La casta universitaria, ayer dominadora, envuelta en sus andrajos, desprecia cuanto ignora.
Antonio Machado reloaded
Todo empezó a raíz de una polémica periodística en torno al concepto de verdad…
En un artículo que publicó en El País, en 2011, titulado «Teoría y realidad de la ley contra el fumador», el profesor Francisco Rico cerraba su particular crítica de la «Ley del tabaco» con el siguiente post scriptum: «En mi vida he fumado un solo cigarrillo». Sucedió, entonces, que algunos lectores escribieron cartas al director quejándose de que el profesor hubiese mentido tan descaradamente, pues todos los que le conocían sabían que Rico era un fumador impenitente. La polémica fue adquiriendo envergadura hasta el punto de que Milagros Pérez, a la sazón defensora del lector, tuvo que intervenir para reprender públicamente a Rico por haber mentido. Aquello alimentó el jaleo y dio lugar a más cruces de defensas y reproches, entre los que destaca la explicación guasona que Javier Marías hizo del polémico post scriptum:
«No parece que otros, pero desde que yo leí su infame post-scriptum, sabedor de que me bate a cigarrillos, lo entendí no como una mentira, sino como una agudeza sintáctica. “En mi vida he fumado un solo cigarrillo” (el orden es fundamental) significa para mí eso literalmente: “Uno solo, jamás. En la vida. Siempre han sido varios”. O bien: “Siempre ha sido el mismo, uno solo. Es decir, han sido un continuum”. Si uno aplica la sintaxis escrupulosamente –que vengan un abogado y un gramático y lo vean–, cuantos han llamado embustero a Rico lo han difamado. Tal vez sea él, a la postre, quien haya de denunciarlos».
Y llegó, también, la defensa sofista de Javier Cercas, un ejercicio de pensamiento paradójico con muy poco pensamiento y una muy gran paradoja, un esqueje muy consecuente de un desnortado ensayo de Vargas Llosa, una semántica-engrudo para recreo de imbéciles con ínfulas:
«Solo diré que un periódico está obligado a contar la verdad factual, pero […] no debería prescindir de contar también la otra verdad, una verdad irónica y emancipada de la tiranía de lo literal».
Y esta memez cayó en mis manos. Y quise saber más de quien había sido capaz de soltar semejante necedad. Y en este punto empezó mi tesis doctoral.
Cuando una verdad se emancipa de su sentido literal da como resultado un error o una mentira. La forma (el significante) /t-r-i-á-n-g-u-l-o/ que no remite a la realidad material (significado) de un polígono de tres lados y tres ángulos, dice un error (si la referencialidad se ha roto por ignorancia) o una mentira (si la referencialidad se ha roto a sabiendas). Por esta razón, la alusión a esa verdad emancipada de su significado despertó, como decía, mi curiosidad y me llevó a leer cuantas novelas, cuentos, ensayos y artículos había publicado Javier Cercas, así como las numerosas entrevistas que le hacían, para ver si allí se desarrollaba un poco mejor esta desconcertante idea de la verdad emancipada y la idea no menos desconcertante de que el sentido literal dice una tiranía. Y en todos aquellos materiales solo encontré retórica. Aquella curiosidad alentó una investigación que dio lugar a una tesis doctoral que, para estupefacción y disgusto de muchos, resultó que era crítica.
Ejemplos del impresionante retoricar de Javier Cercas
La cultura se transforma: «La cultura ni se crea ni se destruye, simplemente se transforma».
La historia se transforma: «La historia es como la materia y en ella nada se crea ni se destruye: solo se transforma».
La literatura se transforma: «La literatura cambia, se transforma. Ni nace ni desaparece, ni se crea ni se destruye, sólo se transforma».
El periodismo se transforma: «El periodismo se transforma, como la materia».
Las novelas se transforman: «Las novelas son como sueños o pesadillas que no se acaban nunca, solo se transforman en otras pesadillas o sueños».
Las cosas se transforman: «Pero las cosas no se acaban, las cosas se trasforman, como la materia, que cambia, que se convierte en otra cosa».
Las cosas pueden ser lo uno y lo otro: «Las cosas pueden no ser solo una cosa, sino una cosa y la contraria».
Nada tiene inicio: «En rigor, es imposible precisar el origen exacto de un acontecimiento histórico, igual que es imposible precisar su exacto final: todo acontecimiento tiene su origen en un acontecimiento anterior, y este en otro anterior, y este en otro anterior, y así hasta el infinito».
Podría ser que el Imperio Romano no hubiese terminado: «El pasado que yo trato es un pasado inmediato, no es el pasado del Imperio Romano, suponiendo que el Imperio Romano sea pasado».
Cercas vivió la Guerra Civil: «Es que yo sólo escribo de las cosas que me pasan. Y la Guerra Civil me pasó».
