen de aquellos lugares un erial de personas habilladas con esos indignos capotes de sayal, el indumento que allí más luce y que a menudo impide distinguir a los pocos que visten, honran y lucen las contadas togas que, en el ámbito de la Letras, se han obtenido en buena lid y merecidamente. Por este motivo, nosotros entendemos que hay que distinguir de forma rotunda entre catedráticos (togas dignas y verdaderas, buenos hábitos) y catacráticos o capitanes de baratillo (la pura ordinariez, la asquerosa inadecuación, los que solo merecen el capote de sayal y todo cuanto haya en el armario ropero de los malos hábitos) y, de entre este inmundo género, es preciso, a su vez, distinguir tres de sus principales subgéneros: el de los cínicos, el de los karánbases y el de los necios.
Los catacráticos cínicos son los que están hartos de todo, incluso de sus propias imposturas; son tipos que se han cansado de actuar y, como ya no se les exige nada, se han dado cuenta de que pueden sobrellevar el trabajo sin que este estorbe su pachorra. Los individuos de esta especie imparten unas clases desabridas y periclitadas desde la cuna y luego van de aquel desdén a sus asuntos, que es lo que verdaderamente les importa: sus libros, sus viajes, su turismo universitario y, en definitiva, el disfrute de cuantas prerrogativas les regala la vie bourgeoise. Ahora andan todos locos por jubilarse, con una prisa muy elocuente e incriminadora. Grandísimos cobardes, le están haciendo un mega-ghosting a la misma universidad que han reventado desde dentro. Ellos, los del estropicio, al ver el estropicio, le meten prisa a las horas con una urgencia yonkarra. Desean que el hoy se vaya sin parar un punto para librarse cuanto antes de cuanto han hecho y largarse a gozar la jubilosa jubilación que creen que se merecen. Estos son los que, en cuanto pisan la calle, se ponen a despotricar contra la universidad, pero sus críticas tienen la misma credibilidad, valentía y efecto que tuvo su lucha por la democracia. Nada hicieron para acabar con el dictador porque se lo impidió la cronología y nada hicieron para acabar con el socavamiento de la universidad porque han sido unos cobardes y aquello, además, les ha importado una higa. Sus únicos propósitos han sido el sueldo y la invisibilidad. Su suerte, tener trabajo. Su chollo, la impunidad, aquella carta blanca (de un blanco inmaculado e inalterable) o indulgencia plenaria a futuro.
Llamamos «karánbases» a los capitanes catacráticos que se revelan tremendamente perjudiciales para su propio ejército o departamento. Tomamos este nombre de la Batalla de Karánbeses (1788), el episodio más ridículo y fatal de la guerra austro-turca y, acaso, de toda la Historia de las guerras, pues sucedió allí que una parte de la caballería del ejército austríaco se encontró con unos gitanos que vendían aguardiente y les compraron unos barriles que despacharon con una sedienta alegría. Luego llegó la infantería, vio aquello, reclamó una parte del orujo, la caballería se negó a dársela, se cerraron todos en redondo y sonó un disparo. Sucedió entonces que el resto de la tropa, al escucharlo, creyeron que había sido obra de un francotirador turco, se asomaron, vieron la refriega entre caballería e infantería y cargaron contra los suyos que atacaban a los suyos, pues creyeron que eran de los otros. Al advertir aquella carga, la artillería se sumó a la confusión y arremetió contra aquellos que también eran de los suyos y que iban a por los suyos que estaban yendo a por los otros que también eran de los suyos. Aquel sindiós provocó que, al final, todos acabaran luchando entre ellos y muriendo a la peor gloria de José II de Austria. Los catacráticos karánbases son la versión universitaria de esta destreza gilipollas y suicida.
Los catacráticos karánbases se encantaron, en su día, con el mundo woke parido por las anglouniversidades y lo asumieron y, desde entonces, lo han divulgado a tutiplén; para ello, convirtieron las Áreas de Literatura en una pista de tontos de choque en la que varones, mujeres, blancos, negros, ricos, pobres, homosexuales, heterosexuales, carnívoros, vegetarianos, pueblerinos, urbanitas y la miríada de neocategorías alucinantes que resultaron de fluidificar transgenéricamente a esta tropa, se liaron a trompazos para resolver en la fobia sus incompatibilidades esenciales, y ahí siguen. Porque estas balaceras indiscriminadas y fuegoamigas emulan de algún modo lo sucedido en la Batalla de Karánbases, llamamos catacráticos karánbases a los responsables de todas estas vergonzosas escabechinas intradepartamentales.
A los catacráticos karánbases les cayó encima el cargo y se creyeron verdaderamente merecedores de la grandeza porque la impresión sensible da para todo. Estatus, dinero, poder y tiempo libre y ninguna necesidad de prepararse más clases, porque los autores que trataban habían dejado de escribir y de respirar antes del siglo XXI y porque la indigencia woke les regaló unas estupendas plantillas para no pensar. La impartición de la docencia se convirtió, en unas horas, en algo aburrido y, sobre todo, anodino. Su condición catacrática les pedía pista (como también la pedía el espídico Paco Pil) y las aulas les atosigaban y entonces descubrieron los cargos administrativos de postín y aquella turba de mediocres, cuando se vio apoltronada, con secretaria y fotocopiadora particular, experimentó la victoria con una excitación metanfetamínica
…y aquel fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero, y no fantástico, viéndose tratar del mesmo modo que él había leído se trataban los tales caballeros en los pasados siglos.
