Parecemos instalados en tiempos peligrosos donde a menudo se recurre al tópico de que la democracia está en peligro. El fantasma recurrente es el de la extrema derecha, expresado elección tras elección en forma de propuestas maximalistas. No voy a negar la preocupación que me genera según qué formaciones políticas, especialmente las ligadas a un pasado tenebroso que idealiza líderes y regímenes totalitarios. Ahora bien, en una era en la que las emociones y los lemas ocurrentes tienen más peso que el análisis riguroso y la reflexión sobre el propio significado de las palabras, corremos el riesgo de banalizar el verdadero peligro y de transformarlo en una especie de arsenal electoral por mantener un orden de cosas que se derrumba más por dinámicas propias que por peligros externos.
Porque… ¿qué es exactamente la democracia?: ¿un sistema de gobierno?, ¿una cultura política?, ¿un eslogan propagandístico?, ¿una religión cívica, ergo un sistema de creencias? Hay toneladas de literatura política que han tratado de definirla y, más o menos, contiene todos los ingredientes expresados. Etimológicamente debería ser traducida como “gobierno del pueblo”. Sin embargo, en 2026 cuesta definir el concepto “pueblo”. Incluso cada vez queda menos claro entender la misma idea de gobierno.
¡Recordemos que durante el 15-M, de un lejano 2011, una de las frases recurrentes era “le llaman democracia y no lo es”!. El lema respondía a la frustración de quienes hoy bordean los cuarenta años respecto a cómo una serie de decisiones políticas (el comportamiento irresponsable y criminal de la clase financiera sería pagado por toda la sociedad en forma de recortes, pérdida de derechos y destrucción de trayectorias vitales) que no fueron tomadas de manera democrática –es decir, mediante la participación política del demos–. Bien, la cosa fue peor. En la Grecia de Syriza, aquella izquierda que debía ser diferente, convocó un referéndum en el que el pueblo griego se plantó y no aceptó el plan de autodestrucción del país, en forma de rescate, impuesto por la “troika”, un eufemismo que escondía la decisión de los oligarcas europeos de Wall Street. La historia terminó trágicamente, con una imposición al margen de la voluntad popular, y un plan de reformas que causó un retroceso porcentualmente superior de su PIB que los efectos de la invasión, empleo y destrucción de la Wehrmatch alemana infringida a los griegos durante la Segunda Guerra Mundial. Europa nació en Grecia hace 2.500 años y murió también en Grecia hace 15. Por cierto, no fue necesaria la ultraderecha para destruir la democracia.
En cualquier caso, lo que hemos normalizado como concepto de “democracia” es muy diferente de lo que presupone la etimología de la palabra. Su significado podría acercarse a la realidad política de lo que se denominó como “los treinta gloriosos 1945-1975″ en algunos países occidentales, donde se produjo una convergencia social, una incorporación masiva de las clases populares a la participación política o una escolarización generalizada que implicaba compartir una cierta identidad y sentido de pertenencia (nacional). Sin embargo, la crisis de la democracia, perceptible en todo Occidente, se debe a una serie de factores donde la irrupción de propuestas extremistas no debería ser considerada como causa, sino como una de sus consecuencias. ¿Por qué la democracia, tal como más o menos podríamos entenderla, está en declive? He aquí algunos factores que explican esta crisis:
Un estallido de desigualdades. Las graves diferencias sociales excluye a la gente de abajo, despojada, por ejemplo, de la participación social mediante la ausencia de un trabajo estable que le pueda permitir vivir dignamente y sin preocupaciones materiales, y al que se le está negando incluso la posibilidad de tener un techo propio. Las consecuencias son terribles. Desde la banda de abajo, se amplía una amplia banda de infraclase, sin capacidad ni voluntad de participar de la vida pública. Desde arriba, encontramos unas élites escindidas de su sociedad, a menudo desde una especie de “superclase” cosmopolita, globalizada y deslocalizada, que utiliza mecanismos para evitar su corresponsabilidad respecto a su comunidad o deja de contribuir fiscalmente.