El Jorge Sanz que es más verdadero que el verdadero Jorge Sanz: «El falso Jorge Sanz de la ficción es tal vez más verdadero que el verdadero Jorge Sanz de la realidad, un Jorge Sanz quintaesenciado que ha convertido su experiencia en conocimiento y que ya no es solo Jorge Sanz».
El México que es más verdadero que el verdadero México: «El México de Rulfo no es el México real, es un México inventado pero ese México inventado nos dice muchísimo, ilumina profundamente el México real. Seguramente el México de Rulfo es más real que el México real».
La complejidad que se complejiza: «El escritor toma un problema complejo y lo vuelve más complejo todavía».
La complejidad que se simplifica: «Para mí, escribir se trata de decir lo más complejo de la forma más simple».
Cercas celebra no ser un intelectual: «Sólo puedo alegrarme de que hoy nos hayamos librado también de un último lastre: la obligación de ser, además de escritores, intelectuales».
Cercas se considera un intelectual: «Al final los intelectuales fracasamos siempre que nos metemos a dominar la realidad. Quizás el fracaso de los intelectuales o, mejor, el fracaso del intelecto sería otro tema».
Cercas no es revisionista: «Cuando alguien insinuó que yo hacía revisionismo, a propósito de Salamina, se equivocaba, porque estaba cerrando los ojos a la realidad».
Cercas sí es revisionista: «Actúo por obsesiones y una es revisitar los grandes mitos de nuestra sociedad».
Sobre el «leer como»: «Si alguien fuera capaz de leer como una novela la guía de teléfonos de Cuenca –operación quizá no imposible, al menos hipotéticamente, pero sí bastante complicada–, yo no tendría inconveniente en aceptar que la guía de teléfonos de Cuenca es una novela».
Sobre el «leer como»: «Una novela es todo aquello que se lee como tal; es decir: si algún lector fuese capaz de leer la guía de teléfonos de Madrid como una novela, la guía de teléfonos de Madrid sería una novela».
Sobre el «leer como»: «Si alguien fuera capaz de leer Soldados como una humilde versión chiflada de Liberty Valance yo me sentiría feliz».
Sobre el «leer como»: «Novela es todo aquello que se lee como tal. Es decir, no es el texto, sino el lector quien dota de categoría novelesca a un montón de páginas impresas».
Sobre el «leer como»: «O el periodismo es literatura —y por tanto es tratado y leído como tal— o no es nada».
A pesar de lo anterior (el periodismo es literatura): «La historia y el periodismo no toleran la mentira; la novela está obligada a ella, porque es su instrumento de acceso a la verdad».
Todos los textos son equivalentes: «Todo texto, sea literario o no lo sea, equivale a cualquier otro texto, literario o no [...] La guía telefónica de Madrid es desde este punto de vista un documento insustituible, así como el Lonely Planet de México».
Las historias no existen: «Las historias no existen [...] Lo que sí existe es quien las cuenta. Si sabes quién es, hay historia; si no sabes quién es, no hay historia».
Los libros solo existen si alguien los lee: «Porque, si bien se mira, lo que a uno le importa no son los libros en sí, sino la experiencia de los libros. Al fin y al cabo, estos solo existen en la medida en que alguien los lee».
El lector no existe: «Ni se te ocurra escribir para los críticos. Ni para los editores ni para los agentes ni por supuesto para esa abstracción llamada lector, que, como su propio nombre indica, no existe».
Sobre el lector honesto: «…eso solo lo advierte el lector honesto —es decir, el que lee para disfrutar, no por obligación».
Sobre el lector honesto: «Los libros de Pisón están escritos para lectores honestos, es decir, para lectores a los que les gusta leer, no para lectores a los que lo que les gusta es que les guste leer».
El autor no es responsable del libro: «En el fondo, yo me siento poco responsable de este libro: solo he sido el catalizador, el tipo que pasaba por allí».
La novela es una partitura: «No es que esté inacabada, la novela; es que hay en ella ángulos oscuros, puntos ciegos, ambigüedades esenciales: es el lector, que siempre es la otra mitad del libro —es decir, quien interpreta la partitura que fabrica el escritor—, el que tiene que despejarlas por su cuenta (si le apetece)».
La prosa sonajero no es estilo («prosa sonajero» es la etiqueta con la que Juan Marsé se refería a la prosa de Francisco Umbral): «Vivimos del estilo rimbombante, de la prosa sonajero, sobrecargada. Eso no es estilo. Estilo es escribir con claridad».
La historia es el narrador: «De algún modo, la historia es quien la cuenta».
La realidad existe porque alguien la cuenta: «La realidad no es otra cosa que el relato que alguien está contando, y si el narrador desaparece, la realidad también desaparecerá con él. De ese narrador pende el mundo. La realidad existe porque alguien la cuenta».
La estrambótica realidad del teniente coronel Tejero: «Aunque sabemos que es un personaje real, es un personaje irreal; aunque sabemos que es una imagen real, es una imagen irreal».
