Reproducimos, a modo de artículo, la carta abierta que el filósofo Ignacio Castro Rey ha escrito a un lector de simpatías judaicas de su reciente ensayo Los odios y los días. La subversión cultural y política del cristianismo.
“A propósito de la encarnación, de una profundidad vertiginosa vuelta a la superficie, tal vez haya que aceptar incluso cierta insulsez propia del cristianismo, esa legión de almas sencillas, como de niños grandes, que a veces irrita a los que aman vivir en el peligro. Se trata de la alegría simple que el intelectual, con cierta altanería, puede llegar a despreciar. Muy lejos en cierto modo de los filósofos, el cristianismo nos propone aceptar la dicha sencilla de la humanidad, una y otra vez vuelta de un precipicio fundamental que está en todos y absuelve potencialmente a cualquiera. Y además, hay que decirlo así, una dicha por nada, sin causa: motivada por el simple hecho de ser criaturas, de vivir ante el misterio de una muerte cruzada con la vida y, por eso, poder estar juntos”.
Querido Pablo, este es uno de los muchos párrafos donde Los odios y los días trata una cuestión extremadamente simple, en cierto modo antiintelectual, donde creo que tu judaísmo sutilizado se resiste a entrar. Eso sería lo de menos, pero me hablas de un sinfín de nombres (Rimbaud, Celan, Tsvetaieva) que sabes que no uso, en parte por su condición de canónicos de la excepción, de los márgenes y lo anómalo. Sólo entiendo lo raro, incluido Lorca y las marionetas más extrañas, como un puente hacia el más vulgar mediodía. Por encima de todo me interesa la regla, la ley terrenal de las cosas, aquello que roza lo imperceptible justamente por ser común. De hecho, cito en ese libro mil nombres, aunque para hablar de una posibilidad cotidiana que no tiene fáciles testigos en los ídolos esquinados.
Todos tenemos un cripta a la que nos debemos. En tal sentido, todos somos judíos. No obstante, mantener esa cripta sin airear, sin ósmosis e intercambio con lo abierto, que no tienen ninguna tradición separada, no me parece saludable para lo que quede de pueblo en nosotros.
Es obvio que Los odios y los días te ocupó, te preocupó y te dio mucho trabajo, pero quizá poco más que para alimentar un encastillamiento benjaminiano, un refinamiento intelectual (más cercano a Wittgenstein que a Weil, creo yo) donde Dios y el mundo no pueden casi de ningún modo coincidir. O sí, pero no mucho antes de las 4 o 5 de la madrugada (horas que a mí me encantan, lo sabes). De alguna manera existe un panteísmo tendencial, muy cercano a la ortodoxia cristiana y quizá islámica, que está bastante alejado de tus referentes hebraicos. Creo que en ellos las criaturas elegidas, las salvadas, deben permanecer más o menos aparte, en un Arca de Noé que las libre de la condena diluvial que cae sobre el resto de los seres. Lo siento, pero yo estoy con el diluvio que cae sobre cualquiera.
Entre muchos otros, Lao Tsé y Cristo tomaron esa senda, completamente distinta a la de los elegidos. Senda que tal vez da nombre a una vieja obligación moral, metafísica y política. Obligación según la cual no hay que ser romántico al atardecer, sino a las 11 de la mañana, en mitad del día industrial de los hombres. Incluida la felicidad, todo lo importante, por ser real, es muy difícil. Fíjate en este momento del I Ching: Tomar doncella genera ventura. De manera que lo que llamamos caridad, compasión o amor, no son afectos sobrepuestos a nuestra mera supervivencia, sino hilos consustanciales del más elemental conocimiento. No se puede llegar a conocer algo, después de inevitables confusiones, sin a la vez amar su existencia, que es casi siempre difícil y a veces incluso algo espectral.