La destrucción de las clases medias. Cualquier cuerpo político se estructura desde unas clases medias sólidas, económicamente independientes, compartiendo una cultura política que busca estabilidad y orden en sus respectivos regímenes políticos. Las políticas neoliberales, desde las desregulaciones políticas, económicas y sociales –que han devastado nichos profesionales como el sector público, la docencia, la banca, la sanidad, la abogacía…– o unos impuestos excesivos que compensan a los que han dejado de pagar las élites han trinchado a los grupos sociales que permitían consolidar los consensos necesarios.
La deconstrucción de las familias, que a pequeña escala tradicionalmente han implicado el encuadre primigenio de la participación y la solidaridad necesaria para contribuir a consolidar sistemas políticos. La democratización de las familias en las últimas décadas ha generado, paradójicamente, su progresiva atomización, aunque a menudo impulsada por la movilidad geográfica de las nuevas generaciones que las separa y una flexibilidad laboral que impide hacer otras nuevas. Las nuevas fórmulas de relación interpersonal, por otra parte, lo que han impulsado es un creciente individualismo y nihilismo.
Una diversidad disolutoria. Las democracias, sistemas deliberativos que funcionan desde el principio de confianza, se ven alteradas por lo que se llama “diversidad”, y que no suele ser otra cosa que la coexistencia entre comunidades, diásporas que a menudo interaccionan lo mínimo, que mantienen su cultura de origen, y que a menudo también son deslocalizadas. La antropología y la historia nos muestra la ley implacable de que la solidaridad funciona con todo aquel que “es de los nuestros”, habla nuestra lengua, comparte cosmovisión, sigue los mismos referentes culturales o religiosos. Las sociedades pluriculturales, en el fondo, son propias de los imperios, resultan inestables y conflictivas y difícilmente son capaces de unirse en causas comunes.
La amenaza de las tecnologías. La llegada de la IA no es más que la punta del iceberg. A lo largo de décadas hemos ido dando nuestros datos a gigantes tecnológicos para ser suplantados por algoritmos matemáticos. No es sólo que la IA pueda devastar la práctica totalidad de las profesiones que tradicionalmente habían nutrido a las clases medias –como decíamos, la principal fuerza creadora y estabilizadora de las democracias–, sino que el hecho de que las tecnológicas nos conozcan mejor que nosotros mismos hace que puedan manipularnos de manera eficaz tanto desde un punto de vista social, como político. Y también crear un panóptico digital, creando un estado de vigilancia (y sistemas de crédito social, como en China) que dejaría a las distopías orwellianas como una historieta ingenua.
La amenaza geopolítica. Si existe un perdedor en la globalización han sido las democracias liberales. Ya hace tres décadas y media que vengo diciendo que Fukuyama se equivocó por completo con su teoría del fin de la historia (el mismo ensayista, también lo considera así). Para poner en marcha el libre mercado se despojó a los Estados de los necesarios elementos de soberanía indispensables para que la democracia funcione, es decir, que tuviera la capacidad de resolver problemas. Los “mercados” (eufemismo que se refiere a las élites globales deslocalizadas) impidieron a los Estados dirigir su política económica, hacer su planificación a medio y largo plazo, despojar a los parlamentos y los gobiernos de capacidad de decisión… y cuatro décadas después, estados como China, haciendo exactamente lo contrario, se han convertido en primera potencia, mientras que los europeos no somos ni tan siquiera capaces de que los trenes lleguen la hora. Por el enriquecimiento de unos pocos, hemos renunciado a la industria ya la soberanía alimentaria. Europa se ha debilitado y sus adversarios (adictos al autoritarismo) huelen la sangre. El futuro será difícil si no corregimos el rumbo.
Ausencia de debate. Despilfarramos saliva, papel y bits hablando de democracia, sin capacidad ni voluntad de reflexionar, y menos aún, de construir un significado aceptado por todos. La tratamos como si fuera la bandera… de nuestro equipo de fútbol, cuando en realidad estamos renunciando a entender cómo funciona o cómo debería funcionar. Y esto se hace, básicamente, porque llevamos ya dos generaciones en las que se ha vaciado de contenido.