La adhesión a la realidad es el requisito para la alegría de vivir: «Lo que los dioses nos ocultan es la alegría de estar vivo […] Pues bien, esa alegría de estar vivo equivale a una adhesión sin resquicios a la realidad».
Solo el artista ve la realidad: «Todo el mundo mira la realidad, pero poca gente la ve. El artista no es el que vuelve visible lo invisible: eso sí que es romanticismo, aunque no de la peor especie; el artista es el que vuelve visible lo que ya es visible y todo el mundo mira y nadie puede o nadie sabe o nadie quiere ver».
Definición de relato real: «Simplificando al máximo, un relato real vendría a ser, pues, una historia empeñada en ser verdadera, rigurosamente verdadera, capaz de acoger en su tejido todos los matices infinitos de la infinita complejidad de lo real, escrita por quien sabe que escribir esa historia no está a su alcance, ni al de nadie si se exceptúa a Dios, que no existe».
La salvación es imposible: «No creo en las virtudes salvíficas de la coherencia intelectual a machamartillo […] de hecho –es una de mis pocas creencias sólidas– no creo en las virtudes salvíficas […] cualquier promesa de salvación no pasa de puro ilusionismo».
La salvación es posible: «Para mí, el primer volumen de Contra viento y marea fue decisivo […] Transmitía esa idea de la literatura como único sentido de las cosas, como salvación».
La salvación es posible: «La novela […] habla de la inutilidad de la virtud y de la literatura como única forma de salvación personal».
Destruir mitos para construir mitos: «La literatura, al menos tal y como la concibo yo, es eso, es una forma de desmitificar, una forma de destruir mitos para construir otros».
Lexicolatría de Cercas: «La literatura no son aventuras ni ideas: son palabras».
El pasado es una dimensión del presente: «El pasado es una dimensión del presente y el presente una dimensión del pasado».
El pasado es la única forma tangible del tiempo: «[El pasado es] la única forma tangible del tiempo».
El futuro puede ser una dimensión del presente: «El futuro también puede ser una dimensión del presente».
El pasado forma parte del presente: «El pasado también forma parte del presente, porque es un pedazo o una dimensión del presente, sin el cual el presente no está completo y por tanto resulta incomprensible».
Existe la verdad pero si crees que la sabes eres un tonto: «Yo creo que existe la verdad histórica, periodística, filosófica, pero lo que pasa es que quien cree poseerla es un tonto o un fanático».
Existe la verdad pero si crees que la sabes eres un cretino: «Soy de los que aún cree que la verdad existe, pero el que cree poseerla es un cretino».
La filosofía sirve para decir la verdad: «Yo debo de estar muy anticuado, porque sigo pensando que la filosofía no sirve para disentir del discurso dominante, sino solo para decir la verdad, y la verdad no siempre es interesante».
La razón es importante: «En el momento en que desaparece la dialéctica de la razón lo único que queda es [...] la dialéctica de los puños».
El hombre no es racional: «Esto de que el hombre es racional no sé quién se lo inventó pero no fue un tipo muy listo, desde luego».
La razón no tiene nada que ver con la realidad: «La razón no tiene nada que ver con la realidad».
Las razones sin razón: «Los militares golpistas no tenían razón, pero tenían razones».
No hay distinción esencial entre novela y crítica: «Novela y crítica no son géneros esencialmente distintos».
La poesía, la novela y el cuento son formas de ejercer la crítica literaria: «Escribir un poema, una novela o un cuento es también una forma de ejercer la crítica literaria».
¿Qué sería de Cercas sin la Literatura? «Si no escribiera quizá habría sido un asesino en serie».
¿Qué sería de Cercas sin la Literatura? «Escribo porque si no escribiera no tendría ni un solo motivo para respetarme, muy pocos para levantarme por la mañana y casi todos para convertirme en un peligrosísimo oligofrénico».
¿Qué sería de Cercas sin la Literatura? «Si no me dedicara a escribir, sería un individuo peligroso».
¿Qué sería de Cercas sin la Literatura? «Si no escribiera sería un killer, un asesino en serie».
¿Qué sería de Cercas sin la Literatura? «Si no escribiera, sería todavía más peligroso de lo que soy».
Cercas asiste a un congreso de escritores: «Fueron dos días dedicados a practicar tres nobles actividades que conozco a fondo: comer, beber y decir burradas».
Escritor de tonterías: «Diciendo tonterías interesantes y hasta originales, pero tonterías, hozando en nuestro grotesco papelón de literatos […] convirtiéndonos en suma y sin que nada ni nadie nos haya obligado a ello, en unos mamarrachos sin remedio».
Escritor de tonterías: «Gracias a la gentileza inaudita de este periódico, que me paga religiosamente cada mes por escribir tonterías».
Erudición chiflada: «…dejándome caer por la pendiente del entusiasmo y de mi irrefrenable propensión a la erudición chiflada».