¡Y vaya si lo conocieron y lo creyeron! Y todes se pusieron, entonces, a mandar y lo que mandaban se hacía y no importaba el daño que causasen porque, en el campo de las Letras, no hay aviones ni puentes que se caigan, ni errores cirujanos, ni un mal sastre que tenga que comerse un mal traje. Cuando los catacráticos toman las riendas administrativas y estrellan departamentos y facultades contra el muro invulnerable de la realidad que les estorba, las víctimas son unos chavales que puede que, en esos momentos, ni siquiera estén matriculados en la universidad. Y pasan unos pocos años y llega un punto en que todos empiezan a ver que nada tiene sentido… Y, entonces, estos incompetentes, incapaces de hacerse cargo de ninguna responsabilidad, se sacan del bolsillo aquella carta blanca (de un blanco inmaculado e inalterable) y la explotan con todo lo que esta suerte puede tener de hospitalario, que no es poco.
La tercera subespecie de catacráticos la conforma la abobada caterva de los ingenuos, los grandísimos necios, los mozos de cubierta que, en traje de capitán, se dedican con un inusitado denuedo a salvar –formalmente– la nave que –materialmente– se obstinan en hundir. Estos tipos son a la capitanía lo que los astrólogos a la Astronomía. Creen en el poder soteriológico de la Pedagogía y en la docencia colaborativa (el alumno paga, aprende y enseña al profesor, mientras que este cobra, enseña y aprende del alumno, es decir, que, de colaboración, ninguna, esto es lo que toda la vida se ha conocido como «timo») y creen que en los congresos se intercambia conocimiento, que la Aneca es una balanza de precisión y que su obediencia lacayuna a cuantas estupideces aparecen por el poniente es la expresión de una excelente competencia profesional. Su diagnóstico del estado actual de la universidad no atiende en absoluto al estado actual de la universidad, sino a su ilusa confusión de lo que hay con lo que se figuran que hay. Si esta especie no se extingue es gracias al dinero público, que –como dijo aquella Séneca descerebrada– «no es de nadie».
Diremos, en definitiva, que lo único bueno de este empecinamiento de los catacráticos –de todas las especies– en que la nave universitaria se vaya a pique es que, como observa muy bien Lucrecio en el De rerum natura: «Está bien ver al navegante lejano luchar contra la borrasca y naufragar, no porque nos alegremos del mal ajeno, sino porque es bueno hallarse libre de tormentos». Esto es lo mejor de estar fuera y en su contra: saberte a salvo de semejante hundimiento y saber que tú sí te enfrentaste a los dinamiteros.
La burbuja universitaria es la más acorazada de cuantas inflaciones burbujeantes se dan en nuestro presente y, no obstante, la desproporción entre el tinglado que encierra y lo poco que extramuros se sabe de ella es inmensa. Si algo une a los haraganes que la estragan es que todos cuidan de que la inmundicia se quede en casa y se aborrezca en casa. Solo hablamos de ella con total libertad los que hemos salido de allí: unos, por la jubilación o por haber cambiado de actividad y, otros, porque nos han echado fraudulentamente de nuestros puestos de trabajo (entre otras cosas, por denunciar lo que allí dentro acontece). De un tiempo a esta parte, se abre camino una bibliografía atrevida y cada vez hay más crítica valiente. Llegará el día en que todo se sabrá, esperemos que no tarde. Llegará un día en que entenderemos que el hundimiento de las Facultades de Letras y, acaso, el del conjunto de la universidad, es la consecuencia inexorable de su nau-fragio (navis [nave] - frangere [romper]), del hecho de que una generación de encapotados se haya dedicado en cuerpo y arma a romperla. Sabemos que es muy probable que los que la han roto y hundido se libren de tener que asumir ninguna responsabilidad (pues disponen de aquella carta blanca, de un blanco inmaculado e inalterable), pero no importa, sabemos quiénes son y se les puede identificar con suma facilidad: son todos los que, hoy, pudiendo hablar, callan.
Sobre el autor
Ramón de Rubinat Parellada es Doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Lérida. Es autor, entre otras obras, de Lecciones del Quijote para Sílvia Orriols (2025), Razones fuertes contra un puñado de tópicos (2025), La virtuosa Extraña (2025) y Entender el Quijote y disfrutarlo (2024).







Excelente tu apreciación. En mi calidad de Profesora de LENGUA y LITERATURA, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, de Mendoza, Argentina, puedo convalidar tu mirada y relacionarla con la reciente ACTITUD COBARDE de los Médicos que. durante la PLANDEMIA DECRETADA en 2020, se dedicaron a NO CUESTIONAR los PROTOCOLOS GENOCIDAS que se aplicaron para matar a las personas que solamente tenían un catarro estacional. Aquellos que no se atreven a DUDAR y a OBJETAR lo aprendido y SOLAMENTE PRETENDEN MANTENERSE en el SISTEMA son quienes transmiten, tanto en las Artes como en las Ciencias, una luz mortecina que YA NO ILUMINA a nadie. Mis respetos por tu trayectoria y valentía al escribir. Gracias.