Lo que aceptamos acríticamente como democracia –si quieren, los lectores pueden añadir el apellido “liberal”– es algo distinto a su significado etimológico. Su conformación a lo largo de la edad contemporánea, a menudo inspirada en los referentes republicanos grecorromanos, más bien lo que trataba de disimular era la gestión de los asuntos públicos por parte de los distintos grupos de poder –que podían estar enfrentados entre sí mismos–, haciendo de la participación popular (electoralmente) más un mecanismo de legitimación que de eficacia. Los partidos políticos –organizaciones complejas, y caras maquinarias electorales– representaban un sistema para mantener un statu quo que permitieran la preeminencia de los patricios estatales. Ideas como la separación de poderes implicaban buscar teóricas garantías de juego limpio, aunque en la práctica mantenían un dominio de una clase social sobre otra (al fin y al cabo, el poder judicial se recluta entre estos grupos). De ahí surgieron los estados modernos, cuyo orden se fundamentó en el mantenimiento de múltiples opresiones: de clase, de nación, de género. Las decisiones importantes se tomaron y toman de forma más efectiva desde los mecanismos del lobismo (los grupos de presión de cada facción o grupo de interés) que desde las instituciones teóricamente soberanas. Los Estados actuales, despejados de todo poder y significado han hecho que el viejo teatro se haya reconvertido en un caótico vodevil sin gracia.
Una verdadera democracia, o lo que más debería acercarse al “gobierno del pueblo” debería fundamentarse en premisas radicalmente distintas, revolucionarias, en la práctica. Y servidor de ustedes, siguiendo la máxima de Mikhail Bakunin “los grandes imperios se fundamentan en el crimen y la violencia; las naciones pequeñas son virtuosas gracias a su debilidad”, es consciente de que las verdaderas democracias deben fundamentarse en lo que ya teorizó hace siglo y medio el federalismo. Comunidades políticas nacionalmente homogéneas, con estrechas ataduras personales y culturales, con capacidad de federarse o desfederarse, y sosteniendo una completa soberanía, haciendo de la participación política un hábito cotidiano. Esto es, crear un nuevo orden social en el que la ciudadanía delibera y toma decisiones, y no sólo eso, sino que la ciudadanía plena se fundamenta en una serie de derechos y obligaciones, entre las que se encuentran elementos claves como la defensa, el orden público, el derecho o la gestión económica. Esto ya es otra historia. Sin embargo, las crisis son también oportunidades para repensarnos como sociedad. Antes de que no sea demasiado tarde.
(Revista Mirall)
Sobre el autor
Xavier Diez (Barcelona, 1965), Historiador, escritor y articulista en diversos medios. Doctor en historia, ha sido también profesor, y publicado diversos libros de ensayo y narrativa. Entre sus últimos libros destacan Una historia critica de les esquerres (El Jonc), L’escola: espai en destrucció (El Martell), El anarquismo individualista en España (1923-1938) (Virus editorial) y El pensament polític de Salvador Seguí (Virus editorial). Participa semanalmente en Debates intempestivos, uno de los podcasts de Brownstone España.








La “ democracia” es una idealización anglosajona histológica hecha a medida del pensamiento postvictoriano que encajó graciosamente junto al darwinismo y la industrialización para mantener y protejer los intereses economicos de los ya constituídos capitales de los productores de “ melazas del caribe” y de los vendedores de esclavos holandeses y belgas.
Lo que ocurría en la Acrópolis de Atenas era un ejercicio minoritario exclusivo de aquellos que vivían en la parte superior de la ciudad, una minúscula minoría… luego estaban los advenedizos que vivian en plaka para servir y protegerlos y mas allá los campesinos y pastores para cuidarles los rebaños y nutrirles los ejércitos todos estos últimos no tenían derecho a abrir la boca en la piedra del discurso.
En el Ágora solo hablaban los reconocidos maestros.