Se puede hablar de lo que no se ha leído: «La elaboración de un poema, una novela o un cuento presuponen por parte del autor un diálogo más o menos consciente o intenso con todo lo que ha leído e incluso con lo que no ha leído».
No se puede hablar de lo que no se ha leído: «Todo el mundo cree saberlo todo hasta tal punto que opinan sobre los libros sin leerlos, porque ya lo saben todo […] hay que leer los libros y da una pereza horrible a mucha gente».
Artesanía e invención: «Yo creo que un escritor es un artesano, mientras que un novelista es un inventor. Encontrar un buen artesano es muy difícil; casi tanto como encontrar un buen inventor».
El escritor es escritor aunque no escriba: «Un escritor genuino es aquel que es escritor aunque no escriba».
El escritor solo es escritor cuando escribe: «Tú ahora me estás tratando a mí como si yo fuera un escritor, pero yo no soy un escritor. Sólo lo soy cuando escribo».
La mezcla del aleph y el blind spot: «Parece que vamos a descubrirlo todo, pero en el último momento se escapa. Porque toda respuesta es una forma de pereza. O porque solo encontramos respuestas cuando dejamos de pensar. O bien puedes concluir como yo concluyo: ya no hay más, ya no veo más. El punto ciego. El punto ciego no significa nada por sí mismo y, al mismo tiempo, es lo que de verdad irradia significado».
Cercas a lo San Agustín : «Si uno no se pregunta lo que significa entiende lo que significa; pero si uno se pregunta lo que significa no entiende lo que significa».
A Cercas le horrorizaría convertirse en un opinador: «Me horroriza convertirme en un opinador profesional, en un gruñón».
Cercas se reconoce opinador: «¿Soy un opinador social? ¡Qué espanto! Pero puede que lleves razón: al fin y al cabo escribo dos veces al mes en el diario El País».
Cercas, la ironía y la broma: «Toda broma auténtica presupone ironía, y toda ironía presupone que una cosa puede ser varias cosas a la vez».
Cercas, la ironía y la verdad: «A estas alturas uno ya ha aprendido que la verdad sin ironía es dogma».
Crítica de la seriedad: «En el fondo la inteligencia es incompatible con la seriedad».
Defensa de la seriedad: «La democracia consiste en decidir dentro de la ley, concepto este que, en democracia, no es una broma».
Paralogismos de Cercas: «Don Quijote está loco y al mismo tiempo no está loco».
Paralogismos de Cercas: «Como cualquier persona que se haya pasado 15 años en un colegio católico, no soy católico; como cualquier persona que se haya pasado 15 años en un colegio católico, soy anticlerical; como cualquier persona que se haya pasado 15 años en un colegio católico, soy católico».
Paralogismos de Cercas: «Para nosotros, los chiflados de la democracia, sólo se puede revolucionar la democracia con más democracia».
Paralogismos de Cercas: «O montamos de inmediato una revolución democrática o nos la montan. Pero si nos la montan, no será democrática: será de las otras; es decir: no será una revolución».
Paralogismos de Cercas: «Cuando leo Don Quijote, soy Don Quijote».
Paralogismos de Cercas: «Ese yo no soy yo, evidentemente, suponiendo que yo sepa, y ya es suponer, quién soy».
Paralogismos de Cercas: «Como cualquier escritor medianamente ambicioso, yo aspiro a escribir gran literatura».
Paralogismos de Cercas: «Toda interpretación sincera es auténtica».
Paralogismos de Cercas: «El mejor artículo que he escrito es el que nunca he escrito, precisamente porque no lo he escrito».
Paralogismos de Cercas: «Muchas de las mejores cosas que me han pasado en la vida no me han pasado, sino que las he leído».
Paralogismos de Cercas: «Lo que más me jode es que cada día estoy más convencido de que ser progresista significa ser conservador».
Paralogismos de Cercas: «A lo mejor vuelvo a la ficción pura, aunque no existe la ficción pura».
Paralogismos de Cercas: «Un gran cuadro es un espejo: no solo lo vemos; él también nos ve».
Paralogismos de Cercas: «En cierto sentido uno no elige la lengua, sino que la lengua lo elige a uno».
Paralogismos de Cercas: «[Los escritores no toman la decisión de lo que van a escribir, sino que, asegura Cercas] los temas nos eligen a nosotros».
Paralogismos de Cercas: «Sentía algo que había sentido alguna vez, pero muy fugazmente: yo no estaba escribiendo el libro, sino que el libro me estaba escribiendo a mí».
Paralogismos de Cercas: «Cuando terminé de leer el libro me acordé de que una vez le oí a un profesor en televisión que un libro es como un espejo y que no es uno el que lee los libros sino los libros los que lo leen a uno, y pensé que era verdad».