¿El Dios del amor deja entonces en una provincia mezquina al Dios de los elegidos? Creo que sí. Con una franqueza solar propia del Caribe, una adorable amiga cristiana nos preguntaba hace unos meses: ¿Quién cambia entre nosotros, quién reconoce que hay algo crucial que no ha hecho bien (o que no ha salido bien) y por tanto debe cambiar? Prácticamente nadie, pues entre nosotros cada quien vive amurallado en sus convicciones. Es muy difícil un cambio en nuestro entorno, al fin y al cabo vivimos acristalados en una minuciosa autoconciencia de nosotros mismos. Nuestra entera biografía tardo-ilustrada, sea de pasado marxista, cristiano, ateo o judío, coadyuva a un itinerario donde sólo está permitida la “evolución”: vale decir, las variaciones en la misma agenda estratégica; pero sin cambiar nada capital. Con una nula apertura al misterio de lo real, somos esencialmente anticristianos (a la vez, anti-nietzscheanos) en cuento vivimos sin culpa, sin un tormento que nos permita sufrir y, desde ahí, una posible resurrección. Lejos de Simone Weil, quien insistía que la resurrección ya está en la cruz, es una condición basal nuestra lo contrario; tanto, que ni siquiera importa que eso nos haga espantosamente previsibles. Según Weil Dios quiere que seamos imprevisibles, por eso para nosotros no existe.
Aquí no cambia nadie, Pablo, y eso es lo más característico de un progresismo que está encantado de haberse conocido. Seres de piel muy fina, vivimos en un apartheid personalizado, llevando un dogma más o menos sectario en la cabeza. Y lo que es peor, en el corazón. Ahí es donde engarza la fascinación cultural por el narcisismo, el de las víctimas elegidas y el de los verdugos también elegidos. La eutanasia final, el epitafio y la cremación sólo le deben poner el sello de silicio y aluminio a un itinerario que coincide con la autobiografía de una conciencia incólume. Como norma, no hemos utilizado la filosofía y la literatura más que para lograr un blindaje que nombra continuamente la alteridad, aunque para nunca entrar en el cuerpo sucio del otro. El odio occidental, su platonismo y conformidad actual hacia lo que ya ha llegado, sólo tienen un motor, la repugnancia (aversión: Widerwillen) a la necesidad de lo contingente, al reino intermedio de lo no elegido ni construido.
Ateos, agnósticos y cristianos, también judíos, nuestro glorioso itinerario es efectivamente “antisemita”. Pero no por islámico, que entonces también sería semita, sino por separado, por ilustrado, protestante y calvinista. Recuerda “Los archivos del Edén”, el desconocido texto de Steiner sobre el origen de esa vanguardia artificial que son los EE.UU. El corolario de ese documento formidable podría ser: somos antisemitas por anti-mundanos, por enemigos histéricos de lo común, siempre en busca de coartadas interiores para que lo negativo no se cumpla, no se realice en el cuerpo propio y en el de las criaturas.
Digo esto por lo siguiente, querido. Creo que en cierto modo has usado mi libro como combustible para tus selectas manías, tal vez poco más. Cosa que en principio no me parece tan mal, pues quizá yo esté haciendo ahora algo similar. Siento que giras en bucle sobre tus tradicionales y legítimas obsesiones filosóficas (hasta citas a Marzoa), sin apenas entrar en el libro, ni decir nada rotundo de esa cosa tan osada, quizá con la voluntad de no molestarme. Cuando sin embargo, desde el comienzo, las páginas de Los odios y los días han tomado con vehemencia un camino prohibido: dejar que el abismo de existir hable, tome por fin (no tenemos tanto tiempo) la palabra. Un ejemplo, no necesariamente menor, ¿por qué ni nombras el argumento ontológico, tan central en Los odios y los días? Tan caro en realidad a Nietzsche y Weil, a Lacan, a Agamben... ¿Porque ahí la esencia se limita a yacer como existencia y nos deja sin ninguna iglesia, sin ninguna posible Sinagoga? Es sólo una sospecha, tal vez demasiado gallega.
Es cierto que estas quince páginas que me envías nombran mucho mi libro. Pero quizá sólo para girar “en torno” a él... y volver de continuo a tres o cuatro cuestiones que en absoluto son centrales para mí, para ese libro tan fácil y tan difícil: un supuesto cristianismo oscuro, el anticristo, la blasfemia (sólo nombrada una vez, y por boca de Weil), un cristianismo oriental, el anglosionismo...
