A estas alturas ya conocemos el chisme. Una película mala, de mediocres interpretaciones, protagonizada por una «actriz trans». Dirán los malpensados que ese adjetivo, el de trans, propicia su nominación a «mejor actriz» en la 97ª edición de los Premios Óscar. Sea como fuere, Karla Sofía Gascón es el nombre del momento.
Todo es autocomplacencia woke hasta que se descubren unos comentarios, escritos en Twitter hace ya años, donde Gascón, además de despachar groseramente algunos temas de la actualidad de ese entonces, se refiere a la misoginia del islam. A partir de ahí, la cosa da un vuelco repentino. Netflix aparta a Gascón de los actos promocionales del filme, se especula con retirarle la nominación al Óscar, se rechaza su presencia en la ceremonia de los Goya, y la editorial de su libro autobiográfico cancela la publicación.
De nada sirve un vídeo sobreactuado en que el actor, o la actriz, se disculpa por aquellos comentarios. Su carrera profesional parece haberse acabado para siempre. El wokismo, que le ofreció la posibilidad de pisar la alfombra roja de los Óscar, ahora le condena a un destierro mediático de por vida.
Para comprender los derroteros del asunto vayamos al ecosistema natural del wokismo: el mundo de la academia universitaria, de la cultura, del arte y del espectáculo. Son espacios donde opera una fuerte competitividad. Y las lógicas wokes sirven, como parte de la mecánica organizativa, para regular la inclusión y/o exclusión a esos espacios socio-laborales. A saber:
El wokismo tiene una dimensión afirmativa (cuotas y demás medidas de discriminación positiva asociadas a políticas de representación) que incluye, y una dimensión negativa (la censura y el repudio gremial asociado a la cultura de la cancelación) que excluye. Se trata de una forma de regular la competencia. Del grado de adscripción a determinados atributos woke puede depender recibir una subvención ministerial para una pieza audiovisual, o ser seleccionado como parte de un proyecto posdoctoral con financiamiento asegurado.
Ahora bien, el wokismo trascendió el espacio socio-laboral referido para convertirse en un modelo social prescriptivo para determinados grupos de población. Y a ello han contribuido, no sólo esos filántropos multimillonarios y las múltiples fundaciones a partir de las cuales operan, sino también agencias gubernamentales de soft power o imperialismo cultural como la USAID. Tanto se extendió ese magma ideacional que el wokismo ha sido materia de legislación en los países subsumidos al área de poder angloamericano.
Sin entrar ahora a desglosar su significado, hay que decir que el wokismo ha servido para, por un lado, convertir en sistemáticamente inofensivo el activismo político de las capas poblacionales más formadas, y, por otro lado, promocionar estilos de vida cuya implicación de mayor relevancia estructural es la ausencia de natalidad. Ha sido la expresión ideológica más revolucionaria del capitalismo posfordista.
Y en ese armazón ideacional, de innegables implicaciones materiales, es que el transexualismo ha sido un pilar fundamental. Situando en la centralidad del debate público el clamor de la percepción y representación del cuerpo, la ciudadanía ha incomparecido durante estos últimos años a la lucha política que debía acometer para evitar el deterioro de sus condiciones socioeconómicas de vida.
Así, el transexualismo ha contribuido a angostar la libertad, un concepto con amplias aristas sociales, económicas y políticas, hasta lograr que pueda moverse con facilidad a través de una suerte de fenomenología corporal. Y mientras las formas de vida asociadas a sexualidades no reproductivas resultaban exaltadas, se ha dinamizado, además de la industria farmacológica y quirúrgica, sectores empresariales vinculados al bienestar emocional y a la salud mental.
Dicho lo anterior, regresemos al caso de Karla Sofía Gascón. Ser trans alzaprimó al actor, criticar al islam lo defenestró. Además de evidenciar cuán despiadada es la lucha por la supervivencia a la que se está expuesto en un contexto de intensa competencia, podríamos interrogarnos… ¿Acaso el islam se sitúa por encima de lo trans dentro del orden axiológico del wokismo? Para contestar este interrogante quizá nos ayude observar el cartel de una campaña publicitaria del Ministerio de Igualdad.
El Ministerio de Igualdad fue creado en 2008 con manifiesta divisa feminista. Asumió una orientación transexualista cuando a partir de 2020 Irene Montero se desempeñó como ministra. Pero siempre mantuvo la retórica de la supresión de las desigualdades de género. Entonces, si el velo islámico, antes que un símbolo de empoderamiento de las mujeres se relaciona con su sumisión a una religión marcadamente patriarcal, preguntémonos porqué ahora el Ministerio nos presenta la imagen de una mujer con yihab.
El feminismo, que también fue institucionalmente movilizado para incorporar a las mujeres al mercado laboral disuadiéndolas de ser amas de casa, en adelante debe cederle paso al antirracismo, que a nivel institucional sirve para incorporar a los inmigrantes al mercado laboral. Puesto que gran parte de esos inmigrantes son de religión musulmana, no debe extrañar que la aprobación social del islam sea requisito para engrasar la maquinaria de nuestro modelo económico, que si por algo se caracteriza es por la voraz necesidad de mano de obra barata.
Además de propulsar determinadas actividades económicas, antes ha sido dicho que el wokismo cumple con otras dos finalidades: obtener una población subordinada o indiferente a los marcos políticos sistémicos, y modificar los patrones demográficos de determinados grupos poblacionales. Y aunque se mantenga inalterable la trama argumental de la película en que nos encontramos, quizá el transexual deba trasladarle ahora el papel protagónico a otro tipo de personaje victimizado… cuyo cuerpo ya no esté expuesto, sino velado.
En resumidas cuentas, una vez que el ciclo de «los feminismos» (y su variante trans) ya empieza a dar muestras de agotamiento, será la cuestión de «los antirracismos» aquello que la agenda mediática y la iniciativa institucional situarán en el centro del debate público. Y eso es lo que nos anuncia el «affaire Gascón»: la mimetización, unos cuantos años por detrás, de la idiosincrasia social angloamericana.
Genís Plana. Doctor en Filosofía Política, escribe habitualmente en El Viejo Topo.







Creo que a muchas personas nos causa rechazo la forma en que en algunos países se les impone a las mujeres una forma de vestir que oculta su cuerpo, y también que Karla Sofía Gascón -para mí actriz, por su voluntad, sin que me importe para esto la genética- lo expresó de una forma poco constructiva. Sin embargo, la reacción me parece desmedida, ante un error, una torpeza o un disparate propio de la condición humana. Qui sine peccato est vestrum, primus in illam lapidem mittat. Pero veo el problema más profundo: en ese afán igualitario para todas las culturas del mundo, no estamos prolongando el viejo esquema patriarcal de que cualquier acto nuestro nos puede traer un escarmiento desmedido? De que censuremos nuestros impulsos y nos adaptemos milimétricamente a la pauta imperante? De que nos callemos y dejemos que opine la elite que sabe para opinar según su dictado?
Hacía falta recurrir al vilipendio público y a la punición sin derecho a defensa para expresar un desacuerdo con lo que alguien hizo en un momento dado, por muy idiota que resultase? Algo me recuerda que el Gran Ojo está encima; que el Dios intransigente sigue sacando de en medio a quien le parece, solo para que el resto se calle y se sume al linchamiento cuando se le indique o aplauda cuando la señal se encienda.