Paralogismos de Cercas: «Potser no som nosaltres qui amb aquest llibre recordem Gabriel Galmés, sinó Gabriel Galmés qui ens recorda a nosaltres» (Quizás no somos nosotros quienes con este libro recordamos Gabriel Galmés, sino Gabriel Galmés quien nos recuerda a nosotros)».
Paralogismos de Cercas: «Yo le hago mucho caso a Chesterton –que siempre tiene razón, incluso cuando no la tiene».
Paralogismos de Cercas: «Quizá, igual que el objetivo de la memoria es el olvido, el objetivo del pensamiento es no pensar [...] ¿De verdad el objetivo del pensamiento es no pensar? ¿De verdad la verdadera sabiduría consiste en no pensar nada? ¿De verdad el pensamiento es el enemigo de la vida, como sentía Hamlet, o es simplemente que no pensar es la forma más exquisita del pensamiento, el privilegio dificilísimo, extático e inspirado de los que piensan mejor? Dios santo, qué complicado es todo».
Moralismos de Cercas: «En mi opinión, escribir una frase, por inocua o anodina que sea en apariencia, entraña la toma de una decisión moral y, por extensión, política, entre otras cosas porque toda frase propaga o contribuye a propagar, lo quiera o no, un hálito de valores, una determinada visión del mundo».
Moralismos de Cercas: «Sin duda la materia prima de la literatura es la experiencia moral del escritor».
Moralismos de Cercas: «Me limito a hacer lo mejor posible mi trabajo, lo cual significa tratar de decir la verdad; en unos libros por una vía y en otros por otra. Esa, me parece, es la única tarea moral de un escritor».
Moralismos de Cercas: «Me pregunto para qué sirve la universidad si no ha sido capaz de enseñar a estos estudiantes la diferencia entre el bien y el mal».
Moralismos de Cercas: «Que los ideales de Tejero nos parezcan perversos y anacrónicos no califica la bondad o la maldad de sus intenciones, porque el mal se fabrica a menudo con el bien y tal vez el bien con el mal».
Moralismos de Cercas: «La sintaxis es una cualidad moral. Alguien que sabe poner el sujeto, el complemento y el verbo…, ¡perdón!, el sujeto, el verbo y el complemento, es alguien más fiable que quien no lo hace».
Moralismos de Cercas: «El rigor moral es un reflejo del rigor formal».
En uno de sus libros misceláneos, Cercas se congratulaba de que los textos de Fernando Savater le hubiesen «vacunado» contra: «Las huecas pretensiones de tanto pelmazo con pujos de sublimidad y tanta logomaquia brumosa que pasa por sabiduría», pero su impresionante retoricar revela que nos encontramos ante lo que se conoce como fallo vacunal.
¿Por qué dediqué mi tesis doctoral a criticar el pensamiento filosófico y literario de Javier Cercas?
La razón la expliqué en su día y siempre he dicho lo mismo: leí la defensa de Cercas a Rico, advertí que aquello era un estupidez, leí todo lo que Cercas había escrito hasta entonces y vi que aquel retoricar era un despiporre de paralogismos, moralismos y absurdos que corrían sin ningún tipo de réplica ni oposición; como había estudiado la Crítica de la razón literaria construida por Jesús G. Maestro y disponía de unos conocimientos que me permitían analizar críticamente aquel caos, lo hice.
Lo que es alucinante y muy revelador es que los poco más de cien pasajes que aquí reproduzco y todos los que aparecen en los dos libros que he dedicado a examinar el pensamiento de Cercas no hayan sido objeto de estudio crítico por parte de quienes se supone que son expertos en la obra de Cercas, en literatura española actual o en teoría de la literatura.
Piensa, lector, que a Cercas lo han nombrado miembro de la Real Academia Española, lo cual pone de manifiesto que a la Academia se le ha pasado por alto o le ha importado un pimiento que el pensamiento literario y filosófico de Cercas sea pura palabrería, una sofistería detrás de otra, y también se le han pasado por alto o le han importado un pimiento las ideas de Cercas sobre la universidad y la academia:
«Puedes escribir cosas totalmente incomprensibles que reciben el aplauso general, porque en la academia, cuanto más incomprensible es una cosa más gusta».
«En la universidad es posible dar gato por liebre con una facilidad extraordinaria. Tú puedes decir “la analepsis propiléptica [sic] de tal y tatalcual…” y quedas muy bien […] nadie entiende nada, ni siquiera los propios universitarios».
Me sorprendió, en su día, que la retórica de Cercas no tuviese una respuesta crítica por parte de la universidad y, por eso, me atreví a darla. Lo mismo que me sorprendía entonces, me sigue sorprendiendo hoy, pues, cuando Cercas habla, la universidad y la academia escuchan, aceptan y callan.
Consecuencias de aquella tesis doctoral
Sucedió que aquella tesis disgustó a muchos de mis colegas por dos motivos fundamentales:
Haberme servido de la Crítica de la razón literaria, de Jesús G. Maestro, una teoría de la literatura que ninguno de ellos ha leído, pero que muchos saben que su observación nos lleva a desenmascarar y fulminar sofisterías, impresionismos, ideologemas y doxografías de cualquier índole.