Los odios y los días no defiende precisamente un “cristianismo oscuro”, sino en cierto modo lo contrario, un cristianismo diáfano, de la obviedad del mediodía. Una religión, digamos, vuelta hacia al enigma y al peso de la luz común. De manera similar al trabajo del pintor Antonio Montalvo, a quien cito: incluso la erección fálica, digo en una página de mi libro, es el rodeo para un inevitable descenso. A lo largo de ese libro la figura de la ingenuidad, de la inocencia (el enfermo de las afueras, el niño, la vid, el samaritano, la mujer) son los índices de una dulzura natural, incluso de una “tontería popular”, sin la cual la mística cristiana (especialmente la española) no sería nada ni nadie. Ciertamente, esta visión del cristianismo también supone el privilegio de lo oral frente a la lectura, de la naturaleza frente a la cultura. De lo vivido, en suma, frente a lo sólo pensado. Desde el principio la idea fue rescatar un cristianismo crepuscular, nocturno, para conseguir con él que la vacilación del amanecer persista en el día. Esto también significa poner en relación a Dionisos con el niño-Cristo, quitándole a lo dionisíaco (a contrapelo de Nietzsche) cualquier ferocidad simplemente germana.
Muy lejos de Kant, estoy hablando de la posibilidad de conocer un vacío vivo, vibrante como un animal, muy cercano al Tao. En otras palabras, da posibilidad de que lo agramatical (¿recuerdas aquella discusión nocturna?) sea en realidad lo importante: la diagonal del Instante que nos rehace. En mi humilde opinión, lo agramatical y lo analfabeto es Dios, el hacedor: Los odios y los días gira en torno a la posibilidad mesiánica de que sea la nada misma, el vértigo puro del desierto, el que obre en nosotros. Esto está muy cerca, bajo los respectivos dogmas, del mensaje intuitivo y cognitivo de todas las religiones. Pero quizá, al menos tal como están las cosas, más cerca del cristianismo y del Islam que del judaísmo.
Puedo buscar numerosos párrafos de mi libro donde se insiste en una encarnación que nos ahorra la reflexión, la vía de un noûs intelectivo. También la necesidad de la filosofía, al fin y al cabo patrimonio frecuente de una academia u otra. En tal sentido, es cierto, mi libro es más oriental que griego, más orgánico que intelectual. Apuesta por un noûs vegetativo más que por uno antropomorfo y categorial. Si siempre me ha fascinado La comunidad que viene de Agamben es por esta clave un giro hacia la vulgaridad popular que nos “ahorra” las medias tintas de Marzoa, de Žižek y buena parte de eso que llamamos filosofía. También nos ahorra la idea de una mesianismo de elegidos, de los encerrados tras la muralla que les protege de la mugre no elegida del ser cualsea (quodlibet). En este punto Simone Weil, particularmente en su Carta a un religioso, es decisiva para librarnos de todo lo que sea alejarse del “espíritu de dulzura” que es consustancial al Dios cristiano de las afueras.
Encarnación sin resurrección ni ascensión, de acuerdo. Ascender sin resucitar, sí. Es la cruz misma, insisto, la que ha de ser levantada. Recordemos que Juan emplea una palabra cercana a “apoteosis”. La resurrección está (insiste también Lispector) en saber morir, en entrar en sus oscilaciones modales, carnales y mentales. Encarnación salvaje, dices. Sí y no. ¿Por qué salvaje, si es ante todo dulzura natural, esa vulgaridad corriente y cuasi imperceptible, que los intelectuales (con nuestro gusto por lo salvaje) casi nunca atendemos? El propio Walser, tan querido por Agamben, podría ser, entre muchas otras y otros, un adalid (en su afición al trabajo manual, a las conversaciones con las camareras, a los paseos solitarios) de esta superioridad cristiana de lo inferior. Superioridad que hoy está hoy completamente eliminada en este primer mundo que, necesariamente, odia a Rusia y ama a Israel. El escándalo enterrado de Gaza, el escándalo de la indiferencia que genera, ¿es compresible sin esa previa liquidación de la grandeza de lo minúsculo? Tal intimidad de lo más alto y lo más ínfimo está sobre todo en los rusos, lo siento, en un Tolstoi, un Chéjov o un Dostoievski que cultivan un Altísimo que solamente vive en la ley oculta de lo más bajo y sus pecados. “No se deje engañar. En lo hondo todo se hace ley”, dice un Rilke muy cercano a estos rusos que nunca olvidan la gracia del pecado.
