Lo que estamos viviendo estos días es esperpéntico. Nadie entiende nada. Impera la sensación de desasosiego, de incredulidad, al tiempo que algo nos hace pensar que lo que desconocemos es muchísimo y muy grave. Empujados por la inercia tan vertiginosa que están tomando los acontecimientos, hemos perdido la capacidad de reflexionar, de mirar con la distancia necesaria a lo que se nos presenta ante los ojos.
Nos están mintiendo deliberadamente. Nos presentan información absolutamente manipulada. Se reconoce, salta a la vista. Pero da igual. Ni el Gobierno reconoce haberse comido con patatas una burda manipulación, ni los medios que la distribuyeron parecen ser conscientes de la enorme gravedad de lo acontecido.
Parece que al Gobierno le gusta jugar con la opinión pública. Dar a entender cosas que no son, porque saben que no son ciertas, pero que se utilizan para una guerra en la que todo parece valer.
El impacto que todo esto tenga en la ciudadanía parece no importarles. Ya nadie siente vergüenza suficiente como para pedir disculpas sin más. Como para no esconderse después de una mentira que enmascara otra en un bucle infinito.
El nivel de tensión aumenta hasta llevarnos a un lugar que, al menos para mí, resulta ya desconocido.
Observo gestos exagerados. Escucho discursos que no se sostienen. Todo me huele a mentira podrida y no veo a nadie en el panorama en quien se pueda confiar.
Me pregunto, aunque sé la respuesta, si no existen realmente mecanismos que nos saquen de aquí. Una alternativa, una opción que nos permita creer que la democracia es la herramienta que nos permite activar un Estado de Derecho garantista. Tengo la sensación de que de eso, en realidad, no hay nada. ¿Cómo es posible que el gobierno haya empujado la rueda para que esta sensación la tengamos muchos? ¿Cómo parece no importar el destrozo en la confianza que se está produciendo?
No me creo a ningún político, ni a los medios de comunicación en general, siento desconfianza hacia las instituciones y mucho me temo que no hay salida.
Pagamos, cumplimos, y nos responden con esta absoluta falta de decencia y de seriedad.
Cuando todo ha valido durante demasiado tiempo, al final nada sirve.
No dejo de pensar en qué ha pasado para que se active esta debacle.
Tengo la sensación de que se nos está dando un golpe de Estado que viene de fuera.
Hacer saltar por los aires las miserias de un sistema es la forma de provocar una implosión que haga que todo salte. ¿Acaso no han medido el enorme peligro que conlleva llevarlo todo hasta el límite?
Entre sorpresa y sorpresa, me asomo a pensar, a tratar de buscar una solución viable, democrática y pacífica. Y me siento angustia al descubrir que estamos atrapados en una falsa democracia.
Sobre la autora
Bea Talegón nació en Madrid el 5 de mayo de 1983. Es Licenciada en Derecho por la Universidad Pública de Alcalá de Henares, Madrid. Cursó estudios de Economía del Desarrollo en la Universidad de Pekín, China, por la London School of Economics. Es profesora de lenguaje musical y pianista. Ha trabajado como asesora en el Parlamento Europeo, fue Secretaria General de la IUSY, asesora en Asuntos Europeos del Gobierno de Castilla La Mancha. Actualmente es Directora de Opinión en Diario16plus. Más de una década como analista política y jurídica en medios de comunicación como televisión (Las Mañanas de Cuatro, FAQS, La Sexta Noche, Horizonte, entre otras) y prensa escrita (Diario16plus, El Plural, El Nacional, El Obrero, Las Repúblicas, The Objective, Público, Eldiario.es, entre otros). Ejerce como periodista ciudadana y tiene un canal propio: beatalegon.tv







Me gustaría que pudiésemos ignorar los prejuicios y sincerarnos, dejar en el perchero, ese abrigo tejido con lana ideológica con el que nos caricaturizamos, salir a cara descubierta y sincerarnos.
No se por cuanto tiempo más, uno tiene que seguir cayendo de un inmenso pino, deslizándose sin sucumbir y sin ser capaz de asumir nuestro propio descrédito; un pino tan grande que abarca desde la niñez, hasta la edad que tengamos. Un pino al que nos aferramos y que solo nos cuestiona, pero que no nos suelta y que tampoco nos permite ver lo que hay al otro lado.
Si nos asomamos, al otro lado vemos que hay ganas de avasallar a los demás, vemos que hay muchas cloacas. Vemos que poco importa lo que digamos, que se cambia de opinión, que no soportamos que alguien defienda lo que ayer asumíamos y que el aprendizaje de los demás, no se tolera si tarda en producirse un poco más que el nuestro.
Los que cayeron del pino ayer no soportan a los que todavía no cayeron, aunque estén apunto de hacerlo.
La pedagogía y la tolerancia están denostados.
Todo se puede comprar.
Sálvese el que pueda!
Montse
Sí, es asombroso pero cierto. Ese golpe de Estado se llama "Great Reset" y esas ganas de hacerlo todo saltar por los aires lo llaman "destrucción creativa", sin escrúpulos. Apoyado en el gran experimento social de la plandemia que esta vez les ha funcionado perfectamente. Ya saben con certeza que pueden hacer cualquier cosa con la gente. Divide et impera, un poco de circo, y mucho Orwell. El/lo malo no es el delincuente o el delito sino él que lo comenta y critica. Listo.
De democracia queda poco, y con cada nueva crisis que se sacan de la manga, menos todavía.
Solución? Ni idea, pero será importante concentrarse en lo más cercano, lo personal y lo bonito, para cuidar las energías.