Haberme metido con un progre, con uno de la famiglia.
Las otras objeciones que me hicieron atendían a los siguientes aspectos:
3. Al rigor de mis críticas y al hecho en sí de construir un trabajo de tesis «contra alguien» (según decían ellos) y no «a su favor». Esto extrañó a muchos. En este sentido, hubo quien me dijo que, normalmente, uno «se enamora de los autores que trabaja». Están tan acostumbrados a actuar como abogados que el ejercicio fiscal (la lectura crítica) les parece una sorprendente novedad.
4. Otros entendieron que mi tesis era «un ataque a la literatura». La desproporción de la acusación se explica por el hecho de haberme atrevido a romper la omertà. Si tocas a uno de ellos, pones en peligro el chollo, que es el helio que anima la burbuja universitaria.
5. Hubo quien me preguntó cuál era la causa de «ir contra Cercas», pues, como supe después, les preocupaba que mi «ataque a Cercas» fuese, en realidad, un ataque «desde la derecha». Cree el ladrón…
6. Hubo quien me echó en cara el «excesivo racionalismo» desplegado en la tesis, lo cual demuestra la poca familiaridad de estos colegas con el uso de conceptos y clasificaciones para pensar la literatura.
7. Me recriminaron, también, que no hubiese en ella ninguna apelación o invitación al «placer lector». Frente a esto, se me ocurre decir que todo el mundo sabe que las fuentes de placer no se pueden prescribir y que la universidad no tiene ese cometido satisfaction (iba a escribir satisfayer, pero me ha parecido excesivo).
Todas estas objeciones y recriminaciones tuvieron dos consecuencias irreversibles y un final previsible:
8. Hubo personas estrechamente vinculadas con la tesis que me pidieron que su nombre no constara en ninguna publicación que pudiese resultar de este trabajo: me habían estigmatizado y no lo ocultaban. Con los años, esto se me hizo más que evidente.
9. Me había metido con un progre, con uno de los suyos, y esto me convertía en un adversario, es decir, en un «facha». Las sofisterías de Cercas les traían sin cuidado, les interesaba mucho más la «naturaleza del ataque». Esta gente es incapaz de trascender la estabulación ideológica y el rebaño, son de un borreguismo ayatolá realmente sobrecogedor. Son gente que hoza y goza el agravio en la trinchera.
10. El previsible final fue mi expulsión de la universidad.
Muy pocos colegas fueron capaces de entender que, en mi trabajo de tesis, solo había una razón crítica en ejercicio y nada más que eso. No tenía nada personal contra Cercas, nada en absoluto, ni me animaba intención política alguna, era solo que aquel racionalismo me asombraba por su insolvencia (me parecía increíble que alguien pudiese pensar tan mal) y quise someterlo a examen. Eso fue todo.
Quien preste la debida atención a la obra cercasiana y la lea en serio verá que, en las razones de Cercas, acostumbra a haber un contenido posmoderno, relativista e, incluso, nihilista (que entiendo que él asocia, equivocadamente, a la libertad y a la ironía) que las convierte en pura sofistería; por ejemplo, en los siguientes cuatro pasajes, Cercas asocia la verdad con la contradicción y la ironía:
«Toda broma auténtica presupone ironía, y toda ironía presupone que una cosa puede ser varias cosas a la vez».
«[La novela] es capaz de mostrarnos ideas completamente contrapuestas conviviendo en un mismo sitio. En esas contradicciones es donde está la verdad».
«Eso es la ironía: la llave que abre las puertas de la verdad, descubriéndonos que esta es casi siempre poliédrica, que las cosas pueden no ser solo una cosa, sino una cosa y la contraria».
«Mi piacerebbe scrivere un libro che si intitolasse Libro delle contraddizioni, perché credo che proprio nelle contraddizioni ci sia la verità (Me gustaría escribir un libro que se titulara Libro de las contradicciones, porque creo que precisamente en las contradicciones está la verdad)».
Un lector que no sea rematadamente imbécil y no esté estabulado ideológicamente ni condicionado afectivamente, debería advertir que estos cuatro pasajes dicen cuatro soberanas estupideces.
La ironía no significa que una cosa pueda ser lo que es y lo contrario. La ironía es la distancia que se da entre el sentido literal («Mi padre va a estar encantado de escuchar que ha granizado en el huerto») y el sentido intencional («Mi padre va a pillar un enfado monumental en cuanto lo sepa»).