Juraría que ni nombras la palabra dulzura, clave en la violencia inmanente de este libro que no es exactamente mío. Tampoco mencionas, apenas, la idea de inocencia como un afrodisíaco que viene después de todas las corrupciones y es muy difícil de alcanzar. La dulzura debemos relacionarla con la idea de re-signación, con la reasignación estoica, uno de los aspectos más inquietantes (y “anti-nietzscheanos”) del Nuevo Testamento. Cierto, que no hay enemigos en él; es la más “terrible novedad”. El reino de Dios no debe luchar hasta la muerte con el reino del César, sino que debe envolverlo. Hay que “levantarse contra”, pero quizá sólo en el sentido de combatir a la Bestia que es el imperio, para volver a separar a Dios del César. Incluso la encíclica del último papa sobre la IA, que tal vez no es el documento más valiente de la Iglesia, tiene algo de un envolver y rodear, de un dañar o limitar, pero sin destruir. Tal vez esta sabiduría oriental, completamente contraria al “espíritu de Israel” (Weil), es también lo que indignaba a Nietzsche. Después de todo, a él también le constaba admitir que la más alta transfiguración de la voluntad de poder debe sólo volver a abrazar una brizna de hierba. A los occidentales nos cuesta renunciar a la figura del León. Nos cuesta entender la subversión por aceptación, ese esplendor vegetal de las cosas y sus raíces. No es casual que uno mismo, nunca como en este libro, se haya visto obligado a tomar distancias con la multiplicidad anti-trágica de Deleuze. Y con cierto Nietzsche iracundo.
Intenté defender la paradoja de una criatura que ya no necesita pensar, sino sólo vivir, ingresar en una “conciencia” que sea nada más que su exposición a la existencia. ¿Quién sería esa criatura?, preguntas. Cualquiera, dice Los odios y los días, simplemente cualquier hombre cuando regresa. De otro modo, sin nada de eso secreto y ordinario, ¿no serían las criaturas que amamos entidades literarias sin suelo, sin carne común y ajenas al escenario más vulgar? Cuando, por otro lado, buena parte de los clásicos que una y otra vez citas, supongo que también Kafka, viven de ese subsuelo ordinario. Donde, insisto, los rusos han sido maestros. No es necesario en absoluto ser judío (ni siquiera cristiano) para vivir y pensar abiertos a esa posibilidad que es crucial en todas las civilizaciones: que por cualquier puerta, incluso manchada, pueda entrar el mesías.
Es más, y bien que lo siento, en conjunto el judaísmo se ha convertido en un formidable baluarte occidental ante esa posibilidad mesiánica del común de las gentes. ¿Por qué si no la élite europea y estadounidense, incluidas sus variantes neonazis, está fascinada con el elitismo israelí, con su frecuente y terrorista acusación de “antisemitismo” para todo el que intente otra vía? En el fondo, se acusa de antisemita a todo el que practique un semitismo abierto y sin garantías étnicas, contra quien busque una comunidad sin pureza de sangre. ¿Proviene de este fondo tétrico, que odia el “banquete ecuménico” de las criaturas, la histórica complicidad histórica, más que latente, entre arios y sionistas?
En relación con todo esto, como si nada, dejas caer otra vez una idea asombrosa. El “exterminio de los judíos” ya estaría en el evangelio de san Juan. Sin entrar en digresiones filológicas, es obvio que los judíos, como tantas otras culturas, han sido (a veces, no siempre) temidos, odiados y perseguidos. Pero no sólo no han sido exterminados, sino que son hoy la potencia más abyecta de la homogeneización de cuño angloamericano; en otras palabras, del antisemitismo más obstinado, sibilino y triunfal. La misma pregunta ineludible, puede volver otra vez: ¿por qué ayudó el III Reich a la migración sionista a Palestina? En todo caso, ¿para qué ha servido la acusación habitual de “antisemita” más que para un moderno terrorismo israelí que cancela y lleva a la hoguera a cualquier rebelión seria contra el Anticristo imperante? Lo que se hizo con Karim A. Khan, y con Corbyn, se hará con Méchelon. Con acusaciones sexuales incluidas, claro está (ay, los judíos y las mil listas de Epstein: no hay nada como sentirse elegido para sentirse también impune). Y ahora incluso en España, la antigua Sefarad, con una secta de agentes dobles que empieza a acosar a cualquiera que moleste a la Sagrada Democracia de Oriente Medio, sea Ana Iris Simón, Juan Manuel de Prada o Carlos Sánchez. Yo mismo me libraré, quizá, pero sólo porque soy más o menos ininteligible.