Respecto a la idea de que la verdad reside en las contradicciones, ¿qué decir ante semejante barbaridad? Aristóteles formuló el principio de no contradicción, precisamente, en el sentido contrario a como Cercas entiende la verdad (y conste que la fuerza no está en la autoridad de Aristóteles, sino en la fortaleza del principio). Pero es que, con independencia de lo anterior, si aceptásemos que la verdad reside en las contradicciones y nos atuviésemos a este axioma, deberíamos concluir que la verdad también reside en las consonancias, pues estas, en la medida en que contradicen el axioma cercasiano de la verdad contradictoria, lo impugnan y, al mismo tiempo, lo confirman y amplían, y de ahí se sigue, como decíamos, que la verdad cercasiana pueda residir tanto en las contradicciones como en las consonancias. Es todo tan rocambolesco que, incluso el mismo Cercas, en otra ocasión, harto de sus propias sofisterías, llegó a reconocerle a Álex Chico que no sabía de qué estaba hablando:
«En la literatura encuentro una verdad máxima, una verdad suprema. Sigo encontrándola ahí. Que no es contradictoria con la vida real, sino que la complementa. La vuelve más verdad, más auténtica. En fin, no sé de qué estoy hablando ya».
Ante la retórica confusionista de Cercas, que es capaz de agotar al propio Cercas, solo se me ocurren estas posibilidades:
1. Hay quienes no la ven porque no han leído a Cercas, a pesar de que hablan de él.
2. Hay quienes han leído a Cercas y no la ven porque su capacidad lectora no se lo permite.
3. Hay quienes han leído a Cercas y no la ven porque están severamente ideologizados.
4. Hay quienes han leído a Cercas y no la ven porque guardan algún tipo de relación afectiva con él. Esta es la razón que me merece la mayor comprensión, pues, a veces, es realmente difícil resistirse a las indulgencias y tragaderas que nos imponen los afectos.
5. Hay quienes han leído a Cercas y son capaces de advertir la magnitud de estas sofisterías, pero se lo callan por algún tipo de interés.
Cercas es un progre sofista posmoderno que, además de malinterpretar (o asumir acríticamente) el pasaje 1451b de la Poética de Aristóteles, ha caído en las trampas de Borges y Vargas Llosa y, como resultado de estos estropicios, su razón es incapaz de trascender la retórica, el ideologema y la doxografía. Lo grave es que esto no lo vea el lector; más grave es que quienes lo ven no se atrevan a decirlo; y más grave, todavía, es que la universidad y la academia no lo vean; y mucho más grave, si cabe, es que se castigue a quien lo ve y lo critica.
Cercas acaba de escribir un panegírico sobre El País, al que considera El periódico de la democracia
Desde el 2015 no había vuelto a leer a Cercas, pero la semana pasada tuve curiosidad por saber las razones que aducía para considerar que El País es El periódico de la democracia, así que me leí el panegírico en un par de horas de tren y vi que nada había cambiado. Cercas sigue en lo mismo de entonces, diciendo ora una cosa, ora la contraria (lo que se conoce como diafonia ton doxon) y dándole rienda suelta a su impresionante retoricar:
El periódico es una partitura (venimos de que la novela también lo era): «Un periódico es una partitura, y es el lector quien la interpreta, y cada lector la interpreta a su manera, lo que significa que cada lector crea su propio periódico».
Encarecimiento de la prosa barroca de Umbral (venimos de la crítica de la prosa sonajero, la umbraliana, la que Cercas ni siquiera consideraba que pudiese considerarse un «estilo»): «Pero lo mejor, por supuesto, era la prosa [de Umbral], una prosa barroca, urgente, gamberra y callejera, al mismo tiempo culta y popular, empedrada de endecasílabos y de greguerías, impregnada de Quevedo, de Larra, de Valle- Inclán, de Gómez de la Serna, de González Ruano y de Cela».
Cercas sigue reivindicando lo que él mismo llama su «erudición chiflada»: «…impelido por el doble arrebato de la ebriedad y de mi irrefrenable querencia por la erudición chiflada».
Paralogismos de Cercas: «No exagero en absoluto. Por entonces yo me sentía un escritor fracasado, suponiendo que me sintiera un escritor».
A caballo regalado…: «No soy periodista, pero me han concedido algunos premios de periodismo».
A vueltas con lo de la ironía, la verdad y la locura y lucidez simultáneas («al mismo tiempo») de don Quijote: «Don Quijote está loco, pero al mismo tiempo está cuerdo; don Quijote debería estar ingresado en un sanatorio psiquiátrico, pero al mismo tiempo es un hombre inteligentísimo, capaz de discurrir con la máxima lucidez sobre los asuntos más complejos […] Eso es la ironía: esa contradicción irresoluble, esa ambigüedad central. Todo en el Quijote funciona así; esas son las verdades de las novelas: verdades ambiguas, contradictorias, bífidas, poliédricas».
El escritor que miente deja de ser escritor (venimos de la idea de que el escritor es escritor aunque no escriba, pero también de la idea contraria, de la idea de que el escritor solo es escritor cuando escribe): «Cuando escribe, un escritor solo puede decir la verdad o lo que entiende que es la verdad; de lo contrario, deja de ser escritor».
El País apuesta por la liberación personal de sus lectores: «El País continúa siendo un periódico progresista que apuesta por la democracia, por Europa y por la cultura como herramienta de liberación personal».
Transformación de los periódicos (venimos de la idea de que el periodismo se transforma, como la materia): «Como las personas, los periódicos solo son periódicos de veras si viven en tensión permanente, reinventándose de continuo, creando un nuevo diario a diario».
Paralogismos de Cercas (venimos de la idea de que: «Para nosotros, los chiflados de la democracia, sólo se puede revolucionar la democracia con más democracia»): «La democracia necesita una renovación urgente, y la democracia solo puede renovarse con más democracia».
Moralismos de Cercas (idea de «nacer a la vida moral»): «Quizá sea superfluo preguntarse hasta qué punto ha influido El País sobre mí y sobre mi generación —la que nació a la vida moral con el fin del franquismo y el inicio de la democracia».
Moralismos de Cercas (la superioridad moral de la izquierda): «Aunque la izquierda no es moralmente superior a la derecha —esa idea es el pasaporte ideal para los canallas—, debe aspirar a serlo, porque es inseparable de un compromiso ético».
Moralismos de Cercas (el revulsivo moral): «Cincuenta años después de la fundación de El País, casi cincuenta desde el restablecimiento de la democracia en España, a la izquierda le urge un revulsivo y quizá, antes que político, ese revulsivo debe ser moral: urge recoser el vínculo roto entre ética y política».
Moralismos de Cercas (el gesto progresista): «Detrás de El País, sosteniéndolo y propulsándolo, debe haber un proyecto moral y político, un proyecto que, cincuenta años después de su fundación, tal vez podría relacionarse con estas palabras de Markus Gabriel que a los cínicos les parecerán ingenuas o sentimentales, pero a mí me parecen casi subversivas: «Hablar de amor, de paz, de amistad, de bondad, en serio, con convicción ética, es quizá el gesto más progresista que podemos hacer ahora mismo».
Sobre esto último: ¿por qué tengo que ser un cínico si «el gesto más progresista» me parece ingenuo y sentimental? No lo entiendo. Tampoco entiendo lo de «hablar con convicción ética», no sé qué significa eso, y desconozco el parámetro para entender «el gesto más progresista» (¿qué es lo que progresará si hablamos de amor con convicción ética?). Y me resulta muy desconcertante que quien defiende «el gesto más progresista» de hablar de amor empiece despreciando a quienes no entendemos su ético hablar. Esto último es acojonante: Cercas está diciendo que, si no aceptamos acríticamente su retórica irenista, es que somos unos cínicos. ¡No tiene tela «el gesto más progresista»!
Función de la literatura: «Después de todo, ahí radica la función disruptiva de la literatura; para eso sirve: para introducir el caos en el orden. Para mostrar que ese orden es un orden falso o caduco. Para buscar un orden nuevo, más lícito y más veraz».
Tenemos, por tanto, que la literatura debe (1) introducir el caos en el orden, (2) que el orden existente es falso o caduco (uno entiende que la disyunción debería darse entre lo falso y lo verdadero o entre lo perenne y lo caduco, pero bueno), luego hay que entender que este orden puede ser falso y perenne o verdadero y caduco, (3) que, tras este orden falso o caduco, gracias a la literatura, llegará un orden nuevo y (4) que ese nuevo orden que nos ha de traer la literatura mediante el caos será más lícito y más veraz que el orden actual. Esta idea de literatura es una soberana estupidez que solo puede encandilar a los imbéciles más recalcitrantes del rebaño.
Está claro que, para salir inmune de estos ejercicios de retórica trilera, uno debe ganarse la protección del amo. Los ideologemas serviles que Cercas aspersiona como buen vasallo le permiten retoricar memeces al por mayor y seguir en el regalo (de la academia y del periódico de la democracia).
Sentido de este artículo
En primer lugar, familiarizar al lector con los contextos y las consecuencias que deberá enfrentar si se atreve a hacer, en nuestras Facultades de Letras, una tesis doctoral crítica con las sofisterías de cualquier literato caro a la casta progre a partir de una teoría de la literatura que la casta desprecie, ignore y tema a la vez; y, en segundo lugar, demostrar que, cuando el sofista es amigo de la casta, su retoricar no es objeto de estudios críticos sino del aplauso y el regalo agradecido de quienes ostentan el poder.
Sobre el autor
Ramón de Rubinat Parellada es Doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Lérida. Es autor, entre otras obras, de Lecciones del Quijote para Sílvia Orriols (2025), Razones fuertes contra un puñado de tópicos (2025), La virtuosa Extraña (2025) y Entender el Quijote y disfrutarlo (2024).







Magnífico y, sobre todo, valiente.
Sólo los niños o los locos señalan al rey desnudo
Muchas gracias Ramon