Filosóficamente seguiremos siendo “sionistas”, o cómplices del sionismo, mientras no demos ese giro oriental hacia un Dios que no pide más que creer en los cuerpos de lo visible, en el latido invisible de cada cuerpo. Creer en la muerte como pulpa de todas las criaturas, en suma. Esto, el ser ordinario de lo mortal, es el único afuera posible de un capitalismo 24/7 que se ha fundido con las emociones y sus modos de percepción. Sólo una espiritualidad del amor puede librarnos del complot contra lo real, ese eje antimesiánico de lo que con harta prudencia llamamos sistema. Librarnos de este extremismo de centro, esta ultraderecha sonriente que ha de tener, para ser más inclusiva, un aire progresista. Espiritual o mesiánico, tal giro impolítico significaría no buscar ningún novum distinto a la letra de lo que ya era y estaba escrito. Creo que, con tu estilo fractal y cabalístico, a veces te lías, pues todo lo que importa es más sencillo. La dulzura del abismo es el reto, nada distinto a perderle el miedo a la muerte y considerarla el primer prójimo.
En tus páginas es con frecuencia como si no se entendiera (peor, no se aceptara) que la Nueva es únicamente una aceptación de la Vid, de la dulzura vegetal de un silencio que nunca duerme ni nos dejará. Vértigo común que es a la vez el fin de lo terrible y de lo salvaje: el ángel, diría otra vez ese Rilke que impresionó a Heidegger. Se trata en cierto modo de buscar lo que sabe el verano (E. Dickinson), aunque no lo diga: una vuelta al calor pueril, jugador y ocioso, de lo antiguamente abismal. Un superhombre-Niño que reabsorba al León, que lo desactive desde su médula. Asimismo, claro está, el noûs de las plantas: la ebriedad del vaso de agua, la irrupción triunfal de la planta en nosotros. No hay más blasfemia (palabra que, insisto, ni se pronuncia en Los odios y los días) que la de amurallarse, faltando al amor de las afueras. Recuerdo que Weil insiste en que, frente a tal “espíritu de dulzura”, los judíos querían poder. La blasfemia es hoy ese nihilismo militante y militar, la furia de una idolatría contra lo que Jorge Naval llama la inseparación creatural.
¿Por qué Cristo?, te preguntas. Precisamente porque es Nadie, un “dominguero cualquiera” (Kierkegaard), una metáfora de lo que nos sucede absolutamente (Badiou). Esto es demasiado para nosotros, de acuerdo, por lo que el libro de Badiou, digamos lo que tú y yo digamos, no puede ser leído. Ni por la derecha ni por la izquierda. El problema sigue siendo cómo podríamos desvincularnos de la figura de Jesús sin desvincularnos a la vez de las raíces, sin seguir colaborando con un desarraigo (esa tierra prometida que nos tapa la tierra común) que es eje del supremacismo nihilista. Desvincularnos de la figura de Cristo es quizá romper con la posibilidad de que Dios sea solamente creer en lo visible. ¿No te abres a la posibilidad de que Dios y no ser elegido sean lo mismo? Hablas bellamente del banquete ecuménico de las criaturas, del absurdo proclamado en alta voz, de una encarnación sin ascensión ni resurrección. La pregunta es, ¿lo tomas en serio como real, le das un lugar ordinario en tu pensamiento?
¿Cristo supone la superación (Aufhebung) de la contradicción o el paso de la contradicción a la cadencia de los tejidos? Me temo que no consideras la dulzura de la inseparación. Fulgurante como una epifanía y también posible como una posible duración, un bajo de fondo. ¿Se puede administrar el éxtasis?, preguntas. No, hay que dejar que advenga, de manera más bien inanticipable. El reino de Dios, sus renglones torcidos, no tiene traducción al reino del César. La contingencia (dancidad, dice Lacan) es la forma en que se manifiesta una necesidad cuántica, incalculable de antemano. La verdad es así, cuando crees atraparla (como Cristo) reaparece por fuera.
Subversión por aceptación: la revolución vendrá cuando no sea llamada a gritos, dices. Otra vez de acuerdo. Pero si el mesías viene solamente cuando ya no se lo necesita, ¿cómo le reconoceremos? Además, en realidad, ¿quién no lo necesita, sin más? Quién, si es cierto que no hay ninguna necesidad (hambre, sed) que no sea a la vez necesidad cosmopolita de otro mundo. Las necesidades más comunes no tienen discurso, no se expresan claramente. Aún así, recordemos que hasta el hambre, sobre todo ella, es inseparable de una espiritualidad. Fuera de esto, lo que llamas innecesidad ¿no aplaza sin cesar la necesidad común, no la deja en manos de otros, distintos al cualquiera que vive y sufre?
¿Cuándo tus criaturas coincidirán con la plebe de un mundo cualquiera, esa cohorte de no elegidos de la afueras? En cierto modo Cristo, igual que Nietzsche, viene a la tierra para decir: No elijáis, nunca. Sólo hay que estar atentos a los signos. Esa es nuestra tarea, eternamente pendiente: vivir arrojados a los segundos, a un minutero caído de la “superstición de la cronología” (S. Weil). ¿Significa este mandato inacción, renuncia a la intervención en el mundo, a mancharse con su mezcla? En absoluto, significa más bien buscar un mapa que se confunda con lo inanticipable de un territorio, de su cambiante clima.
¿Por qué sería inevitable el triunfo del Anticristo? Cuando sólo se trata de atender a la necesaria contingencia del afuera para librarse de la barbarie. ¿No confundes otra vez el reino de Dios con el reino del César? Un solo guardián que clandestinamente pasa a su prisionero un mendrugo ya está limitando los planes de la bestia imperial. Con una mano, existamos en la Nada de la Revelación, esa revelación que se confunde con el desierto de lo que ya era. Eso no significa dejar hacer al Anticristo, que el reino de Dios deje a su albur al reino del César. Tal retiro elitista significaría convertir el genocidio de Gaza en espectáculo, en los efectos especiales que adornan nuestra normalidad de elegidos. Militar en las afueras, en la piedad, nos sugiere otra cosa: infiltrarnos y enfrentarnos. Por favor, acércate a Palestina 36, una película que será por todas partes acosada.
Curiosamente, repites con frecuencia el verbo clavar y el sustantivo clavado. ¿Cómo puede uno clavarse en la Vid, en esa ebriedad de las raíces? Hay que ser vid: volver al advenir, caminar sobre las aguas. Recoges lo que sea, incluso el “absoluto vuelto ente”, pero para realimentar (permíteme decirlo) tu ortodoxia anómala y elitista. No puede uno clavarse en la Vid, ese ramaje incesante del desierto. Hay que dejarlo que inunde, sin buscar salvarse en ningún Arca. Si tus adorables muñecos tristes, tus saltimbanquis secretos, van a evolucionar con los hilos de un mundo aparte, eminentemente literario, filosófico y construido, dejarán hacer a la bestia que nos cerca, amenazando la gracia nocturna de los días. Tal opción no me sigue pareciendo muy buena para la salud.
Un abrazo, querido, y que tus propias variaciones modales nos sigan manteniendo en estas sendas que se cruzan y se bifurcan,
Ignacio
Sobre el autor
Ignacio Castro Rey es filósofo y crítico de la cultura. Aparte de numerosos artículos, críticas literarias y cinematográficas, sus últimos tres libros son: Los odios y los días. La subversión cultural y política del cristianismo (Pre-textos), Antropofobia. Inteligencia artificial y crueldad calculada(Pre-Textos), En espera. Sobre la hipótesis de una violencia perfecta(LaOficina ed.) y Sexo y silencio (Pre